El homenaje a Le Parc llega al Colón, el teatro en el que trabajó como portero

Julio Le Parc frente al móvil que instaló en el Centro de Experimentación del Teatro Colón

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Como parte del amplio circuito porteño dedicado al artista argentino, un móvil que brilla en la oscuridad se exhibirá desde el viernes en la institución que le dio su primer empleo.

«A los 14 años, llegué a Buenos Aires desde Palmira, y diez años después ya había triunfado: era portero del Teatro Colón. Pocos años más tarde me fui becado a Francia y me premiaron en la Bienal de Venecia. Si no hubiera puesto el estribo acá, no habría hecho los otros pasos».

Eso dice Julio Le Parc en la penumbra del subsuelo del Colón, hasta donde llegaba hace más de seis décadas por los laberínticos pasillos del gigantesco teatro. El joven artista mendocino se tomaba entonces algunos recreos en el primer empleo de su vida, que le exigía observar desde un espacio de dos metros cuadrados a quienes entraban y salían por la calle Viamonte del imponente edificio para contemplar una escena mucho más interesante: la de los músicos en plena creación.

«Cuando comenzaban los ensayos, sus resonancias musicales hacían que abandonara mi garita y descendiera para acercarme a las orquestas y dejarme invadir por toda clase de sonoridades maravillosas», recuerda ahora en el Centro de Experimentación del Colón junto a uno de sus famosos móviles, formado por más de 3000 cuadrados de acrílico translúcidos fluorescentes, que producen un efecto tridimensional al ser iluminados con luz negra frente a una serie de espejos.

La obra, de 4,5 metros de ancho, fue realizada especialmente por Le Parc por encargo de la directora del Colón, María Victoria Alcaraz, para integrar el monumental homenaje que celebra sus 90 años. Dirigido por su hijo Yamil, completa las dos grandes muestras exhibidas en el Centro Cultural Kirchner y en el Museo Nacional de Bellas Artes.

En ambas instituciones cuelgan dos móviles similares, como los que se ofrecen en las principales ferias del mundo por valores superiores a los 350.000 dólares, y otro amarillo de grandes proporciones podría alojarse en forma permanente desde el año próximo en el Aeropuerto de Ezeiza. Pero ninguno produce el efecto de Mobile Rombo Colón, creado para brillar en la oscuridad, que se exhibirá desde este viernes hasta el 6 de octubre con entrada gratis. Está previsto que viaje luego a museos de Estados Unidos, donde Le Parc ya expuso en el Pérez Art Museum Miami y en el Met Breuer.

La semilla de la impresionante carrera de este artista radicado en París desde 1958, que se convertiría en referente del arte óptico y cinético a nivel mundial, fue sembrada en este teatro. «No sé en qué circunstancias ni gracias a quién obtuve un puesto municipal -dice ahora Le Parc-. Ayudaba a poner los atriles y las partituras para los ensayos. En la garita tenía una silla y una mesita, en la cual podía dibujar. Cuando estaba muy cansado, hacía una siestita acostado en el suelo».

Un día, recorría el escenario «entre bambalinas y pedazos de decorados sin vida» cuando oyó «un sonido de violín como venido de otro planeta». En busca de su origen, descubrió «la silueta solitaria de una especie de oso que tocaba el violín en la penumbra». Después supo que se trataba del violinista ruso David Óistraj, uno de los más prestigiosos del siglo XX.

Ese primer empleo, que se extendió durante un par de años a mediados del siglo pasado, le permitió a Le Parc alquilar un cuarto del departamento de una viuda, en la esquina de Viamonte y Leandro N. Alem. «Tenía 24 años, ya era huérfano y había hecho el servicio militar -contó a LA NACION-. Ese trabajo fue un reinicio después de haber abandonado la Escuela de Bellas Artes, una vuelta a la vida social en una etapa superior: ya no era la ovejita que hacía todo lo que le decían».

Pronto complementó las ocho horas que pasaba en el Colón con labores nocturnas en el teatro de Los Independientes -antecedente del Payró-, donde hizo decorados y llegó a actuar como extra. Luego retomó la educación formal en la Escuela de Bellas Artes, donde llegó a ser presidente del centro de estudiantes.

Allí aplicó las enseñanzas que había obtenido durante su adolescencia en tardes de ocio junto al río, en Vicente López, mientras presenciaba las acaloradas discusiones de sus mayores. «Venían médicos, sindicalistas, el hijo de un carnicero. Entre mates y facturas que traían los panaderos, se hablaba de política y filosofía -recordó el artista-. Para mí, el ejercicio era escuchar. Uno de ellos me enseñó su ‘Teoría del condicionamiento’: decía que si tenés un objetivo, las condiciones se van a crear para que ese objetivo se realice».

Para poner a prueba esa teoría, se paró con un amigo en la intersección de las avenidas General Paz y Libertador, con unos pocos pesos y mochilas con lo básico. Paraban a los conductores y les pedían que los llevaran lejos de Buenos Aires. Así, lograron recorrer Córdoba, San Luis, Mendoza y otras provincias, y regresar con la misma cantidad de dinero con la que habían partido. «La idea era crear, con voluntad y confianza, las condiciones para vivir un mes entero», explicó.

Esa filosofía, como podemos comprobar ahora, lo llevaría muchísimo más lejos.

Una vida en tres pasos

La actualidad

Mobile Rombo Colón es una obra creada por Le Parc por encargo del Teatro Colón. Se podrá ver gratis desde pasado mañana hasta el 6 de octubre

Los orígenes

El Museo Nacional de Bellas Artes presenta hoy, a las 18, los trabajos realizados desde que era un estudiante hasta poco después de su llegada a París

La carrera en Europa

El Centro Cultural Kirchner aloja la muestra más ambiciosa de su vida, integrada por más de 160 obras de distintas épocas distribuidas en 3000 m2

Fuente: Celina Chatruc, La Nación