Una de poetas: Carlos Aldazábal habla sobre Máximo Simpson

Por Amalia Gieschen °, especial para DiariodeCultura.com.ar.

aldazabal y simpson

El poeta salteño Carlos Aldazábal recuerda a Máximo Simpson, poeta nacido en 1929 y fallecido este año.

Tradición y vanguardia

Carlos Aldazábal conoció a Máximo Simpson a los 21 años, recién llegado a Buenos Aires. Transcurría el año 1995 y ya tenía contacto con la poesía: había ganado un premio en la secundaria y había cursado el primer año de la Licenciatura en Letras en Salta.

“Necesitaba un subsidio que otorgaba la Fundación Antorchas para la publicación de mi primer libro, así que le pedí a Máximo una de las recomendaciones que exigía la institución”, cuenta Aldazábal. El libro se llamaba La soberbia del monje y, después de obtener el subsidio, fue publicado en 1996 por la editorial Último Reino, que dirigía Víctor Redondo.

Máximo Simpson fue de los que lo adoptó. Llegó a corregir algunos poemas con él, le daba opiniones desde una mirada diferente. No desde el lugar del maestro que busca acólitos. Sino de aquél que le abría la puerta a los jóvenes que se acercaban a él. “Me invitaba a reuniones con Jorge Calvetti, Joaquín Giannuzzi, Ivonne Bordelois. Eran muy interesantes los diálogos que se armaban”, recuerda.

“Vengo de una tradición donde la memoria y la oralidad son importantes. Máximo manejaba bien las dos. Se acordaba de memoria versos propios y ajenos, especialmente de Darío y Vallejo. Y al igual que los modernistas, tenía una respiración rítmica muy bien armada. Yo aprendía también cuando lo escuchaba leer en voz alta”, detalla.

Aldazábal considera que el uso de la rima  no determina que un poeta suene antiguo o no, “lo importante es que conmueva, que diga algo de un modo novedoso, aunque apele a formas clásicas. Eso tenía Máximo: novedad y voz propia también cuando manejaba esas formas”.

A esta impronta visible de la tradición se sumaba el elemento vanguardista, que se explica por la influencia de Raúl González Tuñón, de quien Máximo fue discípulo. Tuñón le abrió la puerta a muchos jóvenes de los sesenta: Juan Gelman, Alberto Szpunberg, Juana Bignozzi.

El clima de época, que se traslucía en una problemática política, aparecía en esas poéticas. “También en Máximo, quien si bien no era un militante partidario se oponía a cualquier forma de totalitarismo. En su libro Elegías americanas reivindicó, por ejemplo, a quienes lucharon por la libertad del continente”.

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Carlos Aldazábal

Poesía para todo público

En su poesía aparecían grandes temas: la relación con Dios y el horror del holocausto, temas fuertemente identificados con la condición judía. Pero también el humor, la ironía, una nueva manera de dislocar lo solemne, como en su poema To be or not to be. “Es un poema que pone en escena el diálogo con uno mismo, tópico de muchos poetas. En este caso se trata de un poema melancólico, con el ingrediente del humor”.

A Máximo Simpson le indignaba la injusticia de la creación. “No podía entender cómo algo llamado Dios podía crear un orden natural violento, donde las especies no podían coexistir pacíficamente. Se preguntaba por qué el león se tenía que comer a la gacela”.

Era un hombre de muy bajo perfil. “Un gran poeta al que no se le dio la importancia que tenía”.

Si bien ganó el premio del Fondo Nacional de las Artes y obtuvo una mención en el Premio Nacional de Poesía, “no mandó casi sus poemas a concursos, no se hizo autobombo, no se desesperó por dar talleres. Tampoco se preocupó por hacer carrera en México ni en Brasil, lugares en los que residió”.

Tenía la afición por la pintura. Era muy lector: volvía todo el tiempo a los clásicos, sacaba a flote a Carlos Mastronardi, reflexionaba durante días sobre un tema. “No le gustaban los fuegos artificiales en la poesía, ni los malabarismos idiomáticos del neobarroco mal hecho”, asegura Aldazábal.

“Puertas adentro, demostraba su cariño en las dedicatorias, en las reuniones cotidianas con los amigos, dándote una devolución cuando le dabas un libro (fuera bueno o malo)”.

Se notaba que era poeta hasta cuando se lo llamaba por teléfono. “Esta es la casa solariega de Máximo Simpson, después del canto del zorzal deje su mensaje”, decía en el contestador.

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Máximo Simpson

Los últimos cafés

En los últimos años, se frecuentaban menos, pero seguían en contacto. Máximo Simpson fue invitado a leer en Festival Latinoamericano de Poesía en el Centro y a un ciclo de lecturas, ambos en el Centro Cultural de la Cooperación, organizados por el Espacio Literario Juan L. Ortiz, que coordina Aldazábal.  “Me fui despidiendo de él lentamente”.

Al velorio asistieron, entre otras personas, los nietos de Jorge Calvetti o el poeta Antonio Requeni. “Muchos de sus amigos cercanos, como Calvetti o Giannuzzi, ya estaban muertos, sin embargo era como si estuvieran ahí, acompañándolo”.

De aquella despedida, una de las cosas que más conmovió a Aldazábal fue encontrar a Máximo en su hermano mellizo, el ensayista Tomás Moro Simpson. “Parecía que Máximo no se había muerto, que nos seguía hablando con su bonomía y su calidez características”.

Dejó algunos inéditos, que quedaron en manos de su compañera, Cristina Lucero, y de su hija, Ximena Simpson.

Y el cariño y la admiración de sus amigos, que aún siguen releyendo sus poemas.

To be or not to be

Máximo Simpson

Yo quise ser un rojo violín desorbitado,
un ex abrupto eterno,
un jardín de magnolias o una tromba,
y sólo soy ahora profesor de nostalgias,
edecán del otoño pesaroso.

Yo quise ser el mar,
o tal vez quise ser lo que no quise,
un triángulo isósceles o un trueno,
o una momia egipcia
con su paz infinita, imperturbable.

Eso quise tal vez en mi constancia,
en mi apuro, en mi afán, en mi zozobra,
quise ser el revés, la mano izquierda,

el costado de mí, mi renegado,
y sólo soy mi tú, mi pobre mí,
un pronombre ya exhausto,
un posesivo huérfano, un despojado mí.

Eso quise tal vez,
y sólo soy ahora mi vecino,
apenas mi perfil, mi suroeste,
mi terco lateral:
estoy en la adyacencia limítrofe de mí,
y siento desazón, me extraño mucho.

(de Poemas del hotel melancólico, 1963).

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° Amalia Gieschen es poeta y periodista (TEA, 2003). Lleva adelante el proyecto audiovisual Poetas x Poetas desde el año 2015 junto a Sigfrido Quiróz Tognola. Su columna “Libros que queman” se transmite todos los viernes al mediodía por Radio del Bosque. Fue antologada en el libro “Gruñendo” (Hemisferio Derecho Ediciones, Bahía Blanca, Argentina, 2007) y tradujo del inglés al español la novela “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad (Gárgola Ediciones, Buenos Aires, Argentina, 2008).