Una de poetas: Cristina Piña sobre Amelia Biagioni

Cristina Piña, Premio Konex de Platino, nos habla de su relación con la santafesina Amelia Biagioni (1918- 2000). Su biografía fue mínima y se mantuvo debajo de una poesía de alto vuelo - Por Amalia Gieschen*, especial para DiariodeCultura.com.ar. Imagen de portada: Cristina Piña. Foto: Valeria Furman.

Cristina Piña

Cazadora oculta

A Amelia Biagioni la conocí en casa Olga Orozco. Yo tenía 28 años. Olga era una mujer muy llamativa, con carácter. Amelia siempre estaba al costadito, como una mariposa. Me llamó la atención, sí, pero lo que me hizo descubrirla no fue verla personalmente. Fue la lectura de su libro “Las Cacerías”, en 1977, un año después de su publicación. Increíble que esa señora sexagenaria, toda suavecita y modosita, sea la autora de un libro con una fuerza juvenil tan desafiante.

Me quedé fascinada. Ahí nos hicimos amigas. Amelia Biagioni no era nada de lo esperable. Había una especie de gran contraposición entre su voz arrolladora y esa presencia leve de la vida cotidiana. Me asombraba el combo de misterio y potencia. Era todo lo contrario del autobombo.

Amelia te hacía visitas telefónicas. Cuando te llamaba, salvo que te tuvieras que ir, sabías que el mundo se paraba por cuarenta y cinco minutos. Era una persona muy solitaria y vivía sola, pero le encantaba hablar por teléfono. Hablaba de lo que había leído y de lo que estaba leyendo. Hacía reflexiones desde un lugar diferente.

Conversaba mucho con el que fue el gran amor de su vida, Augusto Roa Bastos. Vivieron juntos dos años. Terminaron siendo amigos, hasta la muerte de ella. Creo que no hubo una presencia tan fuerte en su vida amorosa como la del escritor paraguayo. Nadie más pudo romper esa intimidad constante.

Comidas y presentes

También le gustaban los rituales. Almorzar o tomar el té. Comíamos en un restorán de pastas muy bueno frente a su casa, en la esquina de Corrientes y Bulnes. Me acuerdo de la última vez que salimos juntas. Amelia estaba muy viejita, murió a los pocos meses. Fuimos al Hotel Alvear a tomar un té principesco. Te invitaba ella, no había manera de pagar la cuenta. A su casa no iba casi nunca. Se metía para adentro. A la vez, le gustaba salir.

Hacía muchos regalos. Hay dos que quedaron en mi memoria, porque fueron la encarnación de nuestra amistad literaria. Una vez me regaló plata “para las consonantes” de una máquina de escribir eléctrica. “Las vocales ponelas vos”, me dijo. “No me alcanza la plata para comprarte una entera”. Divina. Todo por un texto que escribí sobre Las Cacerías. Atraer la mirada de alguien no entraba en sus cálculos.

El segundo regalo fue una valijita de colores donde guardaba libros y papeles. Hace poco la tuve que tirar. Me dio mucha pena. Me la regaló porque le presenté su último libro, “Región de Fugas”, en 1995 en la sede de la SADE. Agradecía que te ocuparas de ella. Insólito.

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Amelia Biagioni – Foto: Fundación Konex.

Las mil y una Amelias

Amelia Biagioni huía de todo lo que fuera publicidad o propaganda. Sabemos poco sobre ella. Cero ego. Estaba atrás de Olga, sin hacer sombra. Existía entre ellas una competencia sana, mínima, secreta. De esas que ayudan a escribir. Había una relación de mucho respeto.

Amelia es el movimiento, la experimentación, la transformación. Es osadía. Eso lo que me gusta de su poesía, esa capacidad de experimentar y de ir más allá de su propia voz todo el tiempo. Si en general estudio poetas mujeres es porque tienen desarrollado un sentido de la sensorialidad que no es tan común de ver en los hombres.

Existen los poetas que se quedan en su propia retórica. Una vez que encontraron algo, se sienten seguros en ese lugar. Amelia Biagioni no tenía una sola voz, sino una voz con muchos costados. Quemaba las naves cada vez que empezaba a escribir un libro. Se largaba por una vía poética diferente. Es muy interesante eso de no estar cargando consigo mismo todo el tiempo.

Amelia Biagioni | Manifiesto 

Yo me resisto,

en la calle de los ahorcados,
a acatar la orden
de ser tibia y cautelosa,
de asirme a la seguridad,
de acomodarme en la costumbre,
de usar reloj y placidez,
aventura a cuerda,
palabra pálida y mortal
y ojos con límites.

Yo me resisto,
entre las muelas del fracaso,
a cumplir la ley de cansarme,
de resignarme,
de sentarme en lo fofo del mundo
mortecina de una espada lánguida,
esperando el marasmo.

Yo me resisto,
acosada por silbatos atroces,
a la fatalidad
de encerrarme y perder la llave
o de arrojarme al pozo.

Con toda la médula
levanto, llevo, soy el miedo enorme,
y avanzo,
sin causa,
cantando entre ausentes.

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* Amalia Gieschen es poeta y periodista (TEA, 2003). Lleva adelante el proyecto audiovisual Poetas x Poetas desde el año 2015 junto a Sigfrido Quiróz Tognola. Su columna “Libros que queman” se transmite todos los viernes al mediodía por Radio del Bosque. Fue antologada en el libro “Gruñendo” (Hemisferio Derecho Ediciones, Bahía Blanca, Argentina, 2007) y tradujo del inglés al español la novela “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad (Gárgola Ediciones, Buenos Aires, Argentina, 2008).