Una de poetas: Santiago Llach sobre Arnaldo Calveyra

Escritor, poeta y editor, Santiago Llach conoció al poeta, novelista y dramaturgo entrerriano a fines de la década del ´90 y la amistad duró hasta la muerte de él, en 2015 - Por Amalia Gieschen, especial para DiariodeCultura.com.ar. En la imagen de portada: Arnaldo Calveyra,

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La semilla de la amistad (o como el periodismo nos vincula)

Cuando tenía  26 años, en 1998,  Santiago Llach colaboraba para Grandes Líneas, un suplemento cultural del diario El Ciudadano, de Rosario. Lo dirigía el poeta Martín Prieto, que en ese momento -además- era uno de los miembros del Consejo de Redacción del legendario Diario de Poesía.

El Diario de Poesía era una publicación en la era anterior a Internet, salía cada tres meses y si querías saber qué poetas nuevos leer, tenías que esperar su llegada a los quioscos. “Allí había leído por primera vez a la poeta Marina Mariasch, que después fue la madre de mis hijos”,  comenta  Llach.

“Con Marina le propusimos a Martín hacer una serie de reportajes a grandes poetas para el suplemento de El Ciudadano. Conversamos con Juan José Saer, Beatriz Sarlo y Ricardo Zelarayán”.

“Con algunos de los entrevistados establecimos vínculos duraderos. Por ejemplo, con Leónidas Lamborghini (con quien más tarde colaboré para escribir Mescolanza, su libro de memorias) y Juana Bignozzi (que fue muy amiga). Y también con Arnaldo Calveyra. Fue una experiencia muy educativa”, se entusiasma.

“Calveyra me resultó un personaje entrañable. Tenía el pelo medio largo, con una especie de casquete. Era muy sensible y cariñoso”, recuerda. A Llach lo sorprendió su capacidad de escucha y le seducía esa cosa “medio volada”, lejos de toda masculinidad dura o agresiva.

La figura del poeta autoexiliado en París, con la intención de una vida poética, de estar en el centro de la ebullición literaria de los sesentas, era todo un mito. Calveyra se fue con una beca en 1961. Desde Europa, escribía sus poemas sobre Gobernador Mansilla, el pueblo en Entre Ríos donde nació y fue criado.

Luego de la entrevista, la relación continuó dándose por cartas.  “No era de discípulo y maestro, pero sí de cariño personal”, aclara. “Eran cartas sensibles, siempre muy atentas al otro. Arnaldo sembraba bondad e inteligencia. Sus cartas transmitían algo como angélico, etéreo, algo del desprendimiento material, del despojo que hay en sus poemas.”

Calveyra era un hombre concentrado en la poesía del mundo. “Tenía una serenidad interesante, creativa. Y eso me seducía mucho. Creo que mi libro La causa de la guerra están influido por su espíritu lírico”, asegura.

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Santiago Llach

La señorita Blanca, el amor platónico de Calveyra

“Cuando lo contactamos por la entrevista, abro un libro de él y veo en la solapa que había nacido en Gobernador Mansilla en 1929. En algún momento me di cuenta que, por el año y el lugar, quizá conocía a la abuela de Marina, Blanca”.

Por supuesto que se lo preguntó. “Se le iluminaron los ojos y me contó que estaba enamorado de Blanca, que había sido su maestra. Un año más tarde, cuando volvió a Buenos Aires, armamos un encuentro en la casa de ella, en Recoleta”.

“Fue impresionante ver como dos personas estaban conectadas después de sesenta años. Aunque la charla fue muy civilizada, se notaba cierto tipo de turbulencia entre ellos. A partir de entonces, nuestra amistad se vio fortalecida todavía más”.

Los poetas y la inutilidad

La poesía se mueve siempre en el margen. “Entre los griegos, los poetas eran los tullidos, lo que tenían una dificultad física que les impedía trabajar o ir a la guerra. El canto y el cuento surgen de la inutilidad, y ese es su aporte: siempre hay algo de inutilidad en lo bello”.

A esta característica inherente de la poesía, hay que sumarle al yo poético de Calveyra esta necesidad de hablar con susurros. “Algo parecido detecto en otros poetas litoraleños como Mastronardi y sobre todo Juan L. Ortiz. No levantaban la voz, se fundían con la naturaleza. En alguna medida, Arturo Carrera participa de ese espíritu. Calveyra no marcaba tendencia, no tenía ambiciones, era lateral”.

Esta experiencia de pueblo está tamizada por la vida en París. “El primer libro que leí fue El hombre de Luxemburgo, donde la voz convoca sus tiempos en el terruño desde Europa. Pero lo más importante es el paisaje lingüístico,  un lenguaje personal pero a la vez la sensación de no estar en ningún lugar. Ese ningún lugar era el lugar de su poesía.”.

Poema preferido

“Si tuviera que elegir un poema, sería el primero del libro que mencioné anteriormente. Lo reseñé en algún momento para Página/12. Dice así:

«Un hombre en su costumbre  de deambular por la ciudad, de caminar como caminan las personas que se dirigen a  alguna parte

en su costumbre de volver a casa, por figurar, al acostarse, en el libro de cuentas de las noches

cuyos pasos lo van retrasan-do, ocultando a los sucesos de la calle, ¿en este preciso instante no se están transformando en palabras?»

Me gusta porque tiene que ver con la mirada del voyeur, del que está al costado. Hay una disociación entre acción y contemplación.  La acción de escribir produce un desdoblamiento, es la conciencia que puede partir el significado de lo que sucede”.

No es lo único que ve en este poema. “Tampoco lo puedo desvincular del niño atento y cariñoso, ingenuo casi, que estaba maravillado ante la poesía y mantenía una mirada de extranjero ante ella”.

Algunas despedidas no son necesarias

La ultima vez que Llach vio a Calveyra, fue en el cruce de las calles Juncal y Uriburu. “Él estaba sólo en un café y yo pasé caminando. Fue poco antes de la muerte. No recuerdo si estaba apurado o con alguien, el tema es que por algún motivo no pude saludarlo”.

Le quedó cierta lástima, pero también la conexión no dependía de un saludo al pasar.Es una de esas compañías que siguen estando, de la misma manera que ha quedado de él un modo de producir poesía con empatía, sin dejar por eso la complejidad para acceder al sentido”.

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* Amalia Gieschen es poeta y periodista (TEA, 2003). Lleva adelante el proyecto audiovisual Poetas x Poetas desde el año 2015 junto a Sigfrido Quiróz Tognola. Su columna “Libros que queman” se transmite todos los viernes al mediodía por Radio del Bosque. Fue antologada en el libro “Gruñendo” (Hemisferio Derecho Ediciones, Bahía Blanca, Argentina, 2007) y tradujo del inglés al español la novela “El corazón de las tinieblas”, de Joseph Conrad (Gárgola Ediciones, Buenos Aires, Argentina, 2008).