Comenzó la Bienal de Venecia, el encuentro mundial del arte

Con presencia argentina y obras impactantes. Morning Studio. Óleo sobre lienzo de la estadounidense Nicole Eisenman, una de las creadoras más elogiadas en la previa de la muestra.

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Y llegaron puntualmente a Venecia, capital de las góndolas y los vaporetti, los descomunales yates de los billonarios. Son cruceros de tres y cuatro pisos, hoteles flotantes que amarran frente a las entradas de la Bienal. Al cabo de dos días de recorrida e inauguraciones para invitados especiales, la muestra abre hoy al público y parece lista para estallar de turistas hasta fines de noviembre.

Responderá con un caleidoscopio de visiones a la pregunta-lema arrojada por Ralph Rugoff, curador general de su 58va edición. “Que vivas en tiempos interesantes”, una antigua maldición china, alude a la encrucijada política concreta de un mundo lanzado a las aventuras partidarias extremas, desde Salvini en Italia a Bolsonaro en Brasil. Pero también da carta franca a una creatividad que derriba en el arte lo que no puede hacer en el territorio: todas las fronteras entre géneros, artes y lenguajes, con una particular reflexión sobre las categorías de la verdad, la ficción y la patraña –sea política o publicitaria. Entretanto, los galeristas y los ricos coleccionistas siguen haciendo sus ofertas, aunque oficialmente solo se trate de arte. Dice Orly Benzacar, galerista que representa a Mariana Tellería, la artista que expone en el Pabellón Argentino: “Todo está a la venta, todo. Incluso las esculturas de Mariana, que miden cinco metros”.

En sus 79 artistas –en muchos casos actuando en dúos o colectivos–, la muestra cuenta con dos grandes espacios, el Arsenal y los Jardines, y cada artista está en ambos. El paseo general revela el núcleo mencionado, con una tensión muy marcada entre los usos de la tecnología de punta y cierto culto al low-tech de los siglos XIX y XX.

El curador estadounidense Ralph Rugoff eligió a dos argentinos y a una pintora nacida en Uruguay. Tomás Saraceno, hoy ya más berlinés que tucumano, presentó su propio Pabellón Oráculo en los Jardines. Ubicado a la entrada pero con su espacio aparte, da a las arañas ciudadanía propia, con un fragmento de la bella arquitectura de telas. Al final del Arsenal, ubicó su obra Aero(escena), también fuera del programa general. También está presente Ad Minoliti, con sus tres grandes Cubos de juguete, impresos con sus clásicas composiciones que combinan el cómic, el dibujo animado y el surrealismo.

Forzosamente apretada, la síntesis de lo mejor comienza por el canadiense Christian Marclay. Ganador en 2011 del León de Oro con su extraordinaria The Clock (un film de 24 horas continuadas de montaje fílmico clásico aludiendo al paso del tiempo), volvió con 48 War films, del todo inclasificable. En una pantalla de cine, monta 48 películas de guerra en marcos concéntricos donde solo se ven –sin superposición– filmes bélicos, solo los bordes, mientras los audios, sí, se superponen en una Babel de gritos, tiros y explosiones (¿dónde si no?, en el Arsenal) En los Jardines, el lado claro de la mostra, Marclay ensambla primeros planos de héroes de historietas, en una suerte de irónico Frankenstein del cómic.

Otro momento muy alto es la alemana Hito Steyerl, más conocida en Argentina como crítica por sus ensayos. Sus dos grandes instalaciones son de una madurez sólida en todos los lenguajes del arte, pero también de su propio tono tan único, con su máquina incesante de microhistorias, con una ironía indecidible. En Arsenal, la instalación This is the future cuenta la historia de un jardín secreto, con varias pantallas donde el visitante pasa por paisajes digitales cambiantes. Por fin se sienta, para ver un documental apócrifo y muy genérico del observatorio paleolítico de Stonehenge, en Inglaterra: la voz persuasiva de un robot mujer lanza preguntas al público sobre la sostenibilidad en nuestro mundo actual. Enseguida, una sección titulada Power plants eslabona especies florales imaginarias y sus propiedades (la robot cuenta que una de esas flores segrega un efectivo veneno contra autócratas). En la obra de los Jardines, la señorita cuenta otra historia de ficción sobre cierto submarino ideado por Leonardo para proteger a Venecia, cuyos croquis cae en manos de la maléfica Finmacchine, una empresa de seguridad actual. Entre la fake news y ese particular género chapuza de noticiero por cable, ruido ambiental, todas sus imágenes terminan derritiéndose y mutando con gran belleza, mientras el audio aterciopelado nos hace sentir en una nave de Star Trek. Steyerl, uno de los hitos de este año. La muestra Fabrik, que comienza en Proa el 16 de mayo, tendrá una instalación suya, que formó parte de la Bienal en 2015.

Al igual que en ediciones precedentes, la selección oficial de la Bienal entra en un contrapunto –por momentos altisonante – con los pabellones nacionales, ilustrando por sí solo la grieta entre artistas oficiales e independientes. Es el caso de la penosa muestra del Pabellón chino, curada por una empresa muy sui géneris… Por el contrario, los tres artistas chinos elegidos por Rugoff son muy destacados. Entre ellos, sobresale el gigantesco robot (humano, muy humano) de Sun Yuan y Peng Yu, nacidos y residentes en Beijing. Dentro de una gran pecera de acrílico, una monstruosa pala secadora –del tipo que se usa en la industria automotriz pero con sensores de reconocimiento visualescurre un creciente charco de plasma rojo oscuro, y hay que quedarse a mirar los 32 movimientos del brazo mecánico, que limpian y a la vez sal

pican de rojo su pecera: ¿nadie pensó en el cansancio de este Sísifo, en su deseo de ser desenchufado? Grosera a primera vista, la gestualidad se convierte en amenaza, en trompa de elefante o testa de dinosaurio, en el brazo de un niño encaprichado en dibujar círculos. Parece avanzar amenazante, pero para, se arrepiente y luego se vuelve a proyectar. Can’t help myself

(no puedo evitarlo) está en los Jardines. En el Arsenal el dúo montó un gran trono de Abraham Lincoln, del que sale una manguera con aire comprimido, una víbora descontrolada con su propia serpentina violenta.

Auspiciosamente, la presión feminista en todo el mundo ha forzado una mayor presencia de mujeres. Algunas artistas están entre lo decididamente mejor, como Nicole Eisenman con sus grandes cuadros intimistas. O los dos frisos de siete cuadros de Jill Mulleady, con sus incidentes callejeros y su relectura de pintores históricos como Munch. El curador Rugoff la invitó a participar sin conocerla personalmente, al ver su tríptico en la galería Neu, cuenta. Hija de argentinos, Jill nació en el departamento de Rocha cuando sus padres emigraron a al Uruguay con el golpe de Videla. Tuvo una formación teatral, también, lo cual se aprecia. Vive en Los Angeles, y se siente muy cerca de Argentina.

La curaduría de Rugoff también subrayó una presencia crucial de la pintura. No se puede hablar de ello sin mencionar las obras notables del keniata Michael Armitage. En esta edición, donde hay mucha fotografía, otra mención sobresaliente son los autorretratos de la japonesa Mari Katayama, con tomas de su mano, con una malformación congénita, y su pierna amputada, en el bellísimo ciclo votivo I have child’s feet, rodeada de almohadones bordados con cristales Swarovsky y perlas en los que reposan sus piececitos de muñeca, a la usanza oriental.

Pero entretanto, la ciudad de Vene

cia siempre acaba imponiéndose como una de las máximas obras que se hayan construido. Durante todo el día, sus singulares invitados son una “performance” en sí mismos, vistiendo un sport de lujo y esas “altas llantas” aparatosas que hoy también fabrican Gucci y Ferragamo. La Bienal es un impresionante catálogo de zapatillas, de todos los modelos y precios. Entre las parejas de ricos coleccionistas y hipsters neoyorquinos, es perfectamente natural toparse con una performance. Y cruzarse con personajes míticos, como las berlinesas Eva & Adele, tomadas de la manito, calvas y de rosa desde hace muchos años. Todos se preguntan cuál de las dos faltará primero, si vendrán con muletas o en sillas de ruedas o si, cuando mueran, volverán sus fantasmas.

Fuente: Clarín