Desgastado, el mural de Páez Vilaró que representa a Buenos Aires cumple 30 años

Desde que Francisco Cifarelli (67) trabaja en el puesto de diarios de Avenida Figueroa Alcorta y Tagle, sentarse en la vereda a observar el mural "Homenaje a Buenos Aires" del artista uruguayo Carlos Páez Vilaró, se ha convertido en una religión.

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“Ya casi siento que con Gardel nos conocemos desde siempre”, dice frente a la figura del tanguero que se impone en la pared lateral de un edificio. Como él, son muchas las personas que aminoran el paso en esta esquina y dejan viajar su mirada en la pintura que este año cumple su 30° aniversario.

Carlos Gardel es el protagonista de esta obra, que fue trasladada al muro por expertos en gigantografías en 1989 en la puerta de entrada a Barrio Parque. Pero la dedicatoria no fue exclusiva. Páez Vilaró, que se sentía un “pintor del medio del río”-según expresa su hija Agó- tenía previsto reflejar una síntesis de la ciudad desde su segunda fundación. Por eso reunió varios elementos representativos de la cultura porteña en esta pintura.

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La figura del Obelisco hace las veces de corbata. La Avenida 9 de julio se pierde en el cuello de la camisa del cantor rioplatense. A la izquierda, se levantan las usinas donde Páez Vilaró tuvo los primeros trabajos que lo acercaron al arte en la década del 40, en los barrios de Barracas y Avellaneda. Las cúpulas de emblemáticos edificios, el puerto, una pareja de bailarines de tango, un barco que lleva el nombre de “Sebastián”-el primer hijo argentino del autor- dialogan con el Cabildo, el Congreso de la Nación, el jockey Leguisamo montado en su caballo de carrera, la figura Maradona (con al 10 de la Selección) y la del canillita. El sol -tan característico en sus obras- y una estela amarilla que atraviesa toda la imagen completan la composición.

Un símbolo de Buenos Aires Fuente: LA NACION Crédito: Daniel Jayo.

Rodeada de un espacio verde y de edificios de gran valor histórico, la obra se encuentra arriba de lo que era la emblemática confitería Rond Point. Jorgelina Marini (26) estudia en la Facultad de Derecho y le apasiona subir al puente peatonal de Figueroa Alcorta y Pueyrredón para adivinar la obra desde ahí.

Pero su ubicación paradigmática no es lo único que le otorga valor a la obra: “Se la puede ver desde grandes distancias, porque tiene mucha exposición y además es de las pocas piezas en la ciudad que representa símbolos de la identidad porteña en un lenguaje pop”, dice Juan Vacas, director de Patrimonio, Museos y Casco Histórico de la Ciudad.

A pesar de que se trata de una pieza emblemática, no está declarada como un bien de patrimonio cultural de la Ciudad, conforme la Ley n°1227. “Estamos planificando ingresar su restauración a través de un proyecto de mecenazgo”, agregó el funcionario.

Quien haya caminado por esta esquina alguna vez puede haber visto a Pedro Cabrera (53), disfrazado de Napoleón, apuntando a la pintura, con el solo fin de robarle una sonrisa a la gente. Julio Quiroga (36), a veces se detiene a contemplarla y hasta cree escuchar la estrofa de “Mi Buenos Aires Querido” y la “queja de aquel bandoneón” a la que aludía el morocho del abasto en su canción.

Durante su infancia, Agó Páez Vilaró, contemplaba las fotografías de Gardel que su padre había colgado en el atelier y hasta llegaba a percibir un parecido entre ambos. “Él admiraba tanto al Mago como a otros artistas argentinos. Siempre estuvo muy agradecido con Buenos Aires que le abrió las puertas en el camino del arte”, explica la mujer, que heredó los genes artísticos del padre.

“La obra está incompleta, porque hace unos años le recortaron el sobrero para instalar un cartel publicitario que hoy ya no existe”, recuerda Florencio, otro de los hijos argentinos del autor. Ya hablé con el Gobierno de Buenos Aires para ponerla en valor porque se fue desgastando con el pasar de los años”.

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Además de “Homenaje a Buenos Aires”, Páez Vilaró, que también fue escultor, muralista, escritor, compositor y director, dejó como legado otras obras en la ciudad. El Banco Velox, el Hotel Alvear, el Banco Shaw, la Estación de trenes de Retiro, la Biblioteca Nacional y la estación de subte Carlos Gardel, fueron testigos de su arte. Además, el pintor tenía una casa taller en Tigre que fue declarada Patrimonio Cultural y el Museo de Arte de Tigre (MAT) también rinde homenaje a su obra.

El artista plástico de las dos orillas murió en 2014 a los 90 años en Casapueblo, su obra más emblemática, ubicada en la costa uruguaya.

Fuente: Lucía Cullen, La Nación.