Juan Carlos Mareco, a 100 años de su nacimiento: recuerdos y enseñanzas de una televisión perdida

Desde el legado de su gesto, siempre amable y cordial, también surgen preguntas que todavía no tienen respuesta

“No entiendo por qué los festivales folklóricos son solamente en verano”. Esta reflexión dicha por Juan Carlos Mareco en 1999 se destaca en las páginas finales de Estamos en el aire, la mejor historia de la televisión argentina hecha libro.

Mareco, que escribió con su nombre y su talento algunas páginas inolvidables de esa misma historia, en este caso vista desde la perspectiva de la programación, es el protagonista del primer gran aniversario de 2026 con ribetes de homenaje en el mundo de las artes y del espectáculo de nuestro medio: el próximo martes se cumple el centenario de su nacimiento, el 20 de enero de 1926, en la localidad uruguaya de Carmelo.

Juan Carlos Mareco recibe el premio Martín Fierro a la trayectoria, en junio de 2003
Juan Carlos Mareco recibe el premio Martín Fierro a la trayectoria, en junio de 2003FOTO:DYN/CARLOS GRECO

En estos días, como ocurre de manera invariable para esta época del año, la TV Pública dedica casi todas sus noches a la retransmisión de alguna de las múltiples fechas del calendario estival de fiestas nativas y folklóricas en algún lugar del país. En sus últimos años, cada vez más alejado de los espacios y las pantallas que lo habían visto brillar tantas veces, Mareco tomaba nota de la situación preguntándose al mismo tiempo, sin decirlo, por qué no podíamos disfrutar de esa experiencia en vivo y en directo en otros momentos del año.

Memorables programas

Nadie podría atreverse (ni entonces ni ahora) a cuestionar su autoridad para opinar de esos temas. En la mejor década de su carrera, la que comenzó en 1960, fue el conductor y presentador de algunos memorables programas musicales. En Pinochadas (1963), con producción de Blackie, recibía a grandes figuras internacionales de la canción. El modelo se perfeccionó todavía más con Casino Philips (1966), show del que todavía se recuerdan sus amplias escenografías y un gran despliegue de atracciones locales y extranjeras. Podía emitirse desde los estudios de Canal 13 o desplazarse a otras ciudades (inclusive fuera del país) aprovechando el entorno natural o urbano de cada destino como ambientación ideal para un tema vocal o instrumental.

Algunos años atrás, viejas entregas de Casino Philips conservadas en gastadas cintas sorprendían gratamente a los televidentes de la señal Volver. Casino Philips fue un clásico de la TV musical en la Argentina hace casi 60 años, cuando ese género era uno de los más fuertes y populares de toda la pantalla chica. Después de aquella breve experiencia de rescate, esas imágenes nunca volvieron a reponerse.

Mareco no volvió a conducir ciclos definidamente musicales con la única excepción de Estudio Philips (1984), una fugaz aparición en la grilla de Argentina Televisora Color (ATC), nombre que por entonces tenía la actual TV Pública. Pero el recuerdo mismo, actualizado en su vigencia por la celebración de los 100 años de su figura central, justifica la formulación de una pregunta clave: ¿por qué ya no quedan musicales en la televisión abierta? ¿Y tampoco, por extensión, grandes shows?

La TV Pública desmentiría en principio ese interrogante con la sencilla prueba fáctica del armado de su programación de verano, afirmada en su horario central con extensas transmisiones de los principales festivales nativos.

Este último jueves, sin ir más lejos, la cobertura en vivo y en directo de una nueva jornada del Festival de la Doma y el Folklore en Jesús María (Córdoba) tuvo características parecidas a las de los viejos programas ómnibus que reinaban en la TV argentina durante los años 60: cuatro horas y media ininterrumpidas que pudieron ser más si la fiesta no finalizaba abruptamente en las primeras horas del viernes, debido al mal tiempo, en medio de la actuación de Soledad.

El recital de Soledad en Jesús María y la transmisión de TV debieron interrumpirse abruptamente en la madrugada del viernes por el mal tiempo
El recital de Soledad en Jesús María y la transmisión de TV debieron interrumpirse abruptamente en la madrugada del viernes por el mal tiempoInstagram (@sole_pastorutti)

No hubo ni siquiera una mínima placa en pantalla que explicara las razones de la interrupción y su reemplazo por imágenes de archivo con otros momentos de la misma fiesta. Esa omisión hubiera molestado mucho a Mareco, un showman que acostumbró a los televidentes a la rareza de ser bien tratados y respetados.

Un estilo de vida

Cada vez que Mareco aparecía en el centro del televisor, el micrófono estaba en manos de un hombre acostumbrado a hacer del título del último de sus grandes programas (Cordialmente, un gran clásico de la TV ochentosa surgido de la radio y creado por Julio Moyano) una norma de conducta. Casi la defensa de un estilo de vida basado en la disposición a escuchar al otro y en el rechazo absoluto a cualquier tipo de estridencia. Hasta Juan Domingo Perón, líder de la corriente política a la que Mareco siempre adscribió, lo admiraba por eso: “Marequito es limpio hasta cuando hace humor picaresco”, dijo una vez.

El paso del tiempo es implacable. También en términos mediáticos es capaz de barrer con las mejores intenciones. Se hace casi obvio el reconocimiento de que hay estilos y modos que no envejecen nada bien y mucho menos sobreviven a los cambios de una evolución inevitable (e interminable). Las audiencias también modifican su temperamento, su curiosidad y la manera de interactuar con los medios, sobre todo desde el momento en que dejaron de ser simples receptores de contenidos para asumir un papel mucho más activo y protagónico.

Juan Carlos Mareco en sus primeros pasos como profesional, cuando todavía hacía radio en Uruguay
Juan Carlos Mareco en sus primeros pasos como profesional, cuando todavía hacía radio en Uruguay

Pero no todo es cambio. Hay principios inmutables e inalterables desde los cuales se configura la mayoría de las propuestas que hoy llamamos clásicas. Puede que resulte hoy demasiado edulcorada la obstinación de Mareco por agradar a sus entrevistados, por llenar de gestos dulces y amables cada tertulia o por hablar desde un estudio de televisión de un mundo sin máculas ni pecados. Pero, a la vez, creía posible un mensaje televisivo basado en la creatividad, en el humor sin una sola sombra de grosería y el principio de que todo vínculo interpersonal se define a partir del reconocimiento de las virtudes ajenas.

Suele decirse que las expresiones mediáticas representadas por la TV reflejan mucho mejor el mundo de hoy precisamente por no disimular los claroscuros de la realidad detrás del artificio de un mensaje bienintencionado urbi et orbiPero ese nuevo escenario terminó arrasando también con cada uno de los elementos perdurables y valiosos que figuras como Mareco defendieron desde la radio y la televisión de su tiempo: el buen modo, la aversión a cualquier tipo de vulgaridad, el rechazo a la provocación como estilo, el humor como resultado de la más fina observación de las costumbres de una sociedad, el interés genuino y franco por la opinión ajena.

Ir al rescate de estos valores es la razón que nos lleva de nuevo a una figura cuyo centenario nos preparamos para celebrar. Si las voces vulgares que festejan cada nuevo escándalo en las pantallas mundanas de la TV y el streaming son las que se escuchan más fuerte es porque los protagonistas más ejemplares y lúcidos de este medio no pueden decir lo suyo. Hay una colosal ausencia de archivos visuales con ejemplos contrarios a los que están en boga.

Con el pequeño Guido Kaczka en el programa Homenaje, a mediados de los años 80
Con el pequeño Guido Kaczka en el programa Homenaje, a mediados de los años 80Instagram

Uno de esos modélicos protagonistas fue justamente Mareco, del que puede hablarse hoy más que nada solo desde el recuerdo de los historiadores y los memoriosos. Las temporadas televisivas de Cordialmente aparecen como la referencia más cercana de este camino. Pero más allá también encontramos momentos de extraordinaria riqueza y disfrute como las conversaciones que compartió a pura ternura con el Topo Gigio allá por 1968 en el programa La galera, cuando el entrañable ratoncito creado por Maria Perego empezó a enamorar al público argentino con sus primeras apariciones.

En radio

Merecen sumarse a esa lista algunos de sus grandes programas de radio, cuando todavía el público lo reconocía y lo saludaba con el apodo (Pinocho) que convirtió en nombre durante gran parte de su vida artística.

Fue el oriental Wimpi (Arthur Núñez García), reconocido creador y divulgador de historias costumbristas y anécdotas gauchescas de ambas orillas del Río de la Plata quien le impuso ese nombre a su ahijado artístico.

“Mareco, ¿se acuerda del cuento Pinocho? Vamos a hacer de cuenta que a ese muñeco de madera le ponemos el alma robada a una calandria, un pájaro que no tiene canto propio y que canta imitando sonidos y tonos ajenos”. Eso fue, palabras más, palabras menos, lo que Wimpi le dijo a Mareco según lo cuenta Carlos Ulanovsky en su historia de la radio argentina, Estamos en el aire.

Jugando con el muñeco que inspiró su nombre artístico, Pinocho
Jugando con el muñeco que inspiró su nombre artístico, Pinocho

Allí estaba en estado puro el mejor Mareco de todos, el improvisador inspirado que sacaba de la galera en un segundo estrofas con rimas casi perfectas, el incansable fabricante de palabras que nunca perdían el sentido, el humorista capaz de escribir entre 30 y 40 chistes diarios. Y sobre todo el imitador que lograba multiplicar voces hasta el infinito y encontrar a través de todas ellas una expresión propia, única. De allí la alusión de Wimpi a la calandria.

Todo ese mundo mágico es incompatible con la imagen que en estos tiempos se nos impone a la fuerza para acompañar el seguimiento de cualquier transmisión de radio. En su caso hubiese sido un sacrilegio y debemos agradecer que su apogeo artístico coincidió con el momento histórico en el que la radio era solamente radio.

Con todo, tenía el talento suficiente como para salir plenamente airoso del salto de la radio a la televisión que complicó la carrera de muchas figuras clásicas de los medios argentinos a partir de la década de 1950. Llevó con éxito algunos de sus grandes personajes a la pantalla, entre ellos aquel sketch en el que personificaba a un funebrero (la profesión que ejerció su padre) y terminaba siempre con una pregunta y una frase que pasó a formar parte del lenguaje cotidiano y popular: “¿Y su amigo? Azul quedó…”

Juan Carlos Mareco en 1963
Juan Carlos Mareco en 1963

Mareco también nos deja otra enseñanza, que solo la memoria y la recuperación de algunos viejos tapes permiten valorar. Vivimos un tiempo aparentemente dinámico y vertiginoso en los medios audiovisuales: planos veloces, frases rápidas y punzantes, edición vertiginosa. Nadie se puede quedar quieto. Pero eso ocurre solo en apariencia: no hay figura más rígida en términos mediáticos de la que ofrecen hoy los canales de streaming de los que tanto se habla, con varias personas inmóviles sentadas frente a otros tantos micrófonos y hablando entre sí.

Naturalidad

Como Pinky, como Olmedo, como Bernardo Neustadt, como Mirtha Legrand, como Susana Giménez y, mucho más cerca, como ocurrió en la temporada pasada de Otro día perdido con Agustín “Rada” Aristarán, Mareco tenía la virtud de saber moverse dentro de un estudio de televisión con la misma naturalidad de quien recorre el living de su casa.

Esa familiaridad con el entorno mejora y perfecciona automáticamente cualquier hecho televisivo. El espectador contempla esa situación y percibe de inmediato que todo fluye, que no hay secretos o nada por esconder. Se entiende todo. Y ya resulta innecesario preguntarse por qué había un único momento en el año para hacer festivales folklóricos y transmitirlos por televisión. Mareco murió a los 83 años, el 8 de octubre de 2009, sin encontrar la respuesta.

Por fortuna, a través de su trayectoria nos dio muchas otras certezas a través de momentos inolvidables, algunos de los cuales, muy pocos, y de manera incompleta, pueden recuperarse a través de los escasos archivos visuales disponibles. Como el material del Archivo Prisma que guarda la memoria histórica de Radio y Televisión Argentina y puede hallarse aquí.

Gracias a ellos y al eterno gesto (siempre amable y lleno de gracia natural) con el que lo recordamos, el centenario de Juan Carlos Mareco nos lleva a pensar en toda una manera de hacer televisión, que muchos siguen añorando.

Fuente: Marcelo Stiletano, La Naci{on