Carmen Herrera, la historia de la artista que vendió su primera obra a los 89 años, alcanzó la fama y murió a los 106

Carmen Herrera, una artista cubana que pintó formas geométricas abstractas en París y Nueva York y pasó inadvertida casi toda su larga vida hasta que saltó a la fama internacional después de que sus lienzos comenzaron a venderse cuando tenía 89 años. Su ascenso global se inició tras décadas de perseverancia y adversidad e inspiró un debate renovado sobre el papel de las mujeres en el arte contemporáneo.

Carmen Herrera, nacida en La Habana en 1915, dedicó más de seis décadas a la pintura sin obtener reconocimiento ni compradores. El reconocimiento tardío llegó recién a los 89 años, lo que la posicionó como una de las figuras destacadas de la abstracción geométrica y el minimalismo contemporáneo. Su vida y legado evidencian las barreras de género, origen y edad en el ámbito artístico.

Creció en un entorno intelectual. Su padre, Antonio Herrera, fue periodista y su madre, Carmela Nieto, escritora. A los ocho años ya recibía clases privadas de arte con el profesor Federico Edelmann y Pinto, quien ayudó a cimentar su dominio del dibujo académico.

En su adolescencia, estudió en París y, en 1938, regresó brevemente a La Habana en plena inestabilidad política para cursar arquitectura en la Universidad de La Habana, aunque solo completó un año debido a los reiterados cierres de la institución.

Carmen Herrera nació en La

Carmen Herrera nació en La Habana en 1915 y desarrolló la mayor parte de su obra en Nueva York.

Durante más de cinco décadas, su trabajo permaneció fuera del circuito comercial y museístico.

“El mundo de las líneas rectas se me abrió para siempre en esa época”, expresó Herrera, quien emigró a Nueva York en 1939 tras casarse con el profesor Jesse Loewenthal.

Allí se enfrentó al ambiente tradicionalista del circuito artístico, pero pudo ingresar a la Art Students League, donde perfeccionó su técnica y comenzó a explorar la abstracción geométrica. Posteriormente, la pareja residió en el París de posguerra, donde Herrera se relacionó con figuras como, y expuso junto a los grandes del arte abstracto europeo, según historia-arte.com y The Guardian.

La estancia parisina fue decisiva: depuró su estilo, influida por el suprematismo y De Stijl, y se apartó de la figuración, anticipando movimientos como el Op Art. En 1950, expuso individualmente en el Lyceum de La Habana, pero la recepción fue fría.

La artista comenzó a ser

La artista comenzó a ser reconocida recién en 2004, cuando tenía 89 años.

En 1953, por dificultades económicas, Herrera y su esposo volvieron a Nueva York, donde persistió en su búsqueda artística pese al auge del expresionismo abstracto.

El ambiente del arte se mostró poco receptivo con su trabajo, tanto por razones estéticas como por barreras de género: la propia Herrera relató cómo una galerista rechazó sus obras argumentando que, “siendo mujer, nadie las compraría”, según The Guardian.

Herrera construyó un lenguaje propioHerrera construyó un lenguaje propio basado en líneas rectas y planos de color.

Durante décadas acumuló lienzos y bocetos en su estudio, eligiendo el aislamiento creativo y evitando la promoción personal. “No he pintado ni por gloria, ni por dinero, lo he hecho por necesidad y porque se me da bien,” declaró en historia-arte.com.

El anonimato que la rodeó se debió al contexto machista del mercado artístico y a su negativa a ser encasillada por nacionalidad o política.

Herrera defendía la universalidad de la disciplina: “No creo que exista el ‘pintor cubano’; el arte es universal”, manifestó. Aunque compartía inquietudes con artistas como Barnett Newman y Mark Rothko, las galerías y museos le cerraron las puertas durante más de 50 años.

El MoMA incorporó piezas de

El MoMA incorporó piezas de Herrera a su colección permanente.

En ese prolongado periodo, desarrolló un proceso creativo riguroso que unía precisión arquitectónica y minimalismo. Cada obra era planificada con bocetos y medidas precisas antes de ser trasladada al lienzo.

Sus pinturas sobresalen por los tonos planos y las líneas rectas: “La línea recta es para mí el principio y el final”, afirmaba Herrera, defensora del “menos es más” y de la interacción entre líneas y color.

El crítico Ted Loos describió su estilo en The Guardian como “sencillez audaz: bloques de color delimitados por diagonales pronunciadas”. Este método también lo aplicaba en esculturas, estructurando obras tridimensionales geométricas.

En 2004, una muestra enEn 2004, una muestra en la galería Latincollector marcó el inicio de su reconocimiento público.

A pesar de su exploración estética —con series como Blanco y Verde (1959–1971) que reducen el paisaje a composiciones de verdes y blancos— y sus experimentaciones con la forma del lienzo, la falta de reconocimiento institucional y ventas persistió hasta la década de 2000.

El momento clave surgió en 2004. El pintor Tony Bechara, amigo cercano, sugirió a Frederico Sève, dueño de la Latin Collector Gallery de Manhattan, que incluyera a Herrera en una muestra tras la baja de una participante. Al ver sus obras, Sève comprobó que eran anteriores incluso a las de Lygia Clark, lo que llevó a incluirla, vender varias piezas y donar una al MoMA, según The Guardian.

Desde ese entonces, su carrera dio un giro notable. En 2009, la Ikon Gallery de Birmingham presentó una retrospectiva que atrajo la atención internacional, con exposiciones posteriores en Lisson Gallery, el Whitney Museum y otras instituciones de prestigio.

Su trayectoria es hoy revisadaSu trayectoria es hoy revisada como parte de la relectura del canon del arte contemporáneo.

A los 94 años, Herrera exhibía globalmente y sus obras ingresaron en colecciones permanentes de museos como el MoMA de Nueva York, Tate Modern de Londres, Smithsonian y Pérez Art Museum de Miami, según NPR y The Guardian. En 2019 fue elegida miembro honorario de la Royal Academy of Arts en Londres y, poco después, Francia le concedió la Orden de las Artes y las Letras. Mantuvo la producción artística pasada la centena, estrenando incluso un mural monumental en Texas de manera póstuma.

El impacto de Carmen Herrera en el arte contemporáneo se percibe en exposiciones internacionales y en la reivindicación de mujeres artistas invisibilizadas a pesar de su trascendencia. Su influencia abarca Europa y América, presente en colecciones estables y en muestras como la Bienal de Venecia de 2024, de acuerdo con Wikipedia y The Guardian. Herrera defendió hasta el final la autonomía de la forma, la precisión del trazo y la universalidad del arte.

Al cabo de una vida enfocada en la pureza formal y el rigor conceptual, la artista cubano-estadounidense consolidó un legado inspirador para nuevas generaciones y contribuyó a redefinir la historia del arte moderno. Su éxito tardío la sorprendió sin nostalgia y convencida del valor de la constancia y la fidelidad a una visión propia.

En un mundo artístico que adora lo nuevo y lo joven, Herrera llegó a una edad avanzada sin que la tomaran en cuenta los mercados comerciales y tan solo saboreó los placeres solitarios de todos los artistas atribulados: crear maravillas para sí misma.

El paso de los años se convirtió en décadas y luego en medio siglo. Con paciencia, sus pinceles produjeron configuraciones geométricas minimalistas, como haikus visuales, en un blanco y negro crudo y posteriormente en colores radiantes: triángulos y trapezoides, conchas curvilíneas, rondos y diamantes que flotan en el universo de un lienzo blanco inmaculado.

En el París de la posguerra, Herrera expuso en el Salon des Réalites Nouvelles, el recinto para los artistas abstractos. En Nueva York, encontró espacio en escaparates de galerías, exposiciones en aceras, en cualquier lugar donde pudieran verla. Años más tarde, su obra fue expuesta en el Museo Alternativo en East Village y el Museo del Barrio en East Harlem. Hubo reseñas breves pero favorables, aunque ningún comprador.

No obstante, Herrera perseveró. Tuvo una vida frugal en su apartamento, donde guardó en armarios su colección de lienzos enrollados y siguió pintando, con el apoyo de su marido, Jesse Lowenthal, quien fue maestro de inglés en el bachillerato Stuyvesant High School en Manhattan durante 45 años hasta su muerte en 2000. Entonces, la suerte de Herrera cambió, casi de la noche a la mañana.

En 2004, Bechara le recomendó su obra a Frederico Sève, el dueño de origen brasileño de Latin Collector Gallery en la calle Hudson en TriBeCa, quien ha sido un defensor de los artistas latinoamericanos durante años y estaba montando una exposición para tres artistas latinas.

En una breve reseña para The New York Times, Holland Cotter escribió: “Esta exposición espléndida y fresca recoge un hilo de abstracción geométrica en el arte latinoamericano del siglo XX y lo sigue hasta la obra de tres mujeres que han realizado contribuciones significativas para la historia de ese arte”.

“La artista de mayor edad”, continuó Cotter, “quien también es la menos conocida, es Carmen Herrera, nacida en Cuba en 1915 y residente de la ciudad de Nueva York desde 1954. Su estilo declarativo, ingenioso y cercano al movimiento pictórico “hard edge”, tiene puntos de contacto con las obras de Mondrian, Ellsworth Kelly, y el arte óptico, pero su conexión más inmediata es con la obra neoconcreta vanguardista de artistas como Lygia Clark y Hélio Oiticica, quienes prosperaron en Brasil después de la Segunda Guerra Mundial”.

La reacción a la exposición fue inmediata. Ella Fontanals-Cisneros, una coleccionista nacida en Cuba que tenía una fundación de arte en Miami, compró cinco pinturas de Herrera. Estrellita Brodsky, otra prominente coleccionista, compró cinco más. Agnes Gund, la filántropa y presidenta emérita del Museo de Arte Moderno de Nueva York también compró varias y, con Bechara, donó al MoMA (acrónimo en inglés de este museo) una de las pinturas en blanco y negro de Herrera.

A los elogios en publicaciones de arte y la prensa en general les siguieron exposiciones en solitario en Nueva York y Londres. Una retrospectiva itinerante de Herrera fue un éxito en toda Europa. Las colecciones permanentes del MoMA, el Museo Hirshhorn en Washington, el Tate Modern en Londres y el Centro de Arte Walker en Minneapolis adquirieron sus obras. También hubo coleccionistas privados que se abalanzaron sobre su obra. Los periodistas clamaban por entrevistas.

El valor de sus pinturas se disparó. Para 2009, cada una costaba 50.000 dólares y subieron hasta 160.000 dólares para 2014, sumas inimaginables cuando Herrera tenía ochenta y tantos. The Observer de Londres dijo que su obra era el descubrimiento de la década y cuestionó: “¿Cómo fue que nos perdimos de estas brillantes composiciones?”.

Una gran parte del dinero nuevo fue para asistentes que trabajaban las 24 horas, lo cual le permitió a Herrera mantener el monoambiente-estudio que para ese entonces había ocupado durante casi cinco décadas. “El dinero es útil porque al final de la vida, para mi sorpresa, se necesita mucha ayuda”, le comentó Herrera a The Telegraph de Londres. “De otra manera habría terminado en un asilo. Y eso me da pavor”.

Para cuando tenía 94 años, Herrera, delgada como una escultura de Giacometti, con lentes de armazón de alambre y el pelo color blanco hueso y a la altura de los hombros, estaba confinada en su casa, una mujer majestuosa en silla de ruedas, aquejada por la artritis, pero con el pincel en mano. ¿Cómo había perseverado después de décadas de ser desconocida?

“Lo hago porque debo hacerlo; es una compulsión que también me da placer”, le comentó al Times en 2009. “En la vida, nunca tuve ninguna idea del dinero y pensaba que la fama era algo muy vulgar. Así que tan solo trabajé y esperé. Y al final de mi vida, estoy recibiendo mucho reconocimiento, algo que me sorprende y me complace, de hecho”.

En 2015, cuando cumplió 100 años, el estatus de Herrera en el canon del arte moderno quedó confirmado gracias al lanzamiento de un documental de media hora, “The 100 Years Show”, de Alison Klayman, y a la inclusión de su díptico, “Blanco y Verde” (1959), junto con obras de Ellsworth Kelly, Frank Stella, Agnes Martin y Jasper Johns, cuando el Museo Whitney de Arte Estadounidense abrió sus nuevas puertas en el Meatpacking District de Manhattan.

“Ya era hora”, le comentó Herrera a un reportero mientras bebía un whisky en su apartamento ubicado en la calle 19 East, cerca de Union Square. “Hay un dicho que dice que esperes el autobús y va a llegar. Yo esperé casi cien años”.

Carmen Herrera nació el 31 de mayo de 1915 en La Habana, hija de Antonio Xavier Herrera y Carmen Nieto. Su padre fue el editor fundador de El Mundo, un periódico de La Habana, y su madre fue reportera de ese diario. Carmen creció en un hogar próspero y sofisticado, rodeada de arte, música y literatura. Langston Hughes, el poeta y líder del Renacimiento de Harlem, alguna vez visitó su casa.

Herrera aprendió francés e inglés y estudió arte en La Habana, luego asistió a la Escuela Internacional Marymount en París para su educación secundaria. Posteriormente, estudió arquitectura en la Universidad de La Habana, pero abandonó la carrera en medio del caos que rodeó el ascenso del dictador militar Fulgencio Batista. En 1939, Herrera se casó con Lowenthal, quien viajó a Cuba desde Nueva York. Nunca tuvieron hijos; a Herrera le sobreviven un sobrino y una sobrina, comentó Bechara.

Después de casarse y mudarse a Nueva York, Herrera estudió en la Liga de Estudiantes de Arte durante varios años. Luego, de 1948 a 1953, Herrera y su marido vivieron en París y ahí desarrolló un estilo de colores audaces y formas geométricas muy definidas. Su obra se exhibió con la de Josef Albers, Jean Arp y otros artistas abstractos de la posguerra.

Sin embargo, para cuando regresó a Nueva York en 1954, su visión de las formas geométricas abstractas había dado un giro fatídico, al volverse más sencilla en su concepción, a menudo en blanco y negro, con una tendencia hacia el estilo minimalista, en contraste con las obras exuberantes de amigos como los expresionistas abstractos Barnett Newman, Mark Rothko y Willem de Kooning, cuyos gestos marcados en los lienzos cada vez eran más populares.

“Los prejuicios que tenían algunos de los dueños de las galerías en contra de las mujeres y los artistas latinoamericanos la pusieron en desventaja, al igual que el hecho de que sus obras —algunas de las cuales presagiaron las tendencias posteriores del arte óptico y el minimalismo ‘hard edge’— estaban desfasadas con la moda del periodo del expresionismo abstracto”, escribió John M. Cunningham en una semblanza de Herrera para la Enciclopedia Británica.

Sin embargo, Herrera siguió su visión y, aunque no se vendían sus pinturas, los críticos notaron lo que estaba haciendo.

En 1966, Hilton Kramer les mencionó a los lectores del Times: “Dentro de los límites de los modos geométricos y del estilo ‘hard edge’, el éxito de un pintor a menudo depende de un cálculo correcto de cuán posibles son las innovaciones personales dentro de las convenciones impersonales de estos estilos. Herrera muestra una comprensión astuta de este problema y de ahí que sea capaz de conferir algo distintivamente suyo”.

En 2015, cuatro décadas más tarde, la crítica del Times Grace Glueck fue más precisa en su argumento. “La abstraccionista Carmen Herrera produce pinturas minimalistas pero elocuentes cuya fuerza proviene de sus intensas fusiones de color y forma ascética”, escribió. “Durante su larga carrera, Herrera ha logrado una rara hazaña: ha podido imbuir emoción y espíritu a su modo de arte ascético y normalmente impersonal”.

Fuentes: Infobae y KLa Nación