En 1888, a orillas del arroyo Maldonado, nació la primera ‘villa’ de Buenos aires, bautizada en honor al intendente municipal Dr. Antonio F. Crespo, quien apadrinó la instalación de la Fábrica Nacional de Calzado: punto de partida para la fundación de este futuro barrio porteño. En 1885, la empresa Wattine & Cie. buscaba ampliar su anterior emplazamiento en la antigua Plaza de la Victoria (hoy conocida como Plaza de Mayo) y decidió comprarle a la familia Lebrero unas 30 hectáreas de terrenos descampados comprendidos entre la actual Avenida Raúl Scalabrini Ortiz (originalmente ‘Camino del ministro inglés’), la Av. Warnes (originalmente ‘Camino de Moreno’), el por entonces Boulevard Corrientes (hoy avenida) y la Av. Juan B. Justo, por cuya traza corrían las aguas del mencionado arroyo. Allí, el 3 de junio de 1888 –sobre la manzana delimitada por Gurruchaga, Murillo, Acevedo y Padilla– se colocó la piedra fundacional de la planta que comenzó a atraer a la mano de obra inmigrante, mayoritariamente obreros italianos especializados en el oficio del calzado.

“El padre espiritual de Villa Crespo”
Salvador Benedit Eyherabide, gran promotor y pionero de la industria del cuero nacional, fue mucho más que el gerente general de la fábrica. Apodado como el “padre espiritual de Villa Crespo”, don Salvador alentó la construcción de numerosas instituciones e hitos barriales como la Parroquia San Bernardo Abad (inaugurada el 19 de agosto de 1896), la Biblioteca Popular de San Bernardo (ahora Biblioteca Popular Alberdi), la escuela N° 1, el Registro Civil de la zona, la Seccional de Policía y la Alcaldía, además de ser el cofundador del periódico El Progreso. Benedit les dio trabajo a miles de obreros, y hasta proveyó los materiales con los que estos edificaron sus primeras viviendas en torno a la curtiembre, luego de que la zona se loteara en el año 1889. Por aquel entonces, también se la denominaba San Bernardo, santo patrono del barrio, elegido por los trabajadores en homenaje al padre de Eyherabide.

Con la gran ola migratoria europea que se extendió desde finales del siglo XIX hasta las primeras décadas del siglo XX –como consecuencia de la Primera Guerra Mundial–, el floreciente barrio de Villa Crespo se empezó a poblar de italianos, españoles, polacos, rusos, croatas y armenios. La creciente población aceleró la construcción de nuevas viviendas comunitarias para los obreros, conocidas como inquilinatos o conventillos (diminutivo de convento); entre ellos, la famosa Casa colectiva La Nacional –o Conventillo Nacional–, más tarde rebautizada popularmente como el Conventillo de la Paloma.

Paloma, del Bajo al conventillo
En la Villa Crespo de antaño, el empleo y la vivienda iban de la mano. En un principio, a los trabajadores se los alojaba en los edificios de la Fábrica Nacional de Calzado, pero con el correr de los años, y para que los obreros recién llegados vivieran cerca del lugar –en los planos que posee la Junta Barrial y de Estudios Históricos de Villa Crespo, la construcción del conventillo data de 1918–, don Salvador mandó a construir una casa de inquilinato con 112 habitaciones con cocina adosada a cada una en su frente, distribuidas en cuatro cuerpos divididos por dos pasillos en dos plantas. Un pasaje largo y angosto recorría la manzana internamente: “El color de las paredes del pasillo es de un amarillo sobre el que calores y fríos formaron nuevas gamas, deltas y lentos ríos. Pero prevalece un tono pleno de pausadas tristezas. Sus paredes están ahondadas por múltiples puertas numeradas, que al ser abiertas descubren la mínima pieza, o a veces un minúsculo patio donde la luz arrastra su resplandor”, escribió Luis Alberto Ballester en Revelación de Buenos Aires.

Ubicada en la actual calle Serrano 156, con salida a su paralela en Thames 147, la casa comunitaria llegó a albergar a cuatro o cinco inquilinos por pieza; un verdadero ‘crisol de culturas’ donde convivían españoles, italianos, árabes y judíos. Con la estabilidad laboral y la vivienda asegurada a un bajo costo, de a poco empezaron a llegar las familias de los obreros, agravando las condiciones sanitarias y el hacinamiento en el lugar. En su pico más alto, el Conventillo Nacional alojó a unas 500 personas –entre hombres, mujeres y niños– que debían compartir solo dos baños. Las colas se hacían eternas y las peleas inevitables, pero siempre prevalecía el sentido de comunidad y la solidaridad, donde no parecían importar las barreras idiomáticas ni culturales.
En 1922, la paulatina aglomeración obligó a los dueños del conventillo a modificar las diminutas habitaciones para convertirlas en departamentos familiares, y los planos de 1926 muestran que la parcela original, con una superficie de 1900 metros cuadrados, se amplía para incluir “el uso comercial y una planta alta ubicada en el centro del terreno”. Alrededor del edificio, el barrio siguió creciendo y desarrollándose, transformando su morfología y arquitectura urbana; del edifico original solo permanece intacta la banda sur donde residen sus habitantes actuales, aunque en el pasillo angosto de La Nacional todavía se conservan las cerámicas y las baldosas con sus dibujos característicos. Pero, ¿cómo se ganó el apodo de ‘La Paloma’?
La llegada de La Paloma
En algún momento, antes del arribo de las familias de los trabajadores y la aparición de los PH que aún se mantienen en pie, probablemente en el año 1920, dicen que llegó a la casa una mujer: la Paloma. En algunos relatos era una fabriquera (obrera, según el lunfardo); en otros, una “chica que trabajaba en los cabarets del bajo” traída por los dueños de la fábrica para acompañar y divertir a los señores en sus solitarios fines de semana. “Era una mujer muy hermosa, todos estaban enamorados. Era muy elegante y siempre vestía de blanco”, cuenta Abel Acosta, habitante ilustre del conventillo desde hace casi cuatro décadas, a todo aquel que lo quiera escuchar.
Como toda leyenda, detrás se esconde una historia real. La señorita en cuestión (no se sabe con exactitud si se llamaba Paloma) era una trabajadora del Bajo –la zona comprendida por la actual Av. Leandro N. Alem y su continuación, Paseo Colón–, donde abundaban las ‘casas de citas’ o quilombos dedicados a la prostitución. Cansada de aquella vida, Paloma decide escapar del malevo que la explotaba como a tantas otras, y termina alquilando una pieza en el conventillo, cuenta Hugo Osvaldo Tornese, secretario académico de la Junta Barrial y autor de La República de VILLA CRESPO o… the MARKETing?
La joven también consiguió trabajo en la fábrica de calzado, ya que la labor femenina era muy requerida en la industria, debido a la pequeñez y delicadeza de sus manos. Y no, jamás volvió a ofrecer sus servicios, límite en el que incluyó a los residentes masculinos del inquilinato.
El nombre de Paloma no solo rebautizó a esta icónica casa colectiva para la posteridad; el personaje también inspiró el exitoso sainete cómico del dramaturgo Alberto Vacarezza. El Conventillo de la Paloma se estrenó el 5 de abril de 1929 en el Teatro Nacional, a cargo de la compañía Lamarque-Charmiello, y pronto se convirtió en uno de los más grandes sucesos del teatro argentino; un hit que permaneció en escena por más de un año, a lo largo de mil representaciones ininterrumpidas. Vacarezza, nacido en Villa Crespo, encontró en las piezas y patios del próspero barrio porteño a las figuras protagonistas de su historia –arquetipos como el tano, el gallego, el ruso o el turco–, donde, seguramente, también conoció a la Paloma. La obra tuvo su versión cinematográfica en 1936, dirigida por Leopoldo Torres Ríos, y saltó a la televisión con diferentes adaptaciones en las décadas del sesenta y ochenta.
El inquilinato que resiste
En la actualidad, los pocos conventillos sobrevivientes pueden encontrarse en el barrio de La Boca. La gran mayoría de estas casas colectivas fueron demolidas o puestas en valor, transformándose en hoteles boutique, estudios o galerías comerciales que atraen a locales y turistas. Mientras tanto, La Paloma y su valor histórico resisten, pero este patrimonio cultural de la Ciudad de Buenos Aires debe luchar día a día para no desaparecer.

Después de la era Benedit, el inquilinato pasó a manos de Jaime Roitman. El nuevo dueño le alquiló parte del lote a una fábrica que cerró, dejando el espacio comercial desocupado y deteriorado hasta el día de hoy; pero vecinos como Hugo sueñan con instalar allí un museo y un centro cultural para dar a conocer la historia del lugar y conectar a la gente del barrio (y más allá) con el pasado y el presente de la Casa colectiva La Nacional.
En 1999, la Junta Barrial y de Estudios Históricos de Villa Crespo peticionó a la Legislatura y al Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por la preservación de este hito urbano. Gracias a sus acciones y la presentación de varios proyectos, al por entonces legislador Pacho O’Donnell, lograron impedir su total demolición, así como su intrusión a través de las Resoluciones de la Defensoría del Pueblo de la Ciudad.
Su último propietario, Leonardo Roitman, había fallecido en el año 2003, y la falta de herederos y las deudas hipotecarias llevaron al Juzgado Nacional de Primera Instancia en lo Civil N° 14 a ordenar la subasta del inmueble pautada para el 22 de abril de 2004, con una base de 235.000 dólares. Por suerte, el 21 de abril del mismo año, desde la Dirección General de Planeamiento Interpretativo de la Legislatura porteña se aplicó la normativa de catalogación preventiva, la justicia suspendió el remate y el conventillo fue declarado Área de Protección Histórica, con protección estructural por Ley 1487. Esta designación impide su demolición y busca salvaguardar su valor histórico y cultural para las futuras generaciones.

El 30 de junio de 2008, la Junta Histórica también ayudó a los residentes del edificio a constituir, ante escribano público, la Asociación Civil Casa Colectiva y Cultural “El Conventillo de la Paloma”. Por aquel entonces, en Serrano 156 vivían unas 17 familias en 32 departamentos. Los vecinos juntaron firmas y varios legisladores elaboraron un proyecto de ley para que la Ciudad compre el inmueble y les permita a los inquilinos regularizar su situación habitacional; pero poco y nada cambió en estas últimas décadas donde el edificio, lamentablemente, se siguió deteriorando a la vista de todos.
Mientras tanto, la Junta no abandona su lucha y tampoco los inquilinos. Más allá de la Ley 1487, se presentaron otros proyectos de expropiación y utilidad pública con acceso a una vivienda digna para las familias residentes, y se incluyó al conventillo en el circuito turístico barrial, declarado de interés cultural por la Legislatura Porteña (Declaración 554/09). El propio Tornese, a través de la Junta Histórica, realizó varias visitas guiadas al conventillo y otros puntos de interés de Villa Crespo (como la parroquia y el Café notable San Bernardo) para los estudiantes de Johanna Damgaard Liander, profesora de la Universidad de Harvard, que viajan durante sus vacaciones a nuestros pagos sudamericanos para practicar su castellano.
“El conventillo es un baluarte, una idea de tradición e identidad para el barrio”, un legado que debe transmitirse, como asegura Hugo. Por más de cien años, la Casa colectiva La Nacional les abrió sus puertas a los inmigrantes europeos, los recién llegados a la Capital desde otras provincias y, más acá en el tiempo, a los emigrados de los países limítrofes. “El conventillo tiene una importancia no solo para Villa Crespo y para la Ciudad de Buenos Aires, sino para toda la República Argentina. A nuestro criterio, consideramos que es la segunda casa de los argentinos después de la Casa de Tucumán: un edificio que refleja nuestra identidad en la actualidad. También le cabe el apelativo de ‘crisol de culturas’, puesto que es el más representativo de aquellos fogones donde se forjó la identidad cosmopolita que tanto nos diferencia y nos hermana, a la vez, con el resto del mundo”, concluye Tornese.

Fuente: Jessica Blady, La Nación

