Conrado Estol: “Lo único irremplazable entre el médico y el paciente es la empatía”

«Lo único irreemplazable entre el médico y el paciente es la empatía», destaca.

Nueva York, 1966. Sobre un trineo perdido en la inmensidad nevada del Central Park, el chico de seis años busca con la mirada a su abuela. A unos cuantos metros, ella responde con un gesto vivo de alegría. “Acá, mi querido”, saluda, con el brazo ondulante en alto. “Estoy acá”. Él replica el gesto, feliz, y avanza en la planicie como un jinete del invierno, tan ajeno a las lágrimas de esa mujer que llora paralizada por el frío, pero se siente a la vez tan, tan irremediablemente dichosa ante el disfrute de su nieto.

Mendoza, 1970. El aire fresco de la primera mañana sopla como una bendición en la finca familiar. Es febrero, tiempo de vendimia, y una cuadrilla de treinta y tantos cosechadores, niños y adultos, hacen su trabajo desde temprano entre las vides, pensando ya en el vino que vendrá. Al pie de la Cordillera, aquel rubio aventurero del Central Park -ahora de casi 10 años- apenas puede sostener entre sus brazos la cesta repleta de granos maduros, cargados de dulzor, pero apela con orgullo a todas sus fuerzas y finalmente lo logra. Cuando está de este lado del mundo, la mayor parte del año, el chico extraña ciertas pequeñeces del norte: la fascinante biblioteca de su joven tío biólogo, en Manhattan; el melodioso clac-clac-clac de la máquina de escribir de su abuelo periodista, la gente hablando en ese inglés de vocales abiertas por la calle, la música de un tal Elton John que suena perseverante en la radio (“And you can tell everybody, this is your song…”) como un preludio de nuevos tiempos. Lo compensa con esas otras simplezas del sur: el tropel de primos, los compañeros del colegio porteño, el Taekwondo -ese deporte raro para la época, excéntrico en un país con las venas llenas de fútbol- y un poco después también con el bajo eléctrico y la banda de rock con amigos. A esa altura desconoce todavía que la vida para él estará, inexorablemente, atada a ambos hemisferios. Que a los 23, con su flamante título en medicina por la Universidad de Buenos Aires, volverá al norte. Que allí, entre Nueva York, Pittsburgh y Boston completará su formación en Neurología, que verá los comienzos del sida y los grandes avances en tratamientos para casos de ACV, que pasará noches enteras sin dormir atendiendo urgencias y, en sus escasos días libres amasará empanadas para sus colegas, y que un viernes por la noche, en una cita a ciegas conocerá a quien se convertirá en su mujer y la madre de sus cuatro hijos. “Yo diría que la base de todo son los vínculos”, resume ahora desde la semipenumbra de su clínica porteña el doctor Conrado Estol cuando empieza a desandar el camino que convirtió a aquel niño del trineo y a ese chico que, entre viñedos, fantaseaba con la enología, en el adulto que es hoy. “He hecho unas 5000 entrevistas desde marzo de 2020 hasta ahora, pero creo que de esta charla va a salir algo más profundo”, sonríe. “Detrás de la ciencia hay una persona también”. Y vaya que la hay. Un mano a mano con Conrado Estol, el hombre, dentro y fuera del consultorio.

—Tu vida empezó en Nueva York, la ciudad donde naciste. ¿Qué recordás de ese tiempo? —Algunas cosas… Fueron realmente los primeros años de mi vida, porque mis padres volvieron a la Argentina cuando yo tenía cuatro años. Nací en un lugar del Upper East Side que ya no existe, el Doctor’s Hospital. Mis padres vivían en Queens, donde pasé esa primera infancia. ¿Y qué recuerdo? Recuerdo el barrio, Forest Hills, y que yo iba por ahí en un carrito. Mis memorias más vívidas de Nueva York son de cuando era apenas más grande, mis seis o siete años. Ya vivíamos en Buenos Aires, pero yo volvía allá siempre a ver a mis abuelos paternos. De esos viajes sí tengo recuerdos vívidos, por ejemplo una tarde congelada en el Central Park, tirándome de un trineo, mientras mi abuela lloraba del frío que tenía, pero se quedaba ahí porque me veía tan feliz… Recuerdo la juguetería de la tienda Macy’s, el Museo de Ciencias Naturales, con esos dinosaurios enormes, que me apasionaban. Y también tengo muy presente la imagen de mi abuelo, trabajando en su casa. Ya hacía home office en aquel momento porque era periodista, así que viajaba o salía a hacer notas, pero escribía desde su hogar. Mi abuelo [N. de la R.: el periodista Horacio Estol, quien fue corresponsal de Clarín en Nueva York por muchos años] entrevistó a Walt Disney, a David Niven, a Conrado Nalé Roxlo, al campeón de peso pesado Jack Dempsey y a Luis Ángel Firpo, entre tantos otros…

“La vocación debe ser algo inconsciente, porque no puedo creer que un chico de 17 años quisiera ser médico cuando no sabía siquiera las especialidades de la medicina”

–En ese tiempo, para ser corresponsal argentino en Nueva York había que ser un sibarita… –Cien por ciento acertado. Mi abuelo era un hombre de hoy, del siglo XXI. Se fue a Nueva York a los 40 años, sin un trabajo seguro, con su mujer y dos hijos; uno muy chiquito, mi tío, y el otro ya adolescente, mi padre. Al principio vivieron en un hotel, pero enseguida lo hicieron corresponsal. Después se mudaron a un lugar muy lindo, en el oeste de Manhattan. En ese edificio había vivido Rachmaninov, un compositor que a mí me gusta particularmente… Mi padre, que hoy tiene 95 años y está muy bien, diría que los 50 y los 60 fueron la época dorada de los Estados Unidos. Y coincido, todo eso quedó muy marcado en mí. –También se colarán ahí tus primeros años en la Argentina. ¿Cómo fue esa etapa? –Tengo muchos recuerdos. Aunque vivíamos en Buenos Aires, todos los veranos me iba a Mendoza. Allí vivían mi abuela materna y mis tías, que tenían una finca con una bodeguita donde a mí me encantaba trabajar. Alguna vez pensé que iba a ser enólogo [ríe]. Me levantaba a las seis de la mañana en febrero, cuando era la cosecha, para ayudar. Era tan chico que no podía ni levantar la cesta donde se ponían las uvas, así que me daban una más chica. En la finca familiar no éramos nunca menos de 30 personas. La pasaba tan bien… No tuve la típica infancia de los chicos de la capital. Hasta mis 17 años, pasé en Mendoza todos los veranos.

–Y la medicina, ¿cómo le llega a ese chico que había pasado tantos inviernos en Nueva York y tantos veranos en Mendoza pensando en ser enólogo? –La vocación debe ser algo inconsciente, porque no puedo creer que un chico de 17 años quisiera ser médico cuando no sabía siquiera las especialidades de la medicina. En mi familia no había médicos; mi padre es ingeniero aeronáutico y se dedicó a la consultoría. Por eso creo que, inconscientemente, uno se inclina. Aunque a mí siempre me gustó mucho la biología. Mi tío era biólogo, y cuando yo lo visitaba en Nueva York me apasionaba con su biblioteca. Entonces, quizás fue eso. A veces digo que estuve a solo una parada de colectivo de ser economista, ¿no? [ríe]. Me bajé en Junín y Paraguay [alude a la ubicación de la Facultad de Medicina en Buenos Aires], en lugar de en Junín y Córdoba. Después me fue gustando, evidentemente.

–Hiciste toda la carrera en la UBA y un día te dicen que, como no naciste en la Argentina, no podés hacer la residencia acá. ¿Eso fue así? –Sí. Yo igual quería hacerlo; pensaba que la formación en los Estados Unidos me iba a servir. Y hoy puedo decir, con la experiencia de décadas, que probablemente sea la mejor formación médica del mundo. El sistema de salud, no; es pésimo y caro, muy mala mezcla. Pero ellos sí tienen una gran formación, por algo son el país con más premios Nobel.

–Entonces, recién recibido te fuiste. –Cuando lo pienso hoy, la verdad, me gusta haber hecho esa experiencia. Con 23 años caí en Nueva York para hacer la residencia en un hospital en Harlem; después fui a Pittsburgh y terminé en Boston… Cuando arrancás la residencia, el primer año sabés mucho de teoría y nada de práctica. El primer paciente que llegó tenía una patología común, una vena tapada en las piernas, y yo no sabía qué hacer. Ahí descubrí la forma piramidal del sistema norteamericano: siempre había un residente más experimentado, que ya había terminado toda la formación, a quien podíamos llamar para que nos ayudara. Pero fue un tiempo muy intenso; eran muchas horas de trabajo, la verdad.

–En uno de tus libros [A mí no me va a pasar, editorial El Ateneo] contás esa realidad con la que también te encontraste allá… El sistema de trabajo extenuante. –Bueno, la palabra burnout, que se usa hoy a menudo, era literal. Dormir no existía. Me acuerdo de un domingo en el que me tiré un rato, pensando que en media hora, seguramente, la enfermera me iba a llamar con algún caso que entrara por guardia, como siempre. Cuando me desperté eran las dos de la tarde; habían pasado horas, casi un milagro. Pese al cansancio, había muchas cosas muy buenas. En el hospital, todos estábamos muy concentrados en el trabajo. Ahora, salíamos de ahí y nos juntábamos en el bar cercano, hacíamos fiestas; si alguno se mudaba el fin de semana, lo ayudábamos y después tomábamos unas cervezas o yo preparaba empanadas para todos. Éramos médicos, sí, pero también éramos jóvenes normales y nos divertíamos.

–Viviste allá un momento histórico muy duro en la medicina: los primeros años del sida. –Sí. Con el sida ocurrió algo similar a lo que pasó con el Covid. De repente, algunos de los que tenían en apariencia una gripe, se morían. Había que intubar boca abajo, algo extremo. Era muy tremendo… Yo veía la cara de preocupación de los médicos con mucha experiencia. “Llega gente joven, con una neumonía aparentemente simple y se muere”, decían. Ni nombre tenía la enfermedad en ese momento. Después, por supuesto, se supo qué era y cómo se transmitía. Pero fue muy duro…

Archivo personal. A los 23 años, Estol partió a Nueva York para iniciar su residencia médica en un hospital en Harlem; en la Gran Manzana, además de conocer el rigor de la formación norteamericana, aprendió a amasar empanadas para agasajar a sus colegas

–También ocurrió otra cuestión importante y feliz para tu vida mientras estabas allá haciendo la residencia… –Bastante [sonríe]. Ahí apareció Clarisa [su esposa hasta hoy, economista]. La casualidad, ¿no? Yo había tenido una oferta para irme a Iowa y también podía quedarme en Pittsburgh, pero terminé en Boston, donde ella estaba haciendo un máster en finanzas. Clarisa conocía a unos amigos míos, que siempre me hablaban muy bien de ella. Así que la busqué en la guía de teléfonos y la invité a salir. Al lado del hospital donde yo trabajaba había una librería. Entré y me compré un libro de citas a ciegas [risas]. Me pareció original tener un manual para saber qué decir, qué hacer. –¿Y qué decía el manual? –Una de las indicaciones era que si tu cita se levantaba y te decía que se iba porque tenía que arreglar el cajón de las medias, era que la cosa no iba bien [risas]. –Pero pasaron 38 años y cuatro hijos. Parece que Clarisa no tuvo que arreglar el cajón de las medias… –[risas] Exacto, ¡pasó una vida! Y siempre todo lo hicimos trabajando mucho los dos. Mi mujer ha vuelto de Europa por un fin de semana para estar con los chicos, verlos un par de días y luego volver a irse. Yo he hecho las adaptaciones al jardín de infantes con ellos. Nos hemos complementado muy bien.

Hitos

–Hablabas de la frustración en tiempos del sida, cuando los médicos no sabían cómo tratar. En Boston viviste la otra cara de la moneda: trataste a los primeros pacientes con ACV que recibieron una droga clave… –Así es. Un día llegó al hospital un hombre joven con un ACV hemipléjico y le inyectamos esa droga que destapa las arterias. Creo que fue el primer paciente en el mundo que recibió lo que hoy es el tratamiento fundamental para un ACV, los medicamentos alteplasa (t-PA) y tenecteplasa, dos versiones que son “primas hermanas”, con las que tratás de revertir el taponamiento cerebral que está causando un problema. Fue el viernes 25 de noviembre de 1988. Lo recuerdo porque hubo en terremoto, algo que en Boston no ocurre nunca, y porque esa noche tenía la cita con Clarisa y tuve que llamarla para avisar que llegaría más tarde.

–Era 1988. En la Argentina, ¿qué pasaba? ¿Se hablaba ya de ACV? –Se empezaba a hablar de ACV. En la sociedad neurológica local había un grupo interesado. Siempre cuesta más acá; tenemos menos recursos y nos cuestan más las cosas. De hecho, hoy decimos “unidad coronaria”, que se creó en 1960, y todo el mundo inmediatamente sabe qué es, pero la unidad de ACV también existe y sin embargo en Latinoamérica hay muy pocas. Lo ideal es que los centros médicos de referencia tengan un espacio con camas exclusivas, enfermeros, rehabilitadores y médicos especializados. Pero incluso si no hay una unidad de ACV, se puede dar este medicamento del que hablaba. De hecho, hay que darlo en cualquier centro médico. –¿Y eso ocurre? –No tanto. En los últimos años se expandió más su uso, pero habría que darlo más. Aún nosotros, que tenemos una unidad de ACV en el Sanatorio Güemes, tendríamos que darlo más todavía. Ocurre muchas veces que la gente no llega a tiempo. Ante un ACV hay que actuar en el menor tiempo posible; en los primeros minutos, idealmente. Y hay pacientes que llegan a las 10 horas, a los dos días… Quizás pasaron por lugares en los que no reconocieron los síntomas. Por eso hay que promover el conocimiento, que se desarrollen más unidades de ACV y que la gente reconozca que puede estar teniendo un episodio. No hay que aprender medicina para eso; cuando alguien actúa raro, se mueve raro o cambia repentinamente, puede ser un ACV. Ya se ha aprendido algo similar con el corazón: duele el pecho, hay que considerar un infarto. Bueno, lo mismo con el ACV.

–Es llamativo que un profesional que accedió a una formación internacional y que ya estaba ejerciendo en grandes centros de salud del Primer Mundo, no se haya quedado allí. ¿Por qué volviste? –Sí… En finanzas, en economía, es común que la gente vaya a hacer un MBA, las maestrías, y después vuelva acá. En medicina eso no es tan usual, lo más común, si tenés la posibilidad, es quedarse afuera. Sabemos que la medicina argentina es muy compleja. La parte económica es muy, muy limitada. Hace poco leí que el médico promedio aquí tiene 3,2 trabajos. Yo allá podía trabajar donde quería; me había formado en los estados de Nueva York, Pensilvania y Massachusetts; no era lógico volver desde lo profesional, académico y económico. Y sin embargo, yo al año venía solo dos semanas de vacaciones a la Argentina. Lo que sufría el último día, cuando iba en el auto a Ezeiza para volverme, no lo puedo explicar. Por eso estoy acá hoy; yo extrañaba esto. Me volví a comienzos de los 90.

El remanso de la música. Sus tiempos de residente en Nueva York coincidieron con los inicios del canal de videoclips MTV, que lo acompañaba en muchas madrugadas; “Era genial porque podías escuchar la canción y ver al cantante, conocer la cara del artista”, recuerda

Volver para aportar

–Llegaste acá, después de tanta experiencia en los Estados Unidos. ¿Te sentiste bienvenido? –Me pasó de todo un poco. A mí, en el ámbito personal, todo lo que tuve cuando volví superaba cualquier otra cosa. Recuperar la familia tras esos nueve años, después enseguida llegaron mis hijos, estaban mis amigos de siempre… Todo eso superaba el resto. Profesionalmente era muy distinto todo, concretamente en los recursos y en la posibilidad. Hacer una medicina académica en la Argentina, poder publicar, es muy difícil. La práctica privada es casi la única que hay. Fue complejo adaptarme y fue muy difícil insertarme en algún lugar. Yo no voy a decir… [duda]. No había una buena recepción, digamos. Conozco a pocos argentinos que han ido a hacer la residencia, a formarse completamente en los Estados Unidos, y la mayoría se quedaron allá. Varios trataron de volver y no pudieron insertarse. Uno diría: “Guau, ¿un pediatra neurólogo, especializado en epilepsia? ¿Un cardiólogo que hizo la residencia en la Cleveland Clinic, la cuna de la cardiología en los Estados Unidos? Abrámosles las puertas de par en par”. Bueno, los casos que nombro, de estas especialidades, no pudieron conseguir trabajo acá. Se volvieron a los Estados Unidos, así como varios más. Y a mí no me fue muy fácil. Terminé abriendo un lugar yo solo, y así fui desarrollando lo que tengo hoy. Hasta que, hace unos años, me ofrecieron una oportunidad en el Sanatorio Güemes para formar la unidad de ACV. La hicimos y con eso estoy feliz. Para eso me formé en los Estados Unidos. Eso es lo que yo podía aportar.

–Hoy, con el paso del tiempo, con los avances y una mayor globalización, ¿qué diferencia seguís viendo entre allá y acá a nivel medicina? –Creo que no se debe comparar. No es que no se pueda, pero no se debe, porque son cosas muy distintas. Estamos en un país emergente, donde se está haciendo lo posible por mejorar algo que se ha deteriorado durante décadas. Es de público conocimiento el deterioro, el no mantenimiento… Argentina invierte aproximadamente un 10 por ciento de su PBI en salud, supongamos que sean unos 50 millones de dólares. Y uno ve lo que pasa en el sector público… No nos vayamos a una ciudad alejada, sino al conurbano, acá a pocos kilómetros… Evidentemente, esa inversión no está bien hecha, o hay muchos intermediarios, debe haber alguna pérdida en algún lado, pero hay un problema. Por todo eso, no se debe comparar. Es otro país, otro sistema, otra economía y son otros recursos.

–¿Qué hay que mejorar? –El problema es que no se hace una medicina preventiva correcta, sino que se va hacia una medicina reparadora. Prevención es una palabra muy repetida, pero vos salís allá afuera y una de cada tres personas tiene la presión alta. Y la hipertensión es el asesino número uno del planeta, porque causa infarto de corazón, ACV, demencia… El colesterol, lo mismo. A la vez, hay una obsesión por el cuerpo. Las redes sociales, que tienen aspectos espectaculares, trivializan mucho los hábitos. Por eso generan ansiedad, porque permanentemente llevan a la comparación. Entonces, por un lado tenemos esta obsesión con el cuerpo, y por otro es el momento de la historia con peores hábitos de vida, porque la gente de las cavernas dormía lo que correspondía, respiraba aire más puro y el sol no la lastimaba, porque había una capa de ozono que protegía. Lo que comía era comida, no tenía nada empaquetado con una etiqueta de exceso de azúcares. A la vez, este es un tiempo bisagra. Todo el mundo habla de la expectativa de vida, y está muy bien. Pero lo que tenemos que hacer es empujar la expectativa de salud, prolongar la juventud y la adultez saludables. La expectativa de salud, hoy, en las publicaciones, termina a los 65 años, pero la expectativa de vida promedio en el mundo es de 79. Eso quiere decir que pasamos muchos años con mala calidad de salud.

–Hablás de prevención. Muchas veces una persona, un paciente común, se hace exámenes regulares y le da todo bien. Y un mes después le descubren un problema serio. “Se había hecho un chequeo y estaba todo bien…”, se dice a menudo. ¿Hay alguna explicación lógica para esos casos? –La explicación está clara. La longevidad empieza décadas antes de la vejez. Entonces, más allá de ese chequeo médico, la persona tiene que haber transformado en hábito controlar el estrés, meditar si puede, dormir las horas debidas, socializar, comer comidas reales, hacer ejercicio, no fumar, limitar el alcohol. Cuando vos hacés eso, se hace todo mucho más fácil. Lo otro, el chequeo, es la medicina de encontrar el problema. Y, como decía antes, la medicina tiene que ser preventiva, no reparadora. Con respecto a los chequeos, sacando los de cáncer, que todo el mundo debe hacerlos, hay que saber qué buscar. El chequeo rutinario, eso de entro a un lugar y me hacen 20 estudios, no va a encontrar algo “de casualidad”. Se acaba de publicar un trabajo buenísimo en JAMA [Revista de la Asociación Médica Norteamericana] a propósito de una compañía que hace resonancias magnéticas de cuerpo entero, algo que en apariencia suena espectacular, ¿no? Que una máquina vea todo tu cuerpo por dentro y te avise si podés llegar a tener algo… Bueno, se demostró que eso hace más daño que beneficio. Porque se puede encontrar una cantidad de cosas que no tienen real importancia y se van a hacer estudios agregados, algunos invasivos, que sí terminan haciendo daño. Finalmente, es como dice esa frase atribuida a Winston Churchill: “La salud es un estado transitorio que no presagia nada bueno” [risas].

–Hablamos de dormir bien, comer sano, hacer ejercicio… Pero a veces trasnochar, darse un gusto con un postre o beber con amigos contribuye también a la felicidad, a pasar un momento pleno, a sentirse vivo. La restricción constante, ¿no puede volverse una obsesión muy nociva? –Acá puedo ser autorreferencial, para hablar mal de mí. Yo muchas veces trabajo de más, duermo de menos, como algo que no es correcto, o dejo de hacer ejercicio porque estoy de viaje o lo que sea. Igualmente, uno puede llevar una vida equilibradamente saludable cuando tiene conciencia de las cosas que hay que hacer. Yo adhiero totalmente a la mirada del disfrute; no hay que transformarse en un extremista, en un militante del perfeccionismo de la salud. Eso está mal.

–¿Qué fue lo peor que nos dejó la pandemia? –Por empezar, las muertes. Más allá de eso, diría que lo peor es la sensación de fragilidad. Yo soy una persona como cualquiera, pero trabajo de médico. Y eso me ha hecho dar cuenta más de la vulnerabilidad y la fragilidad del ser humano, y del valor de los vínculos.

“Yo adhiero totalmente a la mirada del disfrute de la vida; no hay que transformarse en un extremista, en un militante del perfeccionismo de la salud. Eso está mal”

–¿Qué es lo mejor que tiene la IA en medicina para darnos hoy? –La IA ha revolucionado la medicina. En ciencia, la IA diagnostica mejor, en general, porque no tiene sesgo. En imágenes, es muy precisa; los avances son notorios. Pero falta algo clave: la confianza. La IA no va a reemplazar la confianza humana, el paciente que se sienta frente a un médico, en el ambiente cerrado de un consultorio. Somos humanos, funcionamos en grupo: los grupos de recuperación, de depresión, de adicción, de las muertes de seres muy queridos… La confianza no puede verse reemplazada.

–¿Qué desarrolla un médico para poder ejercer sin apego emocional al paciente que tiene enfrente? –Y… Nada. Justamente eso es lo único irreemplazable entre el médico y el paciente: la empatía. Un paciente no sabe cuán idóneo, técnicamente, es el médico que tiene enfrente, pero sí detecta la parte humana. Y eso es bidireccional. Muchos médicos hemos dejado de ver la muerte como algo abstracto; es algo que vivimos muy seguido. Y siempre que salgo a hablar con una familia y murió alguien, mucho peor si la persona es joven, o fue repentino, o fue algo muy prolongado y durísimo, es imposible que no se activen las áreas de la emoción, el sistema límbico en el cerebro. Los médicos somos humanos, no podemos evitarlo.

–¿Quién les enseña a los médicos a hablar con un paciente, con la familia de alguien que está muy enfermo? ¿Hay suficiente formación en un tema tan clave? –Es un tema buenísimo. Hay que sumar esa materia a la carrera. Lo primero que tiene que hacer un médico es escuchar. Yo arranco la consulta diciendo: “¿Por qué viene? ¿En qué lo puedo ayudar?” Y me quedo callado. Después, bueno, no todas las personas nacen con tacto, con el tacto necesario para ciertos mensajes tan tremendos como los que hay que dar a veces. Entonces, no, no nos enseñan lo suficiente.

–Como todo ser humano, tenés mejores y peores días en tu trabajo. Si fue un día duro, ¿qué hacés antes para volver mejor a tu casa? –Hay muchos días difíciles, pero no hago nada en especial. Yo sé que llegar a mi casa me produce un placer que supera por mucho cualquier cosa negativa que haya tenido en el trabajo. Llegar a mi casa es el mejor spa.

–¿Seguís tocando el bajo? –No [se ríe]. Siempre fui ecléctico con la música. Lo de la banda fue una etapa; disfrutábamos mucho y tengo buenas anécdotas. La música me apasiona, trabajo con música de fondo todo el tiempo.

–¿Qué escuchás? Mencionaste a Rachmaninov antes… –Sí. Chopin, Rachmaninov… Me gustan mucho los musicales de Broadway. Amo la música de los 70, los 80; Pink Floyd, Peter Gabriel, Genesis… Cuando llegué a hacer la residencia a Nueva York recién aparecía el canal de videos MTV, y me acuerdo mucho de una canción de Madonna que sonaba siempre, “Borderline”. Yo estaba ahí solo, volvía a mi casa y me acompañaban esos videos… La música me ha marcado mucho y la correlaciono con épocas de mi vida.

–¿Qué hobbies tenés? –Hice buceo, aprendí a navegar, hice taekwondo cuando era chico… Era un deporte raro para la época, pero mi padre, como había vivido mucho en los Estados Unidos, no era futbolero. Mi abuelo me heredó su espectacular colección de estampillas…

–Conrado, ¿sos creyente? –[larga pausa] Soy agnóstico. Me permito esta analogía: yo estudio el cerebro, y es un misterio increíble. No terminamos de entenderlo. Entonces, admito que hay otras cosas que tampoco entendemos, e incluyo a la religión entre esas cosas difíciles de comprender. Lo digo desde la humildad. Creo que adhiero a Blaise Pascal, a la apuesta de Pascal: no digo que sí o que no, por si acaso. No puedo probar que Dios no existe, pero tampoco que sí. Por eso, por si acaso exista, mejor me porto bien y hago todos los deberes. Hace más de dos horas que el grabador está encendido. Afuera, en la sala, algún paciente ya espera, y Conrado Estol sabe que es momento de volver a calzarse el ambo y seguir con el día.

Fuente: La Nación