Quienes amamos y somos seguidores de diferentes bandas sabemos perfectamente que las portadas de los discos son mucho más que un simple envoltorio de cartón o una mera estrategia de marketing. Son una narrativa especial, con una mirada artística que se construye como una plataforma única. Y a lo largo de la historia, no solo están aquellas que nos fascinan por su enorme creatividad o diseño estético, sino también las portadas sumamente cuestionables y hasta perturbadoras, que entraron de lleno en el imaginario colectivo de la cultura pop y rockera.
A lo largo de la historia de la música, algunos grupos tomaron la decisión de usar sus portadas como una declaración sociopolítica directa, otras como un reflejo cristalino de su propia oscuridad interna o sus miedos, y unas cuantas simplemente buscaron, con pura picardía, provocar una reacción visceral, un verdadero salto en la panza en la persona que caminaba desprevenida por los pasillos de la disquería y se topaba de frente con la imagen.
Cualquiera de nosotros puede evocar rápidamente obras maestras que encantan por su belleza clásica: el famoso prisma refractando luz en The Dark Side of the Moon ( El lado oscuro de la luna) de Pink Floyd, la inolvidable caminata sobre la senda peatonal en Abbey Road de los Beatles, o yendo directo a nuestras pampas, el icónico hombrecito de la lágrima en el debut de Almendra. Pero así como están estas tapas inolvidables por su estética perfecta o su diseño armonioso, están las perturbadoras. Aquellas que eligieron el camino empinado de la incomodidad, lo grotesco o el terror psicológico sutil, obligando al oyente a enfrentarse cara a cara a lo desconocido antes de siquiera darle play al primer tema.
The Beatles — Yesterday and Today (1966)

Si hablamos de incomodidad en la cultura pop, es imposible no hablar del mayor escándalo visual de los reyes de Liverpool. A mediados de 1966, The Beatles estaban en la cima del mundo pero sumamente hartos de su imagen inocente de “chicos buenos”. Para el lanzamiento exclusivo en Estados Unidos de Yesterday and Today, un disco compilado armado a la fuerza por Capitol Records, la banda entregó una fotografía que casi mata de un infarto a toda la industria musical: la tristemente célebre “Portada del Carnicero” (“Butcher Cover”)
En la imagen tremenda capturada por el fotógrafo Robert Whitaker; John, Paul, George y Ringo aparecen sonriendo y vestidos con impecables delantales blancos de carnicero. Lo verdaderamente espeluznante era que estaban cubiertos de trozos de carne cruda y partes desmembradas de muñecos de bebés con marcas oscuras que simulaban quemaduras. Aunque Whitaker la concibió como una sátira pop, los Fab Four vieron la oportunidad de romper su molde mediático. John Lennon la defendió a muerte, pero el rechazo masivo del público y las disquerías fue inmediato y brutal.
Presa del pánico comercial, Capitol ordenó retirar 750.000 copias listas para venderse y pegó una portada inofensiva justo encima de la macabra imagen original. El rumor corrió rapidísimo y miles de adolescentes usaron vapor para despegar la calcomanía y descubrir la cruda verdad. Hoy, es un Santo Grial inestimable para los coleccionistas de vinilos.
Joy Division — Closer (1980)

El movimiento post-punk inglés de fines de los setenta estaba atravesado por una melancolía gélida y existencial, pero muy pocas bandas encarnaron esa desesperación con la autenticidad de Joy Division. Su segundo y último álbum de estudio, Closer, tiene una de las tapas más lúgubres de la historia independiente, en gran parte debido a la casualidad del destino que terminó envolviendo fatalmente su lanzamiento.
La portada nos muestra una fotografía analógica en blanco y negro de un viejo cementerio europeo: figuras humanas talladas en piedra maciza que parecen llorar desconsoladamente alrededor del cuerpo yacente de un joven. La bella imagen pertenece a una tumba real de la familia Appiani en el Cementerio Monumental de Staglieno en Génova, capturada magistralmente por Bernard Pierre Wolff, con un sobrio diseño a cargo de Peter Saville. Lo que la vuelve dolorosa es su fatídico contexto histórico.

El líder de la banda, Ian Curtis, de tan solo 23 años de edad y acorralado por una severa depresión y epilepsia, se suicidó ahorcándose en mayo de 1980. El disco, envuelto en esta portada que de repente parecía un presagio fúnebre escalofriante, salió a la venta meses después. Muchos creyeron que el sello buscó lucrar con el morbo, pero la fúnebre foto había sido aprobada con entusiasmo por Curtis varias semanas antes del desenlace.
Metallica — Load (1996)

Pegamos un gran salto temporal hacia adelante y nos metemos de lleno en la recargada década de los noventa. Promediando el año 1996, Metallica ya se había consolidado indiscutiblemente como la banda de heavy metal más masiva del planeta. Al lanzar Load, su esperado sexto álbum, el grupo decidió dar un volantazo brusco en lo musical, acercándose sin miedo al hard rock, y también en lo estético. Pero nada preparó a sus fanáticos puristas para la retorcida realidad que escondía su nueva portada.
A simple vista, la tapa de Load parece una inofensiva y llamativa obra de arte abstracto: una suerte de lava volcánica o líquido ardiente con texturas intrincadas en intensos tonos rojizos. Sin embargo, la historia verídica generó una enorme controversia y repulsión estomacal una vez revelada. La pieza fotográfica en cuestión se titula originalmente “Blood and Semen III” y fue concebida en 1990 por el siempre provocador artista contemporáneo Andrés Serrano.

Tal como su hiperdescriptivo nombre lo indica, la imagen fue lograda mezclando físicamente sangre bovina y el propio semen del artista, prensados firmemente entre dos gruesas placas de acrílico y fotografiados a contraluz. Mientras Kirk Hammett y Lars Ulrich estaban fascinados con esta vanguardia, James Hetfield admitió años después que detestaba profundamente la portada y todo lo que representaba. Pese a las históricas internas, quedó consagrada como una obra visual asombrosamente desagradable.
Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota — Luzbelito (1996)

Pasando por el terreno nacional llegamos, sin dudas, a una de las bandas más convocante y mítica de la rica historia del rock argentino. Los redondos siempre cuidaron de forma maniática su identidad visual independiente y el laburo conceptual recaía en las talentosas manos del artista plástico platense Ricardo Cohen, muchísimo mejor conocido como Rocambole. En 1996, la banda comandada por el Indio Solari y Skay Beilinson lanzó Luzbelito, un disco conceptual, oscuro y denso.
La portada presenta en primer plano el rostro demoníaco de un querubín caído, dibujado meticulosamente con textura rústica y medieval. Tiene grandes ojos vacíos, pequeños cuernos y una mueca sádica que irremediablemente hiela la sangre. Este personaje ficticio, bautizado “Luzbelito”, fue concebido como un hijo negado del mismísimo Diablo, obligado a sobrevivir en un mundo terrenal hostil. La figura funciona como una potente metáfora sobre los pibes marginados en la castigada Argentina de los años noventa.

El envase del disco fue revolucionario: un mini-libro de tapa dura ilustrado magníficamente con dibujos en tonos sepia de demonios y paisajes apocalípticos. Agarrar este CD por primera vez se sentía como sostener firmemente un grimorio de magia prohibido, generando una fascinación casi religiosa entre los ricoteros.
Korn — Korn (1994)

Para cerrar nos adentramos en el caótico nacimiento de un subgénero polémico: el nu-metal. En 1994, la banda californiana Korn irrumpió en la escena mundial con su disco debut, cambiando el panorama con densas guitarras graves y las letras desgarradoras de Jonathan Davis sobre abuso infantil crónico, bullying extremo y severos traumas familiares. Acorde a esta temática, la portada elegida es una de las imágenes más siniestras e incómodas de toda la época.
La desoladora fotografía, tomada por Stephen Stickler y diseñada por Jay Papke y Dante Ariola, presenta visualmente a una niña rubia muy pequeña vestida con un recatado uniforme escolar. Se encuentra plácidamente en una solitaria hamaca, entrecerrando los ojos frente a la intensa luz del sol. Hasta ahí parece un inofensivo retrato familiar. Pero lo espeluznante aparece velozmente en un gigantesco primer plano oscuro: la larguísima sombra de un hombre alto y corpulento, que se proyecta sobre la arena y se acerca ominosamente a la niña.
La inquietante sombra en realidad pertenecía a Dante Ariola, co-diseñador del proyecto, quien hizo raras poses teatrales frente a la luz para lograr proyectar esa figura amenazante. Aunque el proceso fotográfico fue sumamente cuidado y los padres estaban presentes, el resultado visual final transmite inconfundiblemente la terrorífica situación de un depredador al acecho, coronando a la perfección un disco que no daba ni un solo segundo de respiro.
Fuente: Cristian Phoyu, La Nación

