“Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.
Así empieza Cien años de soledad, la obra cumbre de Gabriel García Márquez: con una sola frase, el premio Nobel colombiano presenta a los lectores el universo de su célebre historia de realismo mágico con la que lo conoció el mundo entero. Podría suceder que, al paso de las casi 500 páginas y del extendido del árbol genealógico de la familia Buendía, algunos abandonen la novela. Pero es muy probable que ninguno olvidará esas palabras iniciales.
En una especie de reto literario apto para bibliófilos, la periodista y crítica literaria Eugenia Zicavo se propuso identificar los mejores cien comienzos de novelas de todos los tiempos. Un desafío difícil, por cierto, que dio como resultado el libro Primeras páginas, editado por Factotum en su colección Tinta, dedicada a títulos “que piensan la escritura y la lectura desde la práctica y el deseo”.
Hoy, a las 19, Zicavo dialogará con Flavia Pittella en Rabia Bar (Costa Rica 4901) sobre el trabajo de selección de esos primeros párrafos memorables que conforman su libro.
En la introducción, titulada “La expectativa de un mundo”, la periodista cuenta:
“Durante los últimos meses hice un ejercicio curioso con mi biblioteca: me puse a leer cada uno de mis libros con la premisa de no pasar de las primeras cinco páginas. Como en un restaurante por pasos en los que te sirven platos exquisitos pero diminutos, aunque quisiera seguir leyendo, tenía que cambiar de lectura. La idea era poner a prueba a mis libros favoritos para ver si ya desde el principio eran tan buenos como recordaba. Rápidamente, lo que empezó como un juego se convirtió en obsesión: encontrar esas primeras páginas perfectas que hacen que una historia sea imposible de soltar».
Zicavo dice que su libro está “repleto de promesas, con arranques atrapantes, que se interrumpen justo cuando la lectura se vuelve irresistible. Quizás también tenga algo de mezquino, es un libro para acumular ganas”.
-Contás que el ejercicio inicial se convirtió en obsesión. ¿Cómo fue el proceso de decir “este sí, este no”: cuál o cuáles fueron los criterios predominantes?
-El criterio inicial fue revisar los libros que más me marcaron como lectora y ver si sus primeras páginas estaban a la altura de lo que recordaba. En la mayor parte de los casos fue así, con lo cual más de la mitad de los comienzos que aparecen en la compilación los elegí siguiendo esa primera intuición. Después, decidí incluir sólo novelas (salvo como excepción La Biblia) e intenté que haya una representación lo más equilibrada posible entre autoras y autores, períodos históricos y nacionalidades.
-¿Qué fue lo más difícil?
-Lo que más me costó fue reducir la presencia de argentinos, que están bastante sobre representados en mis lecturas, y tuve que aceptar que mi formación como lectora tuvo a muchos más varones que mujeres, lo cual también se vio reflejado en la selección final. A su vez, hubo libros fundamentales como Rayuela, de Cortázar, cuyas primeras páginas no tienen la contundencia que sí tiene la novela. Como ése hay muchos ejemplos que explican varias omisiones. También hay mayoría de autores y autoras del sigo XX y XXI, en parte porque la literatura empezó a competir con las artes audiovisuales y las narraciones buscan atrapar desde las primeras líneas, mientras que antes los inicios solían ser más morosos, con páginas enteras dedicadas a la descripción de un paisaje o una norma moral, que aunque sean libros geniales no hubieran tenido el efecto de alto impacto que buscaba con esta selección.
-¿A qué se debe el orden de los títulos? ¿Cómo decidiste armar el índice?
-El orden es bastante azaroso. Intenté alternar criterios de género, nacionalidad y época, salvo algunos guiños, casi chistes internos. Por ejemplo, Justine, de Lawrence Durrell, está al lado de Justine, del Marqués de Sade, porque a mis veinte años un amigo me recomendó el primero y yo compré el segundo por equivocación (y quedé pasmada con la recomendación, que en realidad no era tal). También están juntos La Ilíada, de Homero, y Las vidas de Cadmo y Hamonia, de Roberto Calasso, porque en ambos está Zeus, y conversan entre sí. Al igual que el comienzo de Cien años de soledad, de García Márquez, en el que Aureliano Buendía conoce por primera vez el hielo, y El sistema de las estrellas, de Carlos Chernov, en el que un adolescente conoce por primera vez el fuego.

“Aquella señora podía tener sesenta, sesenta y cinco años. Yo la miraba mientras estaba acostado en una camilla frente a la piscina de un club de gimnasia situado en la última planta de un edificio moderno, desde donde se ve, a través de unas grandes ventanas, todo París. Estaba esperando al profesor Avenarius, con el que a veces me reúno aquí para charlar. Pero el profesor Avenarius no llegaba y yo miraba a una señora; estaba sola en la piscina, metida en el agua hasta la cintura, mirando hacia arriba a un joven instructor vestido con un chándal, que le enseñaba a nadar. Le daba órdenes: tenía que sujetarse con las manos al borde de la piscina y aspirar y espirar profundamente. Lo hacía con seriedad, con empeño, y era como si desde las profundidades del agua se oyera el sonido de una vieja locomotora de vapor (aquel sonido idílico, hoy ya olvidado, que para quienes no lo conocieron solo puede ser descrito como la respiración de una vieja señora que, junto al borde de una piscina, aspira y espira sonoramente). Yo la miraba fascinado. Me quedé absorto en su enternecedora comicidad (el instructor también era consciente de ella, porque le temblaba a cada momento la comisura de los labios), pero después me saludó un conocido, quien distrajo mi atención. Cuando quise volver a mirarla, al cabo de un rato, la lección ya había terminado. Se iba, en bañador, dando la vuelta a la piscina. Pasó junto al instructor y cuando estaba a unos tres o cuatro pasos de distancia volvió hacia él la cabeza, sonrió, e hizo con el brazo un gesto de despedida. ¡En ese momento se me encogió el corazón! ¡Aquella sonrisa y aquel gesto pertenecían a una mujer de veinte años! Su brazo se elevó en el aire con encantadora ligereza. Era como si lanzara al aire un balón de colores para jugar con su amante. Aquella sonrisa y aquel gesto tenían encanto y elegancia, mientras que el rostro y el cuerpo ya no tenían encanto alguno. Era el encanto del gesto, ahogado en la falta de encanto del cuerpo. Pero aquella mujer, aunque naturalmente tenía que saber que ya no era hermosa, lo había olvidado en aquel momento. Con cierta parte de nuestro ser vivimos todos fuera del tiempo. Puede que solo en circunstancias excepcionales seamos conscientes de nuestra edad y que la mayor parte del tiempo carezcamos de edad». (La inmortalidad, de Milan Kundera)
El anterior es uno de los cien comienzos elegidos por Zicavo para el libro y, también, uno de sus cinco favoritos. A pedido de LA NACION, la autora hizo una pequeña selección y explicó qué tiene cada uno de especial como para figurar entre los mejores de todos los tiempos.
-Si tuvieras que elegir solo cinco de esos comienzos ¿cuáles serían y por qué?
–La inmortalidad, de Kundera, porque la descripción del gesto de una mujer anciana que por un momento olvida que ya no es joven, me acompaña cada vez que veo a alguien grande hacer algo que no se asocia con su edad y también cuando pienso en cómo será mi propia vejez.
–Moros en la costa, de Ariel Dorfman, porque lo encontré en una librería de usados hace 20 años y nunca nadie me habló del libro, que fue premiado en su momento por Cortázar, y me parece una gran novela olvidada. Tanto que sería el primer título que publicaría si tuviera una editorial. No está en mis planes abrir una empresa así que les paso el dato para quien quiera rescatarla.
Empieza así:
“Basta con un muerto, un asesino, un detective. Buenos ingredientes iniciales. Agréguese y sazónese con otras características (la lista de los sospechosos está limitada a tales o cuales moradores visitantes, los únicos que tenían acceso al cerrado recinto donde se desarrollaron los hechos; las autoridades oficiales se sienten confusas e impotentes; el criminal amenaza con volver a golpear; el detective tiene algo más que un punto de vista profesional sobre el caso, porque está implicado afectivamente; un clima tenso a punto de reventar y aterrorizar al lector) y estaremos en presencia de una buena novela de misterio”.
–Era el cielo, de Sergio Bizzio, que empieza con un hombre que llega a su casa y ve a su mujer siendo violada y no hace nada, porque fue el que dio la idea para el libro. En una cena con escritores lo cité de memoria como uno de los mejores comienzos de la literatura argentina y Guido Indij, editor de Factotum, me preguntó: “Como ese, ¿se te ocurren 99 más?”

–Crash, de J.G. Ballard porque me sigue perturbando como en la primera lectura la pulsión de autodestrucción que plantea la novela, mediada además por los choques de autos, esa mezcla de crítica a la evolución técnica y la fascinación por la mutilación o la muerte como consecuencia de los accidentes.
“Vaughan murió ayer en un último choque. Mientras fuimos amigos había ensayado su propia muerte en numerosos choques, pero este fue el único accidente verdadero. Lanzado oblicuamente contra la limusina de la actriz, el automóvil saltó sobre la baranda del paso elevado del aeropuerto de Londres y atravesó el techo de un autobús repleto de pasajeros. Los cadáveres triturados de los turistas, como una hemorragia del sol, aún yacían cruzados sobre los asientos de vinilo cuando una hora más tarde me abrí paso entre los técnicos de la policía. Aferrada al brazo de su chófer, la actriz Elizabeth Taylor, con quien Vaughan había soñado morir durante tantos meses, permanecía aparte bajo las luces intermitentes de las ambulancias”.

–Sed, de Amelie Nothomb, porque me costó mucho elegir entre los comienzos de sus novelas (tiene muchos buenos) y quería que hubiera algo más de humor en el libro, ya que muchas primeras páginas tienen que ver con suicidios, asesinatos o tragedias. Nothomb plantea un juicio a Jesús en el que quienes fueron beneficiarios de sus milagros testifican en su contra porque desde entonces sus vidas no resultaron como esperaban. Es desopilante.
“Siempre supe que me condenarían a muerte. La ventaja de esta certeza es que pude centrar mi atención en lo que la merece: los detalles. Creía que mi juicio sería una parodia de justicia. Y efectivamente lo fue, aunque no del modo que había creído. En lugar del trámite apresurado y formal que había imaginado, sacaron la artillería pesada. El fiscal no dejó nada al azar. Uno tras otro, los testigos de cargo fueron desfilando. No di crédito cuando vi llegar a los recién casados de Caná, los beneficiarios de mi primer milagro”.
Fuente: Natalia Blanc, La Nación

