Películas para entender cómo el cine habló de sexo y erotismo a través de los años

Del clásico Éxtasis a Pleasure, un recorrido por las películas que hicieron del deseo y la provocación una herramienta narrativa para explorar la condición humana

Suena extraño, pero incluso hoy despiertan escozor esas dos palabritas, “erotismo” y “sexo”, cuando se habla de películas. Se supone que vivimos en una sociedad mucho más libre y mucho menos prejuiciosa que la de -no vayamos demasiado lejos- los años 80, y sin embargo en esos tiempos lo erótico era moneda corriente y nadie se escandalizaba. Podemos, dado que en la Argentina vivíamos bajo una dictadura, comenzar por 1984 o, para redondear, 1986. Como fuere, en esos tiempos las discusiones acaloradas sobre si ver o no -estrenar o no, de hecho- una película tenían menos que ver con lo sexual que con lo religioso: los casos más conocidos de discusiones sobre el tema giran alrededor de títulos como Yo te saludo, María, de Jean-Luc Godard, o La última tentación de Cristo, de Martin Scorsese. Y es cierto que en ambos casos se hacía hincapié en la representación de figuras religiosas como seres con deseos carnales, pero no era “el sexo” el problema sino la figura.

Nadie se escandalizaba de verdad por 9 Semanas y ½, por ejemplo. U Orquídea salvaje, o Atracción fatal, o El cartero llama dos veces (versión Nicholson), o… bueno, queda claro. Y el sexo es parte de lo humano y al cine, nada de lo humano le es indiferente. La gran pregunta es ¿nos animamos a ver ficciones que lo traten? La gran respuesta es que deberíamos, porque hay excelentes películas al respecto y vienen, créase o no, desde sus primeros tiempos.

Un clásico, y quizás la película inaugural del género erótico, es Éxtasis, de Gustav Machatý, película checa que está disponible en YouTube. Tres son los hitos de ese film de enorme modernidad. El primero, lanzar a la fama a la protagonista, Hedy Kiesler, mujer bellísima y de enorme inteligencia que, gracias a esta película, llegaría a Hollywood y se convertiría en la mítica Hedy Lamarr. El segundo, que hay desnudos femeninos completos por primera vez en un film no triple equis. Y el tercero y principal, que su tema es el sexo desde una puesta en escena casi onírica, muy influida por el psicoanálisis entonces novedoso.

La historia es la de una joven recién casada y frustrada sexualmente que se enamora de otro hombre. Pero las imágenes reflejan sus emociones, sentimientos y frustraciones especialmente eróticas a través de símbolos naturales (desde las flores que se abren hasta el caballo desbocado). Más interesante es que esa imaginería que grita “sexo” en cada plano está perfectamente integrada a la trama. Es decir, no se trata de un film que busque (o busque solamente) la excitación del espectador, sino profundizar en un tema. Que sea de 1933 es mucho más sorprendente.

También sorprende la Cleopatra con Claudette Colbert de 1934 (Archive.Org), dirigida por Cecil B. De Mille, afecto a la epopeya grandiosa que haría 20 años más tarde la piadosa Los Diez Mandamientos. No sólo en la puesta en escena o el vestuario aparece un erotismo nada metafórico, sino en el propio comportamiento entre dominante y picaresco de la reina egipcia versión Lombard. Y aunque es en general un drama, Colbert era comediante y le otorga a sus intervenciones una intención y un picante que desapareció de la pantalla durante décadas. Fue un escándalo (fogoneado por cuestiones publicitarias: los estudios no daban puntada sin hilo) e incrementó, en algunos, un reflejo puritano.

Porque, como saben, a mediados de los años ’30 Hollywood decidió que el mundo se reproducía por mitosis binaria (también que la política no existía, tampoco la atracción de una persona por otra de su mismo sexo) y puso en vigor algo llamado popularmente “Código Hays”. Es cierto que sucedía en un país donde todo el cine era apto para todo público: recién en los años 60 cambiarían los estadounidenses a un sistema de restricción por edades como el que siempre había regido en países atrasadísimos como la Argentina, por ejemplo. Sin embargo, el tema seguía ahí y se utilizaban metáforas y alusiones para tratarlo. ¿Acaso no son películas sobre el sexo comedias de Billy Wilder como La comezón del séptimo año (Disney+) o Una Eva y dos Adanes (Prime Video), las dos con Marilyn Monroe?

Marilyn Monroe en el rodaje de La comezón del séptimo año
Marilyn Monroe en el rodaje de La comezón del séptimo año

Pero aceleremos: en realidad solo desde los años 60 y, especialmente, los 70, el término “sexo” podía mencionarse sin demasiados problemas. Fue la década de la legalización global de la pornografía, y eso influyó en el resto del cine. Y como prueba, vamos a mencionar dos películas disponibles en Mubi que, además, implican una mirada femenina sobre el erotismo. No solo eso: son films de explotación, producidas como muestras de género (comedia, thriller) con acento puesto en las imágenes más sensacionalistas de lo criminal y del sexo, porque en ese terreno al mismo tiempo independiente -no era donde Hollywood ponía dinero- no había problemas para ser mujer y dirigir.

Esas dos películas son Hollywood 90028, de Christina Hornisher, y The Working Girls, de Stephanie Rothman. La primera es una historia sobre el mundo del cine: un joven que quiere convertirse en fotógrafo del cine mainstream se gana la vida filmando pornografía. Con una enorme represión sexual a cuestas -producto de una infancia difícil, todo es muy psicoanalítico aquí-, es además un asesino serial que estrangula a aquellas que se interesan por él. La película puede verse apenas como un thriller con un final impactante por las ideas que pone en juego, pero toma el sexo como algo que se ha convertido, sociedad mediante, en campo de alienación y malestar.

The Working Girls, por el contrario, es una comedia de costumbres cuya protagonista es una chica del interior que llega a California en busca de trabajo. Lo que encuentra es amistad femenina, algunos amantes, y solidaridades varias. El film tiene algo de policial absurdo y casi surreal, y bastante erotismo, pero este no está reflejado con culpa o con oscuridades, sino simplemente como algo natural que forma parte de la vida de estos personajes totalmente libres y, en última instancia (porque ese es el viaje emocional de la protagonista) desprejuiciados.

Víctor Bó e Isabel Sarli en Carne
Víctor Bó e Isabel Sarli en Carne

También era cine de explotación el que hacían Armando Bo e Isabel Sarli, por supuesto. Y si bien enfrentaron el desprecio de la crítica envarada y la censura en la Argentina, exportaron mucho sus films. Es fama que el realizador John Waters, especialista en lo descartable y gran autor, es fan de la Coca (Sarli) y vio sus películas en sala. Dicho esto, el sexo como problema, trauma o detonante de la acción es la razón de ser de estas películas entre las que hay comedias, melodramas, films de terror, policiales y hasta aventuras exóticas (la excelente India, cuya historia es básicamente igual a la de Avatar y no exageramos). Pero la central, que además permite ver cómo se veían tanto el sexo como a la mujer hace no demasiadas décadas, es Carne, la historia de una violación en manada a una mujer atractiva que desea ser independiente. Cabe preguntarse si hoy un film así podría filmarse y cabe responderse que no, porque Bó no usa sólo el melodrama visceral o el erotismo para contar lo que cuenta, sino que combina violencia y desprecio con inusitados -pero coherentes- momentos de comedia. Más el uso ejemplar de “Arrabal amargo” por Gardel en una secuencia de registro social extraordinaria. Es de esos films que dinamitan lugares comunes como la distribución moral por clases sociales (ni ser rico ni ser pobre eliminan la vileza) y que ponen al espectador en un lugar muy incómodo. La película está en Cine.Ar, como toda la colaboración Bó-Sarli.

El imperio de los sentidos, el film más transgresor de Nagisa Oshima
El imperio de los sentidos, el film más transgresor de Nagisa Oshima

Esos años 70 fueron una explosión de erotismo en todo el mundo. Entre las películas más controvertidas figura la joya de Nagisa Oshima El imperio de los sentidos (Mubi), prohibidísima en la Argentina de la dictadura y en muchas otras partes. El film le valió al director un juicio por obscenidad en Japón, no por mostrar sexo explícito sino algo tabú: el vello púbico. Pero de todos modos, es una película notable basada en una historia real, un caso policial de principios del siglo XX en el que un hombre adinerado y una mujer viven en una posada una relación sexual basada en la sumisión y el dolor, y que lleva a un amor totalmente desesperado. Es extraño porque incluso cuando todo es sexo, incluso cuando a través de él se desarrolla la trama, no es una película especialmente erótica. Es decir, no busca la complicidad o la reacción del espectador, sino que comprenda a esos personajes que, al mismo tiempo, representan la decadencia de ciertas formas sociales. Oshima siempre fue un provocador, también un gran realizador que, desde su primera etapa como representante de la Nueva Ola japonesa hasta sus últimas películas, siempre cuestionó formas establecidas. Ese es el valor mayor de El Imperio

Hay que mencionar, de paso, otro film escandaloso, Calígula (cuya reconstrucción definitiva según las ideas de su realizador está en Claro) que resultó el “film XXX” más exitoso de la historia, si se tiene en cuenta lo que recaudó (a dinero de hoy) más de 100 millones de dólares en su época. Se ha hablado de su producción caótica en otras ocasiones, y de cómo el productor Bob Guccione, dueño de la revista sexy más bien porno Penthouse, incorporó escenas explícitas sin el consentimiento del realizador Tinto Brass. Pero la reconstrucción, que elimina tales secuencias (totalmente extemporáneas y que no tienen nada que ver con la trama), demuestra que el film no solo no carecía de erotismo, sino que la decadencia del personaje interpretado por Malcolm McDowell (al lado de una extraordinaria Helen Mirren) se refleja en su caída constante en el exceso sensorial. Es un libertino que utiliza el poder para satisfacer sus deseos. La película combina diálogos a lo Shakespeare con escenas imponentes (gentileza del diseñador Danilo Donati, dos veces ganador del Oscar) y excesos de todo tipo. Aún despareja -sí, es demasiado larga- merece reevaluación y trata el sexo de modo, paradójicamente, conservador.

Brass, finalmente, se dedicó al cine erótico y en ocasiones picaresco, algo que no era su especialidad hasta Calígula, donde el sexo y lo erótico tenían un objetivo de sátira. Algo que es base en gran parte de la filmografía de uno de los realizadores contemporáneos más excesivos, el holandés Paul Verhoeven. No hay film de su autoría que no contenga algo de sexo, explícito o larvado, desde su ópera prima Delicias Turcas (nominada al Oscar el mismo año que La noche americana, 1974; ganó Truffaut). Más allá de Bajos instintos (AppleTV) y esa joya del kitsch voluntario llamada Showgirls (Netflix), sus dos últimos filmes llevan el sexo a niveles de sátira casi patológicos. Uno es Elle (Claro, AppleTV), donde Isabelle Huppert sufre una violación y se torna perversa vengadora; el otro, en Prime Video, es Benedetta, que narra la historia real (con muchas, muchísimas licencias) de una especie de santa medieval que se aprovecha de ciertos estigmas para tomar el poder de un convento y divertirse non sanctamente con otra monja. Verhoeven, en estas películas, pone en tela de juicio todo lugar común sobre el fanatismo, la falsa moral, la hipocresía y la libertad erótica. Y además combina la habilidad inmensa de divertir con la de dejar al espectador desconcertado y pensando en sus propios lugares comunes.

Sofia Kappel en Pleasure, de Ninja Thyberg
Sofia Kappel en Pleasure, de Ninja ThybergMUBI

Y por ahora -porque hay mucho más- terminemos con la mirada más desoladora y perfecta del mundo del negocio del sexo, el drama de la sueca Ninja Thyberg Pleasure (Mubi). Es simplemente la historia de una chica que viaja de Suecia a Los Ángeles persiguiendo el sueño de ser una estrella del cine pornográfico. Ahora bien: el lector puede escandalizarse porque efectivamente el film tiene desnudos y se ven los rodajes, más allá de que todo el sexo es fingido, las secuencias resultan realistas y en ocasiones, duras para el espectador. La descripción de ese mundo no se ahorra ni sus felicidades ni sus miserias, ni sus solidaridades ni sus violencias. Y el núcleo de la trama gira alrededor de una competencia entre la “recién llegada” y alguien que ha llegado a la cumbre, lo que coloca la película, además, en la tradición de todas las historias del show bussiness. De hecho, el sexo termina transformado en apenas una excusa para lo que es, en el fondo, la gran lucha entre profesión, vocación y vida real. Y cierra el círculo sobre cómo el cine se acercó, en cien años, a un tema que, créase o no, todavía tiene mucho de tabú.

Fuente: Leonardo D’Esposito, La Nación