Cualquier oportunidad es siempre la mejor para volver a ver las películas de los hermanos Marx. Algo así deben haber dicho los amigos de la Sala Lugones, cuando le propusieron a sus cómplices de la Fundación Cinemateca Argentina realizar un ciclo dedicado al célebre grupo cómico. Y cómo se ve que todos estuvieron de acuerdo, la iniciativa se llevará adelante del 11 al 16 de agosto, bajo un título que recuerda la fórmula que ellos usaron para bautizar a algunos de sus trabajos más conocidos: Cinco tardes con los hermanos Marx. La misma reunirá las cinco obras más emblemáticas de la primera etapa del grupo, desde El conflicto de los Marx (Animal Crackers, 1930) hasta Una noche en la Ópera (A Night at the Opera, 1935), pasando por las inolvidables Polizones y polizontes (Monkey Business, 1931), Plumas de caballo (Horse Feathers, 1932) y Sopa de ganso (Duck Soup, 1933).
En una crítica publicada en 1942 a propósito del estreno de Tienda de locuras (The Big Store, 1941), el uruguayo Homero Alsina Thevenet arriesgó una definición hi-fi de esa troupe de cuatro hermanos (que en realidad eran cinco), provenientes de una familia judía del judío barrio de Brooklyn. Ahí, quien fuera el primer editor de esta sección de Página/12 celebraba ese espíritu circense del grupo que ya ni los circos tenían, maravillado con su facilidad para liberar un caos cinematográfico sin precedentes, mientras “riegan faltas de respeto a las autoridades y el sentido común”. Quizá no haya una definición más sencilla y precisa del trabajo que los Marx desarrollaron en la pantalla grande.
En el cine los Marx fueron sobre todo Chico, Harpo y Groucho, nacidos en ese orden antes de que arrancara la última década del siglo XIX. Desde niños se habían formado en el mundo del vodevil, gracias al impulso de un miembro de su familia. Es decir, el mismo exacto origen de otros dos comediantes que llegarían a convertirse en las figuras más icónicas de la época de oro del cine mudo: Charles Chaplin y Buster Keaton. Durante su etapa como artistas de variedades el grupo también incluía a Gummo, el hermano que les seguía, pero que lo abandonó justo cuando el cine se volvió sonoro y el equipo Marx decidió cambiar las tablas por la pantalla. En su reemplazo se sumó el hermano menor, Zeppo, nacido ya en el primer año del siglo XX.
En la historia de la comedia cinematográfica los Marx encarnanel gran cambio que se produjo en el género a partir de la introducción del sonido, ocurrida a fines de 1927, que representó un verdadero terremoto para la industria. Al hablar de aquel cisma, el catalán Román Gubern señala lo siguiente en su libro Historia del cine (Editorial Lumen): “La comedia americana fue uno de los géneros triunfantes del cine sonoro, mientras los grandes cómicos del cine mudo abandonaban la pantalla o transformaban su estilo profundamente, como ocurrió con Chaplin. Su hueco será llenado por la feroz y disparatada comicidad, rayana con el surrealismo, de los hermanos Marx, que llegan al cine en 1929 procedentes del music-hall, de donde vienen con su piano el primero [Chico] y su arpa el segundo [Harpo, de ahí su nombre]”.

Como todos los artistas de variedades, los Marx poseían múltiples habilidades y talentos, entre ellos el de tocar varios instrumentos musicales, como señala Gubern. Pero lo que al historiador catalán se le olvida —y que tal vez sea la principal razón para explicar la revolución que los hermanos causaron cuando las películas empezaron a hablar—, es mencionar el instrumento que mejor ejecutaba Groucho: la lengua, en los dos sentidos que se le puede dar al término. Si algo diferenciaba a la rutina de los Marx del humor tal como lo concebían Chaplin o Keaton, ese elemento era justamente la palabra. Y nadie manejaba ese recurso como lo hizo el verborreico Groucho, capaz de disparar palabras afiladas sin parar a 24 cuadros por segundo.
Groucho era y sigue siendo la máxima expresión cinematográfica del humor verbal, donde la velocidad en el uso del ingenio y el diestro manejo de herramientas como el sarcasmo, la mordacidad y la ironía son fundamentales para agarrar al espectador siempre con la guardia baja. Es cierto que al ser un equipo, los Marx tenían la ventaja de que cada miembro aportaba recursos distintos, siempre de forma brillante. En el extremo opuesto de Groucho, Harpo se movía en el silencio con maestría, operando como eslabón perdido entre ellos y la comedia del período previo. Y junto a Chico, el más arrabalero de todos, daban cátedra en el terreno del humor físico. Por su parte, Zeppo oficiaba de nexo con los espectadores interpretando al hombre común, aunque con un encanto que los hombres comunes no suelen tener.
Sin embargo, fue la lengua de Groucho la que marcó la diferencia. El arma secreta, el recurso definitivo que ningún otro cómico de su generación poseía y que ningún otro volvería a usar como él nunca más en el cine. Todo eso quedó de manifiesto con el estreno de Los cuatro cocos, la primera película de los Marx, que tuvo lugar en 1929, poco más de un año después de la llegada del sonido. Pero terminó de asentarse en El conflicto de los Marx, la película que funciona como apertura del ciclo que se proyecta en la Sala Lugones.
Los títulos elegidos para darle forma a Cinco tardes con los hermanos Marx permiten abordar otros elementos curiosos de su filmografía. Uno de ellos es la presencia constante de la actriz Margaret Dumont en las películas del grupo, interpretando siempre el papel de mujer aristocrática y seria que funcionaba como contrapunto perfecto para que los hermanos pudieran desatar el infierno en torno a ella. Justamente, Dumont forma parte del reparto en tres de las películas del ciclo: El conflicto de los Marx, Sopa de ganso y Una noche en la ópera.
La actriz ya había colaborado con ellos en Los cuatro cocos y volvería a hacerlo en Un día en las carreras (1937), Los hermanos Marx en el circo (1939) y Tienda de locuras (1941), ninguna de las cuales forma parte de este ciclo. Es decir, nada menos que siete de los trece títulos que componen la filmografía del grupo. Y dos más que Zeppo, que solo participó en las primeras y abandonó la troupe tras el estreno de Sopa de ganso. Con lo cual puede decirse que Dumont es lo mas cerca que ninguna actriz estuvo nunca de ser considerada la única hermana Marx.

El ciclo también destaca la presencia de la malograda Thelma Todd, que ocupó el rol de estrella femenina en las dos películas del ciclo en las que Dumont no participó: Plumas de caballo y Polizones y polizontes. Tres años después de su última colaboración con los Marx, el cadáver de Todd fue encontrado dentro de su auto en el garage de su casa y, aunque presentaba signos evidentes de violencia, el jurado del caso determinó que su muerte se había debido a la inhalación de monóxido de carbono. Un fallo polémico, que sin embargo sigue siendo el que figura como causa oficial de su fallecimiento. Solo tenía 30 años.
En su libro Hollywood Babilonia, Kenneth Anger señala una macabra coincidencia entre la muerte de The Ice Cream Blonde (apodo con el que se conocía a Todd) y su trabajo con los Marx. Según cita, en una escena de esas películas (que el autor no identifica) Groucho le habría lanzado una advertencia a Todd: “Ahora sé una buena chica o tendré que encerrarte en el garage”. La frase, que parece premonitoria, en realidad no es pronunciada nunca, ni por Groucho ni por nadie, en ninguna de esas dos obras. El bulo justifica todas las impugnaciones que el trabajo de Anger ha merecido desde su publicación hasta hoy.
Sin dudas, los Marx integran el panteón de la comedia cinematográfica junto a los citados Chaplin y Keaton, a quienes deben sumarse el menospreciado Jerry Lewis, el francés Jacques Tati, o los británicos Peter Sellers y quienes tal vez sean sus herederos más legítimos, los corrosivos Monthy Pyton. Si algo confirma el ciclo Cinco tardes con los hermanos Marx es que ninguno de ellos le faltó tanto el respeto a las autoridades y al sentido común como lo hizo esta pandilla de salvajes.
Fuente: Página12

