Teresa Costantini: el teatro, su próximo film y lo que aprendió de una tía que era monja

Tras reestrenar la obra Otras palabras, habla de las dificultades que encontró para lograr un nombre propio en el mundo del espectáculo y de su presente profesional

Teresa Costantini habla de su vida con la serenidad de quien ya no necesita demostrar nada. Actriz, directora, guionista y productora, lleva más de tres décadas abriéndose paso en una industria que, al comienzo, le era ajena. Antes de construir ese recorrido, había vivido varias vidas: fue hija de un diplomático; creció entre Roma, Inglaterra, Estados Unidos y Buenos Aires; se casó a los 17 años y crió a cinco hijos: Marité, Mariana, Soledad, Eduardo y Tomás. En esta entrevista repasa los comienzos, las decisiones que marcaron su historia y el camino que recorrió hasta ganarse un lugar propio.

Hija de Carlos Correa Ávila, embajador y funcionario del primer gobierno de Perón, Teresa pasó su infancia y juventud en Roma, Inglaterra, Estados Unidos y Buenos Aires
Hija de Carlos Correa Ávila, embajador y funcionario del primer gobierno de Perón, Teresa pasó su infancia y juventud en Roma, Inglaterra, Estados Unidos y Buenos AiresSoledad Aznarez
—Volvés al teatro.—Sí. En estos últimos años lo fui haciendo de un modo un poco “homeopático”, como digo yo. Primero fue Adán según Eva y después arrancamos con Otras palabras, que ya va por su tercera temporada. Desde el año pasado estoy con Adriana Salonia y muy contenta con la invitación de Clásica y Moderna. [La obra se presentará el martes 18 de agosto, a las 19.30, en Clásica y Moderna, avda. Callao 892]—¿Por qué definís este regreso como algo “homeopático”?—Porque son pequeñas dosis. Antes de armar el primer espectáculo recordé mucho a Helena Tritek, que fue una gran amiga, mentora y directora. Ella me decía: “Hay que hacer proyectos pequeños y cortos, que salgan rápido”. Mis películas son enormes y me llevan muchos años de vida. Después de la pandemia, que fue una etapa bastante compleja para todos, arranqué con estos espectáculos pequeños. Dan muchísimas satisfacciones, son más manejables: los tenés en la valija, los vas llevando. Y es lindo estar en el teatro.—Pero, al mismo tiempo, seguís teniendo proyectos más largos.—Siempre. En este momento ya tengo el guion de una película que me encantaría filmar fuera de la Argentina. En principio está localizada en Irlanda y fue escrita por una guionista irlandesa, Naomi Sheridan, a partir de una idea mía. Ya tenemos el guion y un coproductor en Irlanda, pero el cine siempre demora más, lleva más tiempo y significa más trabajo. Si Dios quiere, el año que viene podría estar filmando.—Tus historias suelen estar atravesadas por mujeres fuertes.—Sí, siempre. Me encantan las historias y he pensado proyectos en los que los protagonistas eran hombres. Incluso quise adaptar una novela de Mariana Travacio, una autora a la que admiro muchísimo: era una historia muy interesante, una venganza. Pero finalmente termino volviendo a las mujeres, no solo por identificación. Soy mujer; los hombres hacen películas sobre hombres y yo puedo hacer películas sobre mujeres. Lo pienso casi como una responsabilidad.
Soledad Aznarez
—¿Como un legado para otras mujeres?—Sí. Porque veo que todavía hay muchísimas dificultades. Impresiona que, con todo lo que vivimos y todas las batallas que ganamos, siga siendo un problema para una mujer conseguir el dinero para financiar una película o conseguir un papel cuando llega a cierta edad. Y no hablo solamente de la Argentina, que ya sabemos que es un lugar muy difícil para quienes nos dedicamos a esto. Pasa también en Hollywood, donde el cine realmente es una industria. Siguen peleando, aunque dicen que la situación está mejorando.
Entrevista a Teresa Costantini
Entrevista a Teresa Costantini
—¿Cómo ves hoy la actividad en la Argentina?—Durísima. No hay trabajo. Aparecieron las plataformas y las series son las que absorben las posibilidades, pero no todo el mundo está haciendo una serie. Entonces, están todos en el teatro.—En ese contexto, el teatro parece una vuelta a lo analógico. Y en Otras palabras (la obra de teatro que protagoniza) las cartas son esenciales.—La literatura me marcó a lo largo de mi vida; poder leer y tener libros es una compañía gigantesca. Es muy bello volver a plantearle eso a la gente que antes escribía cartas: lo que demoraba y todo lo que uno tenía que reflexionar y pensar para redactarla de la mejor manera posible, aun sin ser escritor. Hoy mandamos un WhatsApp, nos equivocamos, escribimos mal. Con las cartas había una espera: recibirla, contestarla y volver a esperar. Eran otros tiempos.—¿Recordás alguna carta que te haya marcado especialmente?—Recibí muchísimas durante un año en el que vivimos en Norwich, cerca de Londres. Toda la familia nos escribía. Muchas de esas cartas se perdieron porque no las trajimos de vuelta, pero conservo grandes recuerdos. Tenía muchas tías y una de ellas era monja de clausura. Se llamaba sor María Clara y estaba en el convento de la Visitación, en Flores; ahora la congregación está en Pilar. Yo la visitaba muchísimo y teníamos un vínculo muy importante.—¿Cómo eran esas visitas?—Era clausura en serio. Tenían una doble reja hasta que vino el Concilio y les sacaron una. Apenas te pasaban el dedo para saludarte. Pero hubo una situación muy particular: cuando Perón persiguió a la Iglesia, ellas tuvieron que abandonar el convento. Cinco monjas fueron refugiadas en el Palacio de los Patos, donde vivían mis tías. Yo era muy chica y, por primera vez, pude abrazarlas. Estaban vestidas como civiles, aunque parecían campesinas sin los hábitos. Convivimos con ellas. Fue muy fuerte verlas circular por el mundo. Vivían recluidas y, en ese momento, tenían muy poca noción de lo que sucedía afuera. Sin embargo, mi tía era la persona más feliz del mundo y decía: “Yo quiero volver al convento”.—Su vida y la tuya parecían muy distintas: ella en clausura y vos casada desde muy joven, con cinco hijos y luego una carrera enorme. Sin embargo, fue la primera persona que recordaste al hablar de cartas.—Sí, siempre la recuerdo muchísimo. Mis hijas también se acuerdan del convento. Cuando llamabas por teléfono atendían diciendo: “Dios sea bendito”. Siempre lo recordamos con mis hermanas.—¿Sos muy religiosa?—Soy religiosa a mi manera. Fui muy religiosa porque soy hija de padres muy católicos y me crié en colegios de monjas. No voy a misa todos los domingos, pero la formación me marcó y me ayudó a tener una vida espiritual. Eso también me llevó hacia el hinduismo y a estudiar mucho el budismo. Creo que todas las religiones se unen en una sola cosa. No sé por qué están tan divididas. No creo en esa idea de que todo tiene que ser de una manera o de otra. La vida espiritual tiene una apertura inmensa.
"Desde que nací creo que abrí los ojos y supe que iba a contar historias", dice
«Desde que nací creo que abrí los ojos y supe que iba a contar historias», diceSoledad Aznarez
—De chica viviste en varios países. ¿Esa infancia itinerante marcó tu vida profesional?—Muchísimo. Viví en Roma, en Inglaterra y en los Estados Unidos. Desde que nací creo que abrí los ojos y supe que iba a contar historias. Llegué a Italia en 1959, en la posguerra. Fui al colegio del Sagrado Corazón en Trinità dei Monti, arriba de la escalinata. Cada vez que vuelvo a Roma paso por ahí. El colegio ya no está, pero la iglesia sigue. Había muchísimo teatro: aprendí francés e italiano y actuaba un montón. Era, además, un momento muy especial del cine italiano. Íbamos mucho al cine, a la ópera y al teatro. Caminar por Roma es puro arte; lo sigue siendo. Me llenó de incentivos.—¿Qué te incentiva hoy a encarar una obra, una película o tus memorias?—La vida. Amo la vida, amo a la gente y soy muy curiosa. Me interesa saber quién sos, qué hacés, de dónde venís, qué pensás y qué sentís. Me interesan los vínculos y las relaciones. Podría haber sido psicoanalista también. Yo sigo buscándome siempre.—¿Sentís que la vida todavía te pone a prueba?—La vida no termina nunca de probarte. Y quiero que me siga probando, porque eso implica un crecimiento enorme y siempre trae mucho más de lo bueno que de lo malo.—¿Con los años aparece cierta premura para concretar los proyectos?—Sí, tengo más premura para que las cosas salgan. No puedo tomármelo con calma. Estar en acción es lo que más me alimenta: escribir, armar proyectos, hacer los espectáculos que me piden todos los años en Punta del Este y después traerlos a Buenos Aires. No, quieta no.—¿Sentís que hubo prejuicios hacia vos a lo largo de tu carrera?—Seguro que sí. Lo sentí en algún momento, pero ahora no me engancho con eso. Lo mismo sucede cuando me preguntan por ser mujer y directora. De mi edad no hay nadie, pero María Luisa Bemberg fue el faro: me mostró que el camino era posible. Hoy hay muchísimas más directoras, aunque siguen siendo menos que los hombres. De todos modos, tampoco muchos directores varones de mi generación siguieron filmando. Adolfo Aristarain, por ejemplo, tuvo un éxito increíble y no pudo hacer su última película. Eso habla de lo difícil que es armar un proyecto de cine en la Argentina.—¿Tuviste una dificultad extra por ser mujer y directora?—No, porque fui independiente y tuve la suerte de poder armar una productora y producirme a mí misma. Siempre lo digo como una gran ventaja. Siento que no hice muchísimo: hice lo que pude, lo que me permitieron el tiempo y la capacidad de conseguir financiación. Pero cuando mirás la trayectoria completa, es bastante. Empecé más tarde: a los 37 años. En ese momento creía que era enorme; hoy lo pienso y veo que muchas mujeres de esta generación ni siquiera empezaron a tener hijos a esa edad.—Cuando mirás hacia atrás, ¿cambiarías algo?—No cambiaría nada. Creo que venimos acá y está buenísimo aceptar lo que nos va pasando. Tengo mucha energía y disfruté de muchas cosas antes de empezar a filmar. Vivir es lo que más te enseña para contar. Por eso, frente al prejuicio, está bueno plantarse en uno mismo y seguir, pase lo que pase. Al principio te reciben, después te dicen que no, luego que sí, y con el tiempo vas construyendo.
"Vivir es lo que más te enseña para contar", señala
«Vivir es lo que más te enseña para contar», señalaSoledad Aznarez
—¿Cómo fue el momento en el que decidiste hacer tu primera película?—No fue un salto de la nada: estudié muchísimo. El teatro era difícil de combinar con la familia por los horarios nocturnos, así que me puse a escribir. Le llevé el guion a María Luisa Bemberg, que lo leyó y me dio una devolución. Decidí producirlo, conseguí una coproducción con España, viajé a Madrid y todo se armó. Fue como un sueño estar en el set de Nunca estuve en Viena, y además debutar con una película de época, ambientada en 1910.—En esa primera película ya aparecía tu mirada sobre el mundo.—Sí. Hablábamos de mi tía monja, que no aparece allí, pero mis otras tías eran solteras y Nunca estuve en Viena está bastante inspirada en esa parte de mi familia. Me intrigaba qué pasaba con la soltería y con la vida de las mujeres que no tenían un hombre al lado. Hoy no me parece una situación compleja, porque existen otras libertades. Pero aquellas tías tampoco tenían amantes; era otra forma de vida. Tuve un abuelo del que sé poco, el padre de ellas, que algo tuvo que ver con esa historia familiar: una hija monja, tres solteras, mi papá, que se casó de grande… Él ni siquiera fue al casamiento de mis padres y recién se acercó cuando nacimos nosotros. Tengo que seguir investigando.—Vos, en cambio, te casaste muy joven. ¿Nunca pensaste en volver a usar profesionalmente tu apellido de soltera?—No. En mi vida personal lo uso todo el tiempo y mis amigas me llaman por mi apellido, pero profesionalmente nunca lo pensé porque ya tenía una trayectoria enorme. No lo tuve en cuenta como una posibilidad. No lo considero más que una marca. Era algo habitual: Virginia Woolf usaba el apellido de Leonard Woolf. Y es el apellido de mis hijos. Hay muchísimos casos, desde Susan Sarandon hasta Angela Merkel o Graciela Borges, que tampoco se llama Borges. Eran usos y costumbres legales que, además, tenían respaldo legal: nosotras teníamos que usar el apellido. A mí nunca me molestó y a mi padre tampoco. En ese momento ni siquiera se pensaba de otra manera. Uno es muy joven, sigue ciertos mandatos y avanza.
Entrevista a Teresa Costantini
Entrevista a Teresa Costantini
—¿Hoy no te pesa seguir llevándolo?—No, para nada.—Pero te piden que dejes de usarlo…—No va a suceder. Es todo lo que tengo para decir. Hay algo que tiene que ver con la intimidad. Con las cartas había un uno a uno: le escribías a alguien que te contestaba, fuera un amor, un padre, una madre o un hijo. Ahora todo está expuesto hacia afuera, sin pensar en lo que sucede íntimamente. En la intimidad es inviolable el hecho de una historia donde un apellido que es una marca sea cambiado a los 76 años.
"Mi legado es el amor", indica
«Mi legado es el amor», indicaSoledad Aznarez
—¿Cuál es el legado que querés dejarles a tus hijos, nietos y bisnietos?—Mi legado es el amor. Es disfrutarlos, viajar y pasar tiempo juntos. Tenemos un vínculo muy bello. Pero no pienso demasiado en el legado. Creo que está en las conversaciones, las charlas, los almuerzos, los viajes y el tiempo compartido.—¿Vivís muy en el presente?—Sí, porque es lo que conviene. El pasado ya está y está bien. Tengo mis añoranzas, mi melancolía y mis nostalgias. Veo crecer a mis nietos y no puedo creerlo. Recuerdo cuando mis hijos eran chicos. Escribir las memorias también genera un movimiento emocional que me lleva hacia atrás, pero estoy en el presente.—Además del teatro, ¿qué proyectos se vienen?—Están la película de Irlanda y las memorias. La película tiene un título provisorio: Listening to the Dream, que sería algo así como “escuchando al sueño” o “prestándole atención al sueño”. No sé si será el definitivo, pero el guion está terminado, que es muy importante. En cuanto a las memorias, tengo mucho escrito y estoy conversando con una editorial, aunque todavía no quiero decir cuál porque la conversación no está cerrada. Me encantaría que fueran ellos; si no, tengo otras opciones. Estoy apuntando ahí.

Para agendar

Otras palabras se presentará el martes 18 de agosto, a las 19.30, en Clásica y Moderna, avda. Callao 892

Fuente: Lupe Torres, La Nación