Alos 15 años ya sabía que quería ser actriz y empezó a formarse y en el humor encontró su refugio. Trabajó durante diez años en radio haciendo distintos personajes, pero también hizo mucho teatro. Le estaba yendo muy bien; sin embargo, decidió acompañar a su marido a Miami y dejar su carrera de lado. “Miami fue lo mejor y lo peor que me pasó en la vida”, asegura Clara Ulrich, quien el 4 de septiembre ofrecerá su show, Yo quiero ser mi marido, en el Gran Rex.
—¿Dejaste todo por amor?
—Siempre digo que el deseo de uno no hace a la felicidad de dos. En mi primer año en Miami estuve muy enojada con todo porque no tenía trabajo y me dedicaba a la vida doméstica, cosa que no me gusta para nada. No nací para la vida doméstica, pero mi día transcurría sin trabajar y llevando a mi hijo al colegio y ver qué iba a hacer a la noche para cenar. Para mí era muy angustiante haber dejado todo… Tenía un ritmo de trabajo súper acelerado.
—Entonces…
—Miami fue lo peor y lo mejor que me pasó porque se me dio todo después de tocar fondo y golpear puertas, llevar currículums y empezar de cero de verdad. Cuando llegás a otro país, tenés que demostrar tu currículum porque la gente no conoce con quién trabajaste ni qué hiciste. Al principio pensé que había posibilidades de hacer radio hasta que me di cuenta de que en Miami la radio es más que nada musical. Después intenté en programas de televisión para toda Latinoamérica, pero la mayoría de las producciones se habían ido a Los Ángeles y a México, porque Miami estaba muy caro para producir.
—¡No se te daba una!
—No [risas]. Todos los caminos me condujeron a hacer lo que sé en realidad. Gracias a la radio, yo escribía un guion de humor por día… Entonces, sé escribir humor y soy actriz, y puse toda la energía en el teatro. Me convocaron para hacer un espectáculo en un evento para mamás y así nació SOS mamá inmigrante. Funcionó tan bien que los 15 minutos del show se hicieron una hora. Descubrí que el humor es transnacional y que hay temas y arquetipos que nos reflejan a todos. Esa era una gran duda cuando fuimos a Miami porque pensaba: “¿Cómo voy a hacer reír a venezolanos, colombianos, ecuatorianos…? Y todavía me sorprende ver gente de tantas nacionalidades en mis shows.
—¿Ese fue tu primer paso?
—Sí, ese fue el primer paso y a partir de ahí empecé a presentarme en diferentes lugares dentro de Miami y me animé a ir a Texas, Houston, Nueva York y Orlando. Hoy, 10 años después, estoy haciendo esta gira por Sudamérica, en Uruguay, Chile, Argentina, y después hago una gira por varias ciudades de los Estados Unidos, y a fin de año voy a estar por España, Francia e Inglaterra.
—¡El mundo a tus pies!
—En esta era del swipe up [deslizar hacia arriba] y de resolver todas las incógnitas de la vida con la inteligencia artificial, o de los videos virales, a mí me encanta decir que, en realidad, mi recorrido tiene que ver con tiempo, con perseverancia y trabajo. Hay que trabajar por lo que uno desea. Si miro hacia atrás, puedo darme cuenta de que la mudanza a Miami fue el punto bisagra para que hoy yo me pueda dedicar 100% a la actuación. Todos mis espectáculos tienen una mezcla de teatro y stand-up.
“Serena confianza”
—¿Cómo pasaste de tocar fondo a hacer giras mundiales?
—Hay una frase que me escribía mi papá en algunas cartas; decía que había que tener serena confianza en la vida, sin impaciencias inútiles. Y esa serena confianza en la vida la entendí de grande porque de chica podés tener confianza, pero no es serena. A veces una se empeña en ir por un camino y pensás que es por ahí, y te resistís a la vida, a lo que viene. Y yo resistí mucho Miami. Hoy me encantaría viajar a 2016 y decirle a esa Clara que se quede tranquila, que lo que se viene es lo que en realidad soñó desde que tenía 15 años, cuando empecé a estudiar teatro con Augusto Fernandes.
—¿Por qué supiste tan chica que querías ser actriz?
—Tengo un recuerdo muy vívido, muy lindo, en la puerta del Teatro Gran Rex haciendo la fila en una madrugada fría con mi abuela Alicia para comprar entradas para Jugate conmigo. Era fanática del programa y mi abuela me acompañaba a las 6 de la mañana a hacer la fila y la boletería recién abría a las 10. Recuerdo que le dije: “Yo quiero hacer esto; yo quiero estar arriba de un escenario”. Y fue en la puerta del Teatro Gran Rex… Entonces, tantos años después, presentarme este 4 de septiembre en el Gran Rex con este show que escribí y que dirijo, me parece un “full circle” como dicen los americanos. Ha sido todo un recorrido.
—Claro que sí, un largo recorrido…
—De chica era la protagonista de todas las obras del colegio, y a los 15 años estudié con Rubén Szuchmacher y a los 17, fui a la escuela de Augusto Fernandes. Después, en Madrid, me formé con Corazza. Tuve grandes maestros de teatro. Estudié Historia del Arte, orientada a las artes escénicas, en la Universidad de Buenos Aires. Tenía muy definido que era por ahí y la vida me fue llevando.
Su experiencia con Coppola
—Hiciste teatro independiente y estuviste diez años en radio, haciendo personajes y también conduciendo, ¿cómo se dio?
—Al principio pensé que no me interesaba la radio y terminó siendo un gran amor. La gerente de Radio Rivadavia me vio en un teatro under de la calle Corrientes haciendo varietés de humor y me pidió que hiciera un casting. Estuve diez años en Rivadavia con diferentes conductores, en Radio Uno, en la Rock and Pop conduciendo con Facundo Pastor.
—Y te enamoraste de la radio…
—Sí, la radio es como un chico que yo no sabía que me gustaba y terminó siendo uno de los amores de mi vida. Siempre digo que mi éxito fue no desanimarme. El ritmo de comedia que tengo arriba del escenario me lo enseñó la radio. También mi papá alguna vez me dijo: “Tenés que aprender de todo porque nunca sabés cuándo lo vas a poder utilizar. Aprendé a plantar tomates si querés, y algún día eso te va a servir para algo”. La radio fue una gran escuela a la que le estoy eternamente agradecida. Hoy la escena porteña está llena de colegas buenísimas que hacen humor, pero en aquel entonces ni se me hubiese ocurrido que iba a terminar siendo una comediante femenina porque eso todavía no estaba explotado y hoy ya es una movida mundial.
—¿Y cómo te fue en televisión y en cine?
—En televisión hice algunos papeles chiquitos en algunas tiras de Polka y Underground, pero el altisonante fue terminar en Tetro, la película de Francis Ford Coppola, haciendo de amiga de Maribel Verdú, y charlar con Francis Ford Coppola de sus viñedos en California porque era de las pocas que sabía hablar inglés en el set.
—¿Cómo lograste filmar con Coppola?
—Cuando me enteré por el diario de que venía a filmar Francis Ford Coppola, averigüé la productora y mandé mi currículum. A nivel actoral no puedo decir mucho porque fueron pocas escenas haciendo de amiga de Maribel Verdú y con poco diálogo, pero para mí fue una experiencia hermosa estar en una producción de Hollywood, con dirección de Coppola. Además, poder conocerlo personalmente y hablar de arte, de cine y de sus viñedos en California. Mi papá me decía que lo importante era estar en el mazo de cartas, no importa si sos el cuatro de bastos porque en algún momento vas a salir. Y creo que la radio me permitió estar en el mazo de cartas, que cada pasito, como los papeles chiquitos en las novelas, la película de Francis Ford Coppola, todo eso era mi manera de decir: “Estoy en el mazo y en algún momento voy a salir”. Lo que no sabía era que iba a salir en Miami. Eso era lo que no me imaginaba.
“Un gran compañero”
—Decías que te fuiste a Miami porque tu marido tuvo una propuesta de trabajo y lo bancaste, ¿él te banca a vos ahora que hacés giras? ¿Cómo es esa dinámica de pareja?
—No suma a la comedia que hable bien de mi marido porque en realidad todo lo que hago en el escenario es criticarlo y reírme de eso [risas]. La gente cree que mi marido es una víctima… Siempre digo que el gracioso de los dos es él, pero tiene un humor tan negro que lo cancelarían en las redes. Es un gran compañero. Llevamos casi 20 años juntos y los dos entendemos esto de estar en el mismo barco. Hay momentos en los que uno tiene que acompañar más al otro y después es al revés. No fue algo hablado, pero empecé a viajar de a poquito y hubo que organizarse. En los Estados Unidos es muy complejo porque no tenemos familia allá. Hablo mucho de mis amigas de la inmigración y tengo una red de amigas que son familia en Miami porque necesitás que te busquen al chico en el colegio, que te resuelvan cómo llevarlo a la actividad extracurricular, estar pendiente de si necesita algo el marido…
—¿Por todo eso tu show se llama Yo quiero ser mi marido…?
—Claro [risas]. En esta gira sudamericana de dos semanas, mi suegra fue al rescate de su hijo y está en Miami acompañando en todas esas tareas que generalmente hacemos las mamás. Yo quiero ser mi marido es un poco jugar con todas las razones por las que me gustaría ser mi marido para no tener que ocuparme de la lanchera, para no estar en el chat de mamis…
—¿Hay algo que te haya dado culpa?
—Tuve una función muy linda y muy grande en Puerto Rico y coincidió con el primer día de clases de mis hijos. Al principio sentí la culpa materna y después entendí que a veces la vida profesional de mamá nos pone esos desafíos. Y le tocó estar al papá y acompañar en el primer día de clases. Fue muy divertido porque mi marido, en nueve años de escolaridad de mi hijo mayor, nunca había visto una lista de útiles [risas]. Entonces fue muy interesante ver cómo resolvía. Obviamente hubo algunas cosas que llegaron por duplicado, otras que faltaron, pero fue interesante que él también viera todo lo que una hace en los comienzos de clases. Y con eso juego en Yo quiero ser mi marido: ver cómo podemos reconfigurar algunos roles que se establecieron. Y también digo que quiero ser mi marido para que las canas me queden sexy y para tener una relación más piadosa con el cuerpo…
—¿Por qué?
—Porque los hombres son más piadosos con ellos mismos. Un hombre que se equivoca se perdona más rápido de lo que nos perdonamos nosotras. Hay que aprender eso del mundo masculino, a ponerse primero, a priorizarse. Es algo que todavía nos cuesta a las mujeres. Todo el show va versando sobre diferentes escenas matrimoniales y cuento por qué me gustaría ser mi marido…
Fuente: Liliana Podestá, La Nación

