En la obra dirigida por Sofía Wilhelmi y especialmente adaptada para las dos actrices, ponen en discusión distintos mandatos que pesan sobre las mujeres, en torno a la edad, el deseo, la maternidad, la sexualidad y la muerte.
Paloma Contreras, hija, cuenta que le pintó los labios de ese rojo elegante a Leonor Manso, madre, para la foto que acompaña esta nota. “¿Querés mi espejito que te gustó?“, le ofrece para que se corrija el maquillaje. Este gesto pequeño de ternura y cuidado bien podría ser parte de la obra de teatro en la que trabajan, ellas dos solas, juntas por primera vez en un escenario. Varias veces las había unido la actuación pero nunca de manera tan extrema. En El precipicio, especialmente adaptada para ellas, son madre e hija, una actriz y una dramaturga, respectivamente, unidas por un proyecto próximo a presentarse.
En cartelera en la sala Cunil Cabanellas del Teatro San Martín (jueves a domingos a las 19.30, Avenida Corrientes 1530), el espectáculo es una versión libre de Un día fui yo, de los españoles Lucía Miranda y Miguel Cuerdo, con dramaturgia y dirección de Sofía Wilhelmi. La hija está escribiendo un texto teatral alrededor de la figura de su madre, una mujer que se resiste a quedar encerrada en ideas ajenas sobre la vejez y reivindica su deseo de seguir actuando, haciendo planes y eligiendo cómo vivir. A partir de un vínculo no idealizado aparecen distintos mandatos que pesan sobre las mujeres, en torno a la edad, el deseo, la maternidad, la sexualidad. La muerte está también muy presente, sin una carga solemne o pesada.
La sinopsis define a El precipicio como “una reflexión íntima sobre la vejez, la muerte y la herencia emocional desde la perspectiva femenina, en la que el humor, la lucidez y los vínculos convierten el presente en un espacio de resistencia y liberación”.
Inicialmente se le propuso a Manso un unipersonal, en sintonía con la versión original del texto. La iba a dirigir Luciano Cáceres. “Por diferentes motivos a Leo no le interesaba hacer un unipersonal, tenía ganas de hacer otro tipo de obra. Entonces a Luciano se le ocurrió que era interesante desdoblar (el texto) en dos personajes, trabajar sobre una versión y que el otro personaje lo hiciera yo”, cuenta Paloma. Ella es amiga de Wilhelmi, quien se sumó al proyecto primero en la dramaturgia y luego, por compromisos que alejaron a Cáceres, asumió también la dirección.
“Es aburrido estar solo en el teatro”, afirma Leonor, muy “entusiasmada” con esta obra que refleja un vínculo “que no está muy buceado”. Durante la nota elogia incontables veces a Contreras: “Es maravilloso trabajar con ella. Ella es muy inteligente. Entonces me da luz”. La hija devuelve el mismo halago: “Ella es muy inteligente”.
El oficio las ha unido en distintas ocasiones. Compartieron trabajos en televisión (Tratame bien; El elegido) y películas (como La sabiduría). En 2023, Leonor dirigió a su hija enAurora trabaja, de Mariana de la Mata, en el Teatro Cervantes. Se trataba de una obra que tematizaba, entre otras cosas, la dependencia de la mujer respecto del poder salarial detentado por el hombre. Este es el único antecedente en teatro. De manera que esta es la primera vez que se las ve juntas en un escenario.
La propuesta -“comprometida y profunda”, como la definen- conjuga realidad y ficción, mueve fibras, capas que ponen a Paloma al borde de las lágrimas en varios momentos de la entrevista con Página/12. Si bien el espectáculo está corrido del biodrama o la autoficción -se burla incluso de eso-, el texto se nutrió de aportes de diálogos reales entre ellas. Así como en la obra la dramaturga intenta contar la vida de su mamá, Paloma anota en un cuadernito las frases aforísticas que Leonor emite con la liviandad de alguien que está hablando del clima. Una manera de vencer la fugacidad de lo dicho, de darle otro carácter. En la entrevista Leonor dice, por ejemplo, esto: “A mí el mundo no me hace mella”. Es una frase que Paloma le regaló a Wilhelmi para que sumara a la pieza.

-¿Qué les interesó de cómo la obra muestra el vínculo madre-hija?
Leonor Manso:- Que no está idealizado, sino que está contado muy cerca de la realidad. No sé si si a vos te pasa lo mismo (a Paloma).
Paloma Contreras:- De hecho tiene intercambios y diálogos que son transcripciones de la realidad que yo le pasé a Sofi porque dije “esto puede servir”. Nos juntamos, y con Leo un par de veces, antes de que ella empezara a trabajar el material como para ir acopiando. Leonor estaba muy segura de que iba a ser interesante la propuesta de inicio, que la obra empiece así: “yo estoy acá por culpa de ella” y que la otra dijera “no, yo estoy acá por culpa de ella”. Lo que me parece interesante del trabajo que hizo Sofía es que las tensiones que se generan entre los dos personajes no están puestas en un lugar maniqueo.
L.M.:- O conflictivo típico. No en todos los vínculos tiene que haber un conflicto. Todos los vínculos son distintos y muy ricos.
-Entonces, el vínculo real entre ustedes forma parte de la obra.
P.C.:- Sí. ¿Viste que todo el tiempo ella menciona a Lisístrata? Cuando ella, Leonor, realmente hizo Lisístrata… me dice, “vos estabas ahí”. Yo no lo recuerdo porque estaba ahí, pero en su panza. Eso es algo que lo vamos a leer solo nosotras, pero de eso está hecho (el espectáculo). Creo que Sofi hizo un trabajo muy poético porque no es una obra convencional, aristotélica, con principio, nudo, desenlace. Y al mismo tiempo está condimentada de estos elementos personales de la vida de Leo, mía y de ella también. Eso la hace muy única, muy especial.
-A la vez… ¿le encuentran a la ficción alguna relación con el vínculo entre ustedes?
P.C.:- Siento que en los personajes una de las tensiones que se manejan es que el personaje de la autora es más formal que el de la actriz.
L.M.:- Sí, yo soy más inconsciente. Siento que tengo un espíritu muy joven, como si fuera adolescente.
Las dos son del signo aries. “Hemos tenido peleas para teatralizar, que no serán teatralizadas”, revela Paloma, entre risas. Leonor, por su parte, no se acuerda de eso. Dice ser peleadora por lo que quiere, pero no recuerda enfrentamientos con su hija.
-Leonor, tu personaje se abraza a la vitalidad, defiende la idea de que “siempre hay algo para hacer”, frente a cualquier mandato que pueda asociar a la vejez con el detenimiento. ¿Cómo te llevás vos con esos prejuicios?
L.M.:- Los mato con la indiferencia. Y haciendo, haciendo, haciendo. No me cuestiono nada de eso. A mí el mundo no me hace mella. Lo puso la autora. Yo no me lo acordaba, y se lo dio ella (Paloma). Evidentemente ahora hablando parece que soy particular. Tengo 83 años, yo no lo siento, no me siento una anciana, y a los 83 años se supone que (una) es una anciana. Tampoco me hago la pepa juvenil, pero respondo a lo que me responde mi cuerpo y mis deseos, que todavía tengo: actuar y hacer esta obra con Paloma. El deseo de actuar sigue con la misma fuerza, entonces yo no noto en eso el paso del tiempo. Y el cuerpo por suerte es bastante fiel. Tampoco lo siento. No tengo dificultades. Creo que nuestra actividad, la del teatro, la de actuar vidas distintas, te da algo que te nutre: no es una vida. Muchas vidas atravesé y estoy por atravesar otra nueva. Y en el momento en que uno actúa uno se hace cargo y en algún lado queda eso.
-Entonces, el secreto para sentirse joven es el arte.
L.M.:- Yo creo que sí, porque ahí el tiempo no existe.
Surge el chiste de que Leonor debería escribir un libro. Leonor manda a Paloma a escribirlo. Su hija recuerda que en la adolescencia la amenazaba con que iba a hacer una película sobre ella titulada Coquita querida, con el espíritu de Mamita querida, la adaptación de las memorias de Christina Crawford, hija adoptiva de Joan Crawford. El apodo de Coquita viene de un viejo dibujito animado llamado Cocomiel. “He anotado muchas cosas que dice mi mamá y las tengo guardadas, porque además siento que son cosas que liberan, en general.”
Paloma mira a Leonor y recuerda: “Los otros días me dijiste que lo bueno que tenía esta etapa de tu vida es que estás solamente conectada con tus deseos. Que por ahí no tenés tantas responsabilidades, tantas demandas… me decías ‘me puedo levantar a las 3 de la tarde, almuerzo si quiero, me tiño si quiero’. Por eso la vinculás con la adolescencia. Lo que uno se supone que pierde con la edad ella lo transforma en una ganancia y dice ‘yo hago lo que quiero’. Todo eso lo voy apuntando porque lo siento un tesoro personal”. Leonor suma: “Cuando tenés obligaciones de pronto tus deseos tienen que quedar en otro lado. Yo ahora siento que no tengo ninguna, sólo las del teatro. Es lindo”.
-Hay otro tema que es tabú, que aparece en la obra, que es la muerte. ¿Ponerlo en escena implica desdramatizarlo?
L.M.:- Exorcizarlo. Lo que pasa también es que eso tiene el teatro: vos pasás por muchas vidas, encarnás situaciones que no son de tu propia vida, y por eso tal vez la muerte también es una cosa lejana o lógica. Yo nunca me preocupo por la muerte y tengo 83 pirulos. Vendrá cuando tenga que venir y no estoy preocupada. Por suerte tengo salud, que eso es lo fundamental a esta edad. Y sigo haciendo lo que me gusta y con mi hija.
-De todos los lenguajes de la actuación, ¿las dos tienen preferencia por el teatro?
L.M.:- Sí, yo el teatro. Es el espacio real del actor. El cine y la televisión dependen de la cámara, del director, de muchas cosas, y no tienen una continuidad como tiene una obra de teatro, que tomás un personaje que vive determinada situación y lo desarrollás en unas horas de la noche. Eso para el actor es fundamental. En cine y televisión hacés una escena del capítulo no sé cuánto y otra de no sé cuánto. Por supuesto que es lindo también, pero yo creo que lo que más identifica al actor es el escenario.
P.C.:- Siento lo mismo. Me gusta mucho filmar de todas maneras. Me parece que, también, esto que dice Leo de las varias vidas en lo audiovisual se lleva más al extremo porque incluso te llevan a locaciones a las que nunca hubieses ido en tu vida, lugares recónditos del mundo o salas de hospitales… pero sí siento que el teatro es como el lugar donde el actor tiene más su propia visión. No tenés ese recorte que es la edición.
-Y en estos tiempos de inteligencia artificial y de pantallas hasta parece revolucionario por lo humano que es.
L.M:- ¡Tan humano! Porque además el teatro es sin red. En televisión, en cine, “cortá, cortá”… acá no, tenés que encarnar una cosa hasta el final y transmitirla al público directo. Es único el teatro. Creo que para el público también, la gente que no ha ido al teatro no sabe lo que se pierde.
P.C.:- Es un acto de fe también, del público y de los que estamos en escena.
-En los dos proyectos teatrales que encararon juntas aparece la temática de género. ¿Qué creen que pasa cuando estos temas son abordados en el escenario?
P.C.:- Más allá de los rótulos, tanto Sofía Wilhelmi como Mariana de la Mata son mujeres de determinada generación que al escribir y al vivir, sobre todo, se van preguntando ciertas cosas, nos vamos riendo de otras cosas, desolemnizando otras, tomando muy en serio otras y con la urgencia con que hay que tomarlas. No veo que surjan estas obras porque es una cuestión que está en agenda, sino porque es algo que inquieta. Es algo que se mueve entre nosotras.

-Leonor, ¿qué pensás de los ataques al sector cultural?
L.M.:- Me parecen de una crueldad y de una ignorancia supina, pero todo depende de quién conduce al país. Y en este momento estamos viviendo eso. Una persona que uno la ve que parece increíble que pueda ser presidente. Una persona que se la ve desequilibrada de aquí a dos pasos. Pienso que también es responsabilidad del resto de los políticos para que haya sido elegido este hombre. Porque no hubo engaño. Ya lo vimos antes de ser presidente cómo era. Una persona con esa violencia, con esa manera tan extraña de manifestarse, tan fuera de centro… es muy difícil que sea un buen presidente. Porque no puede tener la apertura ni la tranquilidad para mirar las cosas. Está desde esa violencia. Es culpa de los anteriores y de nosotros y de toda una sociedad. Es una pena, un país tan hermoso, con tan linda gente. Es como un estancamiento. Pero todo pasa.
Fuente: Página12

