Esos momentos, a veces imperceptibles y otras veces definitivos, en los que una conversación, una pérdida, una decisión, un encuentro o una verdad inesperada pueden modificar para siempre la manera en que miramos nuestra propia historia. Ese territorio incierto entre lo que creemos ser y aquello en lo que inevitablemente nos vamos convirtiendo. Los relatos exploran la fragilidad de los vínculos, las huellas de la memoria, los deseos que permanecen, las palabras que no se dijeron y aquello que comprendemos cuando ya no es posible volver atrás. Una escritura que observa con sensibilidad esos pequeños desplazamientos interiores que, aunque muchas veces suceden en silencio, pueden marcar un antes y un después en una vida.
Una colección de relatos sensibles y profundos que exploran esos momentos decisivos capaces de cambiar una vida para siempre.
Los relatos de El Umbral recorren distintos tiempos y geografías, pero comparten una misma pregunta: qué ocurre cuando una circunstancia nos enfrenta con un límite del que ya no se vuelve igual.
La narrativa de su autora, Patricia Bottale desde una literatura de la intimidad y de los claroscuros humanos, no construye personajes completamente buenos o malos, ni situaciones cerradas en una interpretación única. Se interesa por las zonas ambiguas: aquello que hacemos y después lamentamos, lo que deseamos y no podemos alcanzar, lo que sabemos demasiado tarde, lo que callamos. La exploración de la memoria y de los claroscuros de la condición humana.
La rosarina Patricia Bottale no parece buscar el golpe de efecto sino la resonancia. La historia puede terminar, pero la pregunta queda abierta. El lector no necesariamente sale de cada relato con una respuesta, sino con una sensación, una imagen o una inquietud que continúa trabajando. De ahí que la frase que resume la propuesta del libro —que lo esencial no siempre está en lo que sucede sino en aquello que deja huella— sea también una muy buena definición de su poética narrativa.
Es un libro sobre esos instantes invisibles en los que una vida cambia, y sobre todo aquello que una persona descubre de sí misma cuando ya ha cruzado el límite.
A través de historias donde conviven la memoria, la culpa, el deseo, el arte y la pérdida, la autora explora las zonas más frágiles de la experiencia vital. Sus personajes avanzan entre certezas que se quiebran y verdades que aparecen demasiado tarde, en ese espacio incierto donde toda transformación comienza.
Con una prosa precisa y una voz narrativa personal, Patricia Bottale confirma en este libro una mirada literaria atenta a los matices de la condición humana y a los momentos que definen una vida.
Sobre Patricia Bottale
Nació en Rosario. Es escritora de narrativa, poesía, ensayos y además es directora, desde hace más de 30 años, del taller literario “Palabras a Bordo” en Argentina. Además. dicta cursos de redacción en instituciones públicas y privadas y colabora en diarios y revistas de la Argentina y del exterior
Es autora de “Un lugar para Francisco”, obra musical cuyo mensaje fue reconocido por el Vaticano en dos oportunidades. Oradora de TEDx 2019, con su charla motivacional “Con tinta en la sangre”.
Entre sus obras figuran “Cati Tarsitano, una artista”, “Todas”, “Costa Bouchard”, “El otro espejo”, “Un lugar para Francisco”, seis antologías de sus talleres de literatura y participación en antologías de narrativa y poesía en Argentina y Uruguay.
Su libro “Una cruz entre los dos” se presentó en Londres y será presentado en 2027 en Florencia, bajo el nombre “Una luz entre los dos”.
En diciembre 2020 publicó “Sin Rouge”, un conjunto de cuentos y relatos literarios cuyo protagonista, en todos los casos, es un hombre.
En diciembre 2021 “El sudor del sol”, una novela atrapante de historia de amores, leyendas y conflictos en un escenario tan voluptuoso como su escritura. La autora, que cuenta con un doctorado en historia, viajó a Perú para adentrarse en la cultura e historia del mundo Inca.

El umbral
Abrí el cajón. Al hacerlo, como tantas veces, se desprendió de los rieles y cayó con ruido sobre el estante inferior. Me fastidiaba sostenerlo con una mano mientras con la otra buscaba los papeles con apuro.
«Esta casa se está cayendo a pedazos», resoplé en voz alta, como si alguien pudiera escucharme, o como si Iberia estuviera merodeando, cosa imposible a esa hora. Sin embargo, me rehusaba siquiera a pensar en la posibilidad de mudarme.
«Este departamento no tiene más cimientos que sus silencios», había susurrado Iberia una semana atrás cuando salía del baño. Me había quedado observándola con sorpresa por un lirismo que no le conocía. Es que… «no la conocía», fue mi acertada conclusión.
Hacía cinco años que Iberia venía todas las mañanas a las nueve; se quedaba dos horas o dos horas y media. Limpiaba, acomodaba la ropa y dejaba algo preparado para comer. Tenía buena mano para la cocina. No hablaba, eso la convertía en la compañía perfecta.
Su comentario me había molestado. Debía dejar volar mis ideas y crear metáforas como las de… ¿Iberia?
Tomé un papel, los días nublados siempre me habían inspirado. Miré hacia el cielo y escribí: «El techo, asustado por las mentiras de tantas historias de ficción e insomnio, encierra en su madera las lastimaduras del tiempo. Como un óleo cercano, dibujé ese rostro con palabras, pinceladas de luz perdida de mi único retrato feliz, el recuerdo del calor hambriento de dos cuerpos húmedos».
Como es de suponer, a esa altura me detuve.
Me detengo.
Creo haberle ganado, con tanta metáfora absurda, la pulseada a esta Iberia desconocida.
Observo la punta mordisqueada del lápiz. Es el último objeto que llama mi atención.
¿Es viento lo que toca mi cuello? Otra vez la ventana abierta.
No, no es viento, es aire cálido; es una carga de olor fatigado.
Es tu aliento… ¿estás ahí?
¿Cuánto hace que estás ahí?
Justo el tiempo que perdí buscando papeles y jugando a competir con Iberia para armar una historia que no se adueña de mí, que se me escapa, que alguien imaginó y ya no me interesa.
Cae el lápiz de mi mano, hace ruido en la madera de la mesa, como un pequeño chasquido, mientras no dejo de observarte, ahora, sin protagonismos que me distraigan. Estás ahí con la dulzona expectativa de un vicio.
Mirando tus ojos descubro cosas. Cuando tus párpados se entrecierran al abrigo de diminutas arrugas serenas, el rumor es tan secreto allí. Mirarte es un acto puro y necesario.
Tu boca me ofrece ahora ese gesto empecinado que palpita una historia por venir, con sus leves surcos que multiplican las posibilidades de lo previsto: una sonrisa, un guiño, un beso. Todo el universo tiene origen y muerte en ese diálogo de líneas, piel y luces que con-centran mi atención de inmediato.
Entonces, ya no deseo pertenecer a esta realidad. Me desarmo, reciclo el momento a través de la memo-ria de tantas páginas, otra vez, como en cada libro que has abierto desde tu infancia. Porque te espero desde el mismo origen de mi esencia.
Ahora te estarás preguntando si mis palabras son parte de este argumento único e irrepetible que el buen título condicionó. En un primer momento, rescatás la voz, pero ahora… te encontrás justo en el límite de la penumbra quejumbrosa del desconcierto:
¿es una historia?
Sabés que cada palabra se encuentra en el texto para arrancar las emociones que otro imaginó y sintió en primer lugar, aquellas con las que jugueteó hasta encontrar el giro adecuado, aquellas que lo llevaron de las narices al filo del desenlace, sorprendiéndolo; contenido secreto del idiota de tinta al que llaman protagonista.
Pero… no quiero caminar por la idea escrita, entrar por una puerta, subir las escaleras, descubrir los misterios que dieron vida al suspenso de la atmósfera. Quiero permanecer aquí mirándote, tan cerca que quizá observe también esa mínima huella en tu frente que aún el espejo guarda para sí, complacido.
No entrar por esa puerta, no subir las escaleras, no investigar quién asesinará a Iberia en el tercer capítulo es «parte» y es el «todo» para que vuelvas, para que me conozcas, para que escuches mi grito desmesurado y… mudo.
Si pudiera colgarme de tu cuello como una súplica o un reproche; colgarme para que me arranques de aquí. Si mi prisión alimenta esta otra realidad, podrías romper tus propias dimensiones y tocarme. Mi única herramienta y razón es la palabra. Es mi magia, mi código y mi cárcel. Por ella existo, por vos existo, por mi voz, existís. Me revelo lengua, acoso y reflejo, me revelo hombre, mujer, sombra, letra que encuentra un destino eterno bajo tu piel caliente de ser vivo.
Mi enojo, entonces, yermo, estéril, choca y choca contra los cuatro puntos cardinales de tu pregunta y de mis márgenes… ¿soy yo?
Sí, sos vos, sos vos, y sí, soy yo, que te grito desde un corazón de trazos y huesos impresos. ¿Escuchás? ¿Me escuchás? Es un diálogo de incertidumbres y divagaciones mías con silencios tuyos: historias, arte, océanos imprevisibles en los que el hombre navega sus atrocidades.
Ahora, en tu «ahora», dejo el papel protagónico que deseó el autor y te hablo a vos, quizá, en las hebras humanas de Pedro Páramo, porque, como él, es muy probable que todos, vos y yo, estemos muertos, con una muerte increíblemente benévola, que nos permite recordar la belleza de intentar amar.
Sos el centro de mi escenario, mi público, mi gran noche, mi estreno. Debo anclarte, interesarte, enamorarte para siempre, con esta posesión sellada que es mi caricia y mi huella.
No te toco sino con letras, pero puedo imaginar, como imaginás vos o cualquier lector, un desenlace o una situación secundaria que nunca se resolverá.
Imaginar el roce. Me detengo con obstinación, solo para acariciar con mis piernas la sábana ausente y el sonido necesario de mi respiración que late excitada ante el mapa de tu piel. Voy en busca de un latido aún más profundo, aún más remoto. ¿Lo sentís? Un cosquilleo conocido, como un sutil dolor, moja tu cuerpo, y un olor lejano se ensucia con el recuerdo salado del sexo. No podés entenderlo.
¿Quién me habla? ¿Quién me toca? Pero continuás leyendo, con la certeza de no transitar por la complica-da escena que un autor escribió. Tu calor, irremediable-mente, se despierta, y necesita más. Tu lengua se mueve dentro de tu respiración agitada, un gemido, apenas, va en busca de una calma que no encuentra.
Estamos juntos en esto, ya nada es igual. Estamos uno dentro del otro. Reconocemos el ritmo impreciso de la urgencia que dispara la tensión de tus sentidos. Ayudame con tus manos, ayudame apoyando tu boca en el papel.
El goteo del tiempo ya no importa, nada tiene que ver el tiempo aquí.
No estamos dentro ni fuera, flotamos solos en un círculo íntimo como la boca y el vino, como el viento y el espanto, donde agoto tu imagen en mi memoria hasta volver a verte, ¿está sucediendo? Sí, está sucediendo. Me pongo en puntas de pie para rogarte, y solo escuchás mis respuestas al personaje que yo no registro, pero que sé que está esperando mi atención, como yo la tuya, otra vez.
¿Cómo, ahora, continuar el argumento? No quiero responderle, no quiero esconderme detrás del guion de diálogo que se levanta ante mí, implacable, cuando mi pulso da un salto al vacío para acortar tu distancia y mi futuro mutilado. Porque no tenés control sobre mis elecciones, sobre mis puntos suspensivos, mis signos de admiración o pregunta, y esa falta de dominio es inversamente proporcional a tu invasión absoluta del momento en que decidís la respuesta al llamado de «este» lado de la historia.
¿Será tarde? ¿Será inútil? ¿Continuaré contando la arena elemental de este reloj maníaco y repetitivo?
Desapareciendo en la superficie veloz de tu vida, decido, finalmente, ocultarme, preservarme de tu poder centrífugo, que se volverá cuento, relato, poema aún no escrito, cuando adviertas solo el fantasma de mi presen-cia real.
Dejo de luchar en medio de este tiempo mal ovilla-do. Me hago cercanía de la melancolía y el desprecio.
Quizá, detrás de la puerta o subiendo la escalera, me hunda bajo algún sol de noviembre.
Valió la pena, ya no soy solo yo el que dibuja el juego permanente del deseo. Volviste a abrir el libro, me leés…
Decido, una vez más, por los dos.
Ya no te ruego que saques los clavos de ésta, mi cruz de palabras y silencios.
Cuento El Umbral, de Patricia Bottale que da nombre al libro


