Sí, nos gustan las películas y el audiovisual es lo que ha forjado nuestro imaginario contemporáneo. Sí, también vivimos en la era de la competencia, aquella en la que —vaya uno a saber por qué atávico mecanismo— no sólo disfrutamos de las cosas, sino que además queremos que sean las mejores, que otros reconozcan la validez de nuestros gustos. Y por último, se trata también de la era de las listas y los récords, bastante relacionado con lo anterior. Como quizás sepan, cuando queremos conseguir información sobre películas o series, solemos buscar en IMDB (Internet Movie Database), sitio que desde hace casi tres décadas incluye casi todo lo que hay en el mundo sobre el universo audiovisual. Y allí mismo los fans del cine (subrayemos “fans”) suelen darle puntaje a lo que ven. Lo que ha generado una lista de los 250 “mejores films” para los usuarios de la base. Dada su penetración, quizás menor hoy por el desarrollo de las redes sociales y el crecimiento de nichos particulares, resulta una auténtica radiografía de qué ha preferido el público en lo que va de este siglo respecto de la pantalla grande. No vamos a analizar toda la lista: solo los primeros diez títulos. Y el lector con ganas de jugar puede indignarse o aplaudir, e incluso —por qué no— invocar sustitutos.
Todos los films mencionados, por suerte, se encuentran en alguna plataforma, así que no será difícil reverlos para juzgar la pertinencia del puntaje. De hecho, todos —gustos son gustos, por supuesto— soportan una segunda o tercera visión. Lo que tienen en común, calidad aparte, es que representan el “confort film”, esa clase de película a la que recurrimos cuando queremos ver algo y no sabemos qué; cuando queremos un hogar cálido en el que refugiarnos. Interesante también que la más “vieja” de la lista es de 1957 y la más nueva, de 2008. De hecho, en la lista completa hay que ir hasta el puesto 60 (Duna, 2024) para encontrar algo de esta última década, y al 17 para algo de la década pasada. En el resto tenemos una película de los 50, dos de los 70, tres de los 90 y cuatro de la primera década del nuevo siglo. Es curioso que no haya nada más o menos continuo, que los 60 y los 80 no figuren con al menos un ejemplo. Por último, seis de estos films pueden ser considerados “de franquicia”, no casualmente en los 2000 y en los 70.El ranking
Vamos de menor a mayor. En el décimo lugar figura El Señor de los anillos: las dos torres (Disney+, HBO Max —aquí también las versiones extendidas—, suele girar por Netflix y Prime Video). Toda la trilogía, de hecho, figura en la lista: La Comunidad del Anillo está en el puesto 8 y El Retorno del Rey, en el 5. Es muy interesante notar que estas son las únicas películas netamente fantásticas de la decena, contra lo que indican las recaudaciones milmillonarias de tanques llenos de efectos especiales. Lo último se explica porque, una vez que se actualizan por inflación todas las recaudaciones, se comprende que históricamente el público ha buscado, incluso en la pura ficción, el estilo más realista posible.
Y eso es lo que se deduce de que la adaptación monumental de la novela de J.R.R. Tolkien llevada a cabo por Peter Jackson siga a la cabeza de las preferencias a más de dos décadas de su estreno: la fidelidad a una novela que generó un culto universal durante medio siglo, el respeto por los temas y, sobre todo, poder experimentar del modo más real posible uno de los universos literarios más complejos y extensos creados en el siglo XX. Y porque, seamos sinceros, es muy entretenida. Eso sí: la mejor de las tres, por concisión narrativa y pura aventura, es Las dos torres, que es la menos valorada. Quizás porque la primera motivó puntajes positivos en su estreno, al incentivar el entusiasmo de fans y neófitos, y porque el final fue llevando más gente que solo accedió a los primeros dos capítulos vía DVD (hablamos de 2001-2003, muy lejos de las plataformas). Eso no solo explica los saltos recaudatorios de una a otra, sino que el mejor episodio, al ser “el del medio”, quede más abajo.
El puesto nueve es para Pulp Fiction (Mercado Play, Apple TV, va y vuelve de Paramount+ y Netflix), la película que consagró a Quentin Tarantino, de 1994. De toda la lista, es la más parecida a una comedia y el atractivo está en su mezcla. Hay estrellas (John Travolta, Bruce Willis), hay una narración que va y viene en el tiempo de un modo lúdico —y que, de paso, brinda una coartada a los que creen que el buen cine necesariamente ha de ser “raro”—, tiene muchísimos chistes de humor negro y de otros muchos colores; y toma formas muy estereotipadas de relatos conocidos para darles una vuelta de tuerca. De ahí el título Pulp Fiction, que era como se denominaba a la literatura popular, en general, noir, terror o romance, impresa en revistas de papel de segunda (papel de pulpa, justamente). Es más que probable que los momentos divertidos y felices de la película, así como sus diálogos chispeantes —e inteligentes— y sus giros imprevisibles hayan hecho el milagro de que algo tan a contrapelo de lo tradicional —al menos en tiempos de su estreno— figure en esta lista.
En el séptimo puesto figura La lista de Schindler (HBO Max), la única película de Steven Spielberg. Curiosamente, no es ni Jurassic Park, ni E.T., ni Tiburón, tres producciones centrales e híper taquilleras de su filmografía. Probablemente, otra vez, porque se trata de un hecho real tratado de modo definitivo. La lista... (film al que hoy, ante la oleada feroz de antisemitismo, es más necesario que nunca volver) logró traducir a entretenimiento absolutamente respetuoso de la seriedad del tema un hecho que parecía exceder toda aproximación cinematográfica. Aunque —seamos claros— existe otra película tan monumental (y estilísticamente opuesta, es decir, complementaria) sobre el Holocausto, Shoah, de Claude Lanzmann, que prescinde de la reconstrucción. Pero la de Spielberg brilla, además, por crear una serie de personajes extraordinarios por su complejidad: el psicópata Amon Goeth (por el que descubrimos a Ralph Fiennes), el conmovedor Stern de Ben Kingsley -superior en su sutileza a su galardonado trabajo en Gandhi-, y, sobre todo, el complejo Schindler que crea Liam Neeson en uno de los viajes actorales más profundos que dio el cine a través de una trama, de un empresario seductor y arriesgado a un hombre conmovido por la más profunda tragedia. Se entiende el favoritismo.
Probablemente el sexto puesto sea el más raro: Doce hombres en pugna (Prime, Apple TV), ópera prima para cine de Sidney Lumet, donde todo sucede en una sala cerrada, con mucho calor. Los doce jurados de un caso de asesinato deben llegar a un veredicto unánime. Once creen que el acusado —un joven que presumimos de una minoría, probablemente “latino”, que sería responsable de matar a su padre— es culpable; hay un hombre que no, que cree que las cosas podrían haber sido distintas. Y ese hombre solo trata de convencer al resto de su propia versión de los hechos: de que existe una duda razonable. Ni efectos especiales, ni grandes trabajos de cámara, nada de eso: solo doce actores (el gran Henry Fonda a la cabeza, pero también Lee J. Cobb, el principal antagonista, más Jack Warden, Martin Balsam, Jack Klugman y otros genios) y un suspenso que pasa por los comportamientos de cada uno. Hay otra versión (¿mejor? hay que verla) realizada para televisión por William Friedkin (extraordinario realizador de Contacto en Francia, El Exorcista y Sorcerer) con Jack Lemmon. La película prueba que no es necesario un gran despliegue visual para que el público se sienta satisfecho con lo que ve.
El puesto 4 es para El Padrino, parte II, que duplica la presencia de Francis Ford Coppola en la lista: en el segundo puesto figura, previsiblemente, El Padrino (ambas en Paramount+, Prime, AppleTV, Mercado Play y casi en todas partes, porque rotan en la mayoría del resto de las plataformas). Este es quizás el paradigma absoluto de lo que es una película de consenso perfecto. Si no está primera es porque hubo más gente votando otros títulos, no por otra razón: pura intervención de la matemática. Aunque para la mayoría de los especialistas la Parte II es superior, con su narración paralela de la vida del joven Vito Corleone (Robert De Niro) y del adulto Michael (Al Pacino) y la reconstrucción del Nueva York de principios del siglo XX que dio hogar a la inmigración italiana (recordemos: como sucedió con los mismos barcos y Buenos Aires en la misma época), no existiría sin la primera. Que no es precisamente una película sobre gánsteres, sino un melodrama sobre el poder de una vibración por momentos cercana a Shakespeare. Pero, como suele pasar con estas películas que no hay quien no quiera, tiene de todo: suspenso, acción, romance, grandes secuencias, gran música, actores en estado de gracia y una mirada crítica sobre la realidad —después de todo, no son precisamente “en contra” de la mafia, sino crítica de las taras de la democracia. Otra vez, la fantasía brilla por su ausencia y el realismo a veces irónico (“deja el arma, toma los cannoli”) es el que atrae al espectador. Desafío al lector: empezar a ver cualquiera de las dos y no engancharse (cuidado que duran tres horas cada una).
En el lugar número tres aparece el único personaje pop de toda la lista, curiosamente. O dos personajes pop, en realidad. O tres, seamos bien específicos. Son Batman, el Guasón y Christopher Nolan (¿acaso no es un ídolo pop hoy por hoy?). Cuando se estrenó Batman: el caballero de la noche (HBO Max, Netflix), Heath Ledger había muerto por una sobredosis accidental de medicamentos y su actuación como el Guasón era algo que nadie había visto jamás (y eso que el personaje lo había hecho con brillo Jack Nicholson). Hubo una campaña en aquel 2008 en la que todo fan del encapotado y del ya de culto Nolan fue a ponerle “10” a la película a IMDB y lograron que fuera, por un tiempo, el número uno. Luego descendió, pero allí está en lo más alto, por encima de El Padrino, considerada hasta por los más radicales académicos como una obra maestra. Y no fue ni el elenco extraordinario lleno de señores en su mejor momento (además de Ledger, Christian Bale, Morgan Freeman, Michael Caine y un supremo y humano Gary Oldman) ni las aventuras del personaje —digamos que no carece de agujeros el guion, por mucho que a uno le guste la película— lo que la mantienen en el panteón sino el tratamiento realista, influido conscientemente por el Michael Mann de Fuego contra fuego. Es, de hecho, la mejor película de Batman (Batman vuelve, extraordinaria, es más una película de Tim Burton que del personaje) y, a través del realismo más puro, una entronización del pop, su traducción en algo “respetable”.
Sueños de libertad, ¿la mejor película?
Y por último, lo más sorprendente, el puesto número uno es para Sueños de libertad (o Sueños de fuga, o Cadena perpetua, según se busque en HBO Max, Netflix, Apple TV o Mercado Play; pruebe el original The Shawshank Redemption), ópera prima de Frank Darabont protagonizada por Tim Robbins y Morgan Freeman. Lo más extraño es que esta película, adaptación de un cuento no fantástico de Stephen King sobre un hombre que pasa veinte años preso por un crimen que no ha cometido (el asesinato de su esposa) y sus intentos de evasión, fue un rotundo fracaso comercial que, de algún modo, terminó con unas cuantas nominaciones al Oscar (no ganó ninguno) en 1994. Pero la historia carcelaria y el ingenio con el que se resuelve el drama principal del protagonista, más los episodios que van tejiendo la amistad entre los dos personajes principales, crearon una de las más repetidas “confort movies” de la historia. Y también es un drama realista —incluso si tiene algunos toques de comedia—, lo que consolida el secreto de la auténtica magia de Hollywood: que la fantasía se comunique de tal modo que podamos sentirla posible en la vida “real”. Ni más ni menos, eso es el final conmovedor de este film tan alejado de cualquier lista cinéfila, académica o crítica. ¿El pueblo tiene siempre la razón? Vaya a saber, pero lo bien que lo pasa uno con estos films.
Fuente: Leonardo M. D’Espósito, La Nación

