Parte 2: Lugares, Nombres y Mitos – Por Norberto Tallón, especial para DiariodeCultura.

La semana pasada, en el cierre de la columna, se mencionó que el tema había excedido la idea original y por ello este fin de semana tenemos esta “Segunda Parte”.  En cinco líneas resumamos (aunque quien no la leyó puede hacerlo en en Portal) se decía que “en la Ciudad Porteña de Buenos Aires, casi ocho hectáreas en el barrio de San Telmo… está situado el Parque Lezama, lindante con la Boca y Barracas”. Se relató del lugar, cómo devino en Parque, sus distintos propietarios y detalles de su evolución y actualidad, más un video “caminándolo”. Entonces, a lo prometido…  que es deuda.

En el Parque, ocupando en su interior la antigua casona de los Lezama de estilo renacentista, con entrada gratuita, se alberga el Museo Histórico Nacional. Enfrente sobre la calle Brasil una increíble muestra arquitectónica, paisaje europeo con precisiones moscovitas, cinco cúpulas azules con estrellas doradas, la Iglesia Apostólica Ortodoxa Rusa, diseñada en San Petersburgo, por el arquitecto y artista plástico (de gran influencia en la historia de Buenos Aires) Alejandro Cristophersen e inaugurada en 1901. Sobre la avenida Martín García funcionan oficinas del Gobierno de la Ciudad (conocidas actualmente, totalmente restaurada, como Palacio Lezama), originalmente de ladrillos a la vista, con estilo industrial e incluso cúpulas, fue la original y monumental, a principios del siglo XX, fábrica de galletitas Canale.

Al trasponer la calle Defensa con rumbo al centro de San Telmo, aludidos en la Primera Parte, dos Bares Notables. Uno frente a otro en la esquina con Brasil, espacios elegidos de escritores, artistas y, obviamente, los vecinos y, aún hoy, resguardan intactas sus antiguas mesas de madera, las barras y un ambiente vinculado a sus respectivos nacimientos.

Uno: abrió en 1909, a nada del Centenario de Mayo, almacén de ramos generales y despacho de bebidas (según su identificación) llamado “La Estrella del Sur”, sus denominaciones mutaron (Bar de Rubén, Bar Saturno -oscuro y de mala reputación-) hasta convertirse en 1982 en “El Hipopótamo”, nuevos dueños (la familia Durán) y un cambio total, con clientes ilustres y “set” de numerosas películas argentinas. En la actualidad tras un cierre de remodelación completa, la tercera generación, sin “tocar” su mística, conservando infaltables de todas sus épocas, le otorgó el “estilo” de menú de la cocina del bodegón porteño.

El otro, a principios del siglo era una pulpería (“La Cosechera”), luego “La Cueva” y desde 1928, por los inmigrantes, ex combatientes de la Primera Guerra Mundial y trabajadores ingleses del ferrocarril del Sud, el Bar Británico, que el tiempo y sus habitúes transformó en un símbolo de la porteñidad.

También sobre Defensa existe un edificación de estilo italiano de 1870 que perteneció a una familia aristocrática que la abandonó por la epidemia de la fiebre amarilla, luego fue un conventillo y allí, ahora, conservando ambientes de entonces, una especial galería comercial. En la avenida Montes de Oca a metros del Parque, desde Barracas, otra gran construcción  de interés histórico (Ex Palacio Díaz Vélez de Eustaquio Díaz Vélez -hijo-), La Casa de los Leones, por tres animales extravagantes de esa especie, traídos de África, y moraban en los jardines. Una fundación, en estos días, tiene allí su sede.

Poco más allá en el barrio, están “El Zanjón de Granados” y la “Casa Mínima”. El primero con túneles subterráneos antiguos descubiertos durante una restauración y la segunda por ser la más angosta, solo 2,5 metros de ancho, en un comienzo habitada por esclavos libertos.

Las figuras que la historia fija como hitos del Parque y la zona son los fundadores (primera y segunda) de la ciudad: los españoles Pedro de Mendoza y Juan de Garay. El hacendado y comerciante salteño José Gregorio de Lezama, que parquizó el terreno e introdujo distintas especies de plantas exóticas. Ángela de Álzaga, viuda del anterior, que vendió el predio a la Municipalidad y el paisajista de origen francés que rediseñó el espacio a fines del siglo XIX, Carlos Thays.

El Parque Lezama, allí en ese límite de tres barrios pioneros, se ha dicho es un espacio público emblemático y, a la vez, una luz de inspiración, creación y reunión para indiscutidos referentes de la cultura popular de nuestro país, más allá de géneros o títulos. Y tal es el caso de los que lo forjaron: las personalidades, personajes que hacen al espíritu tan particular, que en él se transita.  Algunos nombres, solo ejemplos, para no convertir en un diccionario y una nota periodística…

Ernesto Sábato, visitante (quizás el más ilustre de éstos) y transeúnte de los senderos del paseo, publicó en 1961 su novela “Sobre héroes y tumbas”, la que incluye el “Romance a la muerte de Juan Lavalle”, y en la trama principal, frente a la estatua de la Diosa Ceres, el protagonista, Martín (Del Castillo/Joven y melancólico), sentado en uno de los bancos, encuentra por primera vez a Alejandra (Vidal Olmos/Enigmática y última descendiente de una antigua familia patricia). La narración exhibirá situaciones, relaciones, momentos, con todos los matices, hasta los más trágicos, que el autor decidió contar de un penumbroso laberinto familiar, o quizá solo haya sido ¿su alter ego? Bruno Bassan. Durante gran parte de ese texto se sentó en una misma mesa junto a los ventanales de tijera del “Británico”, que al igual que el parque quedó inmortalizado desde el inicio del libro.

Diez años más tarde Sábato pidió en custodia una escultura de la serie “Las cuatro estaciones” (la representación del otoño o la vid), que se conservó en el jardín de su hogar en Santos Lugares, localidad del Partido de Tres de Febrero en el conurbano bonaerense. En 2004, 7 de noviembre la comunidad instaló una placa en su honor en pleno corazón del Lezama.

En los últimos años el Parque retornó, como lo indicado recién, a ser escenario de lo artístico, en este caso no la literatura sino el teatro y el cine y el dedo apunta al ganador de Oscar Juan José Campanella y sus “criaturas” León Schwartz (Luis Brandoni) y Antonio Cardozo (Eduardo Blanco), personajes ficticios imaginados para la adaptación nacional de la obra del dramaturgo, guionista y caricaturista estadounidense Herb Gardner llevados con gran éxito al teatro y el cine, en ambos casos con el título de “Parque Lezama”. Campanella en los ’80, residiendo en Nueva York, vio la versión teatral de “I’m Not Rappaport” y se propuso por dos décadas en adaptarla hasta conseguir los derechos, traducirla, adaptarla y dirigir la pieza teatral y la película, si se quiere con el tiempo se volvió, para él, un reflejo de sus experiencias y reflexiones. Citados Sábato y Campanella por “coincidencia de escenarios” en un caso por su afinidad vital y en el otro porque era una escenografía perfecta…

Asimismo, hay que señalar como “ligados”, y oportuno para que las páginas pasen una a una con los “dueños de las plumas”, al parque al poeta y médico rural, que incluso le dedicó un poema especifico donde retrata la melancólica atmosfera del atardecer, Baldomero Fernández Moreno. A una de las voces, del siglo XX, más disruptivas y militantes de la poesía “neobarrosa” (estética por él creada) el intelectual Néstor Perlongher que en su libro de 1985, inscribe el “paraje” en la vanguardia literaria llamándolo “Parque Lezama”.

“Manucho” (Manuel) Mujica Laínez “pintó” con sus palabras los alrededores coloniales en sus relatos de “Misteriosa Buenos Aires”, en tanto José Mármol ubicó instantes claves de su clásica novela romántica “Amalia” (1851) en lo que, en esa época, era la “Barranca de Marcó”, el sector elevado característico del diseño. Aunque enemistado en lo político, el Parque fue testigo, obvio e insoslayable, de un hito sin precedentes: en el verano del ’75, ahí mismo Jorge Luis Borges y Sábato se reconciliaron y caminaron juntos por sus caminos y las calles de San Telmo. ¿La conversación? Filosofía, traducción y literatura. El gran y recordado (hay cosas que se extrañan) escritor y periodista Osvaldo Soriano fue “habitante” indiscutido durante los 70 y 80, con tardes entre “El Hipopótamo” y lecturas en “ubicaciones” seleccionadas en los bancos o el césped.

Y si algo faltara. Es el lugar con más metros cuadrados, de mitos, leyendas urbanas y misterios de Buenos Aires. Mención rápida: El de la Primera Fundación y los caníbales (1536). Se afirma que ese episodio de Pedro de Mendoza ocurrió allí y se cuenta que la hambruna de los tripulantes hizo que algunos de aquellos recurrieran al canibalismo.

Los fantasmas de la Mansión Lezama y los túneles secretos. La casona de Lezama (Hoy Museo Histórico Nacional),  luego de la muerte del propietario, se comenta: de “Los ruidos en el museo”, pasos, crujidos donde no hay (o no debería) nadie y sombras que se mueven. Una convicción urbana es que debajo corre una intrincada red de túneles secretos de la era colonial que supuestamente conectaban el parque con la Iglesia Ortodoxa Rusa y los sótanos de viejas residencias y eran utilizados para el contrabando de mercaderías e incluso de esclavos.

Durante el siglo XIX, la ciudad sufrió epidemias devastadoras, especialmente la Fiebre Amarilla (1871) y debido a la velocidad con la que moría la gente las barrancas fueron como una fosa común (el «Pozo de las Ánimas») y que el parque fue construido sobre los cuerpos tanto que la extraña pesadez o melancolía que algunos sienten, al recorrerlo al atardecer, proviene de esa energía atrapada.

A raíz de “Sobre héroes y tumbas” de Ernesto Sábato, adquirió un mito literario casi místico: “La maldición del banco de plaza”. En el libro, Martín y Alejandra se conocen en un banco,  a partir de ello aparece, entre los estudiantes de literatura y jóvenes bohemios, que las parejas reales que se sientan a recrear diálogos de la novela en ese banco específico están condenadas a sufrir un mal destino amoroso.

¿Música? También hay. La legendaria Tita Merello (Laura Ana Merello), actriz, cantante de tango, máxima expresión de la cultura popular porteña, frecuentaba la esquina de Brasil y Defensa. Se la veía seguido disfrutando de la fisonomía del parque desde la penumbra nostálgica de sus bares. Durante la década de 1950 la Orquesta Estable del Teatro Colón salía de la sala para ofrecer conciertos populares gratuitos en el gran anfiteatro sobre la calle Brasil.

Por la cercanía con locales clásicos como “El Viejo Almacén” los artistas fundamentales del tango, como el propio Edmundo Rivero (Propietario del local mencionadlo) y poetas urbanos, el caso (por ejemplo) del entrañable rioplatense Horacio Ferrer (Horacio Arturo Ferrer Ezcurra) “llevaron sus pasos” hasta allí, a veces, como inspiración para retratar la bohemia sureña de la “capital”.

A un clic de distancia, la obra musical más íntima y explicita en su “relación” con el parque. El tango “Alejandra” (Por Alejandra Vidal Olmos). Nació de un proyecto de 1966: “14 con el tango”, ideado por Ben Molar (Moisés Smolarchik Brenner). La letra es del propio Sábato y la músico del “Pichuco” Aníbal Troilo.

Ha sido interpretada magistralmente por voces como Héctor Mauré (Vicente José Falivene), (se puede hallar en Spotify: Buscar Héctor Mauré – Remaster 2024) o el “Polaco” Roberto Goyeneche. Esta versión es del cantante Reynaldo Martín. Del trabajo mencionado (Los 14 con el Tango). Publicado en YouTube.

«He vuelto a aquel banco del Parque Lezama… / Mis ojos nublados te buscan en vano.»

Nada ya es suficiente. Cuídense mucho, muchísimo más, como no lo han hecho nunca antes, cada día amanece con más de lo que sea. Una vidriera tan irrespetuosa e incomprensible que, ni el genio de Discepolín, hubiera imaginado.

Norberto Tallón