Cuando, el año pasado, la revista inglesa Gramophone le concedió a la violinista María Dueñas el premio de “artista joven del año”, la crítica Charlotte Gardner justificó la decisión con las palabras “imaginación, emoción, convicción y técnica”. Estas palabras suenan más bien vacías hasta que se la escucha tocar, por ejemplo, los 24 Caprichos de Paganini. Entonces, cada una de esas palabras se colma en acto de su auténtico sentido, y entonces, también, toda la mercadería publicitaria del star system es una espuma que baja enseguida, innecesaria, banal.
Dueñas, nacida hace 23 años en Granada, es probablemente el caso más impresionante de una generación de músicos que, firmemente asentados en el repertorio de su instrumento, no se demoran en esas comodidades y salen a respirar otros aires.
Este lunes, actuará por primera vez en el Teatro Colón, invitada por el Mozarteum Argentino. Hará el Concierto en mi menor, op. 64 de Mendelssohn, en un programa con la Camerata Salzburg que se completa con la obertura de Las bodas de Figaro, de Mozart, y la Segunda sinfonía de Beethoven.

Dueñas toca dos violines: el Giambattista Guadagnini de 1779, cedido por la Deutsche Stiftung Musikleben, y el “Michelangelo” de Antonio Stradivarius de 1718, que es un préstamo de la Fundación Karolina Blaberg. “En Buenos Aires tocaré con el Stradivarius ‘Michelangelo’ -dice- Estoy expectante por escuchar cómo será su reacción en el Colón.”
Esta primera actuación de Dueñas en el Colón coincide además con la publicación de Homage to Heifetz, el disco que grabó para Deutsche Grammophon en los estudios de Abbey Road con Gustavo Dudamel al frente de la Orquesta Sinfónica Simón Bolívar. “Jascha Heifetz ocupa un lugar central en mi formación y en mi manera de entender el violín”, cuenta. “Lo descubrí siendo muy niña, en Granada, a través de un vinilo en el que grabó los conciertos de Korngold y Lalo. Recuerdo quedarme fascinada por la belleza de su sonido, pero también por la claridad de sus interpretaciones. Sus grabaciones combinan una perfección técnica asombrosa con una emotividad muy profunda.”
-¿En qué medida diría que quedan en usted huellas del sonido de Heifetz?
-No intento sonar como él; más bien, lo considero una referencia decisiva para encontrar mi propio sonido. Él era un comunicador extraordinario. Esa actitud es algo que intento mantener: buscar siempre la intención detrás del sonido.
-Como usted sabe, Heifetz actuó en el Colón en 1940, y en uno de los nueve conciertos que ofreció tocó precisamente el Concierto para violín de Mendelssohn. Al margen del comportamiento acústico de la sala, ¿qué peso sentimental tiene para usted esta conjunción?
-Que mi primera actuación allí coincida con la publicación de un disco inspirado en Heifetz hace que todo adquiera un sentido aún más trascendente. Saber que Heifetz actuó en el Teatro Colón en 1940 y que en uno de esos conciertos tocó el Concierto de Mendelssohn me produce una emoción muy especial. El Colón ya es, por sí mismo, un lugar mítico; más allá de la acústica, que imagino extraordinaria, lo que más peso tiene es la sensación de continuidad. Subir a ese escenario es como entrar en una cadena de intérpretes que han dejado algo de sí mismos en ese espacio.
-Una particularidad de su repertorio es que no se restringe al canon clásico y romántico. ¿Qué aprendió del repertorio más contemporáneo que le haya sido útil para el clásico y romántico, y al revés?
-El repertorio contemporáneo me enseña a escuchar el sonido de otra manera. La música de los siglos XX y XXI obliga a pensar el timbre, el ataque, el silencio e incluso el ruido como elementos compositivos. Eso transforma la manera de abordar a Beethoven, Brahms o Mendelssohn: empiezas a oír sus obras con un oído más atento a los colores y las texturas. En mi caso, esa relación se hizo concreta a través de Gabriela Ortiz. Su concierto para violín “Altar de cuerda” estrenado en 2022 con la Filarmónica de Los Ángeles y Gustavo Dudamel fue una experiencia transformadora. Gabriela es una compositora que entiende con gran fineza las raíces y con una imaginación sonora muy poderosa. Tener la suerte de que una compositora como Gabriela Ortiz me dedique un concierto es un recordatorio constante de que la música sigue viva, escribiéndose y transformándose. En definitiva, ambos mundos se alimentan mutuamente. Lo contemporáneo afina mi curiosidad y mi libertad; lo clásico y romántico me recuerdan la importancia de la esencia.

-Y en usted misma, ¿cuánto cambió su perspectiva sobre la interpretación después de estudiar composición y de componer?
-Componer me obliga a entender la música desde dentro: si imagino un sonido o una idea, necesito saber cómo construirla, cómo desarrollarla y cómo darle coherencia. Eso después se traslada al violín. La composición no es para mí una actividad separada; es otra manera de escuchar y de entender la música.
-Tengo entendido que uno de sus libros preferidos es Novela de ajedrez de Stefan Zweig. ¿Encuentra alguna semejanza entre el ajedrez y la música? Más todavía: ¿cómo pensaría musicalmente la rivalidad entre los dos personajes del relato de Zweig?
-Me fascina la manera en que Zweig describe la mente humana bajo presión, la obsesión, el aislamiento y la lucha interior. El ajedrez es un campo de batalla psicológico. Encuentro varias semejanzas entre el ajedrez y la música. En ambos casos hay una estructura muy rigurosa, reglas claras, pero dentro de ese marco cabe una libertad enorme. Un gran jugador y un gran intérprete no se limitan a seguir normas, crean, improvisan dentro de la lógica y sorprenden. Si pensara musicalmente la rivalidad entre los dos personajes de la novela, imaginaría dos maneras de tocar opuestas. Por un lado, un juego interior muy tenso, casi claustrofóbico, con repeticiones obsesivas. Por otro, un discurso más exterior, brillante, seguro, que se deshace de las imposiciones externas para encontrar su propio camino.
Para agendar
María Dueñas (violín) y Camerata Salzburg. Obras de Mendelssohn, Mozart y Beethoven. Mozarteum Argentino. Lunes, a las 20, en el Teatro Colón.
Fuente: Pablo Gianera, La Nación

