El camino que condujo a “Bobby Prevo” a ser León XIV: de jugar a dar misa con golosinas a fascinarse con el Concilio Vaticano II

El Sumo Pontífice, que este domingo llega a la Argentina, se crió en una familia de gran participación en la parroquia a la que pertenecían. Los reclutadores eclesiásticos vieron su brillantez y fueron por él

Todas las tardecitas eran iguales en la casa de la familia Prevost, en las afueras de Chicago. Cenaban temprano y Louis y Mildred, el matrimonio que encabezaba la familia, apagaban la radio y el único televisor a color que tenían. Vivían en Dolton, un barrio obrero, y en vez de compartir el último rato del día viendo algún programa de entretenimientos, como hacía casi toda la clase trabajadora de Estados Unidos, se sentaban en el living de su casa y rezaban el rosario.

Ni Louis hijo, el primogénito, ni John, ni Robert se aburrían con esa costumbre: ese era el eje que ordenaba y, sobre todo, unía a los Prevost. Y los tres varones lo sabían. Habían nacido y crecían en una familia devota que, además, hacía de la austeridad y el recogimiento una costumbre cotidiana.

Los Prevost se habían instalado en Dolton en 1949 y habían visto crecer la zona, que en diez años pasó de 3.500 a 20.000 habitantes. El South Side, la zona industrial de Chicago, se expandía, sobre todo por la instalación de empresas siderúrgicas y el crecimiento de la red ferroviaria.

Dolton ofrecía cercanía a todas esas oportunidades laborales y, al mismo tiempo, un entorno tranquilo para criar a los hijos. Se instalaron allí sobre todo familias blancas, por ejemplo los Prevost. El último de los hijos, Robert, nació en 1955, cuando la familia llevaba varios años instalada en la zona. El destino lo convertiría en el primer Papa estadounidense, pero para eso todavía faltaban setenta años.

Una tabla de planchar como altar

Lo primero que fascinó a Rob, como le decían en su casa, no fue el catolicismo sino los camiones. Su vecino era dueño de uno enorme y el pequeño Robert se desesperaba por salir a la vereda a mirarlo de cerca. Su mayor pasatiempo era asomarse a la ventanilla del auto familiar para ver nuevos modelos y marcas de otros vehículos, y memorizar con precisión los detalles de cada uno.

europeoFotografía en blanco y negro de una mujer con sombrero y estola junto a tres niños en las escaleras exteriores de un edificio de piedraMildred Prevost junto a sus tres hijos. Ella, licenciada en bibliotecología, era la guía moral de la familia y tenía gran participación en la parroquia a la que asistían. Rob era el hijo menor de la familia.

Pero su desvelo por los autos y camiones no era su única pasión infantil. En su habitación de Dolton, Rob improvisaba un altar con la tabla de planchar de Mildred y, con golosinas que fueran redondas, imitaba las obleas eucarísticas: jugaba a celebrar la misa.

Además de rezar cada tarde, los Prevost debatían muy cotidianamente. Entre ellos y también con amigos y colegas. Louis, el padre de familia, era superintendente educativo en el distrito escolar de Glenwood, una localidad vecina de Dolton. Uno de sus principales objetivos hogareños era estimular el pensamiento crítico de sus tres hijos.

Por eso, cada cena era también una conversación sobre cómo había sido el día de cada uno de los integrantes de la familia y un debate sobre las controversias sociales de esa época. Una de las más frecuentes, dado los años en los que esas charlas ocurrían, era sobre la integración de los estudiantes afroamericanos en los centros educativos.

La casa de los Prevost era el lugar de reunión de sacerdotes de distintas órdenes, docentes y funcionarios del servicio penitenciario. Los tres hijos presenciaban las conversaciones de los adultos y eran invitados no sólo a escuchar sino también a sumar su opinión.

Hubo un invitado que fascinó especialmente a Rob: un fraile español que integraba la Orden de San Agustín y colaboraba en la asistencia a inmigrantes hispanos en la zona de Chicago Heights. El trabajo de ese fraile como misionero y su compromiso social cautivaron al hijo más chico de los Prevost. Y esa fascinación cambiaría su vida.

Una madre como faro moral

Mildred Prevost había estudiado bibliotecología y trabajaba en distintas escuelas, entre ellas la Mendel Catholic High School. Era el faro moral de la familia y quien organizaba el trabajo comunitario de los Prevost, que participaban frecuentemente en actividades caritativas.Primer plano de un hombre joven de cabello oscuro y sonriente que viste un hábito blanco y un ornamento litúrgico moradoEl joven sacerdote agustino Robert Prevost se internó en un «seminario menor» cuando estaba a punto de cumplir los 14 años.

Los hijos del matrimonio no participaban de la celebración vecinal de Halloween porque Mildred estaba convencida de que pedir dulces era una forma de mendicidad, algo que rechazaba para su familia. A la vez, aprovechó una Navidad para explicarles a sus hijos que había una familia vecina que no tenía cómo hacer regalos a sus hijos. Tras esa conversación con su mamá, Robert accedió a desprenderse de un camión de juguete que acababa de estrenar para entregárselo a sus vecinos.

Mildred cumplía un rol central en la parroquia St. Mary of the Assumption. Participaba en un comité que supervisaba publicaciones de literatura moral y formaba parte del coro de la iglesia y de las obras teatrales de la comunidad. Los Prevost, una familia de salarios modestos, siempre estaban entre los donantes más constantes en la comunidad religiosa de la que formaban parte.

La religión, un eje central en la vida de la familia, dejaba lugar para otros intereses. Los pequeños Prevost escuchaban música en francés para preservar la tradición de la línea materna. Robert se aficionó a los White Sox de Chicago, algo que lo puso de la vereda de enfrente respecto de sus hermanos y sus padres, que seguían a los Cubs y a los St. Louis Cardinals en la liga de béisbol. Era reservado y muy empático con quienes lo rodeaban.

Un monaguillo destacado

Los tres hijos de Mildred y Louis fueron alumnos de la escuela primaria St. Mary of the Assumption, asociada a la parroquia a la que asistía la familia. Era en Riverdale, el barrio de al lado de Dolton. Allí la disciplina era severa: había controles constantes sobre la vestimenta y el aspecto de los estudiantes. Las sanciones podían incluir castigos físicos.

Pero a Robert Prevost nunca lo sancionaron. Su rendimiento académico era excepcional y daba cuenta de una capacidad intelectual destacada. Su conducta era intachable y su capacidad para memorizar e interpretar textos religiosos impresionaba a sus docentes.Robert Prevost y el papa Francisco. (Foto: Vatican News)Robert Prevost, en su rol de cardenal, junto al papa Francisco. (Foto: Vatican News)

Sus compañeros lo querían. Era sereno, enfocado y se alejaba de los escenarios conflictivos. En los recreos no jugaba: conversaba con los pocos chicos que también preferían pasar así el tiempo libre. Era observador y sonreía casi todo el tiempo. Un profesor le dio el apodo por el que empezaron a conocerlo todos en la escuela: “Bobby Prevo”.

Se convirtió en monaguillo de la parroquia a la que asistía su familia. Su devoción espiritual superaba a la de sus pares, que vivían la ayuda al sacerdote más como una carga o una obligación impuesta por sus padres que como una vocación. Rob decía que ese espacio alimentaba su “amistad estrecha y duradera con Jesús”.

Los sacerdotes y las religiosas de la parroquia vieron algo distinto en él, y decidieron encargarle que se ocupara de instruir a los chicos menores que él para que aprendieran las tareas de un monaguillo. Les enseñó cómo manejar el incensario, cómo distribuir el humo en la sacristía, cómo preparar el carbón. Esos chicos, que lo vieron como una autoridad, fueron los primeros en llamarlo “padre Bob”.

La apertura del Concilio

Mientras Robert Prevost crecía, la Iglesia se transformaba. Sus primeros años en la escuela St. Mary of the Assumption respondía al estricto rito tridentino. La misa se celebraba de espalda a los fieles y en latín y griego. Los fieles se sentaban a una distancia considerable. Los boletines semanales que imprimía el clero local criticaban severamente a los fieles que abandonaban la iglesia antes de la bendición final y a los que no se acercaban a recibir los sacramentos durante la Pascua, e incluso los amenazaba “con la condena eterna”.

Pero todo cambió radicalmetne cuando, a fines de 1962, el papa Juan XXIII concovó al Concilio Vaticano II. El resultado fue una renovación y actualización de la Iglesia y la liturgia católica. El objetivo era acerca la institución a los laicos.

Las reformas del Concilio llegaron a la escuela a la que iban los Prevost a fines de 1964. Los sacerdotes se dieron vuelta y empezaron a ofrecer la misa de cara a la comunidad y en inglés. El canto se volvió una forma de participación de la comunidad, que empezó a crecer.Un hombre con vestimenta blanca, muceta roja y cruz pectoral saluda con la mano derecha en la puerta abierta de un aviónEste viernes, el papa León XIV llegó a Uruguay para iniciar su gira latinoamericana.

Como monaguillo, Robert se adaptó enseguida a estas nuevas disposiciones de la Iglesia. Les decía a los más chicos que lo tenían más fácil por no tener que aprender las respuestas litúrgicas en latín. Celebró esos cambios en silencio: estaba convencido de que servirían para achicar las distancias entre la Iglesia y la comunidad.

Un viaje en silencio hacia un destino enorme

Cuando “Bobby Prevo” terminó la escuela primaria, todavía existían los “seminarios menores”, centros educativos de nivel secundario manejados por la Iglesia y destinados a formar adolescentes que se mostraran cercanos a la vocación y vida sacerdotal. Los jesuitas, los salesianos y los franciscanos, entre otros, llevaban a cabo “campañas de captación”: visitaban a las familias de los candidatos para contarles las virtudes de cada una de sus órdenes.

La brillantez académica de Robert, su trabajo como monaguillo y formador de otros monaguillos, su participación comunitaria y el destacado papel de los Prevost en la parroquia fueron clave para que los reclutadores eclesiásticos tocaran la puerta de la familia en Dolton. Iban por el ya no tan pequeño Rob.

El menor de los Prevost no dijo que sí enseguida. Pensó en otros posibles destinos profesionales: la docencia, la ciencia política, la abogacía. Consideró la posibilidad de unirse a la orden salesiana y también a los vicentinos por cómo pensaban la educación de los sectores más vulnerables.

Pero finalmente se inclinó por la Orden de San Agustín. Sus dos hermanos mayores estudiaban en el instituto Mendel, que pertenecía a los frailes de esa orden. Además, recordaba el impacto que le había causado el testimonio del fraile español en una cena en la mesa familiar.

San Agustín de Hipona había sido un gran impulsor de la vida comunitaria y de la combinación del trabajo misionero con la actividad intelectual. Todo eso guiaba la vocación de Robert Prevost, que terminó la escuela primaria en junio de 1969.

Decidió no inscribirse en la misma escuela secundaria a la que iban sus hermanos mayores, sino en el Seminario Menor San Agustín, un internado que funcionaba en el estado de Michigan, a casi dos horas de la casa familiar en la que cada noche se rezaba el rosario.

Louis, Mildred y John, el hijo del medio, acompañaron a Robert en el viaje hacia el internado. Fueron dos horas de silencio en el auto familiar: todos sabían que estaban a punto de separarse. La familia ayudó al hijo menor a acomodar sus cosas en el pequeño dormitorio en el que empezaría su camino formal hacia el sacerdocio.

El viaje de vuelta hacia Dolton también fue prácticamente en silencio. Hasta que Mildred primero y John después empezaron a llorar. Rob ya no volvería a vivir con ellos. Acababa de empezar el trayecto que lo llevaría a ser el sacerdote más importante de la Iglesia católica, sucesor de San Pedro. Ese hombre que alguna vez fue ese chico es el papa León XIV, que este domingo aterrizará en la Argentina.

Fuente: Infobae