No es común que una figura de tan alto perfil y reconocimiento popular como Darío Grandinetti elija para su reencuentro con el público argentino un estreno teatral pensado exclusivamente para emprender desde la primera fecha una extensa gira por buena parte del interior de nuestro país, sin pasar en ningún momento por los escenarios porteños.
Las razones de esta decisión están profundamente conectadas con la personalidad de Grandinetti, con este momento de su carrera como actor y, sobre todo, con la celebración de un aniversario, quizás el más cercano a su sensibilidad artística desde el origen. El arraigo con su ciudad natal explica el resto.
“En un momento me di cuenta de que más o menos para la fecha en que voy a estrenar esta obra en Rosario se van a cumplir 50 años del momento en que yo empecé allí a hacer teatro”, dice al comienzo de una larga charla con LA NACION, poco después de cerrar una de las jornadas de ensayo y preparación de El escritor de todas las cosas en Espacio Callejón, una de las salas que mejor identifica en términos teatrales al barrio porteño del Abasto.

El escritor de todas las cosas es una obra unipersonal escrita y dirigida por Javier Daulte. “Es un viaje íntimo y conmovedor por la vida de un hombre que hizo de la escritura su manera de estar en el mundo. Desde un pasillo olvidado de un teatro, el protagonista reconstruye su historia, mientras escucha a la distancia una obra que él mismo escribió y se representa una vez más”, anticipa Daulte desde las notas que acompañan la presentación del proyecto.
La gira que pondrá en marcha Grandinetti el viernes 7 de agosto en el Teatro de la Comedia de Rosario es el fruto de un viejo proyecto compartido entre el actor y Daulte. Cuenta que las conversaciones entre los dos empezaron hace mucho y siempre estuvieron de acuerdo en dos cosas: que fuera un unipersonal (“monólogo”, lo llama Grandinetti) y que pudiera salir de gira con la obra.
“Llevaba mucho tiempo queriendo hacer esto y por una cosa o la otra ninguno de los dos podía, no nos poníamos de acuerdo. Y el año pasado tuvimos una charla muy seria por acá, cerca de un restaurante, y el proyecto empezó a avanzar. Yo siempre pensé en estrenarlo en Rosario. ¿Dónde sino? Tengo socios y productores rosarinos, que además son amigos y los conozco desde hace mucho. Y estamos por arrancar”, relata Grandinetti.
-Van a estar de gira dos meses enteros, agosto y septiembre, con funciones en Santa Fe, Casilda, Junín, Venado Tuerto, Córdoba, Paraná, Olavarría, Mar del Plata, San Juan, Mendoza, La Plata, Pilar, Chascomús y otras ciudades grandes y pequeñas.
–Hacer ruta con el teatro es lo que más me gusta. A Javier le salió algo muy divertido, entretenido, con un personaje que es atractivo para el espectador. El que nos ve quiere saber qué le pasó, porque va contando todo a cuentagotas.
-¿Qué se puede anticipar de la obra?
-A mí me gusta todo lo que escribe Javier. Yo trabajé mucho con él en varios espectáculos que le tocó dirigir. Pero hice hasta ahora solamente una obra escrita y dirigida por él, Personitas, aquí mismo, en el Espacio Callejón. Ahora voy a interpretar a un señor que escribe y que hace un recuento del valor de la palabra. Y cómo la palabra puede influir sobre uno mismo y sobre los demás.

-Algo que está en las manos y en el poder de cualquier artista. Y en todo tipo de disciplinas. Se puede aplicar a un músico, a un actor.
-Eso que uno muestra opera en el otro y no siempre como uno cree. A veces tiene efectos no deseados. Una palabra puede ayudar y también puede lastimar. Una palabra dicha en una obra de teatro o en una película le puede resultar dolorosa a un espectador.
-¿Qué tiene el teatro de Daulte como para que te entusiasme tanto trabajar con él?
-Nos entendemos mucho. Él confía en mí y yo en él. Las últimas cinco obras de teatro que hice en la Argentina las dirigió Javier. Y no es casualidad. Me gusta mucho cómo escribe y cómo dirige.
-Del mismo modo que tu personaje en esta obra, te toca en este momento atravesar un momento de recuento en tu vida. Las bodas de oro con tu oficio de actor, aquel debut en Rosario. Se juntan dos momentos ideales para hacer un balance.
-Yo reconozco que soy medio lento con algunos proyectos que se me instalan y a los que les doy varias vueltas. Novecento, aquel monólogo basado en un texto de Alessandro Baricco, fue otra cosa que hicimos con Javier. Habían pasado 20 años desde que lo leí por primera vez, seguía dándome vuelta en la cabeza y en un momento me dije: “Es ahora o no lo hago más”. Hablé con Javier, él habló con Pablo Kompel y me pude sacar el gusto. Pero es algo que venía elaborando desde hacía mucho. Después no hicimos gira con Novecento, con Javier teníamos ese tema pendiente y ahora lo concretamos.

-En una fecha muy especial.
-Está bien que llegue en este momento y que yo haya decidido estrenar en Rosario. Me van a pasar muchas cosas. Va a ser un gran viaje emocional. Va a estar mi familia, también amigos de toda la vida. Aguante, corazón, aguante…
-Para un actor siempre tiene algo especial el unipersonal. Estás vos solo frente a todo el público contando una historia y convocándolo a participar.
-Así es. Pero también influyeron mucho mis ganas de volver a hacer teatro en la Argentina. Llevaba mucho tiempo sin hacerlo.
–Novecento fue tu último espectáculo sobre un escenario en Buenos Aires. Y ya pasó mucho tiempo de eso.
-Sí, fue en 2014. La última vez la presente en el Festival de Bogotá. Venía de varios éxitos como Baraka y Mineros y desde Novecento no volví a hacer teatro en la Argentina, sobre todo porque siempre había cuestiones laborales que me lo impedían. Por mis otros compromisos a mí me cuesta comprometerme a dedicar seis o siete meses a una obra de teatro. Si en Buenos Aires te va bien podés estar más de un año en cartel y después viene la gira. En ese momento no podía comprometerme tanto tiempo en un mismo lugar y tampoco podía dejar colgados a mis compañeros. Así que me puse con este monólogo, me dije “hagamos dos meses y medio de gira” y después veremos.
-¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza cuando evocás aquellos comienzos?
-Cuando empecé a estudiar teatro en Rosario tenía un maestro, Héctor Barreiros, que nos hablaba todo el tiempo del “carro de Tespis”. A Tespis todos lo consideran el primer actor de la historia. También el primer autor. Era un señor que en la Antigüedad por primera vez salió del coro griego, se puso a hablar con el director y allí inventó el teatro.
-De allí viene lo de “thespian”, que es como llaman los británicos al actor de teatro.
-Resulta que como a Tespis lo exiliaron, a partir de ese momento empezó a recorrer los pueblos con un carro en el que llevaba máscaras, capas y atuendos con las que contaba las historias que iba viviendo a lo largo del camino. A mí siempre me quedó esa imagen. También me recuerda mucho a una hermosísima canción de Serrat que se llama “El titiritero”.

-Eso nos lleva a otra vieja historia, la de los cómicos de la legua.
-Y a los juglares, personas que iban contando aquellas historias que acababan de vivir. Ahora las cosas están un poco más sofisticadas gracias a que tenemos una obra escrita, pero aquella idea siempre me quedó y supongo que eso explica que me guste tanto andar de gira, como nos pasa a la mayoría de los actores y actrices. No hay nada como encontrarnos cada noche en un lugar diferente y descubrir allí un espacio nuevo para actuar. Cuando salíamos de gira en otros tiempos lo que más disfrutaba era levantarme temprano y salir a caminar por la ciudad. Y para después ya sabíamos dónde estaba el mejor lugar para ir a comer. Todo eso forma parte de la ceremonia y del placer de nuestro trabajo.
-De todas maneras, no deja de llamar la atención que esta vez hayas decidido hacer el camino inverso. Habitualmente una obra teatral encabezada por un actor de tu perfil empieza en el circuito porteño y luego llega el momento de la gira.
–No tengo nada contra Buenos Aires, pero quería estrenar esta obra en mi ciudad. Y después andar por el mal llamado interior. Si estoy ya era de entrada algo muy importante para mí, imaginate cuando me dí cuenta de que al mismo tiempo celebraba mis 50 años como actor. Todo se volvió todavía más importante. Voy a empezar en La Comedia, un teatro municipal de Rosario que tiene autoridades muy generosas. Vamos a llegar entre el lunes y el martes y queremos hacer ensayos generales con teatristas, estudiantes, actores y actrices de la ciudad para que me ayuden a afianzar la obra y recibir de paso las primeras devoluciones.
-¿Sentís todavía ese miedo escénico del que hablan todo el tiempo tus colegas?
-En este caso no tengo miedo, sino emoción. Espero que eso no me pase durante la función. Me va a ayudar el hecho de que La Comedia es un teatro precioso que la Municipalidad de Rosario recuperó hace unos años y tiene hoy muchísima actividad.
-¿Cuánto tiempo llevás ensayando El escritor de todas las cosas?
-Empezamos en febrero porque estuve filmando una película acá, en Buenos Aires. Me fui a España y regresé el 30 de mayo. Dos días después ya nos pusimos en marcha definitivamente. Hasta fin de año por lo menos me quedo porque además de la gira tengo otro proyecto.
-Te conocemos desde siempre como un gran futbolero. ¿Pudiste encontrar un equilibrio entre los ensayos y el Mundial? Todo pasó al mismo tiempo.
-El Mundial nos sacó a todos. Los días en que jugó la Argentina cambiamos un poco el horario, pero tuvimos en general bastante margen y flexibilidad. Javier, que no es futbolero para nada, también quedó impactado con todo lo que pasó con la selección. A mi hija Laura, que vive en Madrid, tampoco le importa el fútbol, pero me contó que se metió en la cama y vio toda la final con España por el celular. Ella quería que ganara la Argentina pensando sobre todo en nosotros, que estábamos acá sufriendo como locos.

-Vos también tenés un pie acá y otro en España.
-Yo vivo acá, pero paso bastante tiempo en España por trabajo y cuestiones personales. Allí vive mi hija mayor y también va y viene por sus trabajos como actor otro de mis hijos, Juan.
-¿Cómo viste estos últimos chisporroteos entre españoles y argentinos a partir de la final del Mundial?
-Lo primero que veo cuando estoy allá es a los madridistas, que en general odian a Messi. Pero también tengo amigos muy hinchas del Real Madrid que antes de la final me mandaron mensajes diciendo “disfrutemos y que gane el mejor”. El fútbol se fue convirtiendo en en un negocio que fue creando muchos opinadores, pero en el fondo todo es ruidito, nada más. No te olvides que los grandes referentes de los clubes más importantes de España fueron y son todos argentinos: Messi en Barcelona, el Cholo Simeone en el Atlético de Madrid, Di Stéfano en el Real Madrid, Kempes en el Valencia.
-También apareció en el medio todo el lío desatado alrededor de Rosalía.
-Y el tema ese de la supuesta conspiración, que me parece muy menor. España nunca fue en nuestro historial un rival futbolístico importante y viceversa. El gran duelo futbolístico argentino es con Inglaterra. El fútbol lo trajeron los ingleses y el gran desafío de los primeros equipos criollos era tratar de ganarles a los inventores del fútbol con otro estilo. Después todo se agigantó con la guerra, pero todo lo demás me parece una pavada.
-Me impresionó mucho verte en la película tuya más reciente que se conoció en España, Después de Kim, interpretando a un personaje muy vulnerable, atravesando un profundo duelo. No es habitual verte en ese tipo de roles.
–Lo que más valoré cuando empecé a trabajar en España fue la posibilidad de hacer personajes muy distintos. Aquí me hice conocer en el cine primero como un personaje muy conectado a la poesía, sobre todo gracias a El lado oscuro del corazón. Después hice distintos tipos de villanos. Lo primero que hice en España fue Hable con ella, con Pedro Almodóvar, todos recuerdan que mi personaje era especialmente sensible. Después me ofrecieron interpretar a un psicópata. Y no hace mucho me tocó personificar a un cura en la serie Dime tu nombre. Lo disfruté mucho. Está inspirado en el sacerdote argentino Paco Olveira, un cura sin sotana.
-También participaste de producciones que se hicieron fuera de España.
-Sí. En 2024 me tocó filmar en Brasil una película en la que personifico a un maestro de ballet de origen cubano que habla en portugués. Trabajar en España me exigió desafíos como el de interpretar a un argentino que lleva mucho tiempo viviendo en Sevilla o en las Canarias, por ejemplo.
-Con esta agenda plena de trabajos para el cine y las series que aparecen en las plataformas de streaming tenemos desde la Argentina la sensación de que estás definitivamente instalado en España.
–Yo vivo acá, pero nadie se entera. Cuando no estoy trabajando me voy a Rosario y no me ve nadie. Ahora, además de la gira teatral, tengo previsto hacer una serie. Lo que pasa es que en la Argentina hay poco trabajo para los actores. Y la desindustrialización del cine nacional se corresponde directamente con la desindustrialización general que aplica este gobierno.

-¿Cuál es tu criterio para aceptar un nuevo compromiso laboral a esta altura de tu carrera? ¿Sos más selectivo que antes?
–Ahora lo que quiero es poder tomarme más tiempo entre una cosa y otra. Aprendí de chico que este oficio es inestable, siempre estamos empezando o terminando algo. Yo no soy una estrella que tiene 50 ofertas para elegir sobre el escritorio. No siempre me puedo dar el lujo de elegir, pero en este momento priorizo hacer algo que sienta que vale la pena, que mi personaje tenga “carne”.
-¿Cuál es el personaje que recordás con más cariño de todos los que hiciste?
-En teatro, al personaje que interpreté en Baraka lo recuerdo con cariño y mucha satisfacción. En el caso del cine me cuesta encontrar uno, porque cuando ves la película un año después tu mirada hacia ella ya cambió. Si fuera por mí, refilmaría todo lo que hice en el cine. Inclusive el que hice en la película con Almodóvar.
-¿Y hay algún papel que te quede por hacer y soñás todo el tiempo con llevarlo al escenario?
-En una época tenía muchas ganas de hacer el Cyrano de Bergerac. Y hace un par de años me ofrecieron en España personificar a Otelo, con un director italiano. Pero no me atreví. Ves a los grandes actores ingleses y dicen las palabras de Shakespeare como si pidieran un vaso de agua. ¿Cuándo podría llegar a decir yo de esa manera un texto así? Shakespeare me queda muy lejos.
Fuente: Marcelo Stiletano, La Nación

