Del amor al terror: 10 joyas del cine para maratonear que desafían la necesidad de un final cerrado

MIRÁ LOS TRÁILERS. Hay películas con elementos afines que pueden funcionar igual de bien con o sin un cierre definitivo; dónde verlas.

Aprendimos desde que nos contaban cuentos para dormir que las historias tienen un final definido. De hecho, nuestro cerebro está programado para “cerrar” las historias o pedir su cierre. El suspenso, que es la característica que nos permite seguir leyendo un libro o mirando una película, funciona sobre esa base totalmente fisiológica. Pero también aprendimos después de que nos dejaran de contar cuentos para dormir (en la cama ya sabemos que muchas veces nos cuentan cuentos, pero es harina de otro costal) que existen historias en las que lo que importa es el viaje. El final permanece abierto a la libre interpretación del lector o espectador. En última instancia, el “cierre” siempre es algo arbitrario. Orson Welles, ese gigantesco humorista, decía que el secreto de la comedia era detener la historia a tiempo porque si se continúa, finalmente los protagonistas morirán y eso, sabemos, es una tragedia. Pero el mismo criterio vale para el drama: continuarlo podría transformarlo en una sátira, por ejemplo. Lamento el spoiler pero, en última instancia, al final todos morimos, así que “cerrar” un relato antes de la corona con la tira “Tus amigos” es pura invención. De hecho, vamos a demostrar que películas con elementos afines pueden funcionar igual de bien con o sin “final cerrado”.

Primer parLa duda (Disney+) En primera plana (HBO Max). Paralelos interesantes: los dos dramas hablan de abusos sexuales en el seno de la Iglesia. En el primer caso, Meryl Streep interpreta a una monja, superiora en un colegio católico en los años sesenta en los EE.UU., que sospecha que el párroco interpretado por Phillip Seymour Hoffman tiene una relación ilícita (por la diferencia de edad, de abuso) con un monaguillo, además negro en un momento complejo para los afroamericanos en ese país. Toda la película se construye sobre la investigación alrededor de si existe o no una relación ilícita. En primera plana es la historia de cómo el Boston Globe destapó el escándalo de cientos de abusos sexuales en las escuelas católicas de Massachusetts, lo que además provocó un escándalo que continúa generando investigaciones hoy en todo el mundo.

Aunque en ambos casos la intriga aparentemente principal se resuelve, en En primera… el cierre es el triunfo de la investigación periodística (lo que sigue ya no forma parte de lo que retrata la película, sino de consecuencias de esa investigación) mientras que en la primera algo fundamental queda irresuelto justamente porque tal es el tema. La duda es sobre, justamente, dudar, creer sin estar seguros, sin que sea posible saber fehacientemente algo (en la religión eso es clave, pero aquí se trata de otra cosa también). Solo se puede cerrar la historia, queda claro, haciendo trampa. El viaje cuenta en ambos casos.

Segundo par: Notting Hill (AppleTV) y Perdidos en Tokio. La primera es la historia de una estrella de cine (Julia Roberts) que se enamora de un tipo común (Hugh Grant), comedia romántica. La segunda, de un actor de mediana edad en cierto declive profesional (Bill Murray) que se relaciona/enamora de una chica mucho más joven que se separa (Scarlett Johansson) en un improbable encuentro en la ciudad japonesa. Tienen muchas cosas en común, pero en Notting... tenemos un epílogo que nos muestra cómo termina (con canción de Elvis Costello y todo) la historia de ambos enamorados, y en Perdidos… lo que vemos es una especie de confesión, de puesta en limpio de aquello no dicho entre los dos personajes durante toda la película. Pero lo que sigue es un misterio.

Mientras que en la primera sonreímos un poco embobados por la felicidad ajena, en la otra lo que sigue depende de si somos fatalistas (“eso no puede ser, nunca podrá ser, nunca debería ser”) o pensamos que existe la posibilidad de que hay un mundo idílico para el idilio. Pero ambas se disfrutan por otras cosas: en Notting Hill, la cena entre amigos (es una gran película “de barrio”, además), la emotiva e hilarante conferencia de prensa, el elegante plano secuencia para mostrar el paso del tiempo. En Perdidos…, la grabación del comercial de whisky, el karaoke compartido, el desconcierto divertido por ese universo extraño en el que caen, como náufragos, los protagonistas. ¿Prueba de que qué importa el final? Seguro las van a volver a ver si ya las vieron, incluso si el futuro de los personajes es incierto.

Tercer par: Ex Machina (HBO Max) y Yo, Robot (Disney+). La primera, que no se estrenó comercialmente en la Argentina y fue el debut de Alex Garland (Guerra Civil) en la dirección, cuenta la relación entre un técnico (Domhnall Gleason) que debe evaluar a un robot humanoide con inteligencia artificial muy sofisticada (Alicia Vikander) durante una semana. La segunda, un detective que odia a los robots (Will Smith) tiene que investigar una serie de asesinatos cuyo sospechoso es, justamente, un ser artificial. Lo que sucede en Ex Machina es un largo test de Turing: el espectador observa cómo una IA podría desarrollar una conciencia, fingir emociones o planear algo que no lleva programado. Y luego de generar una relación “humana” con su supervisor, todo gira alrededor de si tales emociones son reales o no y qué sucede cuando no es posible diferenciarlas. La película, llena de suspenso tanto visual como psicológico, no plantea una decisión abrupta entre ambas posiciones. En la segunda, en cambio, aunque se toman nombres de personajes y situaciones de la famosa colección de cuentos de Isaac Asimov que da nombre a la película y —como en el otro film— se trata de aceptar o enfrentar ciertos prejuicios, la lógica que manda es la del cine negro tradicional. Ambas son igual de buenas, pero lo que en una está en primer plano, en la segunda pasa bajo la historia. Una cierra regida por el “caso”; la otra abre las preguntas. Deberían verse en un interesante doble programa en el que los dos tipos de finales se complementan de modo perfecto.

Cuarto par: Zodiac (HBO Max) y Blow Out (Prime Video). Es un buen par porque ambas son películas realizadas por grandes realizadores (David Fincher en el primer caso, Brian De Palma en el segundo) que tienen temas similares. En la primera, un dibujante (Jake Gyllenhaal), un periodista en la mala (Robert Downey Jr.) y un detective (Mark Ruffalo) buscan al “asesino del Zodíaco”, un psicópata que anunciaba sus crímenes en San Francisco y alrededores con acertijos en el San Francisco Chronicle; el caso es real y aún su resolución es un misterio. Blow..., por su lado, narra cómo un sonidista de cine clase B (John Travolta), por casualidad, es testigo de un crimen político que se intenta pasar por accidente, rescata a la única sobreviviente (Nancy Allen) que se convierte en blanco de un asesino serial que trabaja para un oscuro poder del estado (John Lithgow). En la primera vemos cómo tres vidas se entretejen con un caso imposible y casi se pierden (especialmente la del personaje de Gyllenhaal) por esa obsesión que es a la vez moral y perversa. En la segunda, la obsesión del protagonista (también moral, también perversa en cierto modo) lleva a la tragedia. Pero mientras nunca sabemos quién fue el “asesino del Zodíaco”, sí sabemos cómo termina Blow Out, que de paso se inspiraba en el caso Chappaquiddick, que aniquiló la carrera política de Ted Kennedy (googleen si no lo recuerdan, el caso es fascinante). Otro grandísimo doble programa, de paso.

Quinto par: El enigma de otro mundo (HBO Max) y E.T. (Disney+, también HBO Max). Acá nos dio una grandísima mano el maestro John Carpenter, director de la primera, que odia a muerte la película de Spielberg (no, no a Spielberg… creemos). “Nunca podría haber filmado E.T.” —dijo una vez en una entrevista. “Lo hubiera transformado en La Cosa y se habría comido a Henry Thomas”. Las dos plantean la existencia de vida extraterrestre, el encuentro con los humanos, cómo la ciencia fracasa en ese contacto y cómo lo único que queda para resolver el encuentro es la pura acción. Pero sí, amigos, todos sabemos que E.T. es más bueno que Lassie (o tan bueno como Lassie, porque fue una de las inspiraciones de Spielberg al mismo nivel que El Hombre Quieto, de John Ford, que se ve en un momento en un televisor) y que el pobre bicho anclado por accidente en este pedazo de piedra verde será ayudado por un chico con madre trabajadora en pleno divorcio a volver a casa. Los que todavía lloramos hasta la deshidratación patológica con los minutos finales de esta obra maestra (vengan a discutirlo, los esperamos con los brazos abiertos y el dedo iluminado) sabemos que todo tiene un final redondo.

Y en el caso de El enigma… , el bicho en cuestión es más malo que King Ghidorah (o igual de malo, porque las películas de monstruos alla Godzilla fueron inspiración para Carpenter al mismo nivel que todo el cine de Howard Hawks, que rodó La Cosa original en los 50) y que va a destrozar víscera a víscera a los pobres tipos de una estación en la Antártida metamorfoseándose en ellos, hasta ser enfrentado por el señor McReady, durísimo héroe interpretado por Kurt Russell, para devolverlo al mismísimo infierno. Los que todavía nos quedamos de hielo hasta el miedo patológico con el final de esta obra maestra (vengan a discutirlo, los esperamos con el lanzallamas prendido y el cigarrillo en la boca) sabemos que nadie sabe si el bicho está muerto, si alguien sobrevivirá, si —como en todo Carpenter— se ha ganado una batalla de una guerra incierta contra el Mal absoluto.

¿Final abierto, final cerrado?

A veces es sólo cuestión de grados: Carretera perdida, gran película de David Lynch (Mubi) no parece cerrar, salvo que pensemos que se trata de una serie de pesadillas encadenadas en las que un hombre enamorado y en peligro cae en una especie de infierno de tiempo circular, un viaje a ninguna parte en el que los lugares comunes del thriller (puntualmente hitchcockiano, dadas las referencias claras a Vértigo y Psicosis) pertenece al mundo onirico. Y ¿qué podemos decir de El club de la pelea (Netflix)? ¿Sabemos si finalmente nuestro alienado protagonista vence a su —digamos— alma gemela Tyler Durden y se enfrenta a un apocalipsis urbano que se lleva puesto incluso al celuloide de la película? Vaya uno a saber: la historia parece cerrar, pero no es posible decir que las cosas queden del todo claras. En todo caso, las dos son a su modo sátiras incómodas, molestas y —sobre todo— originales, que vale la pena ver. ¿Qué importa si caen en esa ficción absoluta que es el “final cerrado”?

Fuente: Leonardo M. D’Espósito, La Nación