‘’Vivíamos como reyes y reinas. ¿Y por qué no? Estábamos enamorados de la vida. Ganábamos más dinero del que soñábamos que existiese y no había razones para pensar que se terminaría. Acabábamos de pelear en una guerra que se suponía era la que acabaría con todas las guerras y todos pensábamos que solo teníamos por delante un futuro de paz y placeres”. Así describía Gloria Swanson los locos años veinte en Hollywood. Tras los sufrimientos padecidos durante la Primera Guerra Mundial, la incipiente industria del cine estadounidense estaba preparada para repartir diversión, glamour y belleza, y ella era una de sus representantes más calificadas para hacerlo. En el pico de su carrera, la actriz recibía 10.000 cartas de admiradores por semana y los estudios Paramount le pagaban un salario equivalente a casi 100.000 dólares semanales. Cuando decidió tomar las riendas de su carrera, se transformó en la primera intérprete femenina de Hollywood en protagonizar y producir una película en Europa y en tener su propio vagón de lujo para realizar la campaña de promoción del film.
Al momento de tener que renegociar su contrato con el estudio, le ofrecieron y rechazó un pago de un millón de dólares. Según sus biógrafos, en la primera mitad de los años 20 Swanson ganó y dilapidó más de ocho millones de dólares. Una cifra digna de una de las reinas del cine mudo, quien, a diferencia de sus colegas, logró mantener su carrera aun frente al avance del sonoro.
Sin embargo, cuando la industria audiovisual empezó a calificarla de “vieja”, aunque solo tenía treinta años, la actriz decidió dar un paso al costado de Hollywood. Su pausa de la pantalla grande duró más de quince años hasta que en 1950 protagonizó El ocaso de una vida, de Billy Wilder, uno de los más brillantes films sobre las crueldades del mundo del cine y el modo en que trataba -trata- a sus grandes estrellas. La ficción en la que Swanson se transformó en la desesperada Norma Desmond, reflejo deforme de la actriz que la encarnó, resultó en un éxito enorme que confirmó al realizador austríaco afincado en Los Ángeles como uno de los grandes autores del cine mundial y devolvió a Swanson al centro de la escena. Un nuevo público que en general no sabía de su estrellato de antaño descubrió su fotogenia y talento actoral y a cambio la identificaron con la patética criatura que le consiguió su tercera nominación al Oscar como mejor actriz protagonista hasta el final de sus días.
“Yo soy grande. ¡Son las películas las que se volvieron pequeñas!“, gritaba Desmond en el legendario film en el que también le aseguraba a Cecil B. DeMille, el realizador que tres décadas atrás la había tenido entre sus musas preferidas, que estaba lista para su primer plano.
Nacida el 17 de marzo de 1899 en Chicago, Gloria May Josephine Svensson era la única hija de la pareja formada por Joseph y Adelaide Klanoski Svensson. Su padre era un oficial civil del ejército, por lo que en los primeros años de su vida, Gloria vivió en bases militares de Florida, Texas y Puerto Rico, donde trabajaba su papá. Esa vida itinerante cambió cuando a los 14 años, durante una visita a Chicago, la futura actriz salió de paseo con su tía que la llevó a hacer un tour por los estudios Essanay, una de las primeras usinas de producción audiovisual de la época. Fascinada con la labor de los intérpretes que vio en el recorrido la adolescente quiso sumarse a los films en rodaje. Ante su entusiasmo y belleza, el director encargado aceptó sumarla como extra a una escena en la que necesitaba mostrar una multitud frente a las cámaras. Esa primera experiencia puso en marcha la carrera de Swanson y una vida llena de éxitos, lujos, fracasos, grandes amores y terribles decepciones que incluyeron seis matrimonios, una relación secreta con una figura fundamental de la política estadounidense y un romance otoñal con un productor y guionista nacido en la Argentina.
La melena del león
Después de unos años trabajando en cuanto cortometrajes se filmara en Essanay, especialmente en comedias de enredos de poca sustancia, aunque nunca en las que producía y protagonizaba allí un tal Charles Chaplin, la actriz se cruzó con el ambicioso DeMille que a partir de 1919 la eligió para encarnar a sus distinguidas protagonistas en films como Male and Female, un drama que la actriz solía recordar porque en él le tocó compartir escenas con un par de leones que, según relató en su libro de memorias, no estaban del todo domesticados y días después de aparecer en cámara junto a ella atacaron a un persona hasta matarla. Para muchos ese cuento no era más que una de las tantas exageraciones que Swanson repetía en las numerosas entrevistas que concedió a lo largo de su carrera. Aunque lo cierto es que tanto su vida profesional como personal no necesitaban de fábulas para hacerlas más interesantes. De hecho, para el momento de sus primeros trabajos con DeMille, la actriz ya iba por su segundo matrimonio.
En 1916 se mudó a Los Ángeles y con 17 años, contra los deseos de sus padres, se casó con el intérprete Wallace Beery, al que años después calificó como un payaso desesperado. Su matrimonio estuvo marcado por la violencia: en su autobiografía Swanson reveló que Beery la había violado en su noche de bodas y que cuando quedó embarazada, la engañó para que se tomase unas pastillas que provocaron que perdiera el embarazo. Después de menos de dos años de casados, la actriz solicitó el divorcio.
Pasado un año, volvió a ponerse frente al altar. Esa vez su pareja era el empresario Herbert Somborn, padre de su primera hija. Claro que lejos de ser la pareja de cuento de hadas que la prensa de la época retrataba utilizando glamorosas fotos de Swanson en vestidos distinguidos y joyas impresionantes, el matrimonio terminó en un escándalo que marcó las siguientes décadas de la vida de la estrella. Es que mientras ella, que medía poco más de 1.50, era considerada la más chic de la época, la modelo perfecta del estilo charlestón de los años 20, su marido presentó una demanda de divorcio en la que citaba como motivo del fin de su pareja el adulterio de la actriz. Y no solo eso: según los documentos legales, Somborn aseguraba que Swanson lo había engañado con 13 hombres, entre los que mencionaba a DeMille y Rodolfo Valentino.
Swanson y el director Cecil B. DeMille reunidos en Hollywood a principios de los años 40 Bettmann – BettmannMás allá del conflicto en los tribunales, la acusación impactó la trayectoria profesional de la intérprete. El escándalo alrededor de sus supuestas infidelidades que la prensa cubría al detalle hizo que los estudios Paramount decidieran agregar una cláusula de moralidad a su contrato que asentaba que si ella no se comportaba según los estándares morales esperados podía ser despedida de inmediato.
Con esa amenaza sobre su cabeza, en busca de cierta independencia del sistema de estudios y de papeles que le resultaran más creativamente satisfactorios, Swanson decidió aceptar la propuesta de filmar un drama histórico en Francia. Lejos de Los Ángeles, la actriz no solo encontró un nuevo entusiasmo por su profesión, sino que, además, conoció al que sería su tercer esposo: el marqués Henri de la Falaise. De regreso en los Estados Unidos, Swanson tuvo poco tiempo para disfrutar de su nuevo estatus como miembro de la nobleza europea.
Gloria Swanson el el durector Raoul Walsh en el set de La frágil voluntad, la película que le consiguió su primera nominación al Oscar en 1929Bettmann – Bettmann
A su llegada se dio cuenta de que estaba embarazada, pero lejos de festejar la buena noticia, la actriz estaba desolada: quien quisiera hacer cuentas entendería que el bebé había sido concebido antes de su paso por el registro civil. Preocupada por lo que muchos considerarían una violación de la cláusula de moralidad en su contrato, Swanson decidió que su única opción era terminar con el embarazo. Y así lo hizo. La desgarradora decisión, de la que culpaba a los jefes de los estudios, incentivó su deseo de independencia. Así, armó su propia productora de cine en la que recibió asesoramiento financiero de un empresario de Boston interesado en meterse en el negocio del cine. Se trataba de Joseph Kennedy, el padre del futuro presidente de los Estados Unidos. La sociedad entre la actriz y el financista resultó en su primera nominación al Oscar por el film La frágil voluntad en la entrega inaugural de los premios de la Academia de Artes y Ciencias Cinematográficas , su debut en el cine sonoro en el drama Amor que peca y un amorío entre ambos que la actriz solo admitió en su libro de memorias, publicado en 1980. Amantes durante tres años, mientras ambos seguían casados con otras personas, eventualmente el vínculo con Kennedy terminó cuando tras una serie de conflictos financieros dejaron a la actriz al borde de la ruina. Luego, Swanson se divorció de su marqués para casarse con el atleta irlandés Michael Farmer en agosto de 1931 con el que tuvo a su segunda hija, Michelle Bridget Farmer, y del que se divorció tres años después.
Billy Wilder y Gloria Swanson en el rodaje de El ocaso de una vidaBettmann – Bettmann
Durante los años treinta, más allá de su tumultuosa vida sentimental, en el plano laboral las cosas también empezaron a complicarse para la actriz, que con el avance del cine sonoro veía cómo sus papeles se reducían día a día. Así, Swanson decidió mudarse a Nueva York, donde, lejos de retirarse, cambió la cámara por los escenarios teatrales y amplió su rango de intereses al fundar una empresa en la que cobijó a científicos e inventores judíos durante la Segunda Guerra Mundial. También trabajó en radio, TV, se dedicó a la pintura y la escultura y hasta probó con el diseño de indumentaria y accesorios.
Lejos del cine, Swanson se casó por quinta vez y volvió a divorciarse. Años después, consultada por sus fracasos amorosos la actriz admitió que si sus matrimonios habían sido un completo desastre “fue todo por mi culpa. El problema conmigo es que siempre fui demasiado independiente”. Aun con ese nivel de autoconciencia, en la década del setenta Swanson volvió a contraer matrimonio, el único de sus enlaces que no terminó en divorcio. Aunque sí en separación. La actriz pasó los últimos años de su vida distanciada de quien resultó ser su último marido, el escritor William Duffy. Esa separación fue provocada, según uno de sus biógrafos, por el romance que tuvo Swanson a los 79 años con Brian Degas, un guionista y productor de 44 años. Nacido en Buenos Aires y criado en Inglaterra, Degas la alentó a exponer sus esculturas y finalmente a publicar el libro de memorias que se transformó en un notable éxito editorial. Aquella relación, claro, tampoco terminó bien, pero como explicó el editor Wayne Lawson, responsable de darle forma al libro, el productor de origen argentino al menos hizo por ella algo similar a lo que había logrado Wilder tantos años antes: ayudarla a volver al centro de la escena y a estar lista para su primer plano.
Fuente: Natalia Trzenko, La Nación

