En su casa de Nordelta, el silencio se respira en cada uno de los ambientes. Ya hace tres años que su tercera hija, Sol Fernández (28) –fruto de su matrimonio con Eduardo “Coco” Fernández (61)–, se fue a vivir a Australia con su novio Tomás Berro Madero. “Están disfrutando a full su aventura. Toman trabajos temporarios mientras recorren la costa en camioneta. Me encanta que ella sea tan fiel a lo que siente y la apasiona”, dice orgullosa Virginia Elizalde (71), quien también es madre de Catalina (42) y Angie (40), nacidas de su pareja con Mario Walther. Afuera, en un rincón del jardín, descansa el kayak con el que suele atravesar el lago cada atardecer. “Mis nietos se prendieron, así que se volvió una nueva actividad para compartir en familia. Creo que, sin proponérmelo, mis tres hijas se volvieron grandes amantes de la naturaleza y el deporte y así se lo transmitieron a mis nietos”, afirma la ex campeona argentina de windsurf.


–Una vez dijiste que el deporte fue tu mejor escuela de vida. ¿Por qué?
–Porque te enseña a que tenés que laburar para que te vaya bien. Si querés alcanzar buenos resultados, tenés que entrenar y mantener una vida sana. Aprendés que cuando te va mal, hay que volver a intentarlo. Aprendés que no siempre se gana y que la frustración es parte del proceso. Te obliga a convivir con el bajón de haberte preparado todo el año para una competencia y tener que abandonar a mitad de camino. Y bueno, hay carreras que se ganan, hay carreras que se pierden. Por eso siempre digo que hay cosas que no te las enseñan en el colegio, las aprendés viviéndolas. El deporte te prepara para todo lo que llega con la vida.


–Vos venís de una familia de deportistas, era obvio que ibas a seguir el mismo camino…
–No te creas. De hecho, al principio no quería saber nada de hacer ejercicio. Obvio que era por rebeldía, nomás. Papá había sido jugador de rugby y fundador del SIC (San Isidro Club) y mamá toda la vida jugó al tenis, practicaba remo, hacía de todo, incluso más de lo que se esperaba de una mujer en aquella época. Ellos me alentaban a que practicara algún deporte y yo no quería saber nada. Supongo que por eso a mis hijas nunca les quemé la cabeza con ese tema.



–Pero Cata es ex atleta olímpica de windsurf y Angie y Sol te suelen acompañar en las carreras de montaña…
–Tal cual. Sol se enamoró del deporte de la misma manera que yo. Tampoco le gustaba mucho, no le interesaba. Sin embargo, en su último año del secundario tuvo que presentar un trabajo para recibirse y ella eligió acompañarme en una carrera conmigo y pasar la noche en la montaña. Lo hicimos con la carrera La Misión y le encantó la experiencia. Después subimos el Lanín, corrimos en el Aconcagua…



–En 2000, celebraste tus cincuenta años en el Desafío de los Volcanes, considerada una de las carreras más difíciles del mundo. ¿Sentís que dejaste una huella en el mundo del deporte femenino?
–Yo creo que sí. La verdad es que al principio éramos muy pocas las mujeres que participábamos en este tipo de competencias. A mí eso nunca me frenó. Yo amaba –y amo– tanto la montaña que no había nada que me pudiera detener. Pensá que era una época donde todo el tiempo me decían que no podía practicar determinado deporte porque era sólo para hombres o me daban a entender que no tenía la capacidad para hacerlo o la fuerza para practicarlo. Era un mundo más machista…

–¿Qué recuerdo tenés de tu etapa como modelo?
–Viajé por el mundo, Milán, París… Tenía 18 años. Laburaba un montón y era divertido. Igual yo sabía que mi camino pasaba por otro lado, me gustaban otras cosas y el modelaje era un puente para hacer lo que más quería. Con mi primer gran sueldo fui derecho a comprarme una moto Zanella 125. necesitaba movilidad porque vivía en San Isidro, pero trabajaba en el centro de Buenos Aires, así que la “Zanellita” me ayudó un montón. Después, hice una publicidad para una marca de jabón y me acuerdo que me pagaron mucha plata, como veinte mil dólares. Ahí cambié la Zanella por una Honda 400 Hawk. Estaba en llamas. Me acuerdo que me iba a los desfiles de La Plata en moto, con campera y pantalón de cuero, casco. Me metía todo el pelo adentro para que nadie me viera, porque en aquel entonces no había tantas mujeres que anduvieran en moto.

–¿Cuándo decidiste dejar tu carrera de modelo para dedicarte de lleno al deporte?
–Y, en un momento dado me di cuenta de que estaba desfilando con mucho músculo en piernas y brazos y los pies los tenía llenos de callos, ya no daba. Hacer las dos cosas se volvió incompatible. Me acuerdo de estar en medio de una producción de fotos en un estudio y ver por la ventana un viento espectacular, ideal para ir a navegar… Ahí le dije “chau” a la modelo.
–¿Cuándo practicaste windsurf por primera vez?
–Empecé a navegar en el 83. Cata era chiquita, recién nacida, y quería tomarme un break como modelo porque venía laburando un montón. Justo ahí vino una amiga y me dijo: “Che, están dando clases de un deporte nuevo. ¿Querés que vayamos a ver?”. Y fui a esas primeras clases que se daban en los lagos de Palermo. Me acuerdo que levantaba la vela, que era re pesada, y me caía. Y otra vez levantaba la vela y me caía. Y yo, que soy cabeza dura, me dije: “A mí este deporte de porquería no me va a vencer”. [Se ríe]. Tardé un montón en aprender, pero al mismo tiempo se me había despertado el bichito del deporte. Con el tiempo me copé y empecé a correr regatas. En ese momento sólo había tres mujeres que competían. Con el mismo grupo que practicaba regatas empezamos a entrenar para participar en triatlones y competencias de alto rendimiento.



–¿En qué aventura sentiste más miedo?
–La primera vez que me tiré con paracaídas, en Hawái. Y yo, además, sufro de vértigo. ¡Imaginate! Lo quería hacer, me moría de ganas, pero me daba miedo. Ese día encima me tuve que tirar dos veces porque teníamos una sola cámara y había que filmar la caída desde abajo también. Después hice el curso de paracaidista y me recibí. Lo primero que te enseñan es que el miedo lo vas a tener siempre, sólo tenés que aprender a dominarlo.
–¿Cómo imaginás tu retiro?
–Nunca me voy a retirar. En mi cabeza no existe la palabra “retirar”. Mi abuela a mi edad se vestía con el típico tailleur y los zapatitos de taco. Y yo nunca en mi vida me puse un traje, ¿me entendés? Yo no siento la edad que tengo, no me doy cuenta de los años que tengo porque sigo haciendo de todo. La vida es mucho más linda cuando dejás de pensar que tu edad te limita.
–¿Cómo te cuidás?
–Creo que no se trata sólo de mantener una vida saludable y hacer gimnasia. Ponerse metas es clave para motivarse. Por ejemplo, en mis redes invito a mi comunidad a hacer, aunque sea, cien sentadillas por día. Todavía me pasa que veo mujeres que me dicen a los 60 “ya no tengo edad para eso”. Y yo creo que es un tema de proponértelo, de no dejarse estar. La realidad es que hoy se alargó un montón la vida. ¿Qué pasa si vivís hasta los 90? ¿Vas a estar treinta años más sin hacer nada porque ya no tenés edad para eso?

–En marzo con Coco cumplen veintinueve años de casados. ¿Qué cosas hoy seguís admirando de él?
–De Coco admiro todo. Es responsable y recontrabuena persona. Nos conocimos cuando yo me había separado y trabajábamos en el mismo programa. En uno de los viajes coincidimos en la Polinesia y arreglamos para hacer buceo con una cámara. Y en ese viaje nos dimos cuenta de que nos gustaban las mismas cosas. Sé que para todo el mundo Coco es un hombre de la tele, pero él también estuvo a una materia de recibirse de profesor de Educación Física. Corría carreras y triatlones como yo.
–¿Cómo se lleva con tus nietos y tus hijas mayores?
–Muy bien. Mis nietos son como sus nietos de sangre, porque claro, a las chicas las conoció cuando tenían 10 años. Lo aman. Cuando Cata ganó la medalla de bronce en los Panamericanos, la copia que le entregaron junto a la original se la dio a él. Coco además es el padrino de uno de los chicos de Angie. La verdad es que nos divertimos mucho juntos. Tenemos una gran familia y eso es lo más importante.
Fuente: La Nación

