A 35 años de su muerte, Borges en la voz de Kodama

Enérgica y sin ningún resto de nostalgia, recuerda al escritor como si estuviera con ella; “la gente que parte no parte”, dice

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Sin nostalgia, recuerda al escritor como si estuviera con ella: “Sé que partió, pero no existe esa partida”, dice; la última tarde que pasó en Buenos Aires.

Esta mañana, la tarde que le siga y la noche que vendrá no serán para María Kodama diferentes de la mañana, la tarde y la noche de ayer. En todo caso, tal vez lo sean, pero no por la nostalgia del que se fue, por el recuerdo de que esta mañana, esta tarde y esta noche se cumplen 35 años de la muerte de Jorge Luis Borges. “Para mí, el día de la partida no existe”, dice Kodama. “Yo celebro el cumpleaños. Sé que partió, pero no existe esa partida”.

El año y medio de pandemia hizo de Kodama una mujer más enérgica. Como si fuera a satisfacer esa verosimilitud, extrae de una bolsa la primera de varias sorpresas: un autorretrato con una foto suya, pistola en mano y haciendo puntería en un polígono de tiro. “Tengo una amiga a la que acompaño de vez en cuando a tirar. La bala dio en el blanco”. Kodama no sabe tirar, pero dice que le pasan cosas así casi siempre. Cuenta entonces otra ocasión en la que dio en el blanco: “Una vez, hace más de un par de años, llegué a México y me dieron un libro de homenaje a Borges por escritores de distintos lugares del mundo. Me di cuenta de que no podía leer todo eso. Pensé: qué haría Borges. Y me dije: suertes virgilianas. Abrí el libro al azar. Había una entrevista que Elena Poniatowska le había hecho realmente a Borges, a la que agrega una entrevista falsa, donde transcribe también al final ese poema apócrifo, ese que empieza ‘Si pudiera vivir nuevamente mi vida’. Lo atribuía como si Borges lo dijera al final de la entrevista falsa. Fue un escándalo. Al día siguiente, me viene a buscar para el encuentro con los periodistas. Y a la persona que vino a buscarme, le dije: ‘Mirá, acá está el libro. Encontré esto. Si yo voy, lo cuento. Si no, decí que me escapé, lo que quieras’. ‘No, María’, me dijo la persona, ‘vení, decí lo que pasó y sacamos después el libro de circulación’. Fui. Era una montaña de periodistas. Entonces digo: ‘Es una pena que lo que tengo que decir no sea agradable’. Abro: ‘Esto es falso. Es una pena que lo quieran hacer pasar por un texto de Borges’. Entonces se me acerca un periodista y me dice: ‘Pero, caramba María, Poniatowska es el ícono de la izquierda mexicana’. ‘¿Ah, sí?’, le digo. ‘¿Dónde está entonces la extrema derecha mexicana, así me afilio ya mismo?’. Después Poniatowska me llamaba y me decía: ‘Bueno, querida, no es para tanto…’. ‘¡Cómo que no es para tanto! Para una persona sin moral como vos comprendo que no sea para tanto. Y le colgué’. Si todos hiciéramos cosas así, el mundo sería distinto”.

Kodama saca ahora de la misma bolsa un objeto muy diferente. “Esto me lo regaló Borges en Estados Unidos. Es una cartera que yo llevo para escandalizar a mis amigos cuando son muy formales. Es un dino. Yo adoro los dinosaurios”. Realmente, es una cabeza de dinosaurio con manija, un clutch quizá. Recuerda Kodama la ocasión en que logró evitar, con un cuento suyo, que el Argentinosaurio fuera confiscado en la Feria del Libro de Fráncfort. “Necesitaban mi cuento ‘El dinosaurio’ para leerlo en Alemania y demostrar literariamente nuestro vínculo con el Argentinosaurio. ¡Y por supuesto se lo cedí!”. “El dinosaurio” fue uno de los cuentos de Kodama que Borges llegó a conocer.

Una vez más, no hay lugar para la tristeza. “Para mí, la gente que parte no parte. Está conmigo”, explica. “No siento la partida de la gente que quise. Es muy curioso. En una comida conocí a un japonés que era una especie de Padre Mario, ¿te acordás? De pronto, dijo que tenía poderes para conocer los fantasmas que lo acompañaban a cada uno. A uno le dijo que estaba acompañado. ‘Sí, por mi padre’, contestó. ‘No, por tu madre’. ‘No puede ser. Mi madre me odiaba’. ‘No, vos la odiabas, pero ella a vos, no. Ella está con vos y te protege’. Así les fue diciendo a todos. Cuando me llega el turno, me dice: ‘Vos tenés cuatro, a quienes querés mucho. Están con vos. Pero tenés que dejarlos partir. Porque ellos te quieren y vos los querés. Absorben parte de tu energía’. Entonces un amigo que estaba ahí dijo: ‘¡No, que se queden! ¡Porque si con esta energía nos tiene a todos locos, imagínese si tuviera más!’”.

La pandemia fue dejando sus peripecias: cuatro propuestas de matrimonio, todas desestimadas, y una tensión todavía irresuelta con Penguin Random House, el grupo editorial que publica a Borges. “Este tiempo fue como si estuviera en el infierno; un círculo en el que todo vuelve, todo se repite: las mismas ropas, las mismas personas, los mismos gestos, los mismos bares, que son como mi segunda casa, porque es donde recibo gente que quiere verme o darme a leer las tesis que escriben sobre Borges. Algo de mí se activó para evitar la depresión, que es lo me contaban mis amigos que les pasaba, y salí metralleta en mano, sin proponérmelo. Una amiga psiquiatra me dice que estoy mejor ahora, con la metralleta, que antes”.

Kodama desmiente la presunción de los nuevos investigadores de poner a prueba nuevas hipótesis sobre la literatura de Borges. Nada de justificar el raro privilegio de que “El Aleph” habría anticipado internet ni otras prefiguraciones tan tristes como esa. “Buscan los mismos temas. Y te diría que interesan las mismas obras. Es curioso. A mí me pasó lo mismo. Había en mi casa un libro que estaba entre los libros que yo no podía leer, y por supuesto fui a buscarlo. Y leí: ‘Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche’. ¿Qué es esto?, pensé. No entendía nada, pero la prosa de Borges tiene un ritmo propio, y yo sentía ese ritmo. Cómo será que eso me tocó y me quedó, que si saliera una ley diciendo que de toda la obra de los autores puede quedar una sola pieza, de toda la obra de Borges yo salvaría ‘Las ruinas circulares’. Muchos años después, desgraciadamente Borges ya había muerto, me hacen escuchar una grabación en la que Borges habla de ‘Las ruinas circulares’. Y dice: ‘Yo trabajaba en la Biblioteca Miguel Cané. Ese cuento lo escribí en una semana. Quería volver a mi casa para seguir escribiendo. Porque nunca antes ni después pude escribir algo con la intensidad con que escribí ese cuento’. Esa intensidad es la que sintió la chica que yo era. Atrapó mi vida para siempre antes de conocerlo. Por eso cuando me preguntan: ¿pero de qué te enamoraste?, yo digo que éramos como dos eones unidos por la sensibilidad, la misma ética”.

Acaso, nada nos impide la especulación merced a ciertos indicios, como en el caso de Borges tampoco el destino de Kodama sea finalmente argentino.

Fuente: La Nación