Abanderado a los 73. Volvió al aula para terminar el secundario y tiene el mejor promedio de su camada

Rubén cursa en el Centro Educativo de Nivel Medio Adultos, de Jesús María, y su promedio es de 9,25

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Rubén Cúchero es oriundo de Jesús María y, por distintas razones, debió postergar ese sueño durante mucho tiempo; antes de volver al aula fue camionero y chofer de micros de larga distancia

Varias décadas atrás, Rubén Cúchero terminó la escuela primaria en Jesús María, Córdoba. Tenía 11 años. Deseaba seguir, quería ir a la secundaria, pero había dos obstáculos demasiado grandes. Por un lado, no existía una escuela secundaria en su pueblo, por lo que debía recorrer varios kilómetros a pie o a caballo (ya que su familia no tenía vehículos a motor). Por el otro, sus padres no podían pagarle una escuela “con dormitorio”. Entonces, no había manera: la distancia era inabarcable, y el precio del colegio pupilo -quizás la única solución-, inalcanzable.

Corría 1960. Era muy joven, pero suficientemente maduro para entender que en algo debía emplear su tiempo. Y su familia lo necesitaba trabajando. Entonces, se inició en el campo, donde lo hizo todo: ganadería, carpintería, conducción de camionetas y tractores, tareas de hogar… Sus días eran largos: partía de madrugada y concluía cerca de la medianoche, y si no lograba dejar listos los alimentos para que los animales comieran el día siguiente (el encargo más importante), no le permitían terminar.

Sonríe Rubén Cúchero desde la comodidad de su living-room en su Jesús María natal.
Sonríe Rubén Cúchero desde la comodidad de su living-room en su Jesús María natal.

A eso de los quince años, viajó a Buenos Aires para ganar experiencia en un marco más urbano. Le habían conseguido un trabajo en una heladería. Vivía en el local, “en el piso de arriba”, y hacía horario completo, de lunes a viernes. Le fue bien, pero, en el ínterin, se imaginaba sentado en un pupitre, dialogando con otros jóvenes, debatiendo con los profesores… Dicho de otra manera: fantaseaba con estar en clase. Pero debía enfocarse en la realidad.

Creció de esa forma: entre changas que forjaron su firme disciplina. Luego, cuando cumplió 18 años, fue convocado para hacer el servicio militar. Lo completó sin problemas. Para ese entonces, ya era algo tarde para continuar sus estudios, pero aún tenía un fuerte apetito por saber. Y, para eso, no había demasiado impedimento. Siendo así, se compró un libro. Luego, otro. Después, otro más. Agradece haber adquirido el hábito de leer: ahora, a sus 73 años, está a punto de finalizar el colegio secundario con un excelente promedio, y reconoce que esa costumbre le ha dado muchas herramientas. Hoy, en su tiempo libre, devora las estrofas del Martín Fierro. “Me encanta leer”, le dice a LA NACIÓN.

“CONOCÍ LA ARGENTINA VIAJANDO EN CAMIÓN”

Hoy vive aquella fantasía de estar en un pupitre. Pero no es algo que se haya dado de inmediato. Pasó mucha agua por debajo del río hasta que se anotó en una secundaria para adultos. Rubén transcurrió 40 largos años en la ruta. Cuando terminó “La Colimba”, recibió una oferta para transportar mercadería en camiones. “Un vecino trabajaba para la FIAT y me dijo que necesitaba un chofer. Yo había manejado vehículos, pero acá en el pueblo.. Nunca había salido de ruta. Y fui. Estuve 6 meses como acompañante y luego comencé a conducir”.

-¿Qué trayectos hacía?

-Conocí la República de punta a punta. Desde La Quiaca hasta Ushuaia.

-¿Siempre en camiones de carga?

-Manejé camiones durante cinco años. Después me llamaron para ser chofer de transporte interurbano. Y así fue, ahí trabajé los otros 35 años.

A la izquierda, un joven Rubén Cúchero junto a uno de sus colegas choferes. Trabajó como chofer de micros por 35 años.
A la izquierda, un joven Rubén Cúchero junto a uno de sus colegas choferes. Trabajó como chofer de micros por 35 años.

Al igual que sus colegas, presenció cómo mutó la industria automotriz desde adentro. Hace una reflexión sobre la diferencia entre los camiones de antes y los de ahora, enfatizando en la comodidad: “A veces teníamos que dormir adentro del camión, sin calefacción; la cabina era nuestro dormitorio. A los choferes de hoy les digo que ellos manejan un auto con carga pesada, porque los camiones actuales tienen todos los chiches y toda la tecnología”.

Se retiró a los 69 años. “Había llegado la hora de renovar el carnet. Pero ese no es como el de autos particulares, lleva más tiempo. Y yo ya estaba cansado. Honestamente no creí que iría a llegar a esa instancia, pero se dio”.

“QUIERO TERMINAR LA SECUNDARIA”

“Yo le dije a Catalina [su esposa] que la quería hacer, y ella me dijo‘hacela, pero mirá que no es como la primaria’”.

-Se retiró a los 69 y comenzó la secundaria a los 72. ¿Meditó mucho sobre esto en ese período de 3 años?

-La decisión no fue inmediata, aunque yo ya tenía la idea. Me terminó de convencer un vecino mío, con una frase: “Hacela, si a vos te gusta leer”. Estas son cosas en las que uno debe decidir, ir para adelante y animarse.

-¿Lee con mucha frecuencia?

-Sí, me gusta mucho. Además la televisión me cansa, no soy muy amante de la TV y no hay nada en TV que me atraiga. Leo mucho sobre la vida de los animales, y después, textos documentales, que te permitan ver cómo era todo unos años atrás. También el Martín Fierro, tengo unos cinco ejemplares.

Conoció a Catalina, su esposa, jugando al fútbol en Colonia Caroya, hace 47 años. “Si la volviese a conocer, me volvería a casar con ella”, asegura.
Conoció a Catalina, su esposa, jugando al fútbol en Colonia Caroya, hace 47 años. “Si la volviese a conocer, me volvería a casar con ella”, asegura.

El colegio CENMA, donde cursa, es un secundario que cuenta con clases para adultos. Le queda a diez cuadras de su domicilio. “Fui, pregunté y me dijeron que sí. Entonces me anoté”. Entra a las 19 horas de todos los días y sale a las 23.

«Hay muchos adultos que no se animan, por eso la mayoría de mis compañeros no son tan grandes»

Rubén Cúchero, 73 años

-¿Cómo fue su primer día?

-Fui con mucho miedo… tenía un poco de vergüenza, miedo, no sé qué era. Yo había trabajando con el público, pero eso era totalmente distinto. Encontrar toda esa “mocosada”, como yo le digo, fue raro en un principio. En la primera semana, ellos me miraban un poco de reojo. Pero, en la segunda semana, eso cambió.

-¿Cómo se lleva con ellos actualmente?

-Muy muy bien. Ellos me apoyan, me charlan, yo soy un joven más para ellos. “Culpa tuya estamos en los diarios”, me bromean.

-¿Siente que usted llegó a esta instancia con una mejor base educativa que ellos?

-Diría que al revés. Mi primaria ha sido aprender “1+1″ y a leer, nada más. La de ellos es, sin lugar a duda, mejor. En manualidades sí la tengo más clara, pero no me aventajo en más que eso. Yo veo que ellos vienen con una base más completa.

Además de la secundaria. Rubén comenzó a aprender folclore. En la imagen se lo ve en un festival organizado en Córdoba.
Además de la secundaria. Rubén comenzó a aprender folclore. En la imagen se lo ve en un festival organizado en Córdoba.

-¿Qué materias le resultan más difíciles?

-Matemática e inglés me cuestan más. Yo le digo al profe que no entiendo cómo un signo hace que cambie tanto la pronunciación. Pero en historia gano. A veces la misma profesora dice “le vamos a preguntar a Rubén”. Ella es más o menos de mi edad. Hay cosas que he vivido, que me han pasado en la vida, las conozco…

Este año, Rubén salió abanderado con un promedio de 9.25, el mejor de su clase. Pero todo podría haber ocurrido de otra manera, ya que, en 2020, estuvo al borde de abandonar.

“Cuando empezaron las clases, tuvimos unos 15 días y ahí nos aislaron. Eso me mató… Yo quería dejar. Pero me decían que la siguiera. A veces le mandaban los apuntes a mi vecino, él me los imprimía y me los daba. Yo podía leer, pero si no me explicaban ciertas cosas, se me complicaba. Por darte un ejemplo: había un texto sobre cuadros sinópticos. ¿¡Qué sabía yo lo que era un cuadro sinóptico?! No tenía internet, tampoco teléfono, no podía averiguarlo tan rápidamente.

Catalina también baila folcore. Juntos forman una gran pareja, tanto afuera como adentro de las pistas de baile.
Catalina también baila folcore. Juntos forman una gran pareja, tanto afuera como adentro de las pistas de baile.

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Todos los días, en clase, los alumnos le preguntan a Rubén si va a ir al viaje de egresados.

—¿Te vas a sumar? Dale.

Sabe que le falta poco para terminar. “Y, si Dios quiere, a fin de año no nos aíslan de vuelta”, ruega.

-¿Qué sigue después de la secundaria? ¿Le interesaría ir a la universidad?

-Me han preguntado eso en el colegio, también. Hay una materia para hablar de la continuidad. Yo quiero seguir electricidad industrial. De hecho, en 2017 hice un curso de cinco meses en un colegio de Córdoba. Si no, me gustaría aprender un oficio, me gustaría ser tornero.

Fuente: Mariano Chaluleu, La Nación