Alsina: el pueblo bonaerense que salió del olvido gracias a «La odisea de los giles»

Situado a 127 kilómetros de la Capital, era un rincón desconocido hasta que se convirtió en set de filmación de la exitosa película; ya empezaron a llegar los primeros turistas atraídos por la historia.

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Hasta hace una semana, Alsina era un pueblo desconocido en la provincia de Buenos Aires, solo visitado por exploradores de lugares olvidados. A partir del estreno de La odisea de los giles, filmada allí, la realidad del pueblo cambió por completo. «Nunca pensamos que se iba a mostrar el pueblo así; para nosotros es un orgullo haber salido en la película, estamos muy movilizados», comenta Silvio Guimmen, quien participó del film, como muchos de sus 1800 vecinos.

«Fue una pequeña revolución, nos abrieron las puertas de sus casas, compartieron la filmación», reconoce Sebastián Borensztein, director de la película protagonizada por Ricardo Darín y Luis Brandoni, entre otros destacados actores. Se trata de la adaptación de La noche de la usina, la premiada novela del escritor Eduardo Sacheri. «Ahora podemos pensar en un despegue del turismo para nuestro Alsina», se ilusiona Silvio.

«Cuando fuimos por primera vez y vimos la planta de silos pegada a la estación de tren, supimos que este debía ser el pueblo», afirma Borensztein al recordar la etapa de scouting que sirvió para ambientar el film. Alsina, que está a 127 kilómetros de Buenos Aires dentro del partido de Baradero, en la ficción de Sacheri tiene el nombre de O’Connor.

«Vi el nombre en los carteles ferroviarios, hermosos, y decidí que no iba a cambiárselo, quedó Alsina», afirma el director. Aquella intuición y otras que tienen que ver con el respeto a la idiosincrasia pueblerina han convertido la película, a menos de una semana de su estreno, en un éxito en los cines de todo el país. «Trabajamos un año y medio el guion con Sacheri», aclara.

Los silos junto a la estación de tren, claves en la elección del lugar
Los silos junto a la estación de tren, claves en la elección del lugar Crédito: Kocawa.

«Cuando llegué este fin de semana a mi trabajo, vi una pareja de turistas; habían ido al cine la noche anterior y llegaron por el GPS, se sacaron fotos en todos los lugares que aparecen en la película», cuenta Diego Saldaña, vecino de Alsina y trabajador ferroviario, quien también fue extra y estuvo presente en el proceso de filmación. Su puesto laboral, en la estación de tren, es un símbolo dentro de La odisea de los giles: allí se muestra a un jefe de estación que mira con una resignada nostalgia que tiene mucho de bronca la formación de tren carguero que pasa por las vías; el personaje es interpretado por Daniel Aráoz.

«Hasta hace cinco años paraba el tren de pasajeros y ahora solo el carguero, fue un golpe duro para nosotros», afirma Saldaña. Su apellido es usado por un personaje en la película; «le gustó a Borensztein y lo puso», dice con orgullo este ferroviario que ahora comienza a recibir a visitantes en un trabajo que, hasta hace unos días, realizaba en soledad.

Tranquilidad interrumpida

La tranquilidad rural de Alsina durante nueve semanas se vio interrumpida por un ejército de técnicos, gazebos, motorhomes, luces y algunos de los más conocidos actores nacionales. El elenco incluye también a Rita Cortese, Verónica Llinás, Chino Darín y Carlos Belloso.

«Fuimos respetuosos, les dijimos que quizás habría tardes que debíamos hacer algo de ruido a la hora de la siesta», afirma Borensztein. La reacción de la comunidad fue amable y comprometida. «Nos contestaron que esos días no iban a dormir la siesta, para acompañar la filmación», comenta el director, para quien la dinámica de los pueblos no es un tema menor.

«Cuando a papá [el humorista Tato Bores] se le acababa el libreto de salidas, nos llevaba a lo que él llamaba ‘el miniturismo’. Entonces allí íbamos todos juntos con mis hermanos en el auto a Luján, Mercedes, San Antonio de Areco. Pasábamos el día, comíamos un asado y volvíamos a casa. Vivíamos en un departamento chico, papá nos sacaba a tomar aire», recuerda. De aquellos viajes familiares a Sebastián le quedó la sensación de que apenas cruzaban la General Paz «el aire era otro». Los viajes a los pequeños pueblos con Tato fueron un acierto para su mirada como director de cine. Esto se refleja en cómo es tratada la imagen. «No quise maquillar nada, mostré el pueblo tal cual es», reconoce.

Durante nueve semanas, hubo un ejército de técnicos y gazebos
Durante nueve semanas, hubo un ejército de técnicos y gazebos Crédito: Kocawa

La película se sitúa en los días previos al corralito, en plena crisis financiera de 2001. Un grupo de vecinos del pueblo se unen para formar una cooperativa y así recuperar algo de movimiento y trabajo en una Alsina que estaba en coma. La intención que tienen es volver a operar una antigua acopiadora de cereales (La Metódica) y, para eso, cada uno pone sus últimos ahorros en dólares. La suma es depositada en el banco del pueblo vecino (Villagrande), pero la especulación y el manejo de información del gerente -que sabía lo que Cavallo anunciaría (retención por parte del Estado de los fondos particulares bancarizados)- unidas a la avaricia de un abogado dan inicio a una estafa que tiene a todos los socios de la cooperativa como principales perjudicados: no pueden sacar su dinero del banco. A partir de aquí, la película cuenta la «odisea» de estos «giles» para volver a hacerse de sus ahorros y así poder levantar la vieja acopiadora de granos de pueblo.

«Para nosotros fue algo muy nuevo. Creíamos que iban a hacer un documental. Algunos meses antes llegaron personas del equipo de la película que sacaban fotos, y cuando vimos llegar a todos no lo pudimos creer», afirma Saldaña. Los casi tres meses de filmación cambiaron la realidad de Alsina.

Semanas antes la producción había convocado a extras en la parroquia, las escuelas y la sala de primeros auxilios. «Corrimos la voz. Montones de vecinos trabajaron, todos los extras y personas en segundo plano son del pueblo», afirma Borensztein. Sobre la experiencia de hacer la película en Alsina, su mirada es positiva: «Yo me concentro mucho más. Puedo caminar más despreocupado, dejar mi mochila de filmación debajo de un árbol y saber que va a quedarse ahí. Es trabajar en un clima mucho más distendido, respirás otro aire. La vista y el oído descansan, escuchás pajaritos y no bocinazos. Olés el olor del pasto, de la lluvia y de la tierra seca. Y no el humo del colectivo, y todo eso a mí me impacta mucho», reconoce.

Selfies

«Lo veíamos caminar a Darín por el pueblo y nos daba alegría, tratamos de ayudarlos en lo que podíamos», afirma Silvio, quien muestra con orgullo la selfie con el actor. «Cuando todos tuvimos nuestras fotos con los actores, nos quedamos tranquilos», reconoce Saldaña, quien exhibe la suya con Brandoni. Durante la filmación, los actores recorrían el pueblo, interactuaban con los vecinos.

«Comíamos juntos, Daniel Aráoz es un gran asador», afirma el trabajador ferroviario. La Alsina que se ve en la película es la que se puede ver hoy, con su mercería, la estación de tren, los silos, el bulevar de tierra. «Solo pusimos la estatua de Perlassi [el personaje de Darín], porque la historia así lo requería», afirma el director. También se ven una laguna, que fue filmaba en Lobos, y una estación de servicio, en la vecina Villa Ruiz.

«Esta historia nos cambió la vida para siempre», afirma el personaje que interpreta Darín al fin de La odisea de los giles, acaso sea este el resumen que sienten los pobladores de Alsina. «Ahora tenemos que acostumbrarnos a recibir turistas que vienen por la película», sostiene Silvio.

Los extras fueron invitados a la avant première y otros se fueron a verla a Baradero o a San Pedro. Borensztein tiene la idea de llevarla para hacer una función comunitaria en el Club de Alsina. «La película te proporciona un bálsamo, una justicia poética, alegría por ver que algunos pocos se organizaron. Sirve para que todo el resto de los giles, que somos casi todos nosotros, excepto una docena de tipos que manejan los piolines, nos demos cuenta de que alineados detrás de un objetivo somos tremendamente poderosos», concluye Borensztein.

Fuente: Leandro Vesco, La Nación.