Alunizaje: a medio siglo, las rocas de la misión Apolo aún resuelven varios misterios

La NASA entregará para su estudio tres muestras traídas de nuestro satélite que nunca habían sido analizadas; son las primeras recogidas en otro mundo y las más valiosas del sistema solar. La NASA entregará para su estudio tres muestras traídas de nuestro satélite que nunca habían sido analizadas; son las primeras recogidas en otro mundo y las más valiosas del sistema solar

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Antes de volver a casa, al primer humano que puso un pie en la Luna le quedaba una tarea. Neil Armstrong tenía que recolectar algunas rocas, la primera muestra de otro mundo tomada por la humanidad. Apiló unas 20 piedras y también seis kilos de suelo lunar. Hoy, ese tesoro es el mayor legado científico del programa Apollo: casi 385 kilos de rocas provenientes del satélite natural de la Tierra. Durante 50 años, el análisis de esas rocas ha transformado nuestros conocimientos sobre la Luna y ha revelado las circunstancias de su nacimiento. Ahora, la NASA ha decidido entregar tres nuevas muestras que nunca habían sido analizadas por los científicos.

Los experimentos que realizarán sobre núcleos sellados al vacío y rocas congeladas solo pueden hacerse una vez, en el preciso instante en que las muestras sean abiertas. Y como este año se cumplen 50 años de la misión Apollo XI y existe un renovado interés por la Luna, Ryan Zeigler, curador de la colección de rocas del programa Apollo, dice que llegó el momento adecuado.

El Laboratorio de Recepción Lunar de la NASA fue construido en la década de 1970 para almacenar las rocas traídas por seis misiones.

Un sofisticado sistema de climatización, diseñado para mantener el aire ambiente 1000 veces más limpio que en el exterior, hace circular una leve brisa por todas las instalaciones del edificio. Los científicos solo pueden entrar con overoles, cofias y botas especiales para limitar la contaminación. Según Zeigler, esas rocas son de las más valiosas de todo el sistema solar.

El satélite natural de la Tierra es una rareza: en relación con el planeta alrededor del que orbita, es mucho más grande que casi cualquier otra luna. Algunos especulaban con que se trataba de un objeto independiente que en algún momento había quedado «atrapado» por la gravedad terrestre. Otros proponían que el satélite se había formado en órbita, junto con la Tierra, a partir de un disco de polvo primordial. Muchos manuales escolares enseñaban que la Luna era un pedazo de la Tierra que había sido expulsado de la superficie por la fuerza centrífuga de la rotación terrestre y que el océano Pacífico no era más que la cicatriz de aquella vieja herida.

Todas esas teorías tuvieron que ser descartadas no bien los científicos posaron sus ojos en las primeras rocas de la misión Apollo.

Ese material lunar era extraordinariamente antiguo. Aunque contenían muchos de los mismos elementos químicos que las rocas de la Tierra, esas piedras eran sorprendentemente pobres en compuestos «volátiles», moléculas como el agua y el dióxido de carbono que se evaporan fácilmente al ser calentadas. Algunas mostraban características que solo producen los cataclismos, como lluvias de meteoritos, explosiones de volcanes o bombardeos de partículas del Sol.

Seis meses después del regreso a la Tierra de la misión Apollo XI, en la conferencia para debatir los hallazgos iniciales, los científicos no lograban ponerse de acuerdo sobre el significado de esas evidencias.

Pero hacia el final, el geólogo John Wood explicó cómo encajaban todas esas pistas. Se había dado cuenta de que las extrañas manchas blancas de las muestras de suelo recogidas a las apuradas por Armstrong pertenecían a un tipo de roca muy inusual llamada anortosita, que se forma cuando la roca fundida se cristaliza en forma de mineral de feldespato.

La conclusión de Wood era que la Luna debía haber estado sumergida completamente en un océano de magma sobre el que flotaban como icebergs las rocas de anortosita. Ese mundo de lava debe de haber teñido los cielos de la Tierra de un rojo sangre espectral.

Para confirmarlo, los científicos necesitaban muestras más grandes y mejores. Y las obtuvieron en 1971, cuando los astronautas James Irwin y David Scott, de la Apollo XV, destaparon un fragmento de medio kilo de anortosita en los bordes de un cráter de la Luna.

Tras limpiar el exterior de la piedra, Scott se dio cuenta inmediatamente de lo que tenía ante sus ojos y empezó a gritar: «¡Adiviná lo que acabamos de encontrar!», mientras Irwin reía de satisfacción. «Me parece que encontramos lo que vinimos a buscar? ¡Qué maravilla!».

La muestra se hizo conocida como «la roca Génesis», un guiño a la ayuda que prestó para que los científicos descubrieran los orígenes de la Luna. La roca Génesis está guardada en su propio recipiente de vidrio, no lejos del contenedor con las muestras de suelo tomadas por Armstrong.

«Son precisamente esas muestras las que nos cuentan cómo se formó la Luna», dice Zeigler.

Según esa teoría, hace unos 4500 millones de años, un gigantesco planeta extinto llamado Tea -en mitología griega, la madre de la diosa lunar Selene- chocó contra la recientemente formada Tierra. A causa del impacto, tanto Tea como la proto-Tierra se fragmentaron y lanzaron millones de toneladas de materia al espacio. Algunas de esas rocas se fundieron mientras orbitaban alrededor de la Tierra y así nació nuestro satélite natural.

Los materiales más pesados se hundieron hacia el centro de la Luna, mientras que los minerales livianos quedaron flotando sobre un océano magmático y se cristalizaron formando una delgada corteza de anortosita. Las piedras y el suelo recogidos por Armstrong y Scott son reliquias de aquel cataclismo inmemorial.

Pero el estudio de cerca de ese material proveniente de la Luna no ha resuelto por completo la historia de nuestro satélite natural. Para empezar, porque los investigadores no encuentran las huellas moleculares de Tea. Los científicos tampoco se ponen de acuerdo en cómo llegaron los vestigios de agua al interior de las muestras.

Ahora, la NASA espera que las tres nuevas muestras que estarán disponibles, y que representan la mitad de todo el material lunar que la agencia aeroespacial norteamericana tiene en reserva, ayuden a responder algunas de esas preguntas.

Tesoro espacial

Explicaría el origen de la Luna

Las rocas traídas por los astronautas de las misiones Apollo que pisaron la Luna son consideradas el mayor legado científico de ese programa espacial. Están guardadas en un edificio especialmente construido en los años setenta en recipientes cerrados al vacío para evitar la contaminación. Según los investigadores, este material podría ayudar a resolver el misterio de la formación de nuestro satélite natural, un tema arduamente debatido y que aún está en discusión.

The Washington Post

Traducción de Jaime Arrambide

Fuente: La Nación, Sarah Kaplan