Charles Chaplin: larga vida a sus películas eternas

Se cumplieron 85 años del estreno de “Tiempos modernos” y este sábado dos de sus grandes obras llegan a los 100 y 90 años, respectivamente: “El pibe” y “Luces de la ciudad”.

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Amás de cuatro décadas de la muerte de Charles Chaplin, las películas del gran genio del cine mudo, con sus singulares personajes e historias, han logrado atravesar el paso del tiempo. Por estos días, de hecho, varias de sus obras clásicas cumplen aniversarios de trascendencia: “El pibe”, el largometraje que dirigió, una tiernísima travesura de barrio tan graciosa como dura, llega mañana a los 100 años, tras su estreno en Nueva York en 1921, precisamente, el 6 de febrero. El mismo día, pero diez años después, las salas estadounidenses también recibirían a “Luces de la ciudad”, un relato que se mueve entre los barrios residenciales más ricos y los más pobres que desafió a la industria. Y un día como hoy, pero hace 85 años, su icónica “Tiempos Modernos”, una crítica despiadada del capitalismo, se conocía en los cines de Nueva York.

Nacido como Charles Spencer Chaplin el 16 de abril de 1889 en Londres, no sólo destacó como actor, cómico, director, productor y escritor sino también por haber sido el creador del icónico personaje del cine mudo, el vagabundo Charlot, que además de su obsesión por la comida, fue adquiriendo una conciencia crítica ante las situaciones sociales que se vivían en aquella época.

Charlot se convirtió, siempre a través de la comedia, en un luchador social, con una noción de la sociedad dura, que hace una crítica al desempleo, a la injusticia social, hasta llegar al filme “El gran dictador” (1940) , en el que Chaplin se atreve a vaticinar lo que iba a pasar en Alemania, lo que significó el término de su trabajo en Estados Unidos.

En “El pibe”, Charlot adopta un bebé abandonado con el que se encariña rápidamente

Charlot aparece en varios de los cortos y mediometrajes que Chaplin realizó como actor bajo las órdenes de los estudios Keystone y Essanay, en el comienzo de su carrera, pero su entrada grande al cine la hizo, claro, con el “El pibe” (1921), hará mañana 100 años: en este film, Charlot se ve obligado a adoptar a un bebé abandonado al que rápidamente le toma cariño y mientras va creciendo le enseña algunas técnicas esenciales de supervivencia callejera. Con el tiempo los dos forman un gran equipo para buscarse la vida. Pero un día el chico enferma y los servicios sociales tratan de arrebatarle la custodia, desatando lo que hoy podría definirse como una dramedia, es decir, una mezcla de risas y lágrimas con que el propio filme se promociona y deja su legado.

Escrita, dirigida, producida, montada, musicalizada y protagonizada por Charles Spencer Chaplin, la película logró más de un hito, partiendo por haber sido uno de los imperdibles de su tiempo: cuando las películas de 10 a 30 minutos eran aún la norma en la comedia, esta duraba 70, y a pesar de que Chaplin acostumbraba finalizar los rodajes en unas cuantas semanas, esta producción le tomó un año y medio.

A propósito del centenario de “El pibe”, la película vuelve por estos días a las pocas salas habilitadas para funcionar en el mundo pandémico (por estos lados seguimos esperando) en una versión restaurada en 4K.

“LUCES DE LA CIUDAD”

Diez años y tres películas después, un Chaplin muy exitoso, pero también marcado por los fracasos en su vida personal y el advenimiento de los cambios que advertía en el despiadado mundo que lo rodeaba, estrenaría “Luces de la ciudad”, considerada por colegas como Woody Allen y Orson Welles como su mejor película, una obra maestra del cine mudo rodada con mucho sentimiento como una forma de resistencia ante el avance inminente de las nuevas tecnologías, en especial, de las que ya le ponían sonido a las películas.

“¿Por qué continúo haciendo películas mudas? En primer lugar, porque el gesto es un medio de expresión universal. Las películas habladas tienen necesariamente un campo limitado, puesto que solamente las entenderán quienes hablen un lenguaje particular. Confío que en el futuro se producirá un renovado interés por el cine silencioso por haber una demanda constante por tal medio de expresión”, decía Carlitos, romántico hasta el final.

Alrededor, sin embargo, no había tal romanticismo: muchos auguraban a la película un fracaso estrepitoso por su carácter mudo, ya que el público había aceptado con entusiasmo el cine sonoro, y lo de “Luces de la ciudad” no era más que una extravagancia.

Sin embargo, el genio y el perfeccionismo de Chaplin hicieron que el filme fuera todo un éxito a pesar de algunos problemas en el rodaje como el hecho de haberle dado el coprotagonismo a una actriz inexperta a la que en ocasiones le hizo repetir un solo gesto más de 300 veces.

Pero el resultado fue, justamente, una película perfecta: “Luces de la ciudad”, la unión de dos relatos (una historia de amor entre el vagabundo y una florista ciega, y la relación de Charlot con un millonario al que le salvó la vida pero que solo lo reconoce borracho) despliega las habituales armas narrativas de su autor: artista popular, tomó sus herramientas del music hall, el folletín, la comedia física y el melodrama, pero extasiándolas, tallándolas hasta conseguir con esos artificios crear una comedia hilarante, inteligente y dolorosa hecha de imágenes ya inmortales.

“TIEMPOS MODERNOS”

Cinco años más tarde, Chaplin todavía no había estrenado ninguna película sonora, aferrado a la vieja escuela, a su tierno y silente vagabundo que, con bombín y zapatones, había conquistado a millones de espectadores con sus capacidades mímicas: en 1936 estrenó “Tiempos modernos”, donde volvió a ponerse en la piel, por última vez, de Charlot, para brindar una rendición crítica al avance inexorable de la tecnología.

“Luces de la ciudad” fue considerada por Woody Allen y Orson Welles como su mejor película

“Tiempos modernos” fue una película con sonido, sí, pero no tuvo diálogos, sólo palabras sueltas, algunas de ellas inventadas. Casi como una parodia al cine sonoro, y potenciando su sátira sobre el capitalismo en época de la Gran Depresión -que sería luego utilizada en su contra para meterle en la lista negra de la Caza de Brujas-, Chaplin introdujo diálogos que no se oían por el rugir de las máquinas de una fábrica de producción en cadena. Y, de hecho, eran las máquinas y los jefes a través de sus órdenes los únicas que tenían un discurso, imperativo en el primer caso, de voz metálica en el segundo. Apuntada quedaba la dominación de la palabra sobre el silencio y del ruido sobre la palabra.

Las fábricas, ese circo alienante para Chaplin, era un infierno superior a la eterna itinerancia de un sintecho como Charlot, que hasta entonces siempre se había movido en una línea de ternura apolítica pero que ahora ingresaba en la cárcel una y otra vez acusado de liderar revueltas sindicales.

Chaplin finalmente salva a su criatura de la deshumanización de la cadena de montaje a través de un amor que se le plantaba de frente al mundo, aunque no era lo que había planeado, por mucho que una de sus frases más célebres fuera: “La vida es una tragedia si la ves de cerca, pero una comedia si la miras con distancia”.

Fuente: El Día