Córdoba: la increíble historia del monumento del amor y la muerte

Catorce metros más alto que el Obelisco, lo hizo construir Raúl Barón Biza en memoria de Myriam Stefford, su primera esposa. Su leyenda es siniestra.

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El Ala, el monumento más misterioso de la Argentina, catorce metros más alto que el Obelisco, cumplirá 85 años en agosto, aunque su historia –de amor, de muerte, de excentricidad, de mitologías urbanas, devoción y egolatría– empezó a gestarse hace 90 años, exactamente el 26 de agosto de 1931.

El Ala de Myriam Stefford: una historia de misterios, horror y sufrimiento  - Radio Suquia


Esa tarde, una noticia sacudió a la Argentina: la aviadora Myriam Stefford, esposa del escritor Raúl Barón Biza, acababa de matarse en un accidente aéreo en San Juan, tratando de cumplir una hazaña que el país entero venía siguiendo: unir catorce provincias en un precario avión biplaza, piloteado por ella casi sin experiencia, con un brevet –el 358– obtenido pocos días antes.

Qué se esconde debajo de la misteriosa Ala de Myriam Stefford? | La Voz del  Interior

Habría que explicar quiénes eran Stefford y Barón Biza. No es sencillo. Sus vidas eran poco convencionales, inciertas, en parte magnificadas o fabuladas por ellos ante la prensa, que los tenía por ricos y famosos en versión rebeldes.

Intentemos. Ella era una actriz suiza –decía serlo, pero es casi imposible encontrar registros–, una mujer ambiciosa, temeraria en su pasión por volar. Él, un escritor argentino millonario, escritor maldito, provocador, dandy, sibarita, seductor. (Más adelante sería preso político, pornógrafo, ejecutor de la más brutal violencia de género y suicida.)

Barón Biza y Stefford se conocieron en Europa.

Barón Biza y Stefford se conocieron en Europa.

En su vuelo final, Stefford –de 25 años– viajaba con su instructor, Ludwig Fuchs, piloto alemán de la Primera Guerra, que también se mató en el accidente. Un experto que la acompañaba en la travesía peligrosísima. Se estrellaron en Mirayes, una zona desértica, con un avión bautizado como Chingolo II.

Habían partido del aeródromo de Morón el 18 de agosto, en un biplaza alemán llamado Chingolo, un Messerschmitt BFW con motor de 80 caballos de fuerza, construido en madera de pino. El plan era cubrir 4.100 kilómetros en cuatro días. Pero tuvieron inconvenientes desde técnicos hasta meteorológicos: en un aterrizaje forzoso en Salta, en Los Cerrillos, chocaron contra un alambrado y el avión quedó averiado.

Stefford quería lograr una hazaña de aviación con un biplaza precario y poca experiencia. Se estrelló en Mirayes, San Juan. 

 Días después siguieron viaje con el Chingolo II, muy parecido al Chingolo, que les prestó otro piloto con la intermediación de Barón Biza, y con el que finalmente iban a matarse.

La cruz solar

Los cuerpos fueron trasladados en tren hasta Buenos Aires y velados, a cajón cerrado, en el Centro de Aviación Civil. Al día siguiente, los féretros llegaron –en carruajes tirados por caballos– al cementerio de la Recoleta, en medio de una multitud. El de Stefford, cubierto de orquídeas, fue depositado en el panteón de la familia Barón Biza: iba a estar ahí durante cuatro años.

Convencido de que la muerte joven fijaba a Stefford en su belleza eterna, su viudo quiso dejar también testimonios materiales, arquitectónicos, que la homenajearan.

Primero hizo construir un monolito de 14 metros en el lugar del accidente, en medio de la nada cuyana. Sobre una de las caras mandó a esculpir un fragmento de un poema de Petrarca (1304-1374): “Un bel morir tutta la vida onora” (Una bella muerte honra toda una vida). Sobre otra, la frase: “Viajero, detén tu marcha y rinde el homenaje de tu emoción a la mujer que se cubrió de gloria queriendo eclipsar a las águilas”. Epitafios que serían borrados por el tiempo y el abandono.

El avión con el que Stefford quiso unir catorce provincias de la Argentina.

El avión con el que Stefford quiso unir catorce provincias de la Argentina.

En 1935 fue por algo mucho mayor: le encargó al ingeniero Fausto Newton que levantara un mausoleo fastuoso con forma de ala de avión, vertical, en Paraje Los Cerrillos, mitad de camino entre Córdoba y Alta Gracia, donde tenía una estancia con olivares, en la que había convivido a todo lujo con Stefford.

La construcción, a manos de unos cien obreros polacos y argentinos, comenzó el 26 de agosto de 1935, en el cuarto aniversario de la tragedia. El monumento estuvo listo un año después: fue inaugurado el 30 de agosto de 1936.

En la cripta de El Ala fueron colocados los restos de Stefford. Y debajo, supuestamente entre los cimientos, las joyas de ella.  

De 82 metros de altura y 15 de cimentación, imponente y fantasmal, superaba al Obelisco porteño (de 68 metros, inaugurado el 23 de mayo de ese mismo año). En una cripta, a seis metros de profundidad, fue depositado el féretro de Stefford, cubierto por una reja de acero. Y más abajo, entre los cimientos –supuestamente–, una caja de acero con las joyas de ella, como un diamante de 45 quilates, llamado Cruz del Sur, que Barón Biza le había regalado en Venecia.

El sepulcro estaba rodeado por cariátides. En una lápida de mármol negro se leía: “Maldito sea el que profane esta tumba”. Cerca de la entrada, en una vitrina, el casco de Myriam, un reloj de vuelo y restos del Chingolo II. Sobre una de las paredes del frente, una cruz calada en el hormigón dejaba paso a la luz solar, de modo que a determinada hora del día se proyectara una cruz solar, como una epifanía algo tétrica, sobre el ataúd.

Los años felices

El verdadero nombre de Stefford, nacida el 30 de octubre de 1905 (hasta esta fecha fue puesta en duda), era Rosa Martha Rossi Hoffman. Hija de un empleado de origen italiano que trabajaba en una fábrica de chocolates y de un ama de casa de origen alemán, desde muy joven se alejó de su familia para dedicarse a actuar. Primero –según ella– en teatro, en Viena y Budapest; luego, en cine, para la productora alemana UFA.

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En 1925, en Europa, conoció a Barón Biza, nacido en 1899 en Buenos Aires, que la deslumbró con su estilo de bon vivant cosmopolita. Vivieron un romance intenso, osado, snob, siempre al borde, y además se dieron gustos de millonarios: se casaron en Venecia el 26 de septiembre de 1930, con una ceremonia en el Palacio Daniele y una fiesta aristocrática en el Hotel Excelsior.

El mausoleo, con forma de ala de avión, fue vandalizado.

El mausoleo, con forma de ala de avión, fue vandalizado.

En su variante indómita, salvaje, Barón Biza era un representante de la oligarquía argentina (de familia latifundista) ostentando su frivolidad, sus despilfarros, su prepotencia por el mundo. A él se e atribuye la frase “tirar manteca al techo”, como también haber hecho saltar dos veces la banca del casino de Montecarlo y paseos -poco probables- por las calles de Berlín con un leopardo domesticado.

En 1927 se radicaron en la Argentina. Alternaban entre una mansión art decó de él en Recoleta y la estancia Los Cerrillos, cerca de Alta Gracia, rebautizada estancia Myriam Stefford. En sus charlas con la prensa, ella contó que había abandonado la actuación por deseo de su marido, tras haber trabajado en películas como La duquesa de ChicagoPóker de ases y una versión de Moulin Rouge.

Su nueva pasión era pilotear aviones. Jugaba con su supuesta condición de baronesa. No lo era, obvio: se trataba de una fabulación, de una broma –tomada por los medios como dato cierto– con el apellido de su marido.

El matrimonio, que organizaba fiestas de alta sociedad pero con extravagancias dignas de performers extremos, parecía ser epítome del hedonismo. Hasta que llegaron las tragedias.

Relaciones atormentadas

La primera palada de tierra en el inicio de la construcción de El Ala, en 1935, fue dada por Amadeo Sabattini, político radical, gobernador de Córdoba. Poco después, Barón Biza se casó con su hija, Clotilde Sabattini, en secreto. Clotilde tenía 17 años, 20 menos que su marido, que alguna vez le sacó fotos vestida de aviadora, con el mausoleo de Myriam como fondo.

Durante la década del ‘30, el El Ala fue tomado como un monumento al amor y, al mismo tiempo, como centro de leyendas siniestras. La principal: que Stefford era amante de Fuchs y que Barón Biza había intervenido al Chingolo II para que fallara en pleno vuelo y su esposa se matara junto con el piloto alemán.

Barón Biza desfiguró a su segunda esposa en 1964 y luego se suicidó de un disparo.

Barón Biza desfiguró a su segunda esposa en 1964 y luego se suicidó de un disparo.

Lo cierto es que, en 1943, Barón Biza le vendió la estancia a Otto Bemberg, dueño de la fábrica de cerveza más importante del país. De todas formas, el monumento siguió siendo suyo: un cuidador contratado por él, fiel cancerbero, no pudo impedir la vandalización, los saqueos, incluso la profanación de la tumba en busca de las joyas. El Ala fue cayendo un paulatino abandono.

El 16 de agosto de 1964, en pleno juicio de divorcio, Barón Biza –autor de libros escandalosos como El derecho de matar– le arrojó ácido sulfúrico a Clotilde Sabbatini y le desfiguró la cara para siempre. Él se suicidó al día siguiente, de un disparo en la cabeza.

Luego, se quitarían la vida Clotilde (1978), María Cristina, la hija menor del matrimonio (1988), y Jorge, hermano de María Cristina, periodista, escritor, autor de la notable novela El desierto y su semilla.

Raúl Barón Biza está enterrado, por pedido propio, debajo de un olivo, a pocos metros de Myriam Stefford y de su monumento lúgubre, El Ala.

Fuente: Clarín