Dieta digital: cada vez más personas se desconectan para recuperar su tiempo

No se renuncia a los dispositivos, sino que se los utiliza de forma inteligente; nueva vida más allá de los clics y las apps. Fátima Hergenreder: "La tecnología es fabulosa, pero el tema es que no te absorba, que no sea un instrumento para desconectarnos de nosotros mismos"

3057944w1033

No se renuncia a los dispositivos, sino que se los utiliza de forma inteligente; nueva vida más allá de los clics y las apps

Cuando a Rodrigo Bristot se le rompieron, el mismo día, el celular y la computadora, fue corriendo a lo de un amigo reparador y le pidió que lo resuelva rápido, porque le parecía imposible estar lejos de sus dispositivos y de las redes sociales. «Al principio fue difícil porque tenía una dependencia total de la pantalla, hasta para mirar la hora», recuerda. Pero con el paso de los días, algo cambió.

«De a poco lo fui naturalizando y volví a leer un libro, escribir o hacer cosas que no hacía porque el teléfono me consumía mucho tiempo», dice Bristot, de 32 años. Aunque internet es parte fundamental de su vida porque tiene una tienda online, disfrutó tanto desconectarse que tardó casi un mes en retirar sus aparatos ya reparados.

«Quería alargar esa sensación de bienestar de no esperar mensajes ni notificaciones. Me hizo un clic», explica. Y entonces cambió algunos hábitos: «Ahora el celular lo tengo sin crédito, lo uso solo con wifi y paso menos tiempo en las redes. Me siento más relajado y tengo mejor capacidad organizativa».

Serenidad, relajación y una mayor vivencia del presente son testimonios repetidos entre quienes, como Bristot, modificaron su relación con la omnipresente tecnología para evitar el agobio y el abuso. Una tendencia que crece y que ya tiene nombre: minimalismo digital. No se trata de renunciar a los dispositivos, sino de usarlos de forma inteligente y no descuidar los espacios que existen por fuera del mundo online.

Rodrigo Bristot
Rodrigo Bristot Crédito: Diego Spivacow / AFV

«La tecnología es fabulosa. El tema es que no te absorba, que no sea un instrumento para desconectarnos de nosotros mismos, para no sentir tristeza, bronca o todas las emociones que hay detrás», dice Fátima Hergenreder, vecina de Caballito que tiene 39 años y trabaja implementando proyectos de IT en empresas.

Hergenreder practica un sistema de meditación creado por la maestra australiana Isha Judd y hace retiros periódicos que duran desde unos pocos días hasta varios meses, en los que medita unas diez horas diarias «para conocerse y explotar todo el potencial interior». Allí no hay computadoras ni televisores ni se usa el celular. La desintoxicación tecnológica es total.

¿Qué pasa al vivir desconectado? «Aparecen muchas sensaciones. Lo primero es la ansiedad y la sensación de que te estás perdiendo algo. Después eso baja y lo que hay es una gran libertad y un gran descanso al no estar accediendo todo el tiempo a información. Te queda mucha presencia, mucha paz de observar el momento presente. Y volvés distinta», resume.

Más allá de los retiros, Hergenreder intenta mantener un vínculo sano con la tecnología en lo cotidiano. Cada día, cuando se despierta, desayuna tranquila, sale con tiempo para ir hasta la cabecera del subte y poder viajar hacia el trabajo sentada, y aprovecha ese viaje para meditar. El celular lo mira recién cuando comienza su jornada laboral: no lo usa en los momentos compartidos con familia o amigos y a la noche lo silencia por completo.

Una encuesta realizada en febrero pasado por el Observatorio de Tendencias Sociales y Empresariales de la Universidad Siglo 21 revela que el 12% de los argentinos tiene niveles muy altos de uso excesivo de las tecnologías de la información. Además, el 27% siente ansiedad si no tiene internet y el 25% «siente un impulso interno que le obliga a utilizar estas tecnologías en cualquier lugar y en cualquier momento».

«Hay personas agobiadas porque están las 24 horas pendientes de algún mensaje para no quedarse afuera. En vez de manejar estos instrumentos, se sienten manejados y entonces toman la decisión de desconectarse porque sienten que algo los está esclavizando», explica Diana Sahovaler de Litvinoff, psicoanalista de la Asociación Psicoanalítica Argentina (APA) y autora del libro El sujeto escondido en la realidad virtual.

El problema no es la tecnología, aclara Sahovaler de Litvinoff, sino el uso «para la valoración personal» que a veces hacemos de ella. «Siempre dependimos de la mirada del otro. Hoy se arma un perfil que es la imagen que uno quiere dar y de pronto se queda muy pendiente de alimentar esta imagen ilusoria. Se vive para la foto y eso produce un malestar», señala. Y afirma que cada vez tiene más casos de pacientes que «toman conciencia del tiempo que les lleva contestar mensajes o dar likes y empiezan a poner límites o seleccionar».

La psicóloga Laura Jurkowski, directora de reConectarse, un centro especializado en el tratamiento de adicciones a las nuevas tecnologías, advierte que «como las pantallas son sumamente útiles para resolver un montón de cuestiones, nos olvidamos de usar otras herramientas alternativas», lo que a su vez nos vuelve aún más dependientes. «Y en un momento en el que, por alguna razón, no podemos usarlas aparece una sensación de ansiedad o de estar en una isla desierta sin nada», agrega. Por eso, insiste en «la responsabilidad de transmitirles a las nuevas generaciones la importancia de usar otras herramientas y no depender absolutamente».

«Estaba saturada. Me generaba mucha ansiedad ver todo el tiempo Instagram y me di cuenta de que lo estaba haciendo cada diez minutos. Terminaba siendo casi una obligación sumar gente, que vieran mis fotos o tener que mostrar momentos felices», recuerda Romina Zibelman, que tiene 34 años y trabaja en marketing.

Por eso, hace dos meses cerró sus cuentas de Facebook e Instagram, plataformas que usaba desde hacía años. No las extraña. «Quería alejarme de toda esa sensación que me provocaban y la verdad que estoy bien y me voy a quedar así», dice. También limitó el teléfono al uso exclusivamente laboral y lo silenció entre las 22 y las 9, deshabilitando todas las notificaciones.

Desde entonces duerme mejor y ya no siente que el celular es «un escape» a otras situaciones. Además, al juntarse con sus amigas, tienen muchas más cuestiones para hablar: «Dábamos por sentado cosas que sabíamos por las redes, pero era la parte superficial. Ahora volvemos a tener conversaciones más profundas que antes se daban por sentado: todos sabíamos la parte feliz de todos, y en algún punto en vez de acercar, eso alejaba».

A punto de partir a México, para un nuevo retiro de seis semanas, Hergenreder comparte una reflexión similar: «Nos perdemos lo que tenemos enfrente por compartirlo con un dispositivo. Por momentos pensaba: ‘¿Por qué estoy posteando esto? ¿Porque lo quiero compartir de corazón o porque quiero demostrar que la estoy pasando bien?’ A veces uno hace todo para el afuera. Y entonces estás en la playa, pero no estás presente para disfrutar, escuchar el mar o sentir la arena en los pies».

Tips para tener en cuenta Cuándo moderar el uso y cómo lograr hacerlo

Según Laura Jurkowski, psicóloga especialista en adicción a las nuevas tecnologías, es momento de prestar atención «cuando las pantallas empiezan a generar conflictos en algún área de la vida personal o laboral, si la persona no puede descansar bien o concentrarse, y si al no poder usarlas experimenta angustia, ansiedad o irritabilidad». Los expertos recomiendan algunos tips para moderar su uso:

  • Hacer un registro consciente de las situaciones cotidianas en las que se usan los dispositivos y para qué se usan
  • Plantearse momentos libres de pantalla. Por ejemplo, dejar el celular de lado durante una comida familiar o no llevarlo a una salida con amigos
  • Respetar los horarios de descanso y silenciar el celular durante la noche
  • Reducir el uso de las notificaciones
  • Para los padres: transmitir a los chicos herramientas alternativas para resolver situaciones más allá del celular
  • Si se siente que la situación no pude enfrentarse, consultar a un profesional
Fuente: Federico Acosta Rainis, La Nación