Eduardo Sacheri: “Los símbolos siempre condicionan. Por eso, nuestra bandera tardó en abrirse paso”

Autor de novelas exitosas, es también profesor de Historia; su primer libro de divulgación, “Los días de la revolución”, es el más vendido del género y encabeza el ranking general en las principales cadenas de librerías

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Eduardo Sacheri sumó este año otra faceta a su exitosa carrera como escritor de ficción: la de divulgador de Historia. El autor de La noche de la usina y El funcionamiento general del mundo, entre otras novelas, enseña la materia en un colegio secundario de Ramos Mejía a unos ochenta alumnos. Licenciado y profesor, dio clases en la universidad durante veinte años. Este mes publicó su primer libro de no ficción, Los días de la revolución. Una historia de Argentina cuando no era Argentina (Alfaguara), que a las pocas semanas de llegar a las librerías se ubicó como el más vendido del género y alcanzó los primeros puestos del ranking general.

"Los días de la revolución", el primer libro de no ficción de Eduardo Sacheri
«Los días de la revolución», el primer libro de no ficción de Eduardo Sacheri

“Me encanta enseñar algo útil. Y creo que hay pocos conocimientos tan útiles como la Historia. Saber de dónde venimos, qué procesos edificaron la sociedad en la que vivimos me parece esencial para operar sobre la realidad”, dice el “profe” Sacheri en el prólogo de este volumen que abarca el período revolucionario en el Virreinato del Río de La Plata: de 1806 a 1820. Confiados en el éxito del Sacheri divulgador, el grupo Penguin Random House anuncia en la solapa los próximos tres títulos, que están en proceso: Los días de la violencia. Cuando empieza a ser Argentina (1820-1852), Los días de la Constitución. Cuando por fin se convierte en Argentina (1852-1880) y Los días del progreso. Cuando se cree destinada a la grandeza (1880-1916).

“Para mí, es un acto de fe excesiva por parte de la editorial”, dice el autor a LA NACION entre risas. “La pregunta que me formulé es cómo y cuándo se construyó la Argentina, algo que no está resuelto en 1810 ni de cerca ni en las décadas siguientes. Para poder responder ese interrogante hay que recorrer todo el siglo XIX”.

–¿Cómo te resulta el trabajo de divulgador después de siete novelas y cinco libros de relatos?

–Estoy escribiendo el segundo volumen y me lleva mucho tiempo. Tengo que revisar los materiales de cuando daba clases en la facultad más lo que salió después y bajarlo a un lenguaje que sea al mismo tiempo coloquial y serio. Me da muchísimo trabajo.

–¿Más que las ficciones?

–Sí, porque en la ficción cuando encuentro un registro para narrar, que es el gran desafío de toda novela, creo que no pierdo la afinación. En este caso, siento que avanzo por una cornisa muy estrecha: de un lado, corro el riesgo de faltarle el respeto a la complejidad y, por el otro, corro el riesgo de ponerme hermético, de hablarle a colegas que no necesitan leer eso.

–¿A qué perfil de lector está dirigido?

–Lo imagino para un público en general que no tiene una buena base de Historia, tanto adolescentes como adultos. La idea que me llevó a escribirlo es que circula un sentido común en relación con la Historia que es bastante anacrónico. Hay un divorcio importante entre lo bien que se trabaja a nivel universidad (donde se renovaron el enfoque, las preguntas, la metodología) y lo que sucede en la sociedad en general, que tiene una mirada bastante tradicional, esquemática, maniquea. Para mí, está alimentada por una divulgación que, en lugar de romper con eso, se ha servido de esa mirada anticuada. Una gran oportunidad perdida de salir de las categorías de “la lucha entre buenos y malos”, una historia de batallas y de grandes héroes. Hay muchos presupuestos ideológicos detrás. Desde la política y el periodismo se repite lo mismo. Que se elija una fecha como símbolo, lo respeto. Pero ya es tiempo de que dejemos de pensar que el país nació en 1810. Ya basta.

–¿En qué momento nació la Argentina?

–Sobre fines del siglo XIX, pero va existiendo por pedazos. Hay un momento en el que la población desarrolla una suerte de identidad: ese es un mojón. Otro es cuando se arma un mercado económico más o menos nacional. Hay otro momento en el que hay un Estado que se hace obedecer en el territorio. Estoy dando una respuesta cultural, una económica y una política y no coinciden. Pero todas son necesarias. Por supuesto que hay hitos importantes: la Constitución de 1853, a nivel político, por ejemplo, pero tampoco define nada porque Buenos Aires va a pasar diez años más sin firmar. Yo no pretendo decir “Te mintieron y vengo a decirte la verdad”, algo muy de la divulgación. Prefiero decir: “Estábamos equivocados”.

–¿Este modelo de país es consecuencia de cómo se formó o hubo causas externas que nos fueron llevando a las crisis cíclicas?

–Como personas y como sociedad, somos el resultado de un proceso, de un montón de cosas que vivimos y que hicimos, también que experimentamos por influencias externas, claro. No estudiamos Historia solo por el afán de conocer el pasado sino para entender el presente. Nuestras preguntas finales parten del presente. Creo que uno, que vive en sociedad, se pregunta qué nos trajo hasta acá, qué se debería reforzar porque se hizo bien, qué se debería cambiar porque se hizo mal, qué problemas arrastramos. Hacia dónde vamos en el futuro tiene que ver con lo que se hizo en el pasado. Para mí, la Historia es la ciencia de los hechos en el tiempo, no en el pasado.

–¿Cuál fue el mayor desafío para hacer una divulgación distinta?

Me interesan una multiplicidad de planos, no solo el de la política. También, economía, sociedad, cultura, género, geografía, demografía: todo eso es Historia. Otra cosa que me parece necesaria es abandonar el criterio moralizante, esas categorías dicotómicas de héroes y villanos. Salir de la épica de los supuestos héroes esclarecidos, que no lo eran, y pensar que eran seres humanos enfrentando desafíos desmesurados. Uno de los grandes desafíos de estudiar el pasado es que tenemos el cerebro formateado en el presente. Pero es un error encasillar el pasado a nuestra cabeza del presente. ¿Dónde está el peligro? En entender poco.

–En medio de los días revolucionarios, Manuel Belgrano decide crear un símbolo propio, que nos diferencie de la corona española. Esa bandera perdura, más de 200 años después. ¿A qué lo atribuís?

Claramente la bandera es anterior a la Argentina, al igual que el Himno. Claro que cuando el Himno habla del “pueblo argentino” se refiere al pueblo de Buenos Aires. Belgrano, que tiene que ir a la guerra, necesita distinguir a sus soldados, que tuvieran una insignia diferente. Es muy interesante cómo Belgrano fue desautorizado por los “prudentes” de Buenos Aires, que le pidieron que guardara esa bandera. Consideran que fue una imprudencia que les puede perjudicar las negociaciones con España. Los símbolos siempre condicionan. De hecho, en esos primeros años hubo distintas banderas (azul y blanco, en lugar de celeste, con distinta distribución de las franjas) y tardó en abrirse paso la bandera nacional que todos conocemos. Está bueno aceptar que en un momento fundamos un mito: “Tenemos esta bandera y estos próceres”. Y el que define a San Martín y a Belgrano como próceres fue Bartolomé Mitre. Obsesionado con la idea de nación y siendo el primer historiador serio de la Argentina, Mitre piensa que necesitamos consolidar un pasado. Necesitamos padres.

–En las páginas finales, cuando recomendás libros de historiadores, nombrás a Tulio Halperin Donghi como tu máximo referente. ¿Qué te enseñó?

Así como Ricardo Bochini es mi ídolo del fútbol, en Historia lo es Halperin Donghi por la multiplicidad de planos que analizaba, pensaba los grupos anclados en una realidad económica, social y cultural. Sus libros aportan una batería de ideas fenomenales. Fue un adelantado.

Fuente: Natalia Blanc, La NAción