El artista secreto que embelleció La Boca con un balde, un fratacho y un tenedor

Un recorrido por su vida y su obra. Vicente Walter era albañil pero fue también escultor y muralista. Entre entre murales, frisos y pinturas, dejó más de 400 trabajos, muchos en las fachadas del barrio. Trabajaba por encargo, a veces por el plato del día.

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El tiempo, seguramente, se encargará de colocar las cosas en su lugar y a la hora de reconocer el trabajo de un artista vecino que brilló fuera del circuito cultural tradicionalVicente Walter (1937-2002) es el nombre del célebre albañil-pintor-escultor-muralista, dueño de una historia apasionante, y autor de más de 400 trabajos entre murales, frisos y pinturas de La Boca, el barrio que esinónimo de historia, sacrificio y trabajo, donde la vida real es el rasgo distintivo que no da lugar a superficialidad. Aunque su obra -un secreto a voces que emerge con luz propia por las calles, las cantinas, los conventillos-, sea imperceptible o «invisible» a la mirada de muchos.

Boca Juniors, el tango, Caminito, La Bombonera, la pizza, los inmigrantes italianos, Quinquela, los conventillos, los bomberos voluntarios, el puerto, las embarcaciones, los marinos y el Riachuelo: son numerosos los emblemas que confluyen en este pintoresco distrito ubicado en la zona de sur de la Capital y lo convierten en un lugar único por sus habitantes, porteños, visitantes y turistas.

Probablemente, no exista un barrio porteño tan icónico como el de La Boca, plagado de fortaleza, pasión y mucho colorido, donde la bohemia está impregnada en la vida cotidiana de sus vecinos.

Sin embargo, dentro de su patrimonio cultural, el arte popular callejero que caracteriza al barrio de La Ribera conserva algunas joyas que lo enaltecen y, para sorpresa de muchos, aún están por descubrirse. Lo más asombroso es que la mayoría de sus tesoros están a la vista.

La Boca. El barrio de La Ribera conserva algunas joyas callejeras, lo curioso es que la mayoría aún están por descubrirse. / Telam

La Boca. El barrio de La Ribera conserva algunas joyas callejeras, lo curioso es que la mayoría aún están por descubrirse. / Telam

Historia de un artista  

Vicente Walter nació el 26 de marzo de 1937 en el barrio de Mataderos, hijo de madre argentina y de padre de origen británico. Afectado por una parálisis que le impedía jugar como al resto de los chicos, desde muy pequeño comenzó a leer, a pintar y también a soñar. Más tarde, realizó trabajos de albañilería como una forma de subsistencia hasta que se enamoró de La Boca, del puerto, de Caminito y de esos paisajes incomparables que exhibe el barrio y de toda su bohemia. Por eso, a los 28 años se mudó a zona de La Ribera para desplegar su arte a comienzos de la década del ‘70.

Quienes lo conocieron lo describen como un hombre delgado, de estatura mediana, tenía el pelo crespo y una pequeña barba. “Era muy tímido, solitario y reservado, solía mantener cierta distancia con los artistas y vecinos del barrio. Sus ojos eran muy vivaces, chispeantes, allí estaba toda su personalidad”, comenta una vecina que prefiere ocultar su nombre. 

Alejado de las escuelas de arte y del circuito cultural tradicional que incluye exposiciones, museos, galerías premios, durante 40 años Vicente Walter desplegó con maestría su arte callejero al exponer una innumerable variedad de frisos, esculturas y murales de cemento y arena de altorrelieve, que lo consagran como un extraordinario autodidacta. La mayoría se encuentran esparcidas por las calles y están visiblemente arraigadas a la cultura boquense.

Walter retrataba escenas de la vida real como el trabajo en el puerto, los marinos, los barcos, los conventillos, los caballos, el tango y el Riachuelo de mediados del siglo pasado. En definitiva, la vida misma en La Boca. También realizaba otros trabajos especiales como sirenas, angelitos y muchos retratos. Son tan impactantes que dan espacio a la emotividad gracias al desarrollo de una técnica magistral.

Casi todos sus “tesoros” eran por encargo. Sin embargo, le ponía un precio al trabajo, pero no a la obra. De esta forma, recibía una suma irrisoria que le alcanzaba para vivir con lo justo aunque a veces lo hacía a cambio de un plato de comida para él y para sus 18 gatos. Tal vez, lo hacía como un acto inconsciente de su rebeldía, y también como un modo de vida, ya que interpretaba que su arte era simplemente un trabajo como cualquier otro, sólo quería que sus obras se vieran reflejadas en la escena pública sin cobrar notoriedad como escultor. Así, decoró las paredes, cantinas, comercios y conventillos de La Boca y se ganó por completo el corazón de los vecinos.

Como si fuera un obrero, se subía a una escalerita y luego aplicaba cemento fresco sobre la superficie para luego darle vida a sus creaciones. Lo más asombroso es que el artista vecino realizaba sus obras con los mismos materiales de albañilería: un balde, una cuchara, un fratacho, cuchillos de cocina y un tenedor para realizar las texturas. Más que un artista, se consideraba un laburante, por eso se identificaba con la clase trabajadora. También utilizaba una papa para hacer los relieves o panes de jabón para desarrollar su técnica con sobrerelieves. Sus manos eran mágicas, como el cemento cobrara vida a través de las expresiones de sus figuras que dan cuenta de la maravilla de sus trazos, como si estuvieran tallados pero en cemento. Para muchos, Walter estaba dotado de un talento inigualable que nada tiene que envidiarle a los cuadros que pintaba Quinquela, su fuente de inspiración.

Precisamente, Víctor Fernández es el director del Museo Benito Quinquela Martin y también vecino del barrio desde hace unos 40 años. Logró entablar una gran amistad con Vicente Walter cuando se instaló en La Boca, a comienzos de los ’80.

“Toda su actitud ante el arte estaba marcada por sentirse un outsider y no como una cuestión de rebeldía ante ese circuito sino que él era así. Era muy genuino de él y no se paraba en la otra vereda y se ponía en contra del sistema del arte. Creo que hasta le hubiera gustado ser considerado, pero él mismo no lo sentía”, explica el director del museo  Clarín.

Vicente Walter. Se sentía un "outsider", y se movía por fuera de los circuitos oficiales del arte, cuenta una vecina. / Foto: Télam

Vicente Walter. Se sentía un «outsider», y se movía por fuera de los circuitos oficiales del arte, cuenta una vecina. / Foto: Télam

Sus obras (in)visibles

Walter siempre llevó en su alma toda esa magia que tenía Quinquela. Si bien no lograron cruzarse, la mayoría de sus obras están inspiradas en el eximio pintor argentino, uno de los principales símbolos de La Boca, a quien admiraba profundamente. Por eso, sus murales y esculturas de cemento significaron una especie del legado que dejó el eximio pintor plasmadas en el talento de Vicente a través del arte callejero.

Acaso, el renacimiento de la cultura boquense floreció en los ‘70 cuando el artista vecino impregnó su temática sobre las paredes, siempre con su particular mirada: escenas del barrio con personajes en movimiento, hombres trabajando, el puerto, los barcos, los marinos, mujeres, el tango y el Riachuelo.

Aquella devoción que tenía Vicente Walter sobre Quinquela Martin, otro personaje ilustre de La Boca, se hace mucho más evidente a partir de algunas de sus obras, como el gigantesco mural en colores en homenaje al pintor que lo inspiró.

Fue creado en 1982, en la esquina del bar La Perla, en Pedro de Mendoza 1899, a metros de Caminito, y es uno de los más impactantes de las 400 genialidades que ha realizado: mide 2,50 metros de alto por 1,85 metro de ancho y está sobre del Valle Iberlucea. Tardó siete días en hacerlo.

También en esa misma cuadra, unos angelitos custodian la fachada del legendario restaurant El Samovar de Rasputín. Enfrente está el Museo de Cera, decorado con murales con hombres trabajando en un taller y hay otro más adelante que retrata un paisaje del Riachuelo, con el puente y sus embarcaciones. Bien al “estilo” Quinquela.

Sobre Magallanes al 800, pegado a Caminito, resaltan cuatro murales ovalados de cemento que instaló, en 1990, con temáticas vinculadas al fútbol y al tango: un hombre tocando el bandoneón, un hombre y una mujer bailando tango, un festival y un joven diariero con la camiseta de Boca. Todas, escenas de la vida cotidiana de La Ribera. Al lado está el conventillo donde vivió el artista-albañil y en su interior conserva dos pinturas: una contiene escenas campestres y la otra es el retrato de un payaso.

“En 1983 alquilaba en el conventillo de Magallanes 848, donde él vivía”, cuenta Guillermo Alió, otro de sus vecinos y también pintor como Walter, con casi 40 años en el barrio. El artista que trabaja en esa misma cuadra lo define como “un autodidacta, muy reservado y para nada mediático aunque lo hubiese merecido. Eso conspiró con que su obra no sea valorada en su verdadera dimensión. Es un eslabón importante en el arte boquense. No puede faltar”, subraya.

Hay más trabajos de Walter diseminados por todo el barrio, como la escultura de cemento de unos fornidos marinos con el torso desnudo trabajando en el puerto, al lado de una ferretería sobre Pedro de Mendoza, en Vuelta de Rocha, un relieve sobre Caminito, en Pinzón 567, y varias pinturas que realizó en el interior de la cantina Il Piccolo Vapore: adentro hay pinturas como la celebración del carnaval, la llegada de los vikingos al puerto y otro de la hinchada de Boca.

Afuera, dos relieves de sirenas le dan la bienvenida al recinto, en Necochea 1190 esquina Suárez. También levantó dos murales en el bar de La Bombonera pero fueron destruidos.

El arte boquense de Vicente Walter brota por todas partes: en el interior de los comercios, en los conventillos y también en los talleres. Hay trabajos que no están a la vista, como el retrato de una mujer en el atelier de Víctor Fernández en el que se aprecia las huellas del tenedor en la solapa y aún conserva el color original que solía utilizar para darle el acabado a los relieves.

Entre sus “maravillas” también figura el relieve de Juan de Dios Filiberto, en Brandsen y Necochea, en la esquina donde nació el compositor de Caminito, para evocar al autor de uno de los clásicos del tango de todos los tiempos.

Pero el más emblemático está frente a los ojos de todos. Se trata de un imponente friso de cemento de unos 19 metros de largo por 2 metros de alto sobre la desaparecida cantina La Barca de Bachicha, en Pedro de Mendoza al 1600, en metros de Almirante Beown, con temáticas sobre la vida cotidiana y escenas del trabajo en el puerto. Una obra que enamora.

Walter era una especie de olimpo de los artistas boquenses ya que reunía todas las condiciones como si fuera hijo pródigo del barrio. “Era bohemio, tenía una personalidad profundamente humana, un artista respetuoso del oficio e inseparablemente vinculado a la vida de la comunidad, en ese ida y vuelta entre la comunidad y el artista”, destaca el director del museo Quinquela. 

“Es el arte que vas caminando, es como un eslabón perdido. Además, es tuyo, ése el concepto de este arte. Tiene que ser un feedback. Normalmente no tiene futuro por consideración patrimonial aquello que te dicen que tiene que ser patrimonio. El patrimonio es aquello que vos amás, aquello que sentís que todavía tiene algo para decirte, que representa sus raíces y que de algún modo la comunidad se reconoce. Es una identidad, ese reconocimiento a partir de una obra o de una figura”, completa.

Otras de sus majestuosas obras están en Casa Cichero, la tradicional para sepelios en Almirante Brown 1172. En el frente de la cochería hay un mural de 13 metros de largo por 1,80 metros de alto en el que destaca el trabajo en el puerto, con las calles empedradas, carruajes y obreros trabajando.

En una de sus salas conserva otro impactante mural a colores de 5 metros de largo por 1,60 metros de alto, en alusión a un cortejo fúnebre con carrozas tiradas por caballos. Además, el artista vecino realizó un cuadro de Quinquela por encargo y otros retratos personales para la cochería.

Su llegada al barrio, en los años 70, coincidió con un momento en que otros artistas célebres habian muerto, aunque él mismo contribuyó a su "invisibilidad".. / Foto: Telam

Su llegada al barrio, en los años 70, coincidió con un momento en que otros artistas célebres habian muerto, aunque él mismo contribuyó a su «invisibilidad».. / Foto: Telam

Como si fuera un legado del destino, su llegada al barrio en los ’70 coincidió en un momento en que la mayoría de los grandes artistas boquenses habían fallecido, aunque él mismo contribuyó a su invisibilidad.

Quinquela ya estaba en sus últimos años y parecía que La Boca se extinguía en esa luminosidad artística. Por eso digo que Walter fue como un eslabón, como suelen suceder en estas cosas, que por ahí no lo vimos. A veces tiene que pasar el tiempo para considerarlo y reconocer lo que significaba su obra”, explica su entrañable amigo.

Para el artista-albañil, sus murales y esculturas eran un trabajo más. Mientras le alcanzaba para la subsistencia no aspiraba a otra cosa. Así, convirtió este oficio en una humilde manera de vivir, en medio de la pobreza y de la austeridad, similar a la vida que llevaron Fortunato Lacámera (1887-1951), Miguel Carlos Victorica (1884-1955) o incluso, la del mismísimo Benito Quinquela Martin (1890-1977), tres de los grandes artistas que llevan el ADN de La Boca. 

“Cabalmente Walter es uno de los nuestros, es un artista boquense con toda la dimensión humana que eso conlleva. Ése es el modo más alto que podría referirme sobre alguien”, señala Fernández.

Vicente Walter murió en la tarde del 15 de febrero de 2002 a los 64 años, en las más tristes y absolutas soledades como consecuencia de una congestión y edema pulmonar-miocardiopatía.

Lo encontraron sin vida en una habitación ubicada en el primer piso de La barca de Bachicha, rodado de sus gatos, que alimentaba. Luego, fue velado en Casa Chichero, el mismo lugar donde despidieron a Quinquela, su gran referente. Como Benito, las obras de Vicente Walter y su historia de vida quedarán inmortalizadas en la República de La Boca, un lugar diferente.

A la espera del reconocimiento 

Los murales y esculturas de Vicente Walter se fueron degradando con el paso del tiempo. Muchas obras se deterioraron por diversos factores climáticos mientras hubo otras que fueron mal pintadas de nuevo, perdieron su color original o fueron el blanco de grafitis y otros actos de vandalismo.

Para visiblilizar su arte y que su figura sea rescatada del olvido, existe Cemento Vivo, el documental que la artista plástica Alejandra Fenochio realizó en 2017 bajo la dirección del fallecido Roly Rauwolf, en memoria del singular artista vecino de La Boca.

“Lo conocí a Walter muy lejos, de la bohemia de La Boca, a principios de 2000”, recuerda Fenochio, y continua: “tenía una variedad de temas y de técnicas increíble. Estaba todo el tiempo laburando. El fenómeno de las cantinas es una creación de su estética. Cuando circulás por La Boca y no los ves, esa descripción es sumamente llamativa: no lo veías pero sus trabajos están en todos lados. Hay una urgencia tremenda para tomar conciencia de los murales. Se están haciendo mierda», relata su creadora.

Más allá de la propia invisibilidad generada por el artista, los vecinos apuntan a la falta de reconocimiento del Gobierno de la Ciudad a la magnitud de sus obras como patrimonio cultural.

“Cuando permanecés 30 años en un mismo sitio te lleva a tener una mirada muy particular, además de ser un proceso de ver cómo se elige otra cultura y no se prioriza lo que está. No es que viene el colonizador y construye por encima de la pirámide. Lo que más me duele es que para ellos Vicente Walter no existe. No lo entiendo”, se lamenta la creadora del documental.

Pero la señal de alerta se activó en 2020 ante la sospecha de la demolición de La Barca de Bachicha, que contiene la obra principal del artista vecino. Entonces, surgió el Colectivo Vicente Walter Presente a través de un grupo de unos 20 vecinos -la mayoría de La Boca- que se reunieron para que las obras de Walter sean reconocidas por la Legislatura de la Ciudad como patrimonio cultural y para que sean protegidas o restauradas ante la potencial desaparición del lugar físico que contiene sus obras, por el deterioro de los relieves o ante posibles actos de vandalismo.

“El 23 de septiembre de 2020 nos juntamos en la Plaza de los Suspiros (en Magallanes al 800) y desde entonces armamos estrategias para armar temas sobre la problemática”, cuenta Maggi Persincola, una de las “artivistas” del proyecto.

Con el dinero recaudado, diseñaron un código QR y lo colocaron al costado de cada relieve para que los visitantes pudieran conocer más a fondo la vida y obra de Vicente Walter.

Además, presentaron un proyecto de Ley para que sus obras sean declaradas patrimonio de la Ciudad y, a su vez, restauradas por el gobierno porteño.

“El 10 de diciembre presentamos el proyecto de Ley que fue aprobado en primera lectura. El 20 de abril se realizó una audiencia pública que contó con la participación de los ciudadanos para respaldar el proyecto y ahora estamos esperando que sea aprobado. Esta iniciativa cuenta con el apoyo de legisladora Maru Bielli (Frente de Todos) quien nos ayudó a presentar el proyecto”, relata Maggi, una de sus impulsoras.

Por su parte, la ley la N° 1227 establece las pautas para “la investigación, preservación, salvaguarda, protección, restauración, promoción, acrecentamiento y transmisión a las generaciones futuras del Patrimonio Cultural”. El artículo 4 inciso “J” indica que “busca preservar Expresiones y Manifestaciones Intangibles de la cultura ciudadana, que estén conformadas por las tradiciones, las costumbres y los hábitos de la comunidad, así como espacios o formas de expresión de la cultura popular y tradicional de valor histórico, artístico, antropológico o lingüístico, vigentes y/o en riesgo de desaparición”.

El Colectivo Vicente Walter Presente es un grupo autárquico que no depende de ninguna institución u organismo gubernamental. Sus actividades se pueden observar en las redes, principalmente en el Instagram @vicentewalterpresente.

Fuente: Clarín