El boom Cosplay: el disfraz ya no es sólo un juego de niños

MIRÁ LA GALERÍA DE IMÁGENES. Más sujeto a códigos que a límites, la disciplina va en auge en todo el mundo: el juego de disfraces dejó de ser un hobby juvenil y apuesta a profesionalizarse en los grandes concursos globales. ¿Cuál es tu personaje favorito de ficción?

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Es verdad, la escena invita al desconcierto, con la palabra misma que los nombra. Cosplay es un apócope del inglés costume play, interpretación de disfraces, donde la palabra play también alude al juego. Una masa compacta de jóvenes avanzan por los pasillos de la convención de historietas disfrazados de los personajes de su saga favorita. Imitan sus poses, se toman fotos y se reconocen entre sí por la destreza de sus movimientos y la fidelidad de los trajes. Lo hacen por gusto; parece brindarles las horas más intensas de la vida, en un juego con el second life, o vida ficcional de los avatares.

Pasan meses ejecutándolos en ajetreadas máquinas de coser, después de ver una y otra vez los tutoriales de Youtube que sus pares precursores subieron. Después de ver los que hicieron otros para explicar cómo se consigue esa mirada con maquillaje. Apelan a la creatividad necesaria para convertir botellas de plástico descartables en piezas de orfebrería dignas de los videojuegos medievalistas.

Lo que comenzó en la década del 70 pasada como un hobby y va convirtiéndose en disciplina surgió entre los jóvenes de Japón y Corea del Sur, dos países tradicionalmente adictos a los géneros historietísticos del manga y animé. De hecho, la palabra inglesa cosplay es una traducción literal de la palabra original, en japonés, kosupure. Entretanto, ha recorrido un largo camino, nutriéndose del universo fílmico y de los videojuegos; hasta convertirse en un segmento importante de mercado.

Hoy existen concursos internacionales, entre los que se destacan la Cumbre Mundial de Cosplay, en Japón, y la Copa Yamato Cosplay, que se celebra en Brasil. Y si hay torneos, antes ha habido guías oficiales de algunas historietas sobre cómo alcanzar la mejor interpretación. Y llegaron nuevas subdisciplinas, como el crossplay, como el que cultiva Estanislao Fernández, hijo del presidente electo, que combina el cosplay con el cross-dressing, o interpretación ficcional que involucra personificar al género opuesto.

Cosplay Películas: Paula Vásquez (Argentina) como Queen Amidala. Película: Star Wars Episodio 1. (Foto: Fernando Brischetto)

Cosplay Películas: Paula Vásquez (Argentina) como Queen Amidala. Película: Star Wars Episodio 1. (Foto: Fernando Brischetto)

Pero, ¿por qué lo hacen? ¿Qué los lleva a dedicar tanto tiempo a esta actividad generalmente incomprendida, por considerársela carente de ideales, o por la propia caducidad que se entiende llegará con la adultez? Según los expertos, los cosplayers forman grupos (lo que durante un par de décadas solía llamarse «tribus urbanas») en los que se reconocen y comparten códigos y se identifican: encuentran en el cosplay nada menos que una forma de realización personal. En un ámbito social que tiene su propio sistema de micro celebridades, mayormente basadas en la perfección de su personaje o de la originalidad con que se lo reinterpreta, y por su popularidad en las redes, algunos consiguen trabajo.

«Siempre quise hacer a Ion Fortuna (un personaje de animé) pero lo veía inalcanzable, hasta que me lo propuse y fueron meses de puro trabajo de costura, bordado y hacer la armadura, muchas lágrimas cuando salía mal y había que rehacerlo», cuenta Daniela Loveiras, de 24 años y 11 de cosplayer, sobre su experiencia en una competencia en Japón. Reconocida en redes como Hika Chan (@hika.cosplay), Daniela debutó en 2008, con un disfraz de Sailor Moon, cuando una amiga le comentó que existían eventos donde la gente que veía animé como ellas se reunía. «Me resultó súper atractiva la idea y por suerte no fue una broma, porque conocí a muchas personas y me enamoré del cosplay».

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Mientras que para algunos el cosplay se limita al disfraz para una fiesta particular o una feria de cómics, otros lo conciben como una práctica artística que involucra una performance, es decir, una interpretación actoral del personaje.

Cuando andan en grupo, los cosplayers  tienen una palabra que los define: se llaman fandom (de fan kingdom o reino del fan) estos grupos de fanáticos reunidos por una afinidad. Aunque por definición no se trata de una actividad solitaria. «Uno de los atractivos del cosplay es que es algo para ser compartido entre amigos o miembros de un grupo. Sería inútil que una persona haga cosplay por sí sola”, explicó Inui Tatsumi, administrador de una de las páginas más importantes de Japón en el rubro, en una entrevista a la revista Global Voices. “Y esta colaboración ha creado una relación recíproca en la que todos toman fotos o videos entre ellos, y se amplifican en las redes sociales», agregó.

Además de las convenciones, y principalmente en sus concursos, los cosplayers habitan el mundo virtual de las redes, las páginas especializadas e incluso existen aplicaciones exclusivas donde establecen lazos, contactos, y conocen los lugares que frecuentan o se canonizan las tendencias. Pero es en la calle donde encuentran todavía incomprensión y prejuicios. Como una subcultura en expansión hacia el mainstream, es habitual que sean juzgados como “ridículos” o “inmaduros”, e incluso “peligrosos”.

Cosplay Comics. Meagan Marie: Valkirye Wonder Woman. Comic: Wonder Woman. (Foto: Fernando Brischetto)

Cosplay Comics. Meagan Marie: Valkirye Wonder Woman. Comic: Wonder Woman. (Foto: Fernando Brischetto)

Fenómeno global en expansión, la industria del cosplay vivió un crecimiento asombroso en los últimos diez años, como un fenómeno que traspasa fronteras. Y mientras la mayoría de los jugadores lo hacen por su propio disfrute, muchos además lo han convertido en una manera de conseguir dinero. Sobre todo en Estados Unidos y Japón –donde la convención más importante es avalada por el Estado–, es una industria cultural que recuerda un poco la tradición del carnaval carioca y sus scolas. Según China Research and Intelligence (CRI), durante el año 2017 se gastaron en disfraces y pelucas unos 17,8 mil millones de dólares (incluyendo cosméticos y telas para crear atuendos), sin contar los costos adicionales como entradas para eventos, tarifas de fotografía, viajes y alojamiento, entre otros relativos a esta actividad.

Como práctica de escala global, unifica a los fans de diferentes partes del mundo. Tanto en los eventos de Japón, Estados Unidos y países europeos como en los de Argentina -donde a comienzos de diciembre habrá un torneo- y otros países latinoamericanos, los personajes favoritos del cosplay provienen de películas y franquicias de series, comics, videojuegos y animé que ya se convirtieron en referentes transnacionales: Disney, Cartoon Network, Marvel, DC, Star Wars (que ya tiene jugadores sesentones), Game of Thrones, The Walking DeadPiratas del Caribe, Final Fantasy, Fortnite, League of Legends, Street Fighter, Shingeki no Kyojin, Evangelion, Tokyo Ghoul, Death Note, Sword Art Online, Pokémon, Dragon Ball, Naruto, la infantil y edulcorada Sailor Moon Saint Seiya, entre otros.

¿Por qué no hay cosplayers que personifiquen al gaucho Inodoro Pereira, al facineroso Boogy el aceitoso, a Mafalda El Eternauta? Ni a Evita, un ícono del pop que ha sido empleado en flashmobs políticos. “Muchos investigadores del fenómeno coinciden en pensarlo como un universo que tensiona las tendencias homogeneizadoras de las propias sociedades nacionales al valorarse la diversidad cultural que moviliza”, explica Federico Álvarez Gandolfi, sociólogo y becario del Conicet en temas vinculados a los estudios sobre fans.

“No es habitual que sea local la práctica, salvo excepciones como cosplays que remiten a consumos argentinos como “La Caja Vengadora” de la chocolatada Cindor o el personaje de María Elena Fusenecco de Casados con Hijos”, cuenta, citando el corpus de papers que escribieron Gerardo Ariel Del Vigo y Noelia Carpenzano, a partir de los observado en algunos eventos.

Cosplay Aome Katze. Nergigante (Argentina). Juego: Monster Hunter World. (Foto: Fernando Brischetto)

Cosplay Aome Katze. Nergigante (Argentina). Juego: Monster Hunter World. (Foto: Fernando Brischetto)

En la Argentina, la motivación a la hora de elegir personaje está dividida en tres grandes grupos: los cómics tradicionales y sus versiones cinematográficas tan en boga, el animé de origen japonés y los personajes de videojuegos. “Con el tiempo cambió la manera en que se veían cosas que parecían solo para chicos como el animé, que trata temas serios, y también los videojuegos que hoy están incorporados de manera natural a la vida adulta”, opina Fernando Brischetto, fotógrafo y agitador cultural de la escena cosplay local, de la que participa hace más de 22 años.

Desde su cuenta de Instagram (@ferpsf), Brischetto realiza fotografías profesionales de los que considera los mejores, y su trabajo en una empresa de videojuegos le permite viajar a las capitales globales de lo que se conoce como la cultura popular. Fue el primer fotógrafo argentino invitado a las convenciones madre del género en Japón. En el país, rememora, el fenómeno comenzó con la Fantabaires en los 90 (la convención Buenos Aires Fantástica). “Con el tiempo se hicieron cada vez más encuentros, desde 2008 en adelante sobre todo, y ahora hay eventos todos los fines de semana”, aporta. La feria Comic-Con, franquicia de la estadounidense, desde hace algunos años tiene frecuencia bianual en Buenos Aires: el 6 de diciembre será la próxima.

Pero quizás la característica que más destaca en la Argentina, y en Latinoamérica, es la creatividad de los cosplayers para realizar los trajes con sus propias manos, y las comunidades de intercambio que se forman para este fin. Los que saben coser trocan su máquina disponible por fotos o maquillaje, y usan además de ingenio todo lo que tienen en casa.

Cosplayers. Franco Cuccoro (Argentina): Tanjiro Kamado. Paula Vásquez (Argentina): Nezuko Kamado. Serie: Kimetsu No Yaiba. (Foto: Fernando Brischetto)

Cosplayers. Franco Cuccoro (Argentina): Tanjiro Kamado. Paula Vásquez (Argentina): Nezuko Kamado. Serie: Kimetsu No Yaiba. (Foto: Fernando Brischetto)

Comparten el código, sí. “Pero el universo que se conforma a partir del cosplay no es homogéneo”, aclara Álvarez Gandolfi, que estudia el fenómeno desde que cursó el Seminario de Cultura Popular y Cultura Masiva, a cargo de Pablo Alabarces en la carrera de Comunicación. “Existen diferencias alrededor de los sentidos que le dan los fans y de los objetivos de los que se involucran: para algunos el cosplay es un simple hobby, mientras que para otros es un estilo de vida”, agrega. En este último caso, el cosplay se entiende como una expresión artística que implica identificarse con la personalidad del personaje, sus gestos, poses, movimientos, expresiones o latiguillos, para lograr una representación lo más fiel y detallista posible. “Por eso los cosplayers tienden a destacar el esfuerzo, la seriedad, la dedicación y la inversión de tiempo que implica esta práctica de caracterización”.

¿Por amor al arte?

El mundo cosplay tiene una lógica bastante clara en la medida que se ingresa en la actividad,. La motivación que a simple vista busca mostrar afecto por ciertos personajes de ficción tiene otra fundamental detrás: conocer a otros con quien compartirlo. “Lo viven como una práctica colectiva que les permite aprender de los demás y les genera reconocimiento, sea en los pasillos de los eventos o en sus pasarelas donde se desarrollan tanto desfiles como concursos”, define Álvarez Gandolfi. “Otros afirman que el cosplay los libera, les permite ser más sociables y sentirse parte de un colectivo, cuando usualmente sienten que son personas tímidas y que no encajan socialmente, de modo que se identifican con personajes extrovertidos”. Para otros, la estética es central en su decisión de practicar cosplay, sobre todo en Japón.

Cosplay películas. Gloria Lamothe (Argentina). Jessica Rabbit. Pelicula: Who framed Roger Rabbit. (Foto: Fernando Brischetto)

Cosplay películas. Gloria Lamothe (Argentina). Jessica Rabbit. Pelicula: Who framed Roger Rabbit. (Foto: Fernando Brischetto)

El cosplay está extendido en casi cualquier rincón del mundo y forma comunidades virtuales. “Cuando el trabajo del cosplayer se hace visible en redes comienza a ganar fans, e ingresan a un sistema de prestigio simbólico: los idols (ídolos, como se dice también de las estrellas de la música K-pop coreana), que en Internet construyen una nueva identidad virtual”, explica Yanina de los Milagros Torti Frugone en “Cosplay: origen y comunidades virtuales”, un trabajo académico. En la medida en que el contexto –el grupo– le da significado a la identidad que adopta el cosplayer, y esto tuvo un gran impulso con la difusión en los medios de comunicación, alcanza una realización personal.

«Nunca consideré el cosplay un trabajo», dice Glory Lamothe (@glorylamothe), alias de Gloria, de 28 años con 6 de cosplayer. «Si bien hice producciones y comisiones pagas esporádicas, para mi el cosplay es un hobby que me ha abierto puertas a otras posibilidades reales de trabajo». Hoy es organizadora y presentadora de eventos en LocalStrike, la empresa de marketing productora del evento de tecnología y gaming más grande del país, Argentina Game Show.

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Las compañías dueñas de los derechos de los personajes, así como las empresas de videojuegos o accesorios, observan al mundo cosplay en plan caza de talentos. Los idols o micro celebridades destacadas por la cantidad de seguidores son el objetivo. Y los contratan paralanzamientos oficiales de productos relacionados, buscan la exclusividad de nuevas creaciones y convierten así al cosplay en una salida laboral. “Muchas empresas convocan a cosplayers y los tratan como artistas”, explica el promotor Fernando Brischetto.

Cosplay Anime. Fernanda Castellan: Saruhiko Fushimi. Anime: K Project. (Foto: Fernando Brischetto)

Cosplay Anime. Fernanda Castellan: Saruhiko Fushimi. Anime: K Project. (Foto: Fernando Brischetto)

“Es una mezcla de influencers con gente que representa a personajes y están mucho más involucrados con los productos que promocionan, por eso es más efectivo”, agrega, y detalla que en 2012, para el lanzamiento del videojuego “Diablo III”, la empresa Blizzard contrató a una cosplayer local que había hecho su propio traje. «En 2015, cuando hice mi cosplay de afrodita de Piscis de los Caballeros del Zodíaco, coincidió con el estreno del juego y Bandai Namco, la productora, me contrató para que lo promocionara: fue un gran honor», cuenta Daniela Loveiras.

Los cosplayers llevan copias firmadas de sus fotos profesionales para vender en los eventos, o hacen streaming (transmisiones en vivo) a través de Twitch, la plataforma de juego en línea más famosa, incluso sin los trajes puestos, como otras formas de monetizar su pasatiempo y profesionalizarse. Aunque según plantea Torti Frugone en su artículo, existe hacia adentro de las comunidades un dilema: el de ser una actividad artística sin fines de lucro o “someterse a lo comercial”.

Fricciones «arte versus negocio» no son el único conflicto que se puede encontrar al interior del mundo cosplay. Para interpretar más fielmente a un personaje, algunos cambian con maquillaje el tono de su piel, algo que para un sector es ofensivo, sobre todo en los Estados Unidos. Lo vinculan con el blackface, una práctica que se daba en los años de la segregación racial, en la que los actores blancos se pintaban la cara, oscurenciéndola, para interpretar personajes afroamericanos, lo que significaba a la vez una burla y la negación a los afroamericanos a ejercer roles de actores.

Cosplay Anime. Yaya Han: Sheryl Nome. Serie: Macross Frontier. (Foto: Fernando Brischetto)

Cosplay Anime. Yaya Han: Sheryl Nome. Serie: Macross Frontier. (Foto: Fernando Brischetto)

Nada que no nos suene a las fiestas patrióticas argentinas, cuando los «negritos» de los tiempos de la colonia eran sometidos a la pintura con corcho quemado. Al ser el cosplay un fenómeno global, con difusión a tiempo real en las redes, la posibilidad de tener seguidores en todo el mundo enfrenta a algunos a la disyuntiva de usar libremente su creatividad o tener en cuenta el impacto que puede generar en otras latitudes.

Otro conflicto sacudió a la comunidad hace algunos años, que derivó en una campaña en contra del abuso dentro de las propias comunidades de fans. Cosplay is no Consent (Cosplay no es consentimiento) busca lidiar con algunos comportamientos en los certámenes y convenciones, en los que los seguidores pedían fotos y tocaban de más a los cosplayers, solo por el hecho de estar «disfrazados», y por el hecho de ser mujeres. La campaña alienta el respeto y que cada uno pida permiso cada vez que quiere tomar una foto, y se expande tanto online como en los eventos “analógicos”.

Prejuicios y haters

Aunque se pueda percibir más aceptación y admiración en el vínculo con la sociedad en general, fuera de los círculos de fans los cosplayers experimentan todavía y sobre todo a través de las redes los efectos de cierta estigmatización. “Los propios cosplayers advierten que aquellos que desconocen la práctica suelen no comprender su complejidad, sea por ignorancia o desinterés, y que ciertas coberturas mediáticas reproducen tales estereotipos”, analiza Federico Álvarez Gandolfi.

Cosplay películas. Riki LeCotey: Rocketeer. Pelicula: Rocketeer. (Foto: Fernando Brischetto)

Cosplay películas. Riki LeCotey: Rocketeer. Pelicula: Rocketeer. (Foto: Fernando Brischetto)

“Peligrosidad” y “ridiculez” son los dos grandes tipos de estereotipos que identificó, en un trabajo en conjunto con la doctora Libertad Borda. “El cosplay es visto como un potencial ‘peligro’ o indicio de ‘locura’ dado que, explícita o implícitamente, se presupone que manifiesta una suerte de ‘obsesión’ lindante con la ‘sociopatía’, por lo que podría llevar a sus practicantes a ‘perder noción de la realidad’ por sumergirse en ‘mundos de ficción’, a ‘creer que son los personajes de los que se disfrazan’”, explica el experto. 

La edad promedio de los cosplayers oscila entre los 15 y los 35 años. Aunque el tiempo que insume la confección de trajes y la participación en eventos obligue a muchos a desistir de la práctica activa, por compromisos de trabajo o familiares, siguen conectados con este universo, interesándose por las novedades y los nuevos practicantes. “Esa proyección en el tiempo es una de las razones por las que rechazan que se los etiquete como parte de una tribu urbana’”, explica Álvarez Gandolfi. Tribu urbana remite a una actividad fugaz, de moda, y que puede dar lugar a episodios de violencia, como ocurrió con los floggers en su momento.

Cosplay VideoJuegos. Alba Diadamo (Argentina): Fire Keeper. Juego: Dark Souls III. (Foto: Fernando Brischetto)

Cosplay VideoJuegos. Alba Diadamo (Argentina): Fire Keeper. Juego: Dark Souls III. (Foto: Fernando Brischetto)

El otro estereotipo los ve como “ridículos” o “inmaduros”, y presupone que son jóvenes que “se disfrazan como niños” y se resisten a crecer. Algo que ocurre sobre todo cuando las caracterizaciones se basan en personajes de animé. Incluso dentro del propio colectivo en el que se desempeñan los cosplayers, también existe el rechazo por parte de los fans que asisten a los eventos y no se involucran con la práctica.

Terreno propicio para la fluidez de género

Más allá de las dificultades, en sus preceptos no escritos el universo del cosplay es un espacio abierto de pertenencia, colaboración y creatividad del que pueden participar todos, más allá de su edad, etnia, cuerpo o género. En la medida que cualquiera puede interpretar cualquier personaje, entre las variantes del cosplay están el gender bender –que implica cambiar el género original de un personaje– y el mencionado crossplayer, que no necesariamente se vinculan con la propia sexualidad. “En especial en lo referido a los crossplayers varones que también pueden ser drag queens, todavía persisten valoraciones transfóbicas que circulan tanto por fuera como por dentro del colectivo y reconfirman las identidades tradicionales de género condenando la experimentación o el juego con sus límites”, puntualiza Álvarez Gandolfi.

Como tampoco es importante tener el cuerpo de un superhéroe, hay varones que interpretan personajes femeninos pero sobre todo en un subgénero del animé, hay chicas que eligen personajes masculinos. Aunque hay códigos, no tantos límites. Existe la representación antropomorfa de personajes zoomorfos, y en los que prima el carácter erótico. El cosplay implica la representación realista de un personaje propio de la ficción, o también de una idea: algo que desvía el énfasis de la fidelidad de la representación hacia la creatividad.

Fuente: Clarín