El misterio de Casa Magor y de otros locales congelados en el tiempo

¿Realidad o mito urbano?. La mueblería de Almagro está intacta y cerrada, pero en su interior las cosas cambian de lugar. Un tweet dio pie a diversas especulaciones. Los enigmas de una sastrería de Palermo y un bazar en Constitución.

Rocío Z. puede estar parada en la misma esquina durante media hora. A veces, sola. Muchas, con su perra. Y otras, rodeada de amigos. A ellos los invita o convence para ir. Vivan fuera del país, en otra provincia o barrio, no importa, ella les tiene que mostrar el local que está en esa esquina. Hacerlo forma parte de un tour y de un juego. Uno en el que hay que encontrar diferencias y pistas para resolver el misterio de Casa Magor.

Con la nariz pegada al vidrio y usando las manos como visera, mira hacia adentro. Chequea si el gorila sigue dentro la cuna, si las plantas fueron regadas o si el cochecito de bebé noventoso fue corrido por manos anónimas. Hace poco descubrió una voligoma arriba de un escritorio. Antes, no estaba. Esos cambios la perturban. Le pasa a ella y a muchos otros vecinos, que aprovechan los momentos en los que sacan al perro o van y vuelven del trabajo para revisar la vidriera de Magor, una mueblería que permanece casi idéntica. Cerrada. Sin nadie que venda o compre, pero con muebles que cambian de ubicación y luces que se prenden de noche.

Rocío vive a dos cuadras de la esquina de Boedo e Hipólito Yrigoyen, donde está el local. Durante ocho años lidió con la incertidumbre. Pero el 25 de enero ya no aguantó y tuiteó:

“Necesito empezar a resolver el misterio más importante del barrio de Boedo. Es mi visita obligada cuando vienen amigues del exterior (u otros barrios), y puedo asegurar que cada tanto modifican algún objeto. El gorila en la cuna es mi mensaje favorito. ¿Alguien sabe algo de MAGOR?”.

La vidriera de Magor, estática en el tiempo. Foto:  Andrés D'Elia

La vidriera de Magor, estática en el tiempo. Foto: Andrés D’Elia

Enseguida el celular de Rocío se llenó de notificaciones. Miles y miles de likes, respuestas, retuits. Mensajes que hoy le siguen llegando. Porque en Twitter Magor se convirtió en debate, concepto, meme o chiste.

Días atrás, cuando a tres cuadras de la mueblería, se incendió un colectivo y se quemaron frentes de edificios, alguien escribió: “pero muebles Magor, ¿Está bien?”.

“Es un local congelado en el tiempo pero que muy cada tanto tiene movimiento. Ahí algo pasa”, dice Rocío. Desde que publicó el tuit, muchos le proponen reunirse en la esquina y, entre todos, mirar y buscar explicaciones. Resolver los sin sentidos. “En la puerta hay un folio pegado y adentro una hoja que dice vidriera en preparación. A veces cambian la hoja y aparece otra con el texto apenas alterado. Agregan ‘disculpe las molestias, vidriera en preparación’”. ¿Quién hace esas modificaciones sutiles?

Las contradicciones de Magor le fascinan: “Algunos rincones están sucios pero hay una pava eléctrica impecable”; “las plantas están mitad secas, mitad verdes. Osea que cada tanto reciben agua”; “alguien mantiene el local pero nunca se ve a nadie manteniéndolo”.

La cuna está en venta desde 2006. Alrededor hay repisas, muñecas, una remera de bebé colgada, un mapa y un cuadro. Todo, de otra época. Foto: Andrés D'Elia

La cuna está en venta desde 2006. Alrededor hay repisas, muñecas, una remera de bebé colgada, un mapa y un cuadro. Todo, de otra época. Foto: Andrés D’Elia

Las hipótesis detrás de Magor son infinitas. Que un día los dueños dejaron todo como está y no volvieron. Que es una fachada para lavar millones. Que el local tiene conexión con una casa tomada y que los ocupas mueven objetos para aparentar que el local funciona. Que Magor fue fundado por un matrimonio de inmigrantes húngaros que llegaron al país escapando de la segunda guerra. Que la mueblería es un prostíbulo. Que venden droga. Que hubo ofertas para comprarla pero que no está a la venta. Esas fueron, entre otras cientas, algunas de las respuestas que alimentaron el hilo de tuits.

Entre tantas especulaciones, Google Street View y las fotos de catastro del Gobierno porteño funcionan como un registro. En 1997 toda la esquina era blanca y ya estaba el cartel que dice “Muebles Magor”. En imágenes posteriores se ve el celeste pálido que hoy asoma en algunos sectores de la pared, donde ahora prima el bordó. En 2006, se ofrecía una cuna a $499. Y el mensaje “Todo para su bebé” acumula por lo menos siete años. Está hecho con paciencia, tomándose el trabajo de que las primeras palabras crezcan ordenadas en diagonal y hacia arriba.

Cada vez que pasa por la esquina, Vicenta piensa cómo puede ser. «Siempre la misma cuna, siempre los mismos muebles para chicos. Siempre igual. Nunca vi que trabajaran y hace 30 años tengo el negocio», dice. Su pizzería está a una cuadra y media de Muebles Magor. Y como comerciante está llena de dudas: “¿En qué clase de negocio, pases a la hora que pases, nunca hay nadie? ¿Cómo subsiste? Me lo pregunté muchas veces”.

Es un miércoles de febrero y en las calles de Almagro y Boedo (la mueblería está entre uno y otro barrio, aunque pertenece al primero) cada vecino se armó un relato.

José cree que los choques de tránsito pueden estar relacionados: “Durante mucho tiempo, todos los colectivos iban a parar dentro del local, y se habrán cansado y no invirtieron más”. Margarita no sabe qué ocurre, pero tiene dos certezas. Hace 40 años cuando se mudó a la zona por primera vez compró una mesa de living y cuatro sillas en Magor; al volver, 20 años más tarde, encontró el local como ahora: anacrónico.

El gorila, adentro de la cuna. Foto: Andrés D'Elia

El gorila, adentro de la cuna. Foto: Andrés D’Elia

Desde el mostrador de su pinturería, Sergio tiene vista directa a Magor. Para él, detrás de todo hay un ataque de nostalgia. “Yo lo agarro por el lado de que les da pena largarlo y lo mantienen así. Pero si te digo, te miento”, dice y, antes de mentir, suma un dato: “La vereda está limpia. Una señora la mantiene”.

¿Será esa señora la que vio una vez Ignacio? “Estaba sentada en el escritorio”, dice. “Me sorprendí porque era la primera vez que veía a alguien adentro”. Fue el año pasado. En otoño o en invierno, no se acuerda. “Me quedé mirando, pero después de un rato me tuve que ir y nunca más vi a nadie”. Enfatiza: “Nunca más a nadie”.

Desde hace tres años vive a media cuadra de la mueblería. Es el único que leyó el tuit. También es el más joven. Tiene 27 años. “Iba a contar lo que pasó esa vez, pero al final no contesté porque soy más de leer que de participar. Igual es un misterio. Está bien ubicado y jamás lo pusieron a alquilar. Siempre así, decorado así”.

Rocío, que no quiere dar su nombre completo y pide aparecer con la inicial de su apellido, sigue sorprendida. Jamás imaginó que tantas personas habían construido escenarios alternativos para Magor. Cree que el televisor de tubo, las estanterías, las muñecas, el almanaque que nadie descifra, los leones de porcelana brillante -parecidos a los que se veían en las mueblerías de avenida Belgrano en tiempos menemistas- forman parte de la atracción.

“Los peluches antiguos, el cochecito modelo paragüitas y el puff pelota son marcas de otra generación -dice-. Yo tengo 33 años y vi esos objetos. Ahí en la vidriera funcionan como perlitas viajeras a otra época”.

"Vidriera en preparación". Foto: Andrés D'Elia

«Vidriera en preparación». Foto: Andrés D’Elia

Pero en cada barrio hay un Magor. Se los podría definir así: una huella de un mundo previo donde se pueden comprar piezas en extinción. O como la representación actual de un baldío. La Ciudad de Buenos Aires ya casi no tiene suelos ociosos y, en medio de la especulación inmobiliaria, estos espacios generan preguntas y especulaciones.

Como la casa de trajes de avenida Cabildo 76, con una vidriera larga en la que hay de todo: filas de botones, hebillas, una máquina de escribir que se vende a $ 5.500, algunos trajes y muchos adornos de Navidad. En cuatro años nadie los sacó.

6 trajes y 20 sacos

Cabildo 76. Según los dueños, las ventas cayeron porque cambió la forma de vestir de la gente.  Foto: Andrés D'Elia

Cabildo 76. Según los dueños, las ventas cayeron porque cambió la forma de vestir de la gente. Foto: Andrés D’Elia

El salón es inmenso y está decorado al estilo de las casas de ropa de los 70. También está roto, como expuesto a una fuga radioactiva. “Lo dejaremos extinguir de a poco”, dice José Luis López, hijo del sastre que montó todo esto. Alrededor ya no hay camiseros, ni percheros o muebles donde se exhiban cintos, medias, corbatas o cinturones. “Lo dejamos así a propósito. Está tal cual que en ese tiempo -50 años atrás-. No hicimos nada nuevo”.

En exhibición queda media docena de trajes y 20 sacos. Lo único actual es un calendario con la hoja puesta en Febrero 2020. “Ah, sí, es lo único”, dice José Luis. De lunes a sábados sigue cumpliendo la rutina de subir la persiana, pasar las horas vacías dentro del local y volver a bajar la persiana. “No estoy deprimido ni nada. No tengo preocupación, así que no me molesta. Generalmente no aparece nadie. Lo raro es que venga alguien”.

Misterio de los locales congelados en el tiempo. Casa de trajes, en Cabildo 76. Foto: Andrés D'Elia

Misterio de los locales congelados en el tiempo. Casa de trajes, en Cabildo 76. Foto: Andrés D’Elia

Museo de la gastronomía

En la esquina de Solís y Carlos Calvo, Atilio Demarie ya no espera clientes. Ya está cerrado el negocio, ¡desde hace tres años!, dice y esconde media cara detrás de la puerta. No quiere periodistas. Dice que en su local, un museo de la gastronomía argentina, no hay historia ni nada para ver. Pero invita a pasar y lo que sigue muestra exactamente lo contrario.

Del suelo al techo hay cacerolas de hierro, acero y cobre. Hay moldes de metal para hacer huevos de pascua. Hay pizzeras, cucharones, budineras, coladores industriales, abrelatas, espátulas y cuchillos envueltos en papel de diario. Si se los desenvuelve las fechas de publicación pueden ser del 89 o 2001 o incluso anteriores. Demarie siempre intentó esquivar -no siempre pudo- los sacudones económicos abasteciéndose de mercadería.

En octubre de 2016 cerró, pero jamás desarmó el local. Está limpio. Ordenado. Podría abrir y nadie se daría cuenta de la ausencia. “Siéntese acá por favor”, pide y señala unas sillas que están detrás del viejo mostrador. Sobre el escritorio hay un atril para leer, que desarma y guarda en un rincón. Del lugar donde dejó el atril saca una foto en blanco y negro, enmarcada. La muestra. Está su padre vestido de traje, parado junto a un auto, en la puerta del local. Se lee en la vitrina grande y en mayúscula “Demarie”.

El negocio fue fundado por Demarie padre en 1920. Casi 20 años después nació Atilio. Su llegada fue a metros de donde está sentado. Una matrona ayudó a su mamá a parir. Y él jamás se alejó. Su único trabajo fue en el local. Hoy jubilado -cuando repite e insiste con que “ya está” o “se acabó”- sigue yendo. Muchas veces combina tren, subte y colectivo para llegar.

“No me pongo a analizar por qué vengo. Como me lavo las manos, lavo mi casa y mis cosas. Vengo”, dice. Y como no se lo interrumpe sigue: “No sé si esto es una extensión mía o yo soy una extensión de esto. Hay que cuidar las cosas y cuando me muera que hagan lo que quieran”.

Durante años, hoteles, restaurantes, panaderías y heladerías fueron sus clientes. Entre los gastronómicos, Casa Demarie era famosa por tener objetos que en cualquier otro punto de Buenos Aires eran inhallables. Después de cerrar, Atilio se negó a vender la esquina. Prefiere no explicar por qué. Tampoco aceptó la sugerencia de su familia de vender los artículos de bazar por Mercado Libre.

Casa Marie, en Carlos Calvo y Solís ya no atiende al público. Pero adentro todo sigue igual. Foto: Andrés D'Elia

Casa Marie, en Carlos Calvo y Solís ya no atiende al público. Pero adentro todo sigue igual. Foto: Andrés D’Elia

Afuera el mundo se mueve y detrás de la persiana baja Atilio limpia, lee o toma mate. Muchas veces lo visita José, su asistente: empezó a trabajar a los 15 y se jubiló también ahí.

Es muy probable que haya vecinos que se estén preguntando qué pasa puertas adentro, por qué Atilio sigue yendo. Quizás se generen sus propias historias como ocurre con Magor.

El misterio de Casa Magor sirvió de puntapié para hablar de los espacios ociosos de la Ciudad. Foto: Andrés D'Elia

El misterio de Casa Magor sirvió de puntapié para hablar de los espacios ociosos de la Ciudad. Foto: Andrés D’Elia

“Con los tuits me di cuenta que muchos conocemos Muebles Magor y que somos muchos los que lo vimos o vemos detenido en el tiempo. En paralelo, nadie tiene certezas y eso agranda el misterio”, dice Rocío. Después de la viralización, desea que aparezcan los dueños y que cuenten. “Que rompan la magia”.

Y su deseo queda cumplido días después a través de un llamado:

“Hola, soy Marcelo Gordin”.

Marcelo es hijo de Mario Gordin, el creador de Magor, una denominación armada con las primeras letras del nombre y del apellido del fundador.

Pero ahora a Marcelo no le hace falta presentarse. Por eso, no espera. Y dice: “La historia es así: 50 años atrás, mi viejo le alquiló la esquina de Boedo e Hipólito Yrigoyen a un hombre que después murió y no dejó herederos”. Durante muchos años, cuenta, su padre siguió pagando el alquiler en un depósito judicial: “No sé ni en qué dependencia ni dónde está esa plata. Sé que la pagó durante mucho tiempo porque eso le recomendaron”.

Así fue hasta que Mario murió, en 1996, y su esposa quedó a cargo. Sus manos eran las que llenaban la vidriera con los mensajes de oferta, pagos en cuotas o el ya clásico “Todo para su bebé”. Y ella fue la que decidió iniciar un juicio por usucapión, un proceso que consiste en hacerse de un bien inmueble a través del pago sostenido de los impuestos.

“Durante varios años mi mamá trabajó ahí. Después se enfermó y en el último tiempo era un divertimento para ella. Incluso, como quedaba tan poca mercadería, le pusimos un divisor y unos cortinados para que esa situación no fuera tan evidente”.

En 2014, Luisa Gordin murió y sus tres hijos heredaron el juicio.

Hoy los tres hermanos le pagan a una mujer para que limpie con cierta frecuencia y a ella le piden mover los muebles para que el espacio parezca en uso. Los tres hermanos mandan a arreglar la vidriera cada vez que se rompe. Los tres hermanos pagan las luces de tubo que se prenden de noche. Temen que el negocio sea ocupado. Ya les pasó.

“Estamos legalmente autorizados a alquilar pero tampoco queremos. Esperamos a que el juicio termine”, dice Marcelo. Un amigo le mostró el hilo de tuits en el que desconocidos hablaban del negocio familiar y desde entonces él se ríe: “Me divirtió mucho la inventiva de la gente. Es cierto, es un local grande y al estar en una esquina, se ve, pero no tenía idea de que se habían armado tantas historias”.

“No hay nada raro, sólo un juicio de usucapión”.

Fuente: Clarín