Héctor Larrea, a días del retiro: “La radio es mi novia y este amor no se acaba”

A corazón abierto, el locutor cuenta en detalle cómo gestó la decisión del adiós. “Que me extrañen se cura”, dice entre lágrimas.

ASAs

-Tristeza, no. De ninguna manera. Es como el que logra llegar al pico del Aconcagua: está cansado, pero feliz.

Héctor Larrea se siente como en zona de aterrizaje. Estómago preparado, maniobra cuidadosamente pensada, planeo largo y un lapso coherente para pasar del aire a la tierra. Si fuera piloto, llevaría un uniforme con todas las estrellas posibles, que denotaran vuelos turbulentos, vuelos apacibles, paseo por todos los ángulos del mapamundi. El 31 de diciembre se enfrentará a algo parecido al último ascenso, bajará del avión y descubrirá en perspectiva que el cielo fue todo suyo.

El operativo retiro se planeó con calma. Antes de ir a dormir, la idea sobrevolaba. Durante el sueño, también. Desprenderse de un rito casi tan antiguo como su vida no fue complejo. Como esos futbolistas que ya no tienen centímetros de repisa donde agregar un trofeo, venía masticando el asunto desde hace un lustro. «Un añito más», confirmaba cada Navidad y estiraba los plazos. Hasta que hace unos días le comunicó a sus oyentes: «Termino mi carrera de 60 años».

Cuenta ahora que escuchó la zamba Mama vieja «la vida se tocó en los extremos formando un círculo». Canta un tramo y se emociona: «Cuando salí del pago le dije adiós con la mano, y se quedó mama vieja, muy triste, en la puerta del rancho. Ella me dio el permiso, que yo pagué con mil besos y enderecé por la senda con mi bagaje de sueños’.

«Me pasó lo mismo. Ella se quedó muy triste en la puerta y yo me fui con una valija viejísima atada con hilos, rumbo a la estación del ferrocarril. Le prometí que en dos años la iba a buscar. ‘¡Pero sí, hijo, andá, viví, eso lo que tenés que hacer!’. Y volví a buscarla, me la traje a Buenos Aires, vivió hasta los 100. Yo tuve seis décadas de felicidad desesperante. ¿Ves cómo cierra el círculo, del niño de Bragado a hoy?».

Con su inseparable sombrero panamá. Larrea dice adiós a la radio y sus oyentes lloran. (Foto Lucía Merle)

Con su inseparable sombrero panamá. Larrea dice adiós a la radio y sus oyentes lloran. (Foto Lucía Merle)

-Desde Radio Nacional quieren intentar convencerlo para reducir horario, para que permanezca una vez por semana…

-Si me hablaron de un programa una vez por semana, pero no. No hago más nada. Cuando digo que me voy, me voy. A medias no me gusta. Cuando termino, termino. Es como si tuviera una novia que amo mucho, luché por ella, y me dice «vamos a vernos una vez por semana» o una vez por mes. No tiene sentido. La radio es mi novia y este amor no se acaba. Ahora seré oyente de nuevo.

-El amor no se acaba, pero ¿no cree que va a sentir el vacío?

-No. Yo solo tengo agradecimiento. He sido muy feliz. Las más grandes felicidades las logré a través de la radio. Mi bienestar para comer todos los días lo logré a través de la radio. No tengo deudas gracias a la radio. Tengo una familia gracias a la radio. Mis hijas tuvieron esa educación primaria, secundaria y universitaria gracias a la radio. Puedo mantener el sanatorio donde está mi mujer gracias a la radio. Y en el sentido emotivo, qué decir: de lo que me llevo no me podrán sacar nada. Con esto que tengo dentro voy a vivir lo que me queda de vida. ¡Es una inmensidad lo que aún recibo! Colma, desborda lo que yo había pensado a mis diez años.

"Hetitor" a los 10 años.

«Hetitor» a los 10 años.

-¿Cómo imagina el día después?

-No tengo la menor idea. Solo sé que seguiré leyendo a Abelardo Castillo. Lo demás, no lo sé. Me gusta improvisar. 

-¿No teme aburrirse?

-No lo puedo contestar ahora, te lo contesto el año que viene.

-Hace mucho se retiró de la televisión sin nostalgia. ¿Es distinta la sensación de despedida de la radio?

-A la televisión, si bien le debo todo, porque como decía un amigo ‘si no te conocen no te dan un buen espacio en radio’, no le tengo el mismo sentimiento. Llega un momento que te hastía. Es demasiado práctica, poco emotiva. Uno de los motivos cuando me fui fue poder disponer de todo el tiempo para la radio. No hubo ninguna dificultad al cortar mi relación, porque ahí yo era uno más. Yo decía cosas que no tenían ningún sustento espiritual, no había nada mío. Si yo hablo de cómo se hicieron los arreglos de La Yumba, de Osvaldo Pugliese, pongo cosas mías. En cambio en decir «Waku Waku» ¿qué emoción encontrás?

Héctor Larrea (Foto: Julio Juárez)

Héctor Larrea (Foto: Julio Juárez)

-¿Cómo fue la charla con sus médicos e hijas?

-Mis hijas me decían: «No vas a poder dejar, papá, te vas a aburrir». Yo me sentía muy estresado. Llegamos a la conclusión con médicos y psiquiatra que a partir de determinada edad es más difícil manejar el estrés. Cuando la edad de la persona empieza con un ocho, estamos en problemas, hay que cuidarse más. ¡60 años, viejo, pará, ándate a tu casa y dejá que entre alguien más joven!». Fui feliz a reventar en la radio. ¿Qué más? Lo que añoraba de niño se cumplió con creces. ¡60 años son varias vidas!

-¿Tiene en mente lo que va a decir el último día?

-No. Por empezar, el 31 de diciembre seguro va a estar grabado. El 31 no hay gente en vivo. Es difícil verbalizar el sentimiento. Porque lo que está terminado, terminado está. Yo le hago mucho caso a la intuición. Y yo sentí que aquello que amo tanto merece terminarse bien. No lo puedo explicar.

El otro día los oyentes hablaban de cierta sensación de orfandad auditiva.

-Que me extrañen se cura. Eso sí, hay que encontrar a la persona que vibre en la misma frecuencia espiritual que uno. Mi vida pública se termina. Ya está. No me van a ver ni en figuritas.

El maestro, símbolo de la radio desde hace más de medio siglo.

El maestro, símbolo de la radio desde hace más de medio siglo.

-Se retira con un libro biográfico que usted no quiso escribir. ¿Qué le pasó cuando vio esa intensa vida reflejada en el texto de Martín Giménez?

-Yo nunca quise escribir mi biografía. Tuve ofrecimientos de varias editoriales en distintos momentos. “¡No, por favor!”, decía yo. Seguramente pagaban bien, pero yo no me creía merecedor. Y a Giménez se lo dije mil veces, pero insistió tanto. Me da tanta vergüenza…

-¿Cómo está su salud?

-Estamos trabajando para manejar la hipertensión. Estos 82 se hacen ver, se hacen presentes diciendo «¡a ver si nos das pelota, viejo!». Yo le doy mucha bolilla a la intuición. Cuando hay tres caminos posibles y tengo que agarrar por uno, algo me dice “ese es el camino”. La física cuántica estudia eso. Existe la idea de un doble cuántico que es el que te trae la información. Tengo cierta fe, pero mi cristianismo siempre fue ecuménico, y siempre tuve inquietudes que compartí en charlas con amigos, con gente de otras religiones. Siempre salía el tema: «¿Qué estamos haciendo aquí?».

-¿Y qué estamos haciendo?

-En esas charlas todos coincidíamos en eso muy conocido que dice que «somos seres espirituales viviendo una experiencia terrenal». Yo nunca tuve una crisis existencial, pero sí me he preguntado qué pasa cuando no estamos más. Sigue teniendo muchas incógnitas para mí el sentido de la vida espiritual. Pero siento, o mi doble cuántico me dice, que hay una vida espiritual.

-¿Irse a tiempo es una señal de elegancia?

-Sí, de delicadeza para con el oyente. Yo no fui un locutor, fui un servidor de la radio. Y saber correrse es elegancia en el trato. Yo te traje esto sagrado y ahora me voy. No lo toquemos más, no lo arruinemos. Se cerró.

Fuente: Clarín