La incógnita del futuro para las aventuras de los Rolling Stones sin su icónico baterista

La banda había anunciado el inicio de una nueva gira a partir del mes próximo con un reemplazante de Watts; una química en el escenario que será difícil de reproducir

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Días atrás nos preguntábamos si los Rolling Stones podían salir de gira sin Charlie Watts y la noticia de su muerte no solo shockeó al mundo entero, sino que volvió a establecer con más fuerza el mismo interrogante. ¿Cuándo empezó la ovación aquella, acaso desmesurada, a Charlie Watts en River, en 1995, el stone inescrutable por delante de Jagger, Richards y Wood en el aplausómetro nacional y popular? Difícil precisarlo cuando se trata de un acto tan espontáneo como masivo y a la vez privado: pues cada uno de los que aplaudieron por encima de lo esperado aquella noche sabrá por qué lo hizo.

Nunca se colgaron pósteres de Charles Robert, ni la mítica boutique Little Stone de la Galería del Este había mandado a imprimir su rostro serigrafiado en las t-shirts que hacían para vestir a los chicos y chicas como estrellas de rock en el amanecer de la cultura stone argentina. Esa excepcionalidad que el costumbrismo terminó por encubrir en el despectivo “rollinga” que le baja el precio a una suerte de militancia estética renegada del canon de la belleza pop encarnado en los Beatles. No importa. El misterio del aplauso desmesurado, argentino, a Charlie Watts excede las generaciones y el trasvasamiento social (¿sociología barata y Topper rojas?) del culto a la banda de rock que el 12 de julio de 2022 cumpliría 60 años en actividad si es que Mick Jagger, Keith Richards y Ron Wood aguantan y si es que el resto del mundo puede soportar a unos Rolling Stones sin Charlie Watts en la retaguardia del escenario. La imperturbable levedad del ser (baterista de los Stones).

Cada uno deberá pensar por qué Charlie Watts fue el más aplaudido de los Stones en su primera visita a la Argentina. Acaso por aquella línea legendaria que parece robada a Woody Allen en la que Jagger le espeta en una gira que él es “su” baterista

para recibir una respuesta lapidaria: “No, vos sos el cantante de mi banda”. Más difícil es creerse aquella leyenda urbana que circulaba entre los que cambiaban discos en el Parque Rivadavia: Charlie compraba parches de cuero especialmente diseñados por un artesano salteño. No eran fake news entonces: la historia se transmitía de forma casi oral (los diarios no se preocuparon aquí por la partida de Mick Taylor en 1975) y los hechos eran modificados por estos virales de la era analógica.

Si en Jagger se encuentra el roce con la aristocracia pop y la atracción sexual andrógina; si Richards mantiene bajo siete llaves la mística del grupo; si Ron Wood es una suerte de síntesis genética de todos

los miembros vivos y muertos; Charlie, pues, es el éxtasis de la sobriedad, el silencio inescindible del ruido, la no-lengua (stone). Una obra de John Cage incrustada en uno de los tres grupos o artistas que definieron la era pop junto con Bob Dylan y, sí, los Beatles.

Watts, cuyo mismo nombre está imbricado en la historia de la electricidad (se dice watt o vatio por el inventor escocés James Watt), ha acompañado más de medio siglo de un estilo de vida al que siempre permaneció ajeno aun desde el mismo escenario. Su manera de jazzman define el sonido del grupo tanto como la afinación abierta y los riffs como arañazos de Richards, pero cuando lo vemos tocar “Brown Sugar”, por caso,

su cuerpo parece decir “Moonlight Serenade”, de Glenn Miller. Charlie nunca necesitó agregarle performance a su acto: ni la alegría como de Golden Retriever del Ringo clásico ni el despliegue maníaco de Keith Moon. Tampoco hacía falta que le hicieran cantar un tema (malo) en los discos o que lo pusieran con una pandereta al borde del escenario para el set acústico. Charlie Watts es simple: va del trabajo a la casa y de la casa al trabajo. Y su trabajo es, o fue, ser el baterista de los Rolling Stones. Le han pagado muy bien por eso y punto. No comments.

Charlie Watts es un excelente baterista, acaso el más inadvertido. Hay que detenerse en pequeños detalles, mosaicos del gran friso stone para reconocerlo. Retrocedamos a 1976. Los Rolling Stones son una banda madura (¡apenas llevaban 14 años entonces!) expuesta a la guillotina del punk. Charlie lleva el pelo como uno de ellos ahí en la tapa de Black and Blue, el álbum en el que despliega su manual shaolin del baterista imperturbable. Lleva el pelo al ras, cortísimo, y se deja ver entre Jagger y Ron Wood recién ingresado a la banda fotografiado de perfil como en el arte del Antiguo Egipto. Bueno, lado 2, “Fool to Cry”: casi nos olvidamos de su presencia, el hi hat tocado como si se raspara un fósforo en loop. Así hasta el minuto dos, donde se incorpora el beat del tambor de a poco, un trote como de pony. Parece muy sencillo pero no lo es. Parece lo esperable y tampoco: la canción se desencadena en el minuto tres con un Jagger que entra en modo soliloquio loco y el que los empuja al abismo es Charlie con dos golpes espaciados, espectrales. Sigue “Crazy Mama”, que viene a cerrar el álbum. Cuatro golpes al plexo que son a la vez caricia y cachetazo y al final avanza y retrocede, empuja y detiene: Lewis Hamilton manejando un colectivo en el tráfico imposible de Once a media tarde. Charlie al volante ecualiza las fuerzas brutales que gobiernan lo ingobernable de los Rolling Stones. Es su dispositivo secreto y por eso calla.

A veces sonríe. Como en el final del video de “Emotional Rescue”, cuando ya no le ha quedado mohín por hacer a Jagger y el chicle de Bill Wyman está a punto de ser escupido. Sonríe de costado Charlie. La cámara lo ha mostrado con los ojos cerrados en casi todo el video, pero al principio el disparo de largada (para un groove disco) lo había dado él, los ojos bien abiertos.

Sin Charlie Watts, entonces, Mick Jagger tendrá efectivamente un alguien a quien decirle que es “su” baterista. La respuesta será otra y la banda no será nunca más los Rolling Stones…