Las librerías atraviesan la pandemia con más tiempo en redes y una comunidad propia

Luego de una situación disruptiva que las obligó a cerrar sus puertas, fortalecer sus canales virtuales y volver a abrir con protocolos sanitarios, las librerías pasaron de facturación cero a un moderado repunte de sus ventas.

Lo logran gracias a las estrategias personalizadas de reconversión digital y su condición de comercio barrial, así como también a raíz de los envíos que les permitieron llegar a públicos diferentes.

«Después de los dos últimos años bastante difíciles para el sector, la pandemia en un principio empeoró la situación porque fue un mes sin facturación. Hubo despidos y cierre de librerías. Pero de a poco con la venta online y el delivery el panorama se comenzó a aliviar. Nos tuvimos que multiplicar y aumentar el tiempo laboral porque las redes no tienen horarios de atención; muñirnos de bicicleta y salir a repartir libros», cuenta a Pablo Pazos, al frente de la porteña Arcadia Libros.

Lo que describe Pazos es una experiencia repetida: leve recuperación frente a un escenario dramático y a la vez mucho más tiempo invertido de trabajo porque las librerías tuvieron que transformar de manera inusitada su capital simbólico, ya que de ser refugio para perderse entre libros y charlas con libreros, pasaron a bajar sus persianas, limitar sus ingresos y concentrar ese bagaje cultural en recomendaciones de WhatsApp, reseñas por Instagram o vivos en Facebook.

En cuanto a ventas, en la ciudad de Mendoza, Pedro Río, de la librería El Plata, retrata una dinámica similar, moderada en expectativas pero un poco más aliviada que unos meses atrás: «Durante la pandemia hubo un repunte de ventas aunque no vemos esperanza de un repunte pretencioso. Han diagnosticado de muerte hace mucho tiempo al libro y está demostrado que no es así».

De hecho, para el librero durante este período «han surgido nuevos lectores: jóvenes que con sus reglas de juego, tienden a lecturas cortas y contundentes», mientras que el vínculo con sus lectores fieles cree que se sostuvo por los «valores agregados de la experiencia de comprar un libro más que el libro en sí».

Como revisa Perico Pérez, a cargo de la tradicional librería Homo Sapiens de Rosario, «en los últimos cuatro años, el mundo editorial sufrió una caída de sus ventas muy grande. En abril de 2019 la situación era ya muy compleja. La pandemia agravó la situación pero ahora estamos recuperando el nivel de 2019 que no es óptimo pero nos ayuda a seguir adelante. El repunte tendrá que ver con la situación económica que es muy compleja».

Para María Oyhanarte, de Libros del Pasaje, en el barrio porteño de Palermo, «a la recesión que teníamos se suma la crisis de la pandemia o de la cuarentena, como quieran llamarla. Estamos mal. Estuvimos cerrados un tiempo, luego nos permitieron abrir online, después se pudieron abrir las puertas, después volvimos a cerrar, online de vuelta y ahora estamos con las puertas abiertas. De vender un 10 o 20% ahora estamos en un 40 o 50%, y la gran mayoría es online», cuenta.

Para la responsable de la librería, que además funcionaba como bar cultural, es «muy complicado un repunte en un corto y en un mediano plazo, sobre todo en el tipo de librerías como la nuestra que tenía además un restorán y eso traía muchísimo movimiento. Nuestro gran público es el turista y por mucho tiempo no va haber. Nos queda lo virtual y la fidelización de nuestros clientes de quienes hemos recibido un enorme apoyo».

En el caso de la rosarina Paradoxa Libros, fundada en 2016 por Enrique Rey y Virginia Miretti, la curva de ventas tuvo un pico en abril y mayo, «en esta primera etapa notamos un aumento de la demanda de libros».

«Creemos que tuvo que ver con un consumo reprimido de las dos semanas que estuvimos cerrados, otro poco porque mucha gente siguió cobrando su sueldo y al no poder circular otros consumos de bienes culturales parte de ello se volcó al libro, otro poco por saturación de las pantallas producto del incremento del trabajo home office, clases por zoom», dice Rey.

Laura Forni, de la librería Tren Nocturno de Banfield, coincide en que aunque «no es la regla» y lejos está de una «romantización de la cuarentena», «muchas personas leen más por tener más tiempo o pueden darse el gusto de comprar más libros por no tener otros gastos, de movilidad o salidas culturales. Por otro lado, hay mucho apoyo de lxs lectorxs con las librerías independientes, las librerías de barrio, los pequeños espacios con cierta curaduría de catálogo».

Forni celebra que «de a poco estamos teniendo alguna representación y diálogos con el Estado. Por ejemplo, pudimos ser reconocidas como espacios culturales porque una librería no es un comercio más, no solo por lo que ofrece a la comunidad a nivel cultural, sino porque tampoco tiene grandes márgenes de ganancia. El sector editorial no es un ‘negocio’ y la mayor parte de la cadena está precarizada. Las circunstancias ayudaron a poder reunirnos y tratar de pensar cosas juntxs y si bien es una incertidumbre el futuro, hay cierto optimismo».

Por la pandemia las librerías debieron reconfigurarse en el trato con sus clientes pero ¿cómo desarrollaron ese vínculo lejos de la posibilidad de recorrer estantes y mostrar ejemplares de distintos rincones para recomendar? En la experiencia de Pazos, «el contacto a través de las redes reforzó el vínculo cómplice que sosteníamos en la librería. Las charlas y recomendaciones se trasladaron a las redes y al Whatsapp».

Por su parte, Rey destaca que en su librería «por suerte» tienen «una comunidad de clientes» a quienes están «eternamente agradecidos. Los mismos se acercaron desde un primer momento a dar una mano cuando las puertas del local estaban cerradas».

«Respecto al vínculo con ellos, nosotros somos una librería de la ciudad alejada un poco del microcentro, atendida por sus propios dueños, lo cual da un trato personalizado en la atención con los clientes», agrega y desarrolla esa complejidad: «No es lo mismo atender en el mostrador y que el cliente que sigue espere para ser atendido, a tener 60 mensajes en Whatsapp sin leer, comenzar a responder y pasar a tener 20 conversaciones abiertas a la vez».

Oyhanarte remarca la pérdida de «la figura del librero que en cuanto entrabas a la librería estaba allí para orientarte. Y también el trabajo del cliente buscando solo lo que quiere y a veces sorprendiéndose con lo que encuentra» y considera que «el librero puede orientarte en las redes pero no es lo mismo…habrá que acostumbrarse a la nueva normalidad».

Para Pérez, en Homo Sapiens lo que más funcionó «fue el Whatsapp, un número exclusivo que lo usábamos para darle a la gente diferentes opciones con tapas de libros para que pudieran elegir, eso funcionó muchísimo y nos quedaron clientes nuevos».

«Lo que ya era común antes (seguir cuentas de clubes de lectura o bookgramer) se potenció en este contexto y de algún modo trianguló las conexiones: lector-recomendador-librería, en un solo espacio virtual, en un solo click», apunta Forni pero advierte que «lo que sucede en una librería a la calle, ese atractivo de deambular y hallar un libro charlando con la/el librero/a, hoy está dado en un espacio de exposición constante. No es lo mismo, nunca lo va ser. Pero es un paliativo en estas circunstancias».