Lo que 3 millones de personas aprendieron sobre la felicidad

Durante la cuarentena fue furor el curso online de la Universidad de Yale “psicología y buena vida”; qué buscaban los participantes

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Gretchen McIntire, de 34 años, auxiliar sanitaria a domicilio en Massachusetts, tomó la clase. Dijo que le “cambió la vida”. El aspecto práctico del plan de estudios le atrajo a McIntire, quien a los 23 años supo que tenía el síndrome de Asperger. Siempre fue noctámbula y había tenido dificultades para dormir y apegarse a sus horarios. “A veces es difícil imponerte estos límites y decir: ‘Sé que este libro es muy emocionante, pero puede esperar a mañana, dormir es más importante’”, dijo. “Eso es la disciplina, ¿cierto? Pero nunca lo había hecho de esa manera: ‘Te va a hacer más feliz, no es solo que sea bueno para ti; de verdad te va a hacer más feliz’”.

Dijo que le resultó útil practicar meditación a diario, y que lo ha seguido haciendo incluso después de terminar la clase. La meditación también la ayudó a dejar las redes sociales. “Me encontré mirando hacia el interior. Me ayudó a ser más introspectiva –dijo–. Sinceramente, fue lo mejor que hice”.

- Laurie Santos, profesora de Psicología en la Universidad de Yale, charla en clase con sus estudiantes, que deben llevar siempre un diario de gratitud. Foto de Monica Jorge/The New York Times
– Laurie Santos, profesora de Psicología en la Universidad de Yale, charla en clase con sus estudiantes, que deben llevar siempre un diario de gratitud. Foto de Monica Jorge/The New York TimesThe New York Ti – NYTNS

Compromisos

Tracy Morgan, supervisora de programación en el Complejo de Recreación Bob Snodgrass en High River, Alberta, Canadá, se inscribió a la clase en junio pasado mientras estaba en confinamiento con sus hijos y esposo. “No hay razón por la que no deba ser feliz”, dijo. “Tengo un matrimonio maravilloso. Tengo dos hijos. Tengo un buen empleo y una casa linda. Pero nunca lograba encontrar la felicidad”.

Desde que tomó el curso, Morgan, de 52 años, se ha comprometido a hacer tres cosas todos los días: hacer yoga durante una hora, salir a caminar al aire libre sin importar cuánto frío haga en Alberta y escribir de tres a cinco entradas en su diario de la gratitud antes de ir a dormir. “Cuando empiezas a escribir esas cosas al final del día, solo piensas en ellas en esos momentos, pero en cuanto lo vuelves parte de tu rutina, empiezas a pensar en ellas todo el día”, comentó.

Además, algunos estudios muestran que encontrar razones para sentir gratitud puede aumentar el bienestar en general.

Ewa Szypula, de 37 años, catedrática de estudios francófonos en la Universidad de Nottingham en el Reino Unido, dijo que ha tenido interés en las técnicas de automejora desde que estudiaba el doctorado hace unos años. “En algún momento del segundo o tercer año, sí te sientes un poco desgastada y necesitas estrategias para lidiar con eso”, explicó.

Un pequeño estudio del curso de Santos que la impresionó se trataba de una encuesta a 632 estadounidenses en las que los participantes debían predecir cuán felices serían si les daban cinco dólares para gastarlos en ellos mismos en comparación de si se los daban para gastarlos en alguien más. En el estudio, la gente predijo que sería más feliz si podía quedarse con el dinero. Pero los participantes reportaron de manera consistente que gastar el dinero en alguien más les había dado mayor satisfacción.

Szypula tuvo la oportunidad de combinar esta sabiduría recién adquirida con un experimento práctico que llevó a cabo en el cumpleaños de su hermana. En lugar de quedarse con un vestido costoso que había comprado, se lo dio a su hermana. “Sigo sintiendo esa felicidad meses después”, expresó.

No todos los estudiantes que han tomado el curso sintieron un cambio transformador. Matt Nadel, de 21 años de edad y alumno de último año de la carrera en Yale, dijo que se sintió decepcionado de que la clase fuera una especie de resumen de los consejos buenos pero obvios que te da una abuela. Duerme bien, toma agua, haz lo mejor que puedas. “Ya sabía que dormir es bueno. Sabía que para la felicidad a largo plazo mis calificaciones no importaban, que no iba a ser una persona más feliz y mejor si tenía buenas notas”, dijo. “¿La clase impactó mi vida de una manera tangible y a largo plazo? La respuesta es no”.

Si bien la clase no fue transformadora para él, Nadel dijo que ahora es más expresivo cuando siente gratitud. “Lo cual es genial”, opinó. “Pero eso es todo”.

Kezie Nwachukwu, de 22 años, también tomó la clase en Yale. A él tampoco le pareció revolucionaria, según dijo, pero sí ha logrado encontrar algo valioso en el programa. Nwachukwu, quien se identifica como cristiano, dijo que lo más significativo que aprendió es sobre la importancia de la fe y la comunidad para la felicidad.

“Creo que tenía dificultades para reconciliarme con mi religión e interrogarla en términos intelectuales”, afirmó. “También para reconocer que simplemente me gusta mucho estar con esta comunidad que creo que me convirtió en la persona que soy”. ¿Transformadora? No. Pero comentó que sin duda lo hizo sentirse más positivo respecto a su vida.

“La clase me ayudó a ser más seguro y estar cómodo con mis creencias religiosas preexistentes”, agregó Nwachukwu. Otra lección que se le quedó grabada fue el valor de la visualización negativa. Consiste en pensar en algo bueno en tu vida (como tu precioso y razonablemente asequible apartamento) y luego imaginar el peor escenario posible (encontrarte de repente sin hogar y sin red de seguridad). Si la gratitud es algo que no te surge de forma natural, la visualización negativa puede ayudarte a conseguirlo.

“Es algo que tengo muy presente, sobre todo cuando siento que mi mente está tan atrapada en pensar en los obstáculos futuros”, dice Nwachukwu. “Debería estar muy agradecido por todo lo que tengo. Porque uno no está hecho para darse cuenta de estas cosas”.

Fuente: La Nación