Memes de bronce, stickers y afiches feministas: el grabado se renueva y vibra

La irrupción de lo contemporáneo. Los famosos perritos de las redes llegaron al bronce y en las paredes del Museo Nacional del Grabado se ven imágenes como las que nos sacuden en la calle.

Sin título

Después de un año de pandemia los memes llegaron al bronce. El de los perritos, el omnipresente de Bernie Sanders con sus mitones, incluso el clásico de Batman cacheteando a Robin, que circularon redefiniéndose cada vez en comentarios políticos y sobre el Covid-19, fueron los elegidos por el artista Esteban Álvarez para replicarlos en chapas de bronce.

Utilizó todas las herramientas y técnicas del grabado manual —faena de ácidos y matrices para entendidos— en la creación de imágenes reconocibles de tan reproducidas en la web, parte de la cultural visual y popular. “Lo experimental está en el concepto, en el chiste de tomar prestada esa técnica tan antigua para esta serie de piezas que tienen que ver con lo digital”, explica en diálogo con Clarín Álvarez, que vincula al meme con las coplas del Norte argentino, en las que algo siempre permanece pero algo va cambiando. “Volverla bronce es comentar sobre ese momento en que ya es como un busto de San Martín, o una placa conmemorativa”.

La obra, que no tiene título, explica una de las múltiples maneras en que la gráfica artística puede ser experimental. Estos memes de bronce fueron creados especialmente para Transformación. La gráfica en desborde, una exposición inaugurada a fines de febrero en el Museo Nacional del Grabado con ánimo de revisar su colección en clave actual.

Los perritos. En el Museo Nacional del Grabado.

Junto a las heliografías que León Ferrari adoptó durante su exilio, se muestran pegados directo en la pared los stickers artesanales que el rosarino Marcelo Kopp imprimió para una campaña contra la quema de humedales en el Paraná. La belleza clásica de los gofrados convive con vitrinas repletas de publicaciones herederas del fanzine que abordan técnicas y poéticas intensas.

Con distintos ejes, Transformación… ocupa todos los pisos de la Casa Nacional del Bicentenario, nueva sede desde julio de 2020 del Museo que había tenido un derrotero errático, en general sin espacios para exponer, como en su estadía en la Biblioteca Nacional. La primera muestra importante de la institución creada en 1960 por Oscar Pécora (como un espacio privado, luego donada al estado como Museo Nacional del Grabado), reúne unas 70 obras de su colección —que cuenta con más de 8 mil piezas— en diálogo con piezas contemporáneas.

La primera carpeta de gráfica artística de Luis Soane comparte la sala con una instalación de la joven Lulú Lobo, un móvil que desde el centro rescata la levedad y la textura del papel entintado. “La muestra busca activar el patrimonio a partir del cruce con producciones contemporáneas, pensando en la idea de gráfica expandida”, define en diálogo con Clarín Cristina Blanco, flamante directora del Museo y cocuradora de la muestra junto a la académica Silvia Dolinko.

La historia

El primer piso, con el título de Trasmutar, condensa buena parte de las piezas históricas: hay cubos impresos sobre fotografías de Pedro Roth y dibujos inéditos de Claudia del Río con motivos de Disney. “En los 60 hubo una fuerte experimentación técnica, con los xilocollages de Antonio Berni —explica Dolinko, doctora en Historia del Arte—, pero lo experimental también era pensar un grabado que excedía esa tradición del pequeño formato, en blanco y negro, de obras figurativas vinculadas a la ilustración literaria”.

En los inicios del Museo del Grabado, cuando se llamaba Galería Plástica, se exhibieron obras de The New York Graphic Workshop, el colectivo conformado por Liliana Porter, Luis Camnitzer y José Guillermo Castillo entre 1964 y 1970, que conforman el punto de partida de esta exposición. Al igual que la obra de las ganadoras del Certamen Latinoamericano De Xilografia (1960): 5738 de Fayga Ostrower (Polonia/Brasil, 1920), Desintegración de Nelia Licenziato (Argentina, 1936) y Acuática de Lotte Schulz (Paraguay, 1925). La obra de Fayga Ostrower fue la primera adquisición del museo y por lo tanto su pieza fundacional. “Que en 1960 tuviera esa visibilidad la abstracción era algo novedoso”. El museo había nacido experimental.

Historia. The New York Graphic Workshop, el colectivo conformado por Liliana Porter, Luis Camnitzer y José Guillermo Castillo

Unas serigrafías de Magdalena Jitrik montadas sobre la pared continúan hacia un tablero con el Ghetto de Varsovia como motivo. Más allá La vida en rojo, de Julia Mensch, reúne las reproducciones de las tapas de los ejemplares de la biblioteca de su abuelo, obrero gráfico comunista, en la que la paleta de colores habla de exceso y herencia.

El desastre ambiental ocupa casi una sala completa, desde miradas utópicas y también poéticas. Pero esta idea de «gráfica expandida», en un ejercito conceptual encantador, incluye los paneles de pins que solían ofrecerse en la antesala de recitales de rock, confeccionados en los kioscos de diseño gráfico donde se hacen fotocopias. En cada uno de los pins, Ivana Vollaro remite con frases o detalles a obras suyas anteriores, como una reversión de la baraja española (uno de los primeros usos de la imprenta).

Así como el los 60 se produce un quiebre en la tradición, que se manifestó en el cruce de poéticas, iconografía, materiales, soportes, escalas, de intervención y de presencia institucional, como plantea la hipótesis de la muestra, hoy transitamos otro quiebre. «Creemos que el campo artístico contemporáneo tiene a la gráfica como vehículo de puesta en escena de temas urgentes de sensibilidad social, donde los vínculos están muy presentes», explica Dolinko. «Y esta posibilidad de intervención colectiva vive un momento de efervescencia”.

Rabiosamente contemporáneo

Distintas formas de lo social ocupan el segundo piso, bautizado Irradiar, donde lo contemporáneo está todavía más presente. Una videoperformance de Mariela Scafati la muestra poniéndose una tras otras las remeras que estampó en su trayectoria artística como integrante de diversos colectivos, como el Taller Popular de Serigrafía. Dicen presente las viejas pero sobre todo nuevas las consignas temáticas y agendas del activismo.

Está la colección completa de la revista Diagonal Cero (1962-68), donde Edgardo Antonio Vigo —referente de la gráfica artística desde su no-lugar de La Plata— publicó por primera vez en el país poesía concreta brasileña de Haroldo de Campos. Y los históricos Grupo Grabas, Club del Grabado de Buenos Aires (con sus tiradas de 500 ejemplares para socios con carnet) y su filial de Montevideo, donde eran emblema los almanaques, conviven con el grupo Serigrafistas Queer o Iconoclasistas, un colectivo que a través de mapas ilustrados intervienen en territorios concretos para alertar sobre temas de relevancia social. En esta oportunidad, distribución de la tierra y el rol de las mujeres campesinas.

«El grabado histórico es una obra múltiple con vocación de intervención», sostiene Silvia Dolinko. Y si hay una causa que encontró en los afiches y sus variantes una forma de expresión es el feminismo: la campaña Vivas nos queremos, el taller La Capitana, las Mujeres Públicas, el colectivo La Lola Mora están presentes con sus piezas a veces pegadas directamente en la pared, otras con los registros de las intervenciones en la vía pública.

Vivas nos queremos. Un grito que no cesa.

Nosotras Proponemos, en cambio, eligió el rol de curadoras para seleccionar obras de artistas mujeres en la colección del museo, que se exhibe sobre un ploteo de su emblemática trenza. Y en una expansión del concepto al extremo, la muestra incluyó en este corpus al Proyectorazo, esa serie de proyecciones colectivas sobre edificios de ciudades de todo el mundo.

El encanto de lo efímero tiene, sin embargo, su revés cuando se mira desde las instituciones. Para preservar esa voluntad de intervención, el Museo del Grabado planea abrir en los próximos meses un Archivo Documental de Producciones Contemporáneas, con registros de diversas acciones, que servirán a futuras investigaciones. “Sería muy deseable que la colección pueda incluir como patrimonio producciones contemporáneas”, concede su directora. Ya sea desde la necesidad de comunicación o la fijación conceptual por el debate entre el original y la copia, a pesar de su levedad y fugacidad, la gráfica seduce a muchos artistas.

Fuente: Clarín