Adiós a la Galería del Este; sólo la habita un fantasma

Mario Salcedo es la memoria viva del “santuario” en el que juntó a Borges con Spinetta y por el que vio pasar a Bill Evans y Rodolfo Walsh.

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Algo extraño ocurre en esta ciudad de insaciable rotación comercial, donde puede que haya locales jactándose en inglés y sin el menor orgullo irónico: “Since 2014”Vamos en busca de El Agujerito, la mítica disquería de 3×2 que está en la no menos legendariaGalería del Este desde (since) 1969. Más que una disquería, un símbolo de resistencia, nos dice Andrés Calamaro.

Camino al centro pensamos que las distintas vueltas de la vida lograron que el vinilo, con su sensual formato físico, tonificara cierta clase de negocio en permanente vía de extinción. Lo hemos comprobado en una calle cualquiera: un elepé sobaquero de Vilma Palma es como llevar el Ser y la Nada bajo el brazo.

Sólo Godot sabe por qué las disquerías tuvieron otra chance. O tal vez todos los negocios tengan sus 15 minutos de reparación histórica. De ser así, quién sabe, pronto llegue el turno de los parripollos.

La Galería del Este, donde hoy está el fantasma de Mario, reunió a la fauna extravagante porteña. Y a Borges: excepción a la regla.

La Galería del Este, donde hoy está el fantasma de Mario, reunió a la fauna extravagante porteña. Y a Borges: excepción a la regla.

Nombres a prueba de centennials

Sin decir tu edad, mencioná algo que los centennials no entiendan: Casa Tía, Eduardo Sport, helados Lollipop, botines Sacachispas, Ginebra Llave, Vascolet, disquería El Agujerito.

Peperina, de Seru Giran, fui a comprarlo el día que salió a El Agujerito en la calle Maipú”, nos dicen puntuales 40 años después de la aparición de ese disco.

Hemos visto a famosos en lugares extraños: Robert Duvall en una sastrería de Recoleta. Luca en el Colegio de Escribanos. Fernández Meijide en El Agujerito. Natacha Jaitt en una panchería al lado de la cancha de Vélez. Al nene de Sexto Sentido (Haley Joel Osment) en una cervecería en San Telmo.

Se escribió que El Agujerito fue fundado por Susana Silva y los hermanos Epstein como disquería especializada en jazz y rock. Siempre estuvo en el local 10 de la Galería del Este y se caracteriza(ba) por piezas fabulosas, importadas e inhallables.

Según cuenta la leyenda –El Agujerito lo es-, el logo del local fue diseñado por Luis Felipe Noé con “estética psicodélica”. Se dijo más: su sola existencia era un llamador de ángeles para melómanos y buscadores de tesoros.

Una foto en sepia

Llegamos a la Galería del Este un martes a las 15.45. Todo a media luz. Ni Federico Manuel Peralta Ramos hubiera imaginado lúgubre a este lugar. Lo único que está bien iluminado es el baño. Pegás un grito y se escucha el eco.

Una foto en sepia. “Empezábamos a la tardecita en la Manzana Loca, alrededor del Instituto Di Tella: el bar de la Galería del Este, el Florida Garden, el Moderno. Después desembarcábamos en la avenida Corrientes”, nos contaba Javier Martínez, de Manal.

Hasta sería preferible que esté legalmente cerrada. Tristísimo panorama. La Galería del Este se suma a la pena que nos da la calle Florida. El Agujerito: tocás la vidriera del santuario como si se tratara de un animal asustado y te quedás ahí pachucho, sin posibilidades de escribir una crónica de viaje ni una crónica de viejo.

-No abre hace como dos años. De 30 locales no más de cuatro están abiertos.

Un fantasma que habla​

Una voz por encima de la espalda da entender que no estamos tan solos. El tipo parece relativamente inofensivo. Mediana estatura, barba candado, la gorra apenas más grande que un kipá.

-¿Usted dice que los demás están vacíos?

-Digo que lo único que tiene trabajo en la Argentina hoy es la ignorancia.

-Perdón, creo que lo tengo visto de alguna parte, ¿puede ser?

-Puede ser. Soy el fantasma de Galería del Este. Mario Salcedo, mucho gusto.

Soda Stereo, en sus comienzos, ensayaba en la Galería del Este.

Soda Stereo, en sus comienzos, ensayaba en la Galería del Este.

Nos invita a tomar asiento en una de las sillas del barcito famoso donde se sentaba Borges. El escritor vivía enfrente, nomás cruzar la calle Maipú. Sobre las mesas hay tres pocillos, pero el bar –y casi todo lo demás- se encuentra cerrado. Las tazas, dice, no se pueden tocar. “Son como instalaciones que fijan testimonio de un último café”.

-¿Trabajás acá?

-Trabajaba. Estoy en la galería desde 1968. El Agujerito abrió recién un año después.

-¿Qué está pasando, Mario?

-Esto murió –dice con una risa espeluznante-. ¿Sabés lo que es ahora la Librería de La Ciudad, donde García Márquez firmó la primera edición de Cien años de soledad y donde Borges prácticamente vivía?

-No.

-La tiene un muchacho que vende discos usados…

Objeto de estudio

Caminamos como flaneurs por los pasillos sombríos mientras nos cuenta que es la quinta nota que le hacen en dos meses. Que así como uno llegó para saber sobre determinado local célebre, ni por casualidad somos los únicos memoriosos.

¿La atracción de lo “vintage”? –le sugerimos sin ansiedad.

-Te pido por favor un poco más de respeto…

Mario tiene 76 años y una cara entre José Luis Gioia y el genial Ricardo Becher. “Se está haciendo un documental sobre la galería. Este sitio es importante de verdad”.

Su misión en lo que le queda, dice el fantasma, es rescatar los tesoros de una época y un lugar bien determinados.

-El cantante de Virus, Federico Moura, tenía un local de ropa y una productora justo detrás tuyo. En esa mesa empezó la historia de Soda Stereo. Moura les produjo el primer disco y Soda ensayaba en un sótano que está acá abajo. El bar donde estamos –dice como un guía de turismo- se llamaba Barbudos y Borges, que venía todos los días, preguntaba por mí…

-¿Por qué?

-Porque yo era sus ojos dentro de la galería.

Borges se cruzó con Spinetta y con Javier Martínez, de Manal, a instancias de Mario.

-¿Y usted a qué se dedica? –quiso saber Borges.

-Yo hago canción de protesta –respondió Martínez.

-Ah, fijesé, yo ni siquiera me animo a protestar.

La «segunda casa» de Borges​

Fue la «segunda casa» del ilustre escritor. Leemos que en el primer piso de la galería acostumbraba dar sus conferencias gratuitas, en un espacio que siempre llenaban unas cien personas. Otro dato: por la galería donde ahora somos sólo dos, diariamente pasaban unas ocho mil personas.

Corría 1975 y Borges iba a firmar ejemplares en la librería de la Galería del Este. El reconocido periodista Enrique Raab trabajaba para el diario La Opinión.

“Casi a las 18.30, Jorge Luis Borges avanzó por la galería (…) La ceremonia no transcurrió sin incidentes. Por razones desconocidas, la disquería El Agujerito, ubicada frente a la librería, interrumpió sus emisiones de Pink Floyd y de Mae MacGraw y esperó la entrada de Borges para colocar en el plato del tocadiscos la versión de La marcha peronista cantada por Hugo del Carril. Borges decidió no darse cuenta”.

-Fui yo el de la idea –interrumpe el fantasma-. Se lo di a Juan Carlos Diez, que ahora es periodista y escritor, pero en ese entonces trabajaba en El Agujerito.

-¿Querías molestarlo?

La célebre Librería de la Ciudad, convertida en tienda de discos.

La célebre Librería de la Ciudad, convertida en tienda de discos.

-¡No querido! ¡Le salvamos la vida! En esa presentación había unos muchachos que vinieron armados. Yo les vi las intenciones y quise demostrar algo que no muchos saben: Borges no era ningún gorila. Resulta que no bien empezó a sonar la marcha, los muchachos se pusieron a cantarla y después, inmediatamente, se fueron.

Las vidrieras de El Agujerito todavía están tapizadas de discos. No parece un local fundido ni desarmado. “Creo que atienden online. Tiene un teléfono pegado en la vidriera. Pero al público no abrió más”.

-¿Quién fue el personaje más espectacular que viste pasar por la galería?

-El Padre Mugica. Rodolfo Walsh. No te voy a decir Charly, porque García venía a cada rato. Yo mismo vi entrar al Agujerito a Bill Evans. Spinetta venía mucho, pero iba a comprar libros y me pedía hablar con Borges. Yo manejaba al muñeco. Si el viejo necesitaba ir a cualquier parte, lo llevaba yo. Si necesitaba un plomero, se lo conseguía.

-Jajjaja…

-En serio te digo. Le mandé a mi amigo Aldo, un licenciado en Letras que trabajaba de plomero. El viejo lo invitó a tomar el té. Quedó encantado y al otro día me lo agradeció: “Le voy a tener que dar la razón a Perón: ¡Flor de cultura tenía ese obrero!”

Fuente: Clarín