Secretos e historias de los edificios de la UBA

Año tras año, la Universidad de Buenos Aires (UBA) renueva en los rankings mundiales su prestigio académico. De las 25.000 universidades que hay en el planeta, según el Ranking Shanghai, la UBA está entre las 300 primeras y segunda entre las Iberoamericanas.

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Pero este prestigio al que hago referencia no solo lo construyen las personas y la comunidad educativa, también tiene relación con los ámbitos donde se produce. De esos nidos de excelencia da cuenta el libro “Historia Urbana y Arquitectónica de la Universidad de Buenos Aires”, de Mario Sabugo, Horacio Caride, Daniel Schávelzon, Daniela N. Fernandez, Juan José Gutierrez y Gabriel Sazbon, recientemente publicado por EUDEBA, que aborda su historia institucional, urbana y arquitectónica. Una historia llena de vicisitudes, con proyectos educativos cuyas identidades tuvieron tendencia profesionalista, científica o simplemente fueron una especie de “enseñadero”, donde solo hubo transmisión de conocimiento.

¿Quién puede imaginar que al pasar por el inconcluso e imponente edificio neogótico de la avenida Las Heras no hay que persignarse? Porque esa sede corresponde hoy a la facultad de Ingeniería pero fue diseñada para funcionar como Facultad de Derecho. ¡En estilo neogótico de inspiración británica, cuando nuestras leyes nada tienen que ver con esa ascendencia sino con la del derecho romano!

O ¿a quién se le puede ocurrir que las actuales facultades de Derecho en la avenida Figueroa Alcorta e Ingeniería en Paseo Colón no son templos como el Partenón? La primera se levantó en 1939 y es contemporánea a torres racionalistas como el Kavanagh, el Comega o el Safico. Y la de Ingeniería se construyó casi 10 años después en ese estilo monumentalista para que fuera la sede de la Fundación Eva Perón.

En fin, maneras de interpretar la frase de Carlos Enrique Pellegrini “Honesta facies hominem comendat” de 1861 cuando la UBA lograba su primera localización urbana y configuración arquitectónica. Traducida, quiere decir “Una buena portada honra la casa”.

Desde su creación en 1821, la Universidad anduvo deambulando por locales precarios hasta desembarcar en 1857 en su sitio fundacional, la Manzana de las Luces. Y de ahí creció, hasta llegar a hoy, con unos 340.000 estudiantes distribuidos en trece facultades, el Rectorado y el Ciclo Básico Común.

Recién en 1878, con la inauguración del nuevo edificio para la Facultad de Derecho, la UBA logra erigir el primer edificio para una de sus unidades académicas, iniciándose así una historia arquitectónica estrictamente propia.

De esta saga, hay cuatro zonas de la Ciudad de gran intensidad histórica.

Sin duda, la primera es la llamada no casualmente Manzana de las Luces, junto a la Iglesia San Ignacio. “Fue en 1857 que la UBA pudo regresar a su sitio fundacional en la Manzana de las Luces, que había sido vaciada por la expulsión jesuítica de 1767, convertida en cuartel y muy deteriorada luego de 1810”, cuenta la inves

Una investigación de profesores de la FADU rastrilla la historia arquitectónica y urbana de la institución.

tigación. Allí, en lo que fue la Procuraduría de las Misiones, en Perú y Alsina, luego funcionarían en particular la Facultad de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales (hasta 1906) que alojaba a su vez las escuelas de arquitectura e ingeniería. “Su fachada de 1860-62 tenía semicolumnas, paños salientes, tímpanos, un gran reloj central y nichos para alojar figuras que nunca llegaron”.

Otra de las zonas con historia intensa, es el enclave alrededor de la Plaza Houssay, recientemente renovada.

Ahí la colonización se inició con el Hospital de Clínicas (1881) proyectado por Mauricio Schwarz bajo la modalidad pabellonal y que en 1884 fue cedido a la Universidad. Compartieron la ubicación en esa zona aún poco poblada el Palacio de las Aguas Corrientes (1887-1894) y la Escuela Normal de Profesoras (1880). Luego se fueron sumando en el predio de Uriburu entre Córdoba y Viamonte la nueva Facultad de Medicina (1885-1895), encargada a Francisco Tamburini y un asilo modelo de maternidad. En 1896, se expropió la media manzana contigua, en Junín, entre Córdoba y Viamonte, para levantar la Escuela de Práctica con proyecto de Gino Aloisi, edificio que hoy funciona junto a su vecina como Facultad de Ciencias Económicas. Aloisi también fue el autor del Nuevo Hospital Nacional de Clínicas, que reemplazó al pabellonal en 1905.

En 1936, por impulso del diputado José Arce, se promulgó la Ley 11.333 que obligó a la UBA levantar un nuevo Hospital Escuela, la Facultad de Ciencias Médicas y reemplazar la manzana ocupada por el antiguo Hospital de Clínicas por un parque.

De ahí surgen, el policlínico “José de San Martín”, en la manzana con frente a la avenida Córdoba; el edificio proyectado por Rafael A. Sammartino, sobre Paraguay, que reuniría las unidades de Escuela de Medicina, Instituto de Anatomía, Escuela de Odontología y la Escuela de Farmacia; y la plaza Houssay, que del antiguo Hospital de Clínicas solo dejó en pie la capilla neogótica que aún hoy persiste.

La tercera zona con impronta universitaria es la ocupada por las facultades de Agronomía y de Ciencias Veterinaria en Francisco Beiró, Nazca, San Martín, Chorroarín y Constituyentes, en los terrenos que formaban parte del Parque del Oeste, también llamado Parque Central.

L a cuarta zona de relevancia es Ciudad Universitaria. Un proyecto que puso en debate dos modelos antagónicos de relación sociedad – universidad. Uno propone seguir mezclando la vida universitaria con la de los barrios. El otro, concentrar en un solo predio todas las unidades académicas logrando mayor eficiencia en su funcionamiento. Opción que para algunos intenta “descontaminar” el tejido de la Ciudad de díscolos y revoltosos estudiantes. mantenerlos aislados y fáciles de controlar.

El concurso internacional para hacer el masterplan de Ciudad Universitaria lo ganó un equipo integrado por los arquitectos Horacio Caminos, Eduardo Catalano, Eduardo Sacriste y Carlos Picarel. Allí iban a alojarse Arquitectura, Filosofía, Exactas, el Rectorado, la Biblioteca y el Auditorium. En 1960, el Consejo Superior aprobó los planos, pero finalmente solo quedaron los dos grandes pabellones el II y el III, de Exactas y Arquitectura, este último habilitado en 1971. De los pabellones IV y V solo se construyeron las bases. También se levantó el Pabellón I (1961), que alojó la primera computadora de la Universidad, bautizada Clementina.

En historias de edificios suele haber paradojas. Por caso, el pabellón de Arquitectura, cuna de los profesionales de la construcción, fue por muchos años el peor de todos. En los años de la dictadura se entraba por una ventana. Y por mucho tiempo no se pudo resolver las goteras que caían de la gran claraboya que cubre el patio central. Ahora se acaban de inaugurar una nueva biblioteca, un fantástico salón de actos. Y, por fin, el patio central no se llueve más.