Una vuelta al mundo dando talleres de arte para más de 10 mil niños

En “Pequeños Grandes Mundos, la vida en dibujos”, Ivanke y Mey cuentan las experiencias de sus viajes durante dos años por 32 países de América, Asia, África y Europa

libro

«Pequeños Grandes Mundos, la vida en dibujos» (Planeta), de Ivanke y Mey

Somos Ivanke Mey. Nacimos en la Ciudad de Buenos Aires, Argentina. Cuando éramos chicos lo que más nos gustaba era dibujar y escribir historias. De grandes, nos convertimos en ilustradores y maestros.

Nos conocimos dando talleres de arte en escuelas. Primero nos hicimos amigos, después novios y compañeros de sueños. Entre muchas cosas que soñábamos estaba el deseo de conocer chicos y chicas que vivieran en diferentes partes del planeta. Queríamos aprender sobre sus historias y su cultura, sus miedos y sus sueños, y compartir con ellos lo que tanto nos gusta: dibujar y crear.

Un día decidimos concretar ese proyecto y le pusimos nombre: Pequeños Grandes MundosViajamos durante dos años por 32 países de América, Asia, África y Europa. Una vuelta al mundo dando talleres de arte para más de 10 mil niños en escuelas, hospitales, orfanatos, bibliotecas. En la calle, en la selva, en las montañas, en grandes ciudades y en pueblos remotos.

Nos gustó la idea de conectar a los chicos entre sí de algún modo, así que antes de cada encuentro les mostrábamos videos y fotos de otros lugares que habíamos visitado para que ellos también conocieran distintas maneras de dibujar, nuevas canciones y danzas, y otras formas de vida.

A veces fue difícil entendernos cuando no compartíamos el idioma, pero algo que confirmamos en este viaje es que dibujar, jugar, bailar y cantar también son maneras de compartir y comunicarnos.

Aunque nuestro sueño parecía muy difícil de concretar, tuvimos el apoyo de mucha gente: los que nos ayudaron a juntar dinero mediante el financiamiento colectivo, las muchísimas familias que nos recibieron en las casas, y por supuesto los amigos y familiares que nos dieron todo su amor, ideas y consejos (¡y cuidaron a nuestro perro Tai!).

Cuando volvimos a Buenos Aires comenzamos a armar nuestro siguiente proyecto: dar talleres en escuelas rurales de todas las provincias de Argentina. Y así fue, durante un año dibujamos con chicos y chicas desde Jujuy a Tierra del Fuego. En el medio del camino nos enamoramos de Traslasierra, Córdoba, y acá nos vinimos a vivir una vez terminada la recorrida, hace casi un año y medio. Hace seis meses nació Camilo, nuestro primer hijo. Durante su gestación, estuvimos muy abocados a este libro Pequeños Grandes Mundos, la vida en dibujos y estamos muy felices de que ya esté en las librerías para compartir todo eso que teníamos en nuestras cabezas con muchas ganas de salir. No fue fácil porque conocimos a miles de chicos, familias, lugares tan distintos. Teníamos que elegir entre miles de fotazas de la genia de Sofía Nicolini Llosa que nos acompañó en la aventura, cientos y cientos de dibujos que hicieron los chicos en los talleres e infinidad de historias por contar.

Pequeños Grandes Mundos, la vida en dibujos (editado por Sudamericana en septiembre de 2019, recomendado para chicos y chicas a partir de 7 años), es un diario de viajes donde vamos compartiendo lo aprendido desde que salimos de casa en 2014 hasta que regresamos dos años después. Es la posibilidad de conocer a chicos y chicas que viven en contextos y realidades muy distintas y al mismo tiempo con cosas en común. Esa fue una de las cosas más interesantes que pudimos ver.

Desde un primer momento, la idea fue intentar llegar a lugares bien diversos entre sí. No solo en cuanto a países y culturas, sino también llegar con nuestra propuesta a escuelas, hospitales de niños, orfanatos, bibliotecas, centros de refugiados, comedores, centros culturales, mercados, la calle. Cualquier espacio donde hubiera chicos y sobre todo chicos que no suelen acceder a este tipo de propuestas artísticas.

Nosotros somos y trabajamos como ilustradores desde hace muchos años. La ilustración tiene la función de comunicar algo. Es la creación de imágenes que cuenten una historia, una idea, un concepto. Seguramente por eso, es que creemos que el dibujo, además de ser un modo de jugar, también tiene esa poderosa posibilidad de funcionar como canal de expresión. Los dibujos hablan de uno mismo, del lugar donde vivimos, de lo que nos pasa, de nuestros deseos y miedos, de nuestra visión del mundo. Cuando muchas veces la palabras no alcanzan, aparecen los dibujos para contar todo eso. Tal como nos dijo Malena Oji (7 años), una niña que conocimos en Kioto, Japón: “A veces hay cosas que no sé cómo decir, entonces las dibujo.” O Isaack (12 años) un niño que vivía en un orfanato en una zona rural en Tanzania: “Las cosas que dibujo salen de mi corazón, mis dibujos son como mis sueños”. También Nina (9 años) una niña en Humahuaca, Jujuy, nos decía: “Cuando dibujás estás en un mundo donde podés hacer lo que quieras”.

Es un lugar común decir que los chicos son el futuro. Queda lindo decirlo. ¿Pero en general cuánto realmente escuchamos a los chicos? ¿Qué lugar les damos para expresarse y cuánto nos importa lo que tengan para decir? Generalmente los chicos son colocados en un lugar de escucha, el rol más pasivo del aprendizaje. Y creemos que nos perdemos lo que ellos quisieran decir, opinar, su visión de las cosas. Les pedimos que se callen, que aprendan y hay algo de ellos a lo que no terminamos de hacerle lugar. Muchas veces porque como adultos es más difícil. Nos exponemos a sus curiosidades y preguntas, que son distintas a las nuestras y nos descolocan e incomodan, sobre todo si pretendemos ubicarnos en el rol de saberlo todo y tener todas las respuestas.

A nosotros nos importa, nos divierte, nos da curiosidad, amamos charlar con ellos, escucharlos debatir entre ellos y ni hablar cuando esa hoja que estaba en blanco se va llenando de líneas, colores, ideas. O ese cuento que todavía no existía va naciendo de a poco con sus propuestas.

Por supuesto que esta mirada la hacemos extensiva a otras ramas del arte como la música, la danza y el teatro. Lamentablemente fuimos viendo la poca importancia que, en general, tiene el arte en las escuelas. Salvo excepciones, es tomado como algo muy secundario, meramente recreativo, casi como si fuera algo para que los chicos se distraigan un ratito y nada más.

Probablemente haciendo este trabajo no terminemos nunca de saber el impacto que puede tener una experiencia así. La vida de los chicos (y de los grandes también) está llena de momentos que dejan marcas y que muchas veces son puertas que se abren y que, en el mejor de los casos, pueden atravesar. La letra de una canción que nos inspiró a pintar, la charla con una persona que nos animó a hacer lo que nos gusta, un maestro o maestra que nos abrió una posibilidad. Creemos que las experiencias son como botones que nos transportan a nuevos lugares en la vida, que nunca se sabe dónde llevarán. Los grandes deberíamos ayudar a facilitar momentos felices en la vida de los chicos y las chicas.

Antes de comenzar nuestro proyecto nos preguntábamos acerca de la diversidad. Cómo será ser chico alrededor del mundo. Hay muchas formas no solo alrededor del planeta, sino en una misma ciudad, pueblo, barrio. Pero encontramos algo que hace que los chicos sean chicos donde sea que hayan nacido y se hayan criado. Algo que los emparenta como chicos, más allá de la cultura y la realidad que les toque. Eso que los une es el juego. El juego como modo de ser y estar. Y cuando somos chicos, dibujar también es un juego. Cuando les preguntamos a los chicos qué sienten cuando dibujan, nos dieron respuestas que perfectamente podrían ser aplicadas a qué sienten cuando juegan. “Cuando dibujo siento que entro en un nuevo mundo donde vive aquello que estoy dibujando y me divierto mucho en ese mundo” (Duc, 8 años, Hanoi, Vietnam).

Una constante a lo largo de todo el viaje fue encontrarnos con una brecha muy grande entre los chicos y las chicas. Muchísimas veces, donde sea que estemos, nos preguntábamos ¿dónde están las nenas? Y estaban limpiando, yendo a buscar agua o leña, ayudando a las mamás o cuidando a sus hermanitos. Adentro, cumpliendo roles de responsabilidad, mientras que en los varones el juego y el ocio está más habilitado. Los roles y lo que representa un hijo o una hija están muy marcados. Muchas veces, incluso desde el mismo momento en que son concebidos y nacen.

Durante el viaje fuimos dándonos cuenta que lo que más nos interesa y conmueve, además de compartir estos espacios de creación con chicos y chicas, es abrir la posibilidad de compartir lo que vivimos y aprendemos con otros chicos y también grandes. Creemos muy fuerte que achicar las distancias, conocer, ampliar la mirada, nos enseña a ser más empáticos. Con esa intención, escribimos este libro.

En Pequeños Grandes Mundos, la vida en dibujos van a poder ver un poco acerca de chicos y chicas en comunidades originarias en medio de la selva amazónica. Conocer a un chico artista que vive en una tribu en Etiopía que se fabrica su propia pintura para dibujar por todas las paredes que encuentra. Y también viajar hasta un monasterio budista en la montaña frente a los Himalayas en Nepal, para ver cómo dibujan su entorno un grupo de niños monjes.

Fuente: Infobae, fotos, Sofía Nicolini Llosa