¿Cómo digo lo que digo?: Compañía sí, pegoteo no

Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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La compañía de la pareja puede ser encantadora, muy placentera, si se respetan los espacios y necesidades de cada uno. O resultar insufrible cuando se vuelve asfixiante.

Marina estuvo casada más de la mitad de su vida. Ahora, a los sesenta, y después de su divorcio, participó en encuentros de solas y solos, se ilusionó con algunos señores redes mediante, iniciativa que no prosperó y cuando los amigos le proponían presentarle a un posible candidato, siempre estuvo dispuesta. Buscaba una pareja.

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Un día, por fin, sin intermediarios, se cruzó con Jorge, más o menos de su edad, divorciado, agradable. Las primeras semanas me enviaba chats repletos de corazoncitos y unas pocas palabras: “Toco el cielo con las manos”. “Es divino”. “Muy educado”.

Desde el vamos Jorge le aclaró que buscaba una compañera de ruta. Es decir, vivir en casas separadas y, sobre todo, que cada uno fuera capaz de respetar los espacios, la costumbres y las mañas del otro/a. Marina aceptó sin dudar. Le pareció sensato.

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Con el tiempo, su humor empezó a cambiar. Le molestaba que una noche a la semana él se encontrara con sus amigos de siempre o prefiriera quedarse en su casa, solo, escuchando música, leyendo. Comenzaron los reproches, las exigencias, sus enojos reiterados. Y, claro, Jorge reaccionó mal. Puso un límite.

El primer chat que, con cierto pudor, me reenvió Marina decía: “Detesto que me controlen. Ya estuve casado, ahora necesito una mujer que respete mis tiempos. Fui claro desde el principio y, que yo recuerde, coincidiste conmigo. Me asfixiás”.

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La conducta de Marina provoca enojo en Jorge, clara evidencia de que se están incomunicando.

Él necesita ponerle un freno como señal de autodefensa. Cuando una mujer o un hombre se desvinculan del estatus conyugal y no tienen interés de armar otro, poder elegir, disponer libremente de su tiempo, se transforman en placeres cotidianos que, por nada del mundo, desean postergar ni resignar.

Acompañarse no significa pegotearse. Hoy abundan las mujeres que piensan y actúan como Jorge. Conozco casos en los cuales más de una debió cortar su linda relación, porque el hombre insistía en convivir y, además, vigilaba sus movimientos, sus horarios. Modalidades que ninguna estaba dispuesta a negociar.

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Hace tres días, muy triste, Marina me reenvió el siguiente chat: “Te consta que hice lo imposible para encontrar una pareja. Conocer a Jorge fue hermoso y se me parte el corazón. Sin embargo, admito que no estoy preparada para mantener un vínculo tan libre. Al principio, me entusiasmé.

Después, reapareció en mí el recuerdo del formato matrimonial, aunque no me interesaban los papeles. Empecé a extrañarlo, a celarlo, a comportarme al revés de lo que habíamos convenido. Al final, lo ahuyenté “.

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Las personas autónomas construyen una vida propia sin colgarse de nadie y –a la vez- son capaces de compartir momentos de placer, de alegre y amorosa compañía. Cero reproches. Eso sí, para poder experimentarlo, primero es necesario sentirse a gusto con una/o y no tenerle miedo a la falta de pareja. Porque esta actitud suele provocar desesperación y se nota. Entonces el otro/a pega la vuelta.

Escapa.

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Dionisia Fontán, periodista y coach en comunicación
Mail: [email protected]
Facebook: dionisiafontancomunicación

Propongo encuentros grupales e individuales, aptos para todo público, a quienes
desean mejorar su capacidad de comunicarse de un modo efectivo y no violento.

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Comparto recursos para hacer foco en conductas básicas: respeto, mensaje breve y
claro, escucha activa, palabra responsable, que facilitan la convivencia laboral,
personal y social.