¿Cómo digo lo que digo?: Cuánto bien nos hace recibir un halago

Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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Ya lo creo. Es reconfortante. Un mimo necesario que escasea. Tal vez, porque preferimos retacearlo. Dato curioso, al mismo tiempo nos cuesta recibirlo.

Por qué me cuesta recibir halagos?

A decir verdad y aunque resulte desagradable admitirlo, somos mezquinos a la hora de soltar un halago. También tenemos dificultad para recibirlo. “Qué linda te queda esa camisola”, le comento a una amiga y me responde: “Puf, es viejísima, me costó chaucha y palito”

¿Se dan cuenta? Elogio su prenda y en vez de agradecer o de sonreír, prefiere descalificarla. Algunas veces, cuando me tocó visitar departamentos para mudarme o para acompañar a alguien por la misma razón, antes de ingresar escuchaba la siguiente advertencia: “Si te gusta no digas nada. Los vendedores se apiolan y aumentan el precio”.

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Aclaro que nunca me privé de ponderar un sitio que me parecería atractivo, que me gustaba de veras. Más allá de concretar, o no, una operación inmobiliaria, piropear la casa ajena habla bien de quien la habita y, obvio, le produce satisfacción. Cada vivienda representa una historia de vida, ilusiones que pudieron concretarse, la alegría de haber decorado cuartos y rincones a su manera.

Nunca adherí al criterio de callarme la boca por temor de que me cobren de más.

Son uno de los tantos prejuicios que aumentan la estrechez mental. En los lugares de trabajo, probablemente, es donde más se retacea el halago. Destacar la buena disposición, la eficacia, la voluntad de colaborar, conductas que merecen ser alentadas (en especial, en tantísimas situaciones donde el empleado/a recibe escasos ingresos), casi nunca se tiene en cuenta. En cambio, son rápidos para el reclamo o la crítica. “Te mandás un elogio y la gente se te sube a la cabeza”, era el latiguillo favorito de un mal jefe que me tocó en suerte.

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Lo llamaban higo seco porque era incapaz de un gesto o de una palabra de estímulo. Cuando una jefa/e consigue logros para su personal o demuestra conductas amables que hacen llevadero el trajín cotidiano, tampoco los beneficiados se lo reconocen. “Prefiero quedarme en el molde, a ver si paso por obsecuente”. Otro prejuicio común y mediocre. No es lo mismo soportar a un higo seco, que depender de un ejecutivo capaz de demostrar calidez y calidad humana.

A propósito de calidad humana, me viene a la memoria una experiencia inolvidable. Corría 2002, plena debacle económica, me convocaron de una empresa que logró sobrevivir prescindiendo de varias sucursales y del personal que las ocupaba.

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El clima de tensión podía cortarse con tijera. Quienes se salvaron de ser echados, se miraban con desconfianza, se negaban a compartir la información laboral, les costaba asumir que, pese al caos, conservaban sus puestos. No podían arrancar.

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El gerente, entonces, me pidió organizar una estrategia que les devolviera la confianza para trabajar en equipo y dejar de tratarse como enemigos. “Yo no fui responsable de los despidos. Necesito que quienes continúan acá recuperen la  autoestima -se sinceró-.

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Debemos crear una red de contención organizando grupos que estarán a su cargo. Mi idea es que se vuelvan a conectar, como antes del quiebre que sufrimos. Aunque será un trabajo largo valdrá la pena. Al fin y al cabo seguimos de pie, significa que debemos remarla. Apuesto a su creatividad”.  Y se fue.

Sentí miedo, claro, era un gran desafío. Necesitaba demostrar capacidad de transmitirle empatía a un plantel decepcionado. Si lo lograba, la tarea sería menos ardua. En efecto, tomó bastante tiempo y paciencia.  Cuando advertí las primeras sonrisas y ganas de bromear, respiré aliviada. Señal de que me había ganado la confianza de ellos. Fue un auténtico crecimiento profesional y personal.

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Resolví sobre la marcha situaciones impensadas. Estoy segura de que influyó haber podido desenvolverme con absoluta libertad. Me permitieron decidir sin entrometerse.

Todo gracias a la iniciativa de Jorge Alberto Torres, titular de la firma. Una mañana, me escuchó por la radio de su auto cuando me entrevistaba Bernardo Neustadt.

Bernardo Neustadt, "el hombre que se inventó a sí mismo" | Página Central Jujuy

  • Bernardo Neustadt

Le entusiasmó mi emprendimiento como coach y al rato me estaba llamando por teléfono. Después de halagar mi profesionalismo deslizó: «Usted es justo lo que ando buscando. Si está dispuesta, le propongo trabajo».

Acepté de inmediato. Lo necesitaba.

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Dionisia Fontán, periodista y coach en comunicaciónTalleres Online

Comparto recursos, aptos para todo público, que hacen foco en conductas básicas: respeto, mensaje breve y claro, escucha activa, palabra responsable, que facilitan la convivencia laboral, personal y social.

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