¿Cómo digo lo que digo? Destiempo

Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar.

Si bien el destiempo se asocia con los desencuentros amorosos, la experiencia en mis talleres demuestra que algunas personas lo utilizan como un límite autoimpuesto. Una deuda consigo mismas que no se atreven a saldar. Me refiero a sus postergados sueños, a creencias que les da miedo cambiar porque no se animan a pegar el salto. Prefieren añorar antes que ponerse en marcha. Viven a medias.

En 1984, a meses de inaugurada la democracia, el Teatro Nacional Cervantes estrenó Des-tiempo, de Eugenio Griffero, psicoanalista y dramaturgo. Autor, entre otras obras, de Príncipe Azul, una joya.

Interpretada por Alejandra Boero y Osvaldo Bonet, pesos pesados de nuestras tablas, que les dedicaron sus vidas y su pasión como actriz, actor, director, directora. Alejandra fue una de las fundadoras de Nuevo Teatro, gloria del movimiento independiente y maestra de excelencia. En sus aulas se formaron grandes profesionales.

Para el público y los personajes, la historia transcurría en el escenario de la sala María Guerrero, experiencia poco común que permitía tener a los protagonistas ahí nomás. Desde un palco provenía la música de un violonchello. Su sonido emotivo, la intensa trama de Des-tiempo más la original puesta de José María Paolantonio, prestigioso director, creaban un clima mágico, inolvidable.

A los protagonistas les bastaba un leve cambio de luces para meterse en distintas situaciones y personajes. Encuentro de padre e hija. De marido y mujer. De marido y amante. Seis personajes víctimas de la falta de coraje para hablar, para aclarar qué les pasaba, para defender sus sentimientos.

Que yo sepa, esta obra continuó un par de temporadas y nunca más se repuso.

Al destiempo se lo asocia con los vínculos, las relaciones imposibles, porque llegan demasiado temprano o demasiado tarde. Para estos casos, a menudo, se utiliza la palabra desencuentro. El tango dispone de un extenso y triste repertorio.

En mis talleres de comunicación puedo advertir que el destiempo suele ser empleado como un límite autoimpuesto, por personas que no se atreven a pegar el salto, a producir un cambio: de actividad, de rutina, de deseos… Entonces la excusa de que ya se les pasó el cuarto de hora, les viene como anillo al dedo.

“Necesitaría tener quince años menos.” “¡Ay, me muero de vergüenza, mi familia me tomará por loca!” “Si decido inscribirme, voy a parecer la abuela de los demás alumnos.” “Si algún día me recibo, ya estaré viejo y nadie querrá atenderse conmigo.” “Cuando veo bailar tap al doctor Cormillot, me muero de ganas de estudiar esos pasos tan rítmicos. Soy más joven que él, pero si no arranco será tarde de veras.”

Con frecuencia escucho este tipo de comentarios y para probar si son capaces de revertirlos, si en vez de sabotearse se animan a concretar esas cosas que no pudieron y ahora sólo depende del empeño personal, de la decisión que tomen, formulo preguntas un tanto irónicas.

“¿Decime, pensás dedicarte al patinaje sobre hielo?” “¿Querés iniciar la carrera de modelo?” “¿Si aún no te anotaste en el curso, por qué ya te anticipás a que cuando recibas el título estarás veterano para trabajar?”

Abundan ejemplos por el estilo. El tiempo no vuelve atrás. En cambio, con voluntad y entusiasmo podemos ir hacia adelante disfrutando sobre la marcha. De pronto, a muchas personas les ataca un nivel de perfeccionismo como si tuvieran que concursar, o participar de un campeonato. Y, claro, semejante exigencia los paraliza. Están pendientes del qué dirán. Son incapaces de olvidar el tiempo que no fue y dedicarse al tiempo que, todavía, pueden aprovechar.

Una cosa es cuando la vida impone límites que no deseamos. Otra, muy distinta, es inventarlos para que funcionen como excusa y así seguir postergando momentos placenteros, sueños posibles, experiencias nuevas…

En fin, vivir. Vivir.

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Dionisia Fontán, periodista y coach en comunicación

Talleres Individuales Online y por Videollamada

Propongo encuentros, aptos para todo público, a quienes desean mejorar su capacidad de comunicarse de un modo eficaz y no violento.

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