¿Cómo digo lo que digo? ¿Discusión o Barbarie?

Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar

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Toda discusión ( excepto la que merece ser ignorada) constituye un atajo hacia mejores ideas y hacia mejores líneas de pensamiento. Por lo tanto, es indispensable recuperar esta costumbre que se ha distorsionado al punto de confundirla con enojo, agravio, furia.

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Así como la previa es muy popular en el programa Showmatch (que conduce Marcelo Tinelli) e influye en el puntaje que reciben los participantes, y ya se considera una antesala imprescindible en las reuniones tardías de los adolescentes, también existe otra previa –de más bajo perfil- que hace rato se viene poniendo en práctica, antes de concurrir a una reunión social o familiar.

Me refiero a la estrategia de asistir más o menos preparados, para evitar los temas que pueden resultar espinosos, no aptos para que el encuentro se desarrolle en armonía. Nunca fueron fáciles los ámbitos donde se discuten cuestiones políticas, pasiones futbolísticas, asuntos de dinero.

Lamentablemente, hace tiempo que arriesgar opiniones o no coincidir con las que manifiestan otras personas, puede encender las mechas más peligrosas capaces de sulfurar los ánimos y desencadenar la furia. La sola idea de que nos proponemos entablar una discusión, se asocia a la idea de que nos proponemos aportar una situación enojosa. Lo cual revela el monto de intolerancia que supimos conseguir.

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Sin embargo, el sentido común diría otra cosa: toda discusión -excepto la que merece ser ignorada- constituye un atajo hacia mejores ideas y hacia mejores líneas de pensamiento. No pueden cotejar puntos de vista ni dirimir controversias, quienes son incapaces de reconocer que la verdad absoluta no tiene dueño, que es inalcanzable.

Por consiguiente, cualquier aproximación a un debate tiene que atender dos consignas esenciales. La primera: los vicios del amor propio nunca son del todo racionales, pues suelen vestir disfraces tan poco vistosos como el del falso orgullo, el de la soberbia o el de la vanidad.

La segunda: al discutidor leal le conviene saber de antemano que, quizás, deba dar el brazo a torcer y rendirse a la evidencia de que los argumentos de su oponente, son más sólidos e intelectualmente mejor provistos.

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A menudo, las discusiones denuncian con gran elocuencia cuál es el nivel de respeto que se manifiestan personas que piensan y opinan de distinta manera; así como refleja nítidamente el nivel cultural y educativo de cada una de esas personas. Nivel cultural y buena educación, dúo aliado de la sobriedad, tanto como de la prudencia y de la tolerancia, las aptitudes que más se deben preservar para que un debate suene inteligente y enriquecedor.

Perdimos el rumbo: no sabemos discutir. Intercambiar posiciones, puntos de vista y, además, argumentarlos (sin soportar una retahíla de interrupciones y de agravios) resulta una misión imposible, francamente. Retrocedimos a la edad de piedra. Anteponemos la amenaza al diálogo. El grito a la persuasión. No sólo el peso está devaluado. La palabra también. Y mucho.

En suma, las aptitudes del buen decir (y los tonos de ese buen decir) constituyen requisitos básicos, si se pretende transitar por el territorio dialéctico que alberga más pantanos y arenas movedizas.

¿Cuál es ese territorio? El que promueve la discusión civilizada.
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Dionisia Fontán, periodista y cach en comunicación.

Propongo encuentros grupales e individuales, aptos para todo público, a quienes desean mejorar su capacidad de comunicase de un modo efectivo y no violento.
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Comparto recursos para hacer foco en conductas básicas: respeto, mensaje breve y claro, escucha activa, palabra responsable, que facilitan la convivencia laboral, personal y social.