¿Cómo digo lo que digo?: Discutir no significa enojarse

Por Dionisia Fontán, especial para DiariodeCultura.com.ar.

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Proponerse entablar una discusión se asocia, indefectiblemente, con transitar una circunstancia enojosa. Sin embargo, discutir con inteligencia, sin golpes bajos, puede representar un atajo hacia mejores ideas y hacia mejores líneas de pensamiento.

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Se discuten los asuntos de familia, se discuten las cuestiones de dinero, se discute sobre fútbol, se discute sobre política…aunque ahora tratamos de evitarlo. Existe el concepto de que las discusiones que rondan esos temas, son los que habitualmente encienden las mechas más peligrosas.

Son, nomás, los temas que sulfuran los ánimos, los que generan broncas severas, los que propician insultos, los que incentivan los arrebatos de ira. Proponernos entablar una discusión se asocia con la idea de que nos proponemos afrontar un momento enojoso. Sin embargo, el sentido común diría otra cosa: toda discusión inteligente, sin golpes bajos, constituye un atajo hacia mejores ideas y hacia mejores líneas de pensamiento.

También, conviene recordarlo, son un arma de doble filo. Por ejemplo: no pueden cotejar puntos de vista y dirimir controversias quienes no reconocen que la entera verdad no tiene dueño/a y que la purísima verdad, en tanto valor absoluto, es inalcanzable.

Por consiguiente, toda aproximación a un debate debe atender dos consignas esenciales. La primera: los vicios del amor propio nunca son del todo racionales, ya que suelen vestir disfraces tan poco atractivos como el del falso orgullo, el de la soberbia o el de la vanidad.

La segunda: al discutidor leal le conviene saber de antemano que, tal vez, deba dar el brazo a torcer y rendirse ante la evidencia de que los argumentos de su oponente son más sólidos. Las discusiones revelan con elocuencia cuál es el grado de respeto que se manifiestan personas que piensan y opinan de distinta manera. Así como refleja nítidamente el nivel cultural y educativo de cada una de esas personas.

El buen nivel cultural y la buena educación son aliadas de la prudencia y de la sobriedad, aptitudes que necesitan preservarse para que un debate sirva para algo. Para enriquecer, esclarecer, aportar otras miradas y conceptos. Ocurre que el más espinoso de los territorios dialécticos, el que alberga más pantanos y arenas movedizas es, justamente, el de la confrontación de ideas.

El poeta y ensayista mexicano Octavio Paz (1914-1998) aconsejaba que más vale soslayar las palabras malditas en todo intento de confrontación de ideas. A su entender, “palabras malditas son aquellas que sólo pronunciamos en voz alta y cuando no somos dueños de nosotros mismos”.

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Dionisia Fontán, periodista y coach en comunicación

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